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Hay quienes recordamos con nostalgia los días dorados de la Zona Rosa, aquellos, cuando despertábamos al ambiente gay de la Ciudad de México y hacíamos de esas calles un punto de encuentro donde podíamos satisfacer nuestra necesidad de socializar y de identificarnos con otros hombres y mujeres homosexuales. La nostalgia se agranda sobre todo al constatar el deterioro sostenido y la indiferencia de la que ha sido objeto su cuidado y su conservación durante los primeros años del siglo XXI. ¿Será en la calle de Amberes, en la que florecen hoy establecimientos con la bandera del arcoiris y el orgullo, donde iniciará el renacimiento de la Zona Rosa?

 

Música de ayer......

El que fuera el mejor barrio turístico de la Ciudad de México hace 30 años, luce hoy descuidado y sucio, lleno de puestos de comerciantes ambulantes que venden fayuca barata (Made in China) y generan basura en exceso; de indígenas sucios y arrojados a la mendicidad (otrora limpios artesanos con blanquísimas camisas de manta tejida y dorada frente); de banquetas destruidas y calles hundidas, verdaderas trampas para peatones, ciclistas y automovilistas...; y, en fin, cualquier nacional o extranjero debe sentirse atemorizado y decepcionado al visitar la Zona Rosa de la primer década del milenio.

Durante los últimos años de la década de los setenta y gran parte de los ochenta, era un placer incomparable hacer largas caminatas vespertinas en compañía de los amigos y dejarse atrapar, todos, por el glamour y la atmósfera de esas calles hermosamente arboladas con jacarandas, truenos, liquidámbares, hules, colorines, fresnos y hasta palmeras. El bullicio de sus concurridas cafeterías, restaurantes, galerías de arte, tiendas de  diseñadores vanguardistas, estéticas y exclusivos bares y discotecas gays, era una contagiosa melodía que aún repica en mis oídos. Un café y un pastelito en el Carmel o en el Toulouse Lautrec, alguna exposición pictórica en la galería de las Pecanins o de los Misrachi, quizás un recital ofrecido por Guadalupe "Pita" Amor en la Embajada de Francia, algunas compras ligeras y -por fin después- a tomar una copa en El Nueve, mítico bar propiedad de Manolo Fernández y Henry Donadieu.

La Zona Rosa era entonces sinónimo de exclusividad, de empresarios, tiendas y establecimientos de inmejorable calidad y solvencia, con enormes atractivos turísticos y una atmósfera de seguridad y tolerancia en la que mis amigos y yo (entonces adolescentes estudiantes de secundaria) nos movíamos con total seguridad y confianza. El inicio de la década de los noventa marca una notable caída en la calidad de vida de los capitalinos y, lógicamente, de su entorno urbano y los servicios tanto públicos como privados; subsisten algunos establecimientos dirigidos al colectivo gay (El Taller, El Almacén, Cyprus, La Cucaracha y otros más efímeros), pero la mayoría de estos desaparecen y los que permanecieron experimentaron una lamentable decadencia y empobrecimiento (como El Taller).

Poco a poco, la Zona Rosa se comenzó a llenar de tugurios decadentes y corrientes (tanto gays como bugas): por todas partes los famosos table dance, los sucios cabaré-titos, los olorosos restaurantes de franquicias con comida rápida gringa y, claro, la prostitución a gran escala y la temida inseguridad. Algunos, los más viejos, le echan la culpa a la estación del metro Insurgentes, construida ahí entre 1968 y 1969; otros más, achacan el deterioro del barrio a la instalación de las oficinas de la Secretaría de Seguridad Pública del gobierno de la Ciudad, en la calle de Liverpool. Yo más bien creo que la decadencia de la Zona Rosa, entre otras cosas, se debe al exacerbado agotamiento del modelo económico mexicano en los años noventa, a la acelerada pérdida del ingreso y de la calidad de vida de las clases medias y bajas urbanas, y al arribo de una clase política al gobierno de la ciudad que consideró inútil, suntuario y hasta despreciable ocupar recursos y esfuerzos para la conservación y mejoramiento de este famoso barrio de la capital del país.

 

... de hoy...

No ha cambiado casi nada o de hecho nada para la Zona Rosa en estas fechas. El deterioro urbano y social de este barrio de la Ciudad de México, se suma al sinnúmero de factores que nos ponen hoy (según un estudio del diario Reforma - 24/03/2005) entre las ciudades turísticamente menos competitivas del orbe. Si caminando, hay que cuidarse de no caer en alguna coladera abierta, resbalar en una banqueta destruida o tropezar con residuos de comida y suciedad. Ni qué decir de la permanente inseguridad pública (a pesar de que ahí se asiente el cuartel general de la policía del Distrito Federal) o de la evidente prostitución callejera, que se promueve en miles y miles de tarjetas publicitarias que hasta el nombre del padrote traen en el reverso (que para que te hagan descuento, te dicen). Hay sitios de reunión para chicos gays que se venden como VIP (very important people), cuyos accesos huelen penetrantemente a los orines o a la marihuana de sus exclusivísimos clientes. En fin...., el panorama es desolador.

Sin embargo, en medio de toda esta negatividad y depresión que ya hasta me está sacando las lágrimas, una de las calles de la Zona Rosa está dando un rostro diferente al barrio y promete intentar devolverle su personalidad y su glamour de antaño: la calle de Amberes.

Una de las pocas que aún conservan sus grandes y bellos árboles, jardineras y casonas clásicas del esplendor de la primera mitad del siglo pasado, esta calle ha sido ocupada por una nueva generación de empresarios gays que tienen en común el alto aprecio hacia su clientela, el buen gusto en sus instalaciones y la calidad en los servicios que ofrecen. En el pasado, Amberes era sitio de lujosas joyerías, exclusivas galerías de arte, tiendas de diseñadores de marca o artistas plásticos (como Cartier, Aca Joe o Sergio Bustamante); en los grises años noventa, prácticamente todos estos establecimientos fueron abatidos por la inseguridad y el abandono del área, y cerraron sus puertas dejando vacíos los espléndidos locales o las casonas victorianas donde funcionaron durante casi tres décadas. Amberes lució por mucho tiempo desolada, abandonada, y lo único que tuvo movimiento durante años fue una base de microbuses y combis ("peseras"), donde al final de sus jornadas de trabajo empleados de hoteles y restaurantes comían tacos de canasta y tomaban el transporte público.

No sé quién fue el primer valiente empresario en abrir -me parece que a finales del año 2003- un sitio para gente gay en esa calle abandonada (creo que una cafetería llamada B Gay B Proud), pero en poco tiempo fue otro y después otro y otro negocio, hasta comenzar a transformar la oscuridad de Amberes en una calle iluminada con el arcoiris del buen gusto. Este cambio comenzó a devolverle a la Zona Rosa y a los sitios de reunión de la gente gay aquel bullicio que, cuando adolescente, era música para mis oídos.

Hoy, en el año 2005, un trayecto de alrededor de 400 metros de la calle de Amberes alberga ya una notable cantidad de sitios de reunión y diversión para la comunidad gay (o GLBTT, como le dicen los activistas), y desde luego, lo que yo más destacaría, todos ellos de notable mejor calidad de la que prevaleció en los últimos diez años en la Zona Rosa.

 

... y de siempre !!

Me ha dado gusto caminar un sábado al anochecer por Amberes, pues me ha devuelto la memoria de la Zona Rosa vanguardista y propositiva, desafiante y tolerante. Creo que vale la pena que los que habitamos esta bella Ciudad de México, todos nosotros que hemos transitado las calles y los espacios de la Zona Rosa, nos apropiemos de ella y fortalezcamos no sólo este cambio positivo que iniciaron algunos empresarios valientes, sino la recuperación de nuestra convivencia, hombres y mujeres gays, en un barrio lleno de historia, tradición y un fuerte significado cultural para la comunidad homosexual de la urbe.

Hagamos de las cafeterías, restaurantes y discotecas de la calle de Amberes nuestro punto de encuentro, de sus calles nuestro orgullo y ejemplo de esa armonía que lo es porque incluye a todos. Con sus notables y lógicas diferencias, en la ciudad de Nueva York, en la isla de Manhattan, la comunidad gay ha cambiado durante los últimos años el rostro deprimido del barrio de Chelsea, a uno en el que se ve más luz, se presiente prosperidad y hospitalidad. En San Francisco, California, el área de Castro debe su prosperidad -sin duda alguna- a la fuerza e impulso que la comunidad gay de la ciudad dio a las relaciones culturales, económicas y políticas, que se suscitaban en las calles del bello barrio.

¡Date una vuelta por la calle de Amberes!, y vamos a poner de nuevo de ambiente al ambiente. Recuperemos nuestra fascinación por las calles y su gente, por el espacio en el que nos recreamos, nos inventamos y nos identificamos diversos. ¡Quitémosle lo gris a la Zona Rosa!