|
Así empezó
todo ...
¿Cómo hacemos al
interior de la comunidad gay mexicana un
recuento de los 20 años de SIDA? Con duelo, ciertamente, por las
ya más de 22 millones de vidas que este asesino ha cobrado, de México a
Nairobi, de Buenos Aires a París, y prácticamente ya en
cualquier rincón del mundo. Recordando a las figuras públicas
que nos fueron arrebatadas por el síndrome de inmunodeficiencia
adquirida, en México y en el mundo: Nancy Cárdenas, Freddy Mercury, Ryan White, Rock Hudson, Arthur Ashe, Jaime Vite, Alvin
Ailey, Rudolf Nureyev, Miguel Ángel de la Cueva, Randy Shilts, Elizabeth Glaser,
Enrique Álvarez Félix, Keith
Haring y Liberace, entre otros. Recordando, también, a todas las
víctimas anónimas, a los amados amigos que a muchos de nosotros
se nos han ido y que nunca, nunca más volverán a estar a nuestro
lado.....; encendiendo una flama en la memoria de Sergio, de
Álvaro, de Víctor, de Daniel, de Jaime, de Fernando, de Rafael,
de Susana, de Memo, de Gerardo...., de tantos ya....
En la primera mitad
de la década de los ochentas, cuando en México importábamos
tardíamente y adaptábamos cándidamente a nuestra idiosincrasia
los postulados de la Revolución Sexual y del Gay Liberation
del Primer Mundo de los años setenta, el SIDA hizo su
aparición en un contexto de extrema ignorancia (como sucedió
también el el mundo desarrollado); pero sobre todo, en un
escenario de inexistencia de
organizaciones solidarias al interior de la comunidad gay
(entonces el grupo de mayor riesgo) y de una crisis
socioeconómica en proceso de profundización que, hay que decirlo, propició
el incontenible
avance de una pandemia que, para ser contenida, demanda muchos
más recursos de los que se le han destinado a lo largo de estos
más de 20 años.
En los últimos años
de la década de los ochentas, y sobre todo en la primera mitad
de los noventas, las defunciones por SIDA se convirtieron en la
noticia más repetida entre la comunidad gay de México. Lo que
comenzó siendo una noticia aislada y ocasional, se volvió en
prácticamente una realidad para todas las personas, pues ahora
era el amigo cercano, el conocido o el familiar quien estaba
muriendo de SIDA. Desde
entonces y a la fecha, el miedo al VIH y la contundente realidad
de la pandemia es el pan nuestro para la comunidad gay. Y
desafortunadamente, también la ignorancia y la indiferencia
persisten, abonando con ello el campo para que la enfermedad
prospere con su negro manto de soledad, muerte y tristezas.
|
 |
Y se conmemoran ya más de 20 años
del SIDA con horror, y con profunda rabia por lo magro de los
esfuerzos para su investigación y combate; conmemoramos a las 5.3 millones de personas que
quedaron infectadas el año pasado, y a los más de 42 millones
que hoy viven con el VIH en todo el planeta Tierra.
En el mundo
desarrollado, probablemente también puedan
conmemorarse los 20 años del SIDA con una cierta
esperanza de que la carnicería de los primeros años
de la enfermedad haya quedado atrás, gracias a los
novedosos fármacos que han convertido al SIDA en una
enfermedad crónica con la que se puede convivir
razonablemente, en
lugar de esperar una muerte segura, al menos por un
tiempo.
Pero en nuestros países latinoamericanos,
donde la pobreza y la ignorancia avanzan al ritmo de
los excesos de los poderosos, de una nueva clase
política llena de contradicciones, sólo podemos hacer un
recuento de ya más de 20 años llorando infinitas
tristezas, padeciendo ausencias y sufrimientos humillantes....,
y presenciando los vídeo-escándalos de una izquierda
hipócrita que se llena los bolsillos con dólares mal
habidos, en una complicidad que ni el mismo Lenin
imaginó en sus peores delirios. |
Presenciamos en estos
años un
deterioro lamentable del sistema de salud pública y
el encarecimiento abusivo de los servicios médicos privados;
en este empobrecido
escenario, la condición de seropositividad no
es algo que el ciudadano común pueda solventar ni
medianamente, aunque pudiera conservar un empleo más
o menos remunerado. Sumemos a esto el avance que ha tenido
en México, también, una contracampaña llena de
prejuicios morales e imprecisiones conceptuales,
encabezada por la iglesia católica y la derecha
política; que el VIH-SIDA no es prioridad ni en las
campañas "educativas" ni en las asignaciones
presupuestales del gobierno y sus administradores
empresariales (como el mismo Vicente Fox definió a
su gabinete al inicio de su mandato presidencial).
En Estados Unidos de Norteamérica, acaso también
se conmemora el aniversario con una dosis de satisfacción, pues
el envío de un panfleto ("Entendiendo el SIDA") a cada
hogar estadounidense y la propaganda en favor del sexo seguro,
permitieron que en ese país la cifra de nuevas infecciones
alcanzara su punto máximo en los 80, con 150 mil anuales, para
luego desplomarse a 40 mil en cada año del decenio de los
90. Cuando, en 1997, se presentó el primer informe sobre una
reducción de muertes por SIDA en Estados Unidos, en ese país se
pensó que lo peor había pasado. No tenían idea. Hoy se agrava la
situación, y sucede justamente cuando la nación de las barras y
las estrellas es conducida por un ultra-conservador y
abiertamente enemigo de reconocer los derechos de homosexuales y
lesbianas.
En todo el mundo, 42 millones de
personas (más que la población de Australia) son hoy portadores del
VIH. El SIDA en la actualidad es la cuarta causa de muerte a
nivel mundial, y la primera en África, donde la miseria humana
alcanza grados que nos son inimaginables. En el continente negro,
el SIDA se ha robado una generación entera y puesto en riesgo el
futuro: arrebata a las economías sus trabajadores, a las
familias su sostén y a los niños sus padres. En siete naciones
de África, más de 20 por ciento de la población, de entre 15 y
49 años, está infectada con VIH. En Sudáfrica, la cifra es de 20
por ciento, mientras que en Botswana es un espeluznante 36 por
ciento. Zambia no puede capacitar a sus maestros con la misma
celeridad con la que los mata el SIDA. En 10 años, en África
habrá 40 millones de huérfanos a causa de este mal.
En comparación, Asia permanece
prácticamente a salvo. Sólo Camboya, Tailandia y Myanmar
(Birmania) sufren de tasas de infección superiores a 1 por
ciento. Pero la pandemia podría ser como un tifón que acumula
fuerzas en una playa desconocida. La tasa de VIH en India, de
"sólo" 0.7 por ciento, se traduce en 3.7 millones de personas
infectadas. China estima que tendrá entre 5 y 6 millones de
seropositivos para el 2005. "Con los recursos actuales", señala
el doctor Peter Piot de la ONUSIDA (UNAIDS), "no será posible
contener esta epidemia".
Sólo el miedo
queda en el ánimo ...
Ante este diagnóstico del avance
del SIDA en el mundo, de la grosera escasez de recursos para su
prevención y tratamiento, y del predominio de criterios
anacrónicos que priorizan más el gasto financiero en guerras
absurdas que en la inversión para la investigación y creación de
fármacos contra el VIH, sólo el miedo a contraerlo nos queda en
el alma. Y lo cierto es que la gran mayoría de la gente en
América Latina no
optamos por la abstinencia sexual, y que en general los hombres
gays tenemos
relaciones íntimas no siempre con la misma pareja. Los hombres gays (a diferencia de las mujeres gays) no somos muy dados a las
relaciones sexuales monogámicas, pues tampoco lo somos hacia las
relaciones emocionales que nos supeditan prolongadamente, que nos hacen depender
de alguien más. Entre las mujeres lesbianas, al menos en la
mayoría de las que conozco, primero hay una relación emocional y
después viene el sexo; entre los hombres, primero viene el sexo
y después, si acaso nos gustó, viene una relación emocional. Sé
que es una generalización grosera para quienes han sido capaces
de sostener relaciones estables, conductas diferentes a las que
describo, pero tengo la certeza de que estos son una minoría.
|
 |
En esa
eterna búsqueda por la pareja amorosa, generalmente
condenada a la repetición de burdos esquemas comerciales y
a su consecuente fracaso, los hombres gays pasamos de
los brazos de un príncipe al otro, de una historia a
otra, de una relación "estable" a la otra. Para ello,
para el encuentro con el amor eterno, hay ya
instalada una próspera industria del entretenimiento
y la recreación gay, a la que podemos acudir cualquier
noche a comprar -además de una copa- nuestro sueño de sexo insaciable y
de amor eterno. Seguramente, los más beneficiados
por fomentar esta
ilusión son los dueños de estos palacios de espejos,
que terminan más interesados en fundar el culto a su
espectacular persona, que en buscar otorgar
responsablemente servicios de calidad a la comunidad
(donde se incluye la prevención, la distribución de
información plural y la atención a problemas
comunes).
Me
sorprende la cantidad de adolescentes con problemas
de alcoholismo y de salud sexual que deambulan por la Zona Rosa de la
Ciudad de México, pasando de un Cabaré... a
otro, sin que los miopes propietarios de estos
establecimientos les interese siquiera servir otra
cosa que no sean las bebidas etílicas. Es estupendo
que haya cada vez más sitios de reunión para la
gente gay en esta ciudad, no hay duda; pero resulta más vergonzoso el
nivel tan bajo de los servicios que estos
"empresarios" brindan a su
clientela. Algunos llegan al extremo de simular
campañas sociales en favor de la comunidad gay, a
través de publicaciones espurias y oportunistas,
para aparentar que no son la misma podredumbre que
en sus establecimientos se respira y observa de
sobra. |
Para los hombres gays, la química sexual nos
es prioritaria, determinante para aceptar y desear
sostener una relación amorosa. Y es justamente ahí,
en la condición primaria para podernos relacionar
emocionalmente, para podernos enamorar, en donde ha
hecho su nido el VIH-SIDA. Suena terrible, porque
también sabemos que para los hombres gays la búsqueda del amor
eterno es casi una constante a lo largo de la vida.
¿Acaso tú, amigo lector, no
tienes presente el miedo al VIH-SIDA cada vez que tienes una
nueva relación sexual?..., ¿no es cierto que este miedo
agazapa tu pasión y te impone límites que parecen
exagerados, pero que en realidad nunca lo son?....., ¿has
podido evitar sentirte culpable de amar con plenitud, cuando
el recuerdo de tus "desenfrenos" te hacen temer a la
posibilidad de estar ya contagiado por este terrible
mal?....
Para el común del hombre gay
de mi ciudad, hay mucho qué hacer para vencer al miedo y
vivir con relativa tranquilidad respecto al SIDA. Pero aún
así, el miedo es la constante que sólo modula su intensidad,
pero nunca se desprende de nuestro ánimo. Esta generación,
también mi generación, siempre ha vivido la sexualidad con miedo,
porque ha quedado superada por fin la frase que
estruendosamente repetía mi abuela: "¡Hombre!, .... nadie
se muere de amor".
"¿El
sexo es sucio? Sólo cuando se hace bien."
Woody
Allen
Y para quienes llevamos un poco
más de años presenciando el avance del SIDA en México, quienes
pertenecemos a la generación que atestiguó su terrorífica
aparición y vimos morir a nuestros mejores y
más añejos amigos, también nos es claro que no basta con afrontar al miedo, sino sobre todo constatamos que hay que
buscar certezas y motivos de tranquilidad. El sexo seguro, desde
luego, y evitar -en la mayor medida de lo posible- tener
diferentes parejas sexuales, nos puede dar algo de tranquilidad,
pero no la paz de una certeza total.
El miedo paraliza al que lo
experimenta, y cuando éste es prolongado nos conduce a la
negación como un mecanismo de defensa. Entonces viene una
sensación de valentía que en poco nos ayudará, y desafiamos al
azar y a la suerte como sólo lo harían los temerarios que se
canonizan como héroes y fabrican mitos. "A mi no me va a
pasar", se repiten a sí mismos, y pretenden haber
encarcelado al miedo que suprime, como un tirano, al gozo de la
búsqueda por el ser amado. Entonces, ahora, el miedo a amar es
sinónimo del miedo a morir....; y en medio queda nuestro deseo,
atrapado en un silogismo que no somos capaces de resolver.
Hace
20 años amar era fácil ...
El sentimiento de duelo, de luto
por quienes nos dejan, ya sea por otro amor o porque se nos mueren, es
uno de los más dolorosos que experimentamos los seres humanos.
De hecho, la interpretación más oscura de la palabra "soledad",
evoca a esa etapa emocional en la que el amante siente dilatados
todos los vacíos de su ser y, cual paisaje desértico, sólo se
puede reparar en lo que no hay, en lo que no se tiene o en lo
que no existe. Hay vacío...., hay nada. Hay muerte.
La irrupción del SIDA en México
se dio en un momento en el que los gays fuera del closet
forjaban sueños maravillosos, tejían un cuento de armonía y con sabores
a miel y azúcar. Tu vida amorosa entonces podía ser montada como
un cuento de hadas, rodeado de una corte de amigos que atendían
y legitimaban tu unión (los amigos de la pareja, los de uno y
los de otro); y si el feliz sueño terminaba por algún motivo,
siempre era emocionante volver a comenzar nuevas alianzas,
experimentar nuevas caricias, imaginar nuevos proyectos y
enamorarte enloquecidamente otra vez. No había consecuencias más
allá que las del dolor pasajero en el corazón, en el alma.
También
había quienes gustaban jugar el papel de "la fatal"; pasando de
un matrimonio a otro, coleccionando recuerdos únicos de cada uno
de sus muchos amores, amándoles a todos, a los pasados y a los por
venir. Estos individuos, que tal vez son más de los que
imaginamos, preferían el calor de la taberna, del bar..., del bar gay. La vida comunitaria con personas afines sexual y
emocionalmente, les brindaba un sentimiento de pertenencia que
prolongaba el gozo y les hacía sentir protegidos. El orgullo de ser gay, ciertamente más importado de los EEUU que espontáneo en México, le dio un sentido revolucionario,
transformador, a los vínculos de solidaridad entre homosexuales,
lesbianas y demás cómplices sociales. Como lo sugiriera Michael
Foucault, la vida en pareja y la vida comunitaria, son
experiencias a través de las que es posible imaginar y recrear
un nuevo orden social. En los años previos a la irrupción del
SIDA, la sexualidad en mi ciudad se transformaba de un lenguaje
confinado a los secretos placeres de la alcoba, en un componente
fundamental en el diálogo entre la sociedad y el orden
institucional.
|
 |
No sólo
en las relaciones amorosas o de pareja, sino en las
relaciones afectivas e incluso familiares, se
estaban generando transformaciones considerables a
principios de los años ochenta en
México. Si los años setenta fueron
emblemáticos de la Revolución Sexual en el mundo
occidental, la década de los ochenta fue tiempo para
las
reivindicaciones y la lucha de grupos cuya sexualidad
no convencional les mantenía marginados y
satanizados.
Con la pareja, con los amigos o con la familia,
individuos homosexuales configuraban ahora nuevas
formas de interactuar y de socializar, en el sentido
más estricto del concepto. Los aceptables resultados de estas alianzas
poco convencionales en
los términos de las relaciones sociales
tradicionales, derruía los cimientos de la
moralidad conservadora que reprueba a la
homosexualidad (sobre todo a la masculina).
En los ochentas, comenzaba ya a ser usual que hombres y mujeres gays
salieran de la casa paterna, para fundar un hogar en
compañía de una pareja del mismo sexo o de otros
amigos homosexuales. Y a pesar de todos los pesares,
de todas las fórmulas moralistas, la cosa entre
estos individuos funcionaba bien o al menos de manera muy
parecida a lo que sucedía con las relaciones convencionales. |
Había un fuerte optimismo entre los gays al
comprobar que encajábamos, que éramos asimilados por el sistema
sin indigestiones fatales, y que salir del closet no era tan
costoso como lo pintaban los radicales del movimiento. El
encuentro cotidiano con nuestra vida como homosexuales, se
volvió un asunto menos conflictivo y mejor asimilado no sólo por
nosotros, los gays, sino también para quienes éramos vistos como
hijos, como estudiantes, como trabajadores.
Y entonces.....,
llegó el SIDA...., hizo sus primeros desastres y lo echó
casi todo a perder. Las
relaciones de solidaridad entre los miembros de la
comunidad gay mexicana, aún inmaduras por lo tardío
de su reconocimiento institucional, se derrumbaron y
no resistieron el embate de los hechos. Y abatidos
por los ataques de la moral pública en contra de la
enfermedad y de quienes la padecían, nos hicimos a
un lado de amantes, de amigos o hermanos que enfermaron
con esta socialmente vergonzosa plaga. Así, a
lo largo de estos ya 20 años, nos aislamos con
nuestros miedos y, peor aún, con nuestros
prejuicios. Y quienes permanecimos a lado de
los que supieron amarnos y supimos amar hasta el final (y aún
más allá), hemos presenciado una dolorosa realidad y un duelo
que se prolonga por la indiferencia o el prejuicio social, la
falta de apoyos a organizaciones ciudadanas, a la investigación
y tratamiento del VIH-SIDA, ....y el miedo que se ha anidado en
el deseo, en el amor, en la pasión.
La generación del SIDA, la de
aquellos cuya vida sexual activa atraviesa los ochentas y los
noventas, ha experimentado muchas bajas de entre sus filas,
tantas como las de vivir en un país en guerra y ser a la vez la nación
invadida y el agresor. Amigos o amantes con quienes se forjó un sueño común,
un proyecto de vida y lazos de solidaridad, quedaron
petrificados en el camino y para jamás regresar. Es como lo que
sentiría el personaje principal de aquella maravillosa película
del año 1983, protagonizada por Bowie, Deneuve, Sarandon y Scott,
The Hunger, donde se relata el terrible sufrimiento de un
hombre que es inmortal y que acumula, al paso de los siglos, los
cadáveres de sus grandes amores en ataúdes apilados en un
desván.
Con ellos,
nuestros amigos fallecidos, se fueron para siempre muchos de
nuestros sueños de adolescencia y, casi sin sentirlo, alteraron
la vigorosa marcha de un movimiento cuya bandera era el orgullo
de ser, de pertenecer. Veinte años de duelo, ¿no nos son suficientes ya?
El amor en los
tiempos del Big Brother ...
Como en la novela orweliana,
1984, en nuestra vida privada cada día quedan menos secretos
a los ojos del Gran Hermano colectivo, y el sólo hecho de pretender
escamotear algún episodio de nuestra cotidianeidad a los ojos de
la sociedad, nos vuelve sospechosos de disidencias terribles y
de indecibles pecados mortales. Prueba de ello (parecería
indiferente al no comentarlo) son los vídeo-escándalos de la
vida política en México, que más que simples artimañas entre los
grupos de poder para desprestigiarse y aplastarse por sus pugnas
internas, sus ambiciones y sus empresas, son el signo de una nueva manera de
hacer política transparentando el
desempeño de las labores públicas frente a la sociedad, por
llamarle así a las responsabilidades de los servidores públicos
ante los contribuyentes. Lo alarmante de todo esto, es constatar
que el poder Judicial y el sistema de impartición de justicia en
México, están urgidos de una depuración y una reforma integrales
que más bien llamaría "cirugía mayor".
|
 |
En ese
sentido, uno de los principales problemas que ha
enfrentado -a lo largo de estos más de 20 años- la
aparición y permanencia del VIH-SIDA en México, es
justamente la idea que en alguna ocasión citó Tito
Vasconcelos: "el closet mata". Quiero
entender esta frase como una referencia al hecho de
que muchos hombres no han atendido o, peor aún, no
han prevenido la enfermedad, por permanecer en el
closet y no asumir su condición sexual con plenitud
y orgullo, con información y responsabilidad.
En el
contexto en el que le escuché decir esto a Vasconecelos, fue durante su discurso para la
presentación de una campaña de prevención del
delito, donde el actor criticaba la reciente apertura de un
negocio llamado El Closet, agencia de
contratación de chicas que acompañaban a hombres
gays a eventos sociales donde se tiene que aparentar
ser buga. La crítica me pareció entonces
desproporcionada (como mucho de lo que hace este
actor), pues los canales
en los que se publicitó la agencia fue en los
utilizados exclusivamente por gays totalmente asumidos, abiertos;
pero mucho del razonamiento sí es, desde luego,
aplicable al contexto que ha servido como caldo de
cultivo a la pandemia del VIH-SIDA. Aunque hay que
decir que la desinformación y el miedo han jugado un
papel más devastador. |
Estar fuera del closet no es,
como lo piensan los fundamentalistas de la liberación gay de los
años setentas, salir a la calle y gritarle al resto de la
sociedad: ¡Soy gay, ¿y qué?! (como rezaban las papeletas
que repartieron en la primer Marcha del Orgullo Homosexual, en
1978). Lo realmente importante y lo que, en mi opinión,
significa salir del closet, es la forma en la en que los hombres
y mujeres homosexuales logren establecer e institucionalizar su
interacción para satisfacer necesidades y atender preocupaciones comunes. Una vez
que se tiene la capacidad para actuar de manera colectiva,
organizada y orientada, es
posible institucionalizar los cambios que nos beneficien en lo
particular y como comunidad.
Necesidades en temas como la
salud, el acceso a la justicia, el arte y el entretenimiento,
entre muchos otros aspectos de la vida cotidiana en los que
interactuamos la gente gay, se han visto relativamente atendidas
y beneficiadas por la actuación social de grupos de activismo
gay (o GLBTT, como algunos insisten hacerse llamar). Otros grupos, hay
que reconocerlo también, han surtido el efecto contrario y han
arraigado más profundamente el rechazo y la discriminación. Y sin
duda, los servicios que más han prosperado en México para los miembros del
colectivo gay, son los del entretenimiento (bares, Cabare´s,
discos); ello explica el
supuesto liderazgo y la concentración de poder por parte de algunos
empresarios y artistas gays, quienes contando con recursos
suficientes se pueden disfrazar de heroínas caballerescas y
encabezar, montadas en el techo de un trailer, la Marcha del
Orgullo GLBTT. Hay que decirlo, por cierto, que en el plano político
han sido las mujeres
lesbianas las que han sido capaces de legitimar liderazgos
institucionalmente y, más importante aún, incorporarles en la agenda
legislativa del país. Lo demás ha sido pura jotería.
Como
decía Yuri, "siempre vendrán tiempos mejores"...
Son pues 20 años de un golpe que no
nos ha permitido superar el azoro, el enturbamiento y la
indignación, por lo repentino de su aparición, la crueldad de su acontecer y lo lamentable de
sus resultados. Son 20 años durante los que hemos presenciado
sufrimiento, indiferencia, discriminación y muerte, ante la
aparición, desbordamiento y permanencia del VIH-SIDA en nuestro
país y el mundo.
|
 |
Y si bien es cierto que
desde la segunda mitad de los años noventa existen
avances médicos que permiten controlar y mantener a
raya, por un tiempo más esperanzador, al virus de
inmunodeficiencia humana, por otra parte persiste
una distorsión en la percepción pública respecto de las
prioridades para atender la pandemia....., lo que
por cierto me hace ver un panorama
desesperanzador.
El resultado de esto, de la miopía
pública en prácticamente todos los países para diseñar estrategias de lucha contra el
SIDA, es que naciones y gobiernos no han
invertido aún suficientes recursos en la lucha
contra el VIH-SIDA; ni recursos humanos, ni materiales,
ni financieros, ni científicos, que permitan avances concluyentes y que precisen los
métodos para detener a este asesino veinteañero.
Quizás el hecho de que
esta enfermedad haya ya trascendido las fronteras de
los llamados grupos de riesgo en México, es que existe
una preocupación gubernamental manifiesta,
plenamente justificada y que legitima, sin
oposiciones encarnizadas, la programación de recursos
presupuestales para su atención. |
Sin embargo, al menos en
México, persisten organizaciones que visualizan al problema del
VIH-SIDA como la concreción de un castigo divino, como la
hoguera dantesca en la que se paga el precio por ser sodomita o
pecar de lujuriosos. Ello es más alarmante al constatar que justamente
esos grupos fundamentalistas, los llamados de extrema derecha
(como Pro Vida, que sataniza a la homosexualidad o al uso del condón),
son los que se han visto representados en la institución presidencial
y, sobre todo, en la figura de la primera dama de México. Al poder político de
estas agrupaciones que operan en nuestro país, hay
que sumar su elevada capacidad económica y la canalización de
cuantiosos recursos del presupuesto público- (como ya está comprobado con el
caso de la canalización de recursos de la Secretaría de Salud,
hacia los centros de atención anti-aborto de la
ultraconservadora Pro Vida).
A diferencia de hace 20 años, en
la actualidad existen en México muchas más organizaciones al
interior de la comunidad gay que
trabajan alrededor de temas de interés común. Sin
embargo, y lamento valorarlo cotidianamente así, muchas trabajan
dispersas, aisladas, y no existe un
vínculo entre ellas que sea lo suficientemente fuerte,
compartido, como para lograr hablar con una sola voz, a pesar de
todas sus diferencias, y actuar con contundencia y unidad. Si bien la diversidad es una
característica que invariablemente denota riqueza, en el caso de
la comunidad gay mexicana mucha de la diversidad que le conforma se ha
capitalizado en números rojos, en pérdida de oportunidades y
potencialidades no aprovechadas. Por ejemplo, si la versión
resucitada de la revista Homópolis salió al mercado unos
meses atrás, no fue para diversificar la oferta y servir mejor a
la comunidad gay de la Ciudad de México, no; fue para chingarse
a los de la revista Ser Gay (publicación con más de 10
años en el mercado) porque se les ocurrió
cuestionar y criticar en sus páginas al veterano Tito
Vasconcelos, patrocinador y promotor de una mala copia..., eso
sí, con mucha producción.
La división, la confrontación, la
intriga, el ataque y la difamación, son características que
dominan en las relaciones entre las organizaciones de la
comunidad gay mexicana. Estas organizaciones están, cada vez
más, concentradas en menos manos, a la zaga de menos caprichos,
comandadas por obsesiones más conocidas. Se ha visto ya, por ejemplo, que los
intereses de ciertos empresarios gays divergen de los de
agrupaciones de activismo político; que los intereses de los
grupos que son apoyados por el partido en el gobierno, se
contraponen a los intereses de los grupos que buscan o reciben
apoyo de partidos políticos de oposición; y en fin, parece no existir
entre la comunidad gay un motivo social, político o ideológico, lo suficientemente robusto como
para convocar a la unidad y a la solidaridad. El conflicto es
sano en toda organización, pero la concentración de la posición
antagónica en unas solas manos, es el principio de una historia
plena de tiranías y decadencia.
Y si bien hay mucho de propio en
cuanto a la desunión de la comunidad gay, lo cierto es que en
gran medida ello es un reflejo del proceso de transformación
(otros dirían "descomposición") que viven las relaciones de
poder todas en México; esto está aconteciendo entre los partidos,
entre los poderes del Estado, entre los órdenes de gobierno,
entre los sectores tradicionalmente más activos, en la
familia..... entre los amantes.
Corresponde a quienes su
inteligencia no les permite ser pesimistas, reconstruir los
lazos que vinculan y permiten interactuar entre sí a los gays.
La comunidad gay ha radicado, ha interactuado y ha sido
representada preferentemente en las tabernas, en los bares,
discotecas y en los clubs de sexo de la ciudad (antes, los
baños). Los propietarios de estos negocios, donde se venden
copas y sueños de amor y armonía, son quienes tradicionalmente
han prosperado más en el liderazgo del movimiento GLBTT,
pues sin duda el activismo político es una inversión que tiene
jugosos resultados en la estabilidad y prosperidad de sus
negocios. Sin embargo, en los últimos años han surgido
iniciativas inteligentes de hombres y mujeres homosexuales, que
constituyen agrupaciones y realizan trabajo en atención a alguna
causa o necesidad social de la comunidad. En la Marcha del
Orgullo Gay del 2003, en la Ciudad de México, fue muy visible ya
la contundente mayoría de agrupaciones ciudadanas y de civiles
independientes, en comparación con la presencia o el contingente
de los antros y de sus líderes-empresarios. La pregunta sería,
¿cómo convocar a estas inteligencias a la unión, para retomar el
sentido y la inteligencia de un movimiento que hace 20 años
desarticuló la aparición del SIDA? De lo que sí estoy
seguro es que no será a través de liderazgos encabezados por
cabareteros adictos por editores de panfletos vendidos a sus
patrocinadores o por disque artistas encasillados en personajes
afeminados, pues éstos sólo buscan embriagar más a los chamacos,
para volverles adictos a entregar sus pocos pesos al culto que
han montado alrededor de su patética figura.
En fin, no me parece un escenario
muy alentador ese en el que las organizaciones de la comunidad
gay, del grupo de riesgo más afectado por el VIH-SIDA,
efectivamente trabajan en diversos campos de interés para sus
miembros, pero lo hacen a través de esfuerzos aislados,
separados, divididos, y sin una visión integradora que dé
contundencia a la escala de prioridades.
Después de 20 años de
la pandemia en México, creo que es tiempo de sumar esfuerzos, de
multiplicar recursos; basta ya de dividir corrompiendo y de
restar acaparando. Basta ya de liderazgos fingidos, comprados,
prostituidos.
Ciudad de México, Marzo de 2004
|