... APUNTES SOBRE LA GENERACIÓN DEL MIEDO

 

 

Por   Texto de Francisco Calderón Córdova

 

Si eres una persona cuya edad está alrededor o por debajo de los 35 años, entonces perteneces a la generación de hombres y mujeres que nacieron a la sexualidad bajo el signo de la desconfianza, el miedo y la amenaza permanente de la realidad del VIH-SIDA. Esta generación de jóvenes mexicanos, y de todo el mundo, será recordada como la protagonista de un cambio sustancial en el entendimiento del papel de la sexualidad humana, donde ahora ésta es ya parte explícita del lenguaje social y no más un discreto código de secretos de alcoba o, en su versión más escandalosa, de familia.

También, si has sido una persona totalmente responsable con tu sexualidad, entonces lo más probable es que jamás hayas tenido relaciones desprotegidas y que el uso del condón haya venido siendo la única diferencia entre estar sano y no estarlo. El miedo a contraer la infección y sus conocidas consecuencias se reduce sensiblemente cuando se es sexualmente responsable, precavido, cuidadoso; pero, sin embargo, el miedo nunca desaparece, porque la posibilidad de contagio es cada día exponencialmente más alta. La generación del miedo, la generación del SIDA, esa cuya vida sexual atraviesa la década de los ochenta y los noventa, cumple ya más de 20 años buscando replantear las condiciones de ese onírico invento que se llama El Amor.

 

Así empezó todo ...

¿Cómo hacemos al interior de la comunidad gay mexicana un recuento de los 20 años de SIDA? Con duelo, ciertamente, por las ya más de 22  millones de vidas que este asesino ha cobrado, de México a Nairobi, de Buenos Aires a París, y prácticamente ya en cualquier rincón del mundo. Recordando a las figuras públicas que nos fueron arrebatadas por el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, en México y en el mundo: Nancy Cárdenas, Freddy Mercury, Ryan White, Rock Hudson, Arthur Ashe, Jaime Vite, Alvin Ailey, Rudolf Nureyev, Miguel Ángel de la Cueva, Randy Shilts, Elizabeth Glaser, Enrique Álvarez Félix, Keith Haring y Liberace, entre otros. Recordando, también, a todas las víctimas anónimas, a los amados amigos que a muchos de nosotros se nos han ido y que nunca, nunca más volverán a estar a nuestro lado.....; encendiendo una flama en la memoria de Sergio, de Álvaro, de Víctor, de Daniel, de Jaime, de Fernando, de Rafael, de Susana, de Memo, de Gerardo...., de tantos ya....

En la primera mitad de la década de los ochentas, cuando en México importábamos tardíamente y adaptábamos cándidamente a nuestra idiosincrasia los postulados de la Revolución Sexual y del Gay Liberation del Primer Mundo de los años setenta, el SIDA hizo su aparición en un contexto de extrema ignorancia (como sucedió también el el mundo desarrollado); pero sobre todo, en un escenario de inexistencia de organizaciones solidarias al interior de la comunidad gay (entonces el grupo de mayor riesgo) y de una crisis socioeconómica en proceso de profundización que, hay que decirlo, propició el incontenible avance de una pandemia que, para ser contenida, demanda muchos más recursos de los que se le han destinado a lo largo de estos más de 20 años.

En los últimos años de la década de los ochentas, y sobre todo en la primera mitad de los noventas, las defunciones por SIDA se convirtieron en la noticia más repetida entre la comunidad gay de México. Lo que comenzó siendo una noticia aislada y ocasional, se volvió en prácticamente una realidad para todas las personas, pues ahora era el amigo cercano, el conocido o el familiar quien estaba muriendo de SIDA. Desde entonces y a la fecha, el miedo al VIH y la contundente realidad de la pandemia es el pan nuestro para la comunidad gay. Y desafortunadamente, también la ignorancia y la indiferencia persisten, abonando con ello el campo para que la enfermedad prospere con su negro manto de soledad, muerte y tristezas.

Y se conmemoran ya más de 20 años del SIDA con horror, y con profunda rabia por lo magro de los esfuerzos para su investigación y combate; conmemoramos a las 5.3 millones de personas que quedaron infectadas el año pasado, y a los más de 42 millones que hoy viven con el VIH en todo el planeta Tierra.

En el mundo desarrollado, probablemente también puedan conmemorarse los 20 años del SIDA con una cierta esperanza de que la carnicería de los primeros años de la enfermedad haya quedado atrás, gracias a los novedosos fármacos que han convertido al SIDA en una enfermedad crónica con la que se puede convivir razonablemente, en lugar de esperar una muerte segura, al menos por un tiempo.

Pero en nuestros países latinoamericanos, donde la pobreza y la ignorancia avanzan al ritmo de los excesos de los poderosos, de una nueva clase política llena de contradicciones, sólo podemos hacer un recuento de ya más de 20 años llorando infinitas tristezas, padeciendo ausencias y sufrimientos humillantes...., y presenciando los vídeo-escándalos de una izquierda hipócrita que se llena los bolsillos con dólares mal habidos, en una complicidad que ni el mismo Lenin imaginó en sus peores delirios.

Presenciamos en estos años un deterioro lamentable del sistema de salud pública y el encarecimiento abusivo de los servicios médicos privados; en este empobrecido escenario, la condición de seropositividad no es algo que el ciudadano común pueda solventar ni medianamente, aunque pudiera conservar un empleo más o menos remunerado. Sumemos a esto el avance que ha tenido en México, también, una contracampaña llena de prejuicios morales e imprecisiones conceptuales, encabezada por la iglesia católica y la derecha política; que el VIH-SIDA no es prioridad ni en las campañas "educativas" ni en las asignaciones presupuestales del gobierno y sus administradores empresariales (como el mismo Vicente Fox definió a su gabinete al inicio de su mandato presidencial).

En Estados Unidos de Norteamérica, acaso también se conmemora el aniversario con una dosis de satisfacción, pues el envío de un panfleto ("Entendiendo el SIDA") a cada hogar estadounidense y la propaganda en favor del sexo seguro, permitieron que en ese país la cifra de nuevas infecciones alcanzara su punto máximo en los 80, con 150 mil anuales, para luego desplomarse a 40 mil en cada año del decenio de los 90. Cuando, en 1997, se presentó el primer informe sobre una reducción de muertes por SIDA en Estados Unidos, en ese país se pensó que lo peor había pasado. No tenían idea. Hoy se agrava la situación, y sucede justamente cuando la nación de las barras y las estrellas es conducida por un ultra-conservador y abiertamente enemigo de reconocer los derechos de homosexuales y lesbianas.

En todo el mundo, 42 millones de personas (más que la población de Australia) son hoy portadores del VIH. El SIDA en la actualidad es la cuarta causa de muerte a nivel mundial, y la primera en África, donde la miseria humana alcanza grados que nos son inimaginables. En el continente negro, el SIDA se ha robado una generación entera y puesto en riesgo el futuro: arrebata a las economías sus trabajadores, a las familias su sostén y a los niños sus padres. En siete naciones de África, más de 20 por ciento de la población, de entre 15 y 49 años, está infectada con VIH. En Sudáfrica, la cifra es de 20 por ciento, mientras que en Botswana es un espeluznante 36 por ciento. Zambia no puede capacitar a sus maestros con la misma celeridad con la que los mata el SIDA. En 10 años, en África habrá 40 millones de huérfanos a causa de este mal.

En comparación, Asia permanece prácticamente a salvo. Sólo Camboya, Tailandia y Myanmar (Birmania) sufren de tasas de infección superiores a 1 por ciento. Pero la pandemia podría ser como un tifón que acumula fuerzas en una playa desconocida. La tasa de VIH en India, de "sólo" 0.7 por ciento, se traduce en 3.7 millones de personas infectadas. China estima que tendrá entre 5 y 6 millones de seropositivos para el 2005. "Con los recursos actuales", señala el doctor Peter Piot de la ONUSIDA (UNAIDS), "no será posible contener esta epidemia". 

 

Sólo el miedo queda en el ánimo ...

Ante este diagnóstico del avance del SIDA en el mundo, de la grosera escasez de recursos para su prevención y tratamiento, y del predominio de criterios anacrónicos que priorizan más el gasto financiero en guerras absurdas que en la inversión para la investigación y creación de fármacos contra el VIH, sólo el miedo a contraerlo nos queda en el alma. Y lo cierto es que la gran mayoría de la gente en América Latina no optamos por la abstinencia sexual, y que en general los hombres gays tenemos relaciones íntimas no siempre con la misma pareja. Los hombres gays (a diferencia de las mujeres gays) no somos muy dados a las relaciones sexuales monogámicas, pues tampoco lo somos hacia las relaciones emocionales que nos supeditan prolongadamente, que nos hacen depender de alguien más. Entre las mujeres lesbianas, al menos en la mayoría de las que conozco, primero hay una relación emocional y después viene el sexo; entre los hombres, primero viene el sexo y después, si acaso nos gustó, viene una relación emocional. Sé que es una generalización grosera para quienes han sido capaces de sostener relaciones estables, conductas diferentes a las que describo, pero tengo la certeza de que estos son una minoría.

En esa eterna búsqueda por la pareja amorosa, generalmente condenada a la repetición de burdos esquemas comerciales y a su consecuente fracaso, los hombres gays pasamos de los brazos de un príncipe al otro, de una historia a otra, de una relación "estable" a la otra. Para ello, para el encuentro con el amor eterno, hay ya instalada una próspera industria del entretenimiento y la recreación gay, a la que podemos acudir cualquier noche a comprar -además de una copa- nuestro sueño de sexo insaciable y de amor eterno. Seguramente, los más beneficiados por fomentar esta ilusión son los dueños de estos palacios de espejos, que terminan más interesados en fundar el culto a su espectacular persona, que en buscar otorgar responsablemente servicios de calidad a la comunidad (donde se incluye la prevención, la distribución de información plural y la atención a problemas comunes).

Me sorprende la cantidad de adolescentes con problemas de alcoholismo y de salud sexual que deambulan por la Zona Rosa de la Ciudad de México, pasando de un Cabaré... a otro, sin que los miopes propietarios de estos establecimientos les interese siquiera servir otra cosa que no sean las bebidas etílicas. Es estupendo que haya cada vez más sitios de reunión para la gente gay en esta ciudad, no hay duda; pero resulta más vergonzoso el nivel tan bajo de los servicios que estos "empresarios" brindan a su clientela. Algunos llegan al extremo de simular campañas sociales en favor de la comunidad gay, a través de publicaciones espurias y oportunistas, para aparentar que no son la misma podredumbre que en sus establecimientos se respira y observa de sobra.

Para los hombres gays, la química sexual nos es prioritaria, determinante para aceptar y desear sostener una relación amorosa. Y es justamente ahí, en la condición primaria para podernos relacionar emocionalmente, para podernos enamorar, en donde ha hecho su nido el VIH-SIDA. Suena terrible, porque también sabemos que para los hombres gays la búsqueda del amor eterno es casi una constante a lo largo de la vida.

¿Acaso tú, amigo lector, no tienes presente el miedo al VIH-SIDA cada vez que tienes una nueva relación sexual?..., ¿no es cierto que este miedo agazapa tu pasión y te impone límites que parecen exagerados, pero que en realidad nunca lo son?....., ¿has podido evitar sentirte culpable de amar con plenitud, cuando el recuerdo de tus "desenfrenos" te hacen temer a la posibilidad de estar ya contagiado por este terrible mal?....

Para el común del hombre gay de mi ciudad, hay mucho qué hacer para vencer al miedo y vivir con relativa tranquilidad respecto al SIDA. Pero aún así, el miedo es la constante que sólo modula su intensidad, pero nunca se desprende de nuestro ánimo. Esta generación, también mi generación, siempre ha vivido la sexualidad con miedo, porque ha quedado superada por fin la frase que estruendosamente repetía mi abuela: "¡Hombre!, .... nadie se muere de amor".

 

"¿El sexo es sucio?  Sólo cuando se hace bien."

Woody Allen

 

Y para quienes llevamos un poco más de años presenciando el avance del SIDA en México, quienes pertenecemos a la generación que atestiguó su terrorífica aparición y vimos morir a nuestros mejores y más añejos amigos, también nos es claro que no basta con afrontar al miedo, sino sobre todo constatamos que hay que buscar certezas y motivos de tranquilidad. El sexo seguro, desde luego, y evitar -en la mayor medida de lo posible- tener diferentes parejas sexuales, nos puede dar algo de tranquilidad, pero no la paz de una certeza total.

El miedo paraliza al que lo experimenta, y cuando éste es prolongado nos conduce a la negación como un mecanismo de defensa. Entonces viene una sensación de valentía que en poco nos ayudará, y desafiamos al azar y a la suerte como sólo lo harían los temerarios que se canonizan como héroes y fabrican mitos. "A mi no me va a pasar", se repiten a sí mismos, y pretenden haber encarcelado al miedo que suprime, como un tirano, al gozo de la búsqueda por el ser amado. Entonces, ahora, el miedo a amar es sinónimo del miedo a morir....; y en medio queda nuestro deseo, atrapado en un silogismo que no somos capaces de resolver.

 

 Hace 20 años amar era fácil ...

El sentimiento de duelo, de luto por quienes nos dejan, ya sea por otro amor o porque se nos mueren, es uno de los más dolorosos que experimentamos los seres humanos. De hecho, la interpretación más oscura de la palabra "soledad", evoca a esa etapa emocional en la que el amante siente dilatados todos los vacíos de su ser y, cual paisaje desértico, sólo se puede reparar en lo que no hay, en lo que no se tiene o en lo que no existe. Hay vacío...., hay nada. Hay muerte.

La irrupción del SIDA en México se dio en un momento en el que los gays fuera del closet forjaban sueños maravillosos, tejían un cuento de armonía y con sabores a miel y azúcar. Tu vida amorosa entonces podía ser montada como un cuento de hadas, rodeado de una corte de amigos que atendían y legitimaban tu unión (los amigos de la pareja, los de uno y los de otro); y si el feliz sueño terminaba por algún motivo, siempre era emocionante volver a comenzar nuevas alianzas, experimentar nuevas caricias, imaginar nuevos proyectos y enamorarte enloquecidamente otra vez. No había consecuencias más allá que las del dolor pasajero en el corazón, en el alma.

También había quienes gustaban jugar el papel de "la fatal"; pasando de un matrimonio a otro, coleccionando recuerdos únicos de cada uno de sus muchos amores, amándoles a todos, a los pasados y a los por venir. Estos individuos, que tal vez son más de los que imaginamos, preferían el calor de la taberna, del bar..., del bar gay. La vida comunitaria con personas afines sexual y emocionalmente, les brindaba un sentimiento de pertenencia que prolongaba el gozo y les hacía sentir protegidos. El orgullo de ser gay, ciertamente más importado de los EEUU que espontáneo en México, le dio un sentido revolucionario, transformador, a los vínculos de solidaridad entre homosexuales, lesbianas y demás cómplices sociales. Como lo sugiriera Michael Foucault, la vida en pareja y la vida comunitaria, son experiencias a través de las que es posible imaginar y recrear un nuevo orden social. En los años previos a la irrupción del SIDA, la sexualidad en mi ciudad se transformaba de un lenguaje confinado a los secretos placeres de la alcoba, en un componente fundamental en el diálogo entre la sociedad y el orden institucional.

No sólo en las relaciones amorosas o de pareja, sino en las relaciones afectivas e incluso familiares, se estaban generando transformaciones considerables a principios de los años ochenta en México. Si los años setenta fueron emblemáticos de la Revolución Sexual en el mundo occidental, la década de los ochenta fue tiempo para las reivindicaciones y la lucha de grupos cuya sexualidad no convencional les mantenía marginados y satanizados.

Con la pareja, con los amigos o con la familia, individuos homosexuales configuraban ahora nuevas formas de interactuar y de socializar, en el sentido más estricto del concepto. Los aceptables resultados de estas alianzas poco convencionales en los términos de las relaciones sociales tradicionales, derruía los cimientos de la moralidad conservadora que reprueba a la homosexualidad (sobre todo a la masculina). En los ochentas, comenzaba ya a ser usual que hombres y mujeres gays salieran de la casa paterna, para fundar un hogar en compañía de una pareja del mismo sexo o de otros amigos homosexuales. Y a pesar de todos los pesares, de todas las fórmulas moralistas, la cosa entre estos individuos funcionaba bien o al menos de manera muy parecida a lo que sucedía con las relaciones convencionales.

Había un fuerte optimismo entre los gays al comprobar que encajábamos, que éramos asimilados por el sistema sin indigestiones fatales, y que salir del closet no era tan costoso como lo pintaban los radicales del movimiento. El encuentro cotidiano con nuestra vida como homosexuales, se volvió un asunto menos conflictivo y mejor asimilado no sólo por nosotros, los gays, sino también para quienes éramos vistos como hijos, como estudiantes, como trabajadores.

Y entonces....., llegó el SIDA...., hizo sus primeros desastres y lo echó casi todo a perder. Las relaciones de solidaridad entre los miembros de la comunidad gay mexicana, aún inmaduras por lo tardío de su reconocimiento institucional, se derrumbaron y no resistieron el embate de los hechos. Y abatidos por los ataques de la moral pública en contra de la enfermedad y de quienes la padecían, nos hicimos a un lado de amantes, de amigos o hermanos que enfermaron con esta socialmente vergonzosa plaga. Así, a lo largo de estos ya 20 años, nos aislamos con nuestros miedos y, peor aún, con nuestros prejuicios. Y quienes permanecimos a lado de los que supieron amarnos y supimos amar hasta el final (y aún más allá), hemos presenciado una dolorosa realidad y un duelo que se prolonga por la indiferencia o el prejuicio social, la falta de apoyos a organizaciones ciudadanas, a la investigación y tratamiento del VIH-SIDA, ....y el miedo que se ha anidado en el deseo, en el amor, en la pasión.

La generación del SIDA, la de aquellos cuya vida sexual activa atraviesa los ochentas y los noventas, ha experimentado muchas bajas de entre sus filas, tantas como las de vivir en un país en guerra y ser a la vez la nación invadida y el agresor. Amigos o amantes con quienes se forjó un sueño común, un proyecto de vida y lazos de solidaridad, quedaron petrificados en el camino y para jamás regresar. Es como lo que sentiría el personaje principal de aquella maravillosa película del año 1983, protagonizada por Bowie, Deneuve, Sarandon y Scott, The Hunger, donde se relata el terrible sufrimiento de un hombre que es inmortal y que acumula, al paso de los siglos, los cadáveres de sus grandes amores en ataúdes apilados en un desván.

Con ellos, nuestros amigos fallecidos, se fueron para siempre muchos de nuestros sueños de adolescencia y, casi sin sentirlo, alteraron la vigorosa marcha de un movimiento cuya bandera era el orgullo de ser, de pertenecer. Veinte años de duelo, ¿no nos son suficientes ya?

 

El amor en los tiempos del Big Brother ...

Como en la novela orweliana, 1984, en nuestra vida privada cada día quedan menos secretos a los ojos del Gran Hermano colectivo, y el sólo hecho de pretender escamotear algún episodio de nuestra cotidianeidad a los ojos de la sociedad, nos vuelve sospechosos de disidencias terribles y de indecibles pecados mortales. Prueba de ello (parecería indiferente al no comentarlo) son los vídeo-escándalos de la vida política en México, que más que simples artimañas entre los grupos de poder para desprestigiarse y aplastarse por sus pugnas internas, sus ambiciones y sus empresas, son el signo de una nueva manera de hacer política transparentando el desempeño de las labores públicas frente a la sociedad, por llamarle así a las responsabilidades de los servidores públicos ante los contribuyentes. Lo alarmante de todo esto, es constatar que el poder Judicial y el sistema de impartición de justicia en México, están urgidos de una depuración y una reforma integrales que más bien llamaría "cirugía mayor".

En ese sentido, uno de los principales problemas que ha enfrentado -a lo largo de estos más de 20 años- la aparición y permanencia del VIH-SIDA en México, es justamente la idea que en alguna ocasión citó Tito Vasconcelos: "el closet mata". Quiero entender esta frase como una referencia al hecho de que muchos hombres no han atendido o, peor aún, no han prevenido la enfermedad, por permanecer en el closet y no asumir su condición sexual con plenitud y orgullo, con información y responsabilidad.

En el contexto en el que le escuché decir esto a Vasconecelos, fue durante su discurso para la presentación de una campaña de prevención del delito, donde el actor criticaba la reciente apertura de un negocio llamado El Closet, agencia de contratación de chicas que acompañaban a hombres gays a eventos sociales donde se tiene que aparentar ser buga. La crítica me pareció entonces desproporcionada (como mucho de lo que hace este actor), pues los canales en los que se publicitó la agencia fue en los utilizados exclusivamente por gays totalmente asumidos, abiertos; pero mucho del razonamiento sí es, desde luego, aplicable al contexto que ha servido como caldo de cultivo a la pandemia del VIH-SIDA. Aunque hay que decir que la desinformación y el miedo han jugado un papel más devastador.

Estar fuera del closet no es, como lo piensan los fundamentalistas de la liberación gay de los años setentas, salir a la calle y gritarle al resto de la sociedad: ¡Soy gay, ¿y qué?! (como rezaban las papeletas que repartieron en la primer Marcha del Orgullo Homosexual, en 1978). Lo realmente importante y lo que, en mi opinión, significa salir del closet, es la forma en la en que los hombres y mujeres homosexuales logren establecer e institucionalizar su interacción para satisfacer necesidades y atender preocupaciones comunes. Una vez que se tiene la capacidad para actuar de manera colectiva, organizada y orientada, es posible institucionalizar los cambios que nos beneficien en lo particular y como comunidad.

Necesidades en temas como la salud, el acceso a la justicia, el arte y el entretenimiento, entre muchos otros aspectos de la vida cotidiana en los que interactuamos la gente gay, se han visto relativamente atendidas y beneficiadas por la actuación social de grupos de activismo gay (o GLBTT, como algunos insisten hacerse llamar). Otros grupos, hay que reconocerlo también, han surtido el efecto contrario y han arraigado más profundamente el rechazo y la discriminación. Y sin duda, los servicios que más han prosperado en México para los miembros del colectivo gay, son los del entretenimiento (bares, Cabare´s, discos); ello explica el supuesto liderazgo y la concentración de poder por parte de algunos empresarios y artistas gays, quienes contando con recursos suficientes se pueden disfrazar de heroínas caballerescas y encabezar, montadas en el techo de un trailer, la Marcha del Orgullo GLBTT. Hay que decirlo, por cierto, que en el plano político han sido las mujeres lesbianas las que han sido capaces de legitimar liderazgos institucionalmente y, más importante aún, incorporarles en la agenda legislativa del país. Lo demás ha sido pura jotería.

 

 Como decía Yuri, "siempre vendrán tiempos mejores"...

Son pues 20 años de un golpe que no nos ha permitido superar el azoro, el enturbamiento y la indignación, por lo repentino de su aparición, la crueldad de su acontecer y lo lamentable de sus resultados. Son 20 años durante los que hemos presenciado sufrimiento, indiferencia, discriminación y muerte, ante la aparición, desbordamiento y permanencia del VIH-SIDA en nuestro país y el mundo.

Y si bien es cierto que desde la segunda mitad de los años noventa existen avances médicos que permiten controlar y mantener a raya, por un tiempo más esperanzador, al virus de inmunodeficiencia humana, por otra parte persiste una distorsión en la percepción pública respecto de las prioridades para atender la pandemia....., lo que por cierto me hace ver un panorama desesperanzador.

El resultado de esto, de la miopía pública en prácticamente todos  los países para diseñar estrategias de lucha contra el SIDA, es que naciones y gobiernos no han invertido aún suficientes recursos en la lucha contra el VIH-SIDA; ni recursos humanos, ni materiales, ni financieros, ni científicos, que permitan avances concluyentes y que precisen los métodos para detener a este asesino veinteañero.

Quizás el hecho de que esta enfermedad haya ya trascendido las fronteras de los llamados grupos de riesgo en México, es que existe una preocupación gubernamental manifiesta, plenamente justificada y que legitima, sin oposiciones encarnizadas, la programación de recursos presupuestales para su atención.

Sin embargo, al menos en México, persisten organizaciones que visualizan al problema del VIH-SIDA como la concreción de un castigo divino, como la hoguera dantesca en la que se paga el precio por ser sodomita o pecar de lujuriosos. Ello es más alarmante al constatar que justamente esos grupos fundamentalistas, los llamados de extrema derecha (como Pro Vida, que sataniza a la homosexualidad o al uso del condón), son los que se han visto representados en la institución presidencial y, sobre todo, en la figura de la primera dama de México. Al poder político de estas agrupaciones que operan en nuestro país, hay que sumar su elevada capacidad económica y la canalización de cuantiosos recursos del presupuesto público- (como ya está comprobado con el caso de la canalización de recursos de la Secretaría de Salud, hacia los centros de atención anti-aborto de la ultraconservadora Pro Vida).

A diferencia de hace 20 años, en la actualidad existen en México muchas más organizaciones al interior de la comunidad gay que trabajan alrededor de temas de interés común. Sin embargo, y lamento valorarlo cotidianamente así, muchas trabajan dispersas, aisladas, y no existe un vínculo entre ellas que sea lo suficientemente fuerte, compartido, como para lograr hablar con una sola voz, a pesar de todas sus diferencias, y actuar con contundencia y unidad. Si bien la diversidad es una característica que invariablemente denota riqueza, en el caso de la comunidad gay mexicana mucha de la diversidad que le conforma se ha capitalizado en números rojos, en pérdida de oportunidades y potencialidades no aprovechadas. Por ejemplo, si la versión resucitada de la revista Homópolis salió al mercado unos meses atrás, no fue para diversificar la oferta y servir mejor a la comunidad gay de la Ciudad de México, no; fue para chingarse a los de la revista Ser Gay (publicación con más de 10 años en el mercado) porque se les ocurrió cuestionar y criticar en sus páginas al veterano Tito Vasconcelos, patrocinador y promotor de una mala copia..., eso sí, con mucha producción.

La división, la confrontación, la intriga, el ataque y la difamación, son características que dominan en las relaciones entre las organizaciones de la comunidad gay mexicana. Estas organizaciones están, cada vez más, concentradas en menos manos, a la zaga de menos caprichos, comandadas por obsesiones más conocidas. Se ha visto ya, por ejemplo, que los intereses de ciertos empresarios gays divergen de los de agrupaciones de activismo político; que los intereses de los grupos que son apoyados por el partido en el gobierno, se contraponen a los intereses de los grupos que buscan o reciben apoyo de partidos políticos de oposición; y en fin, parece no existir entre la comunidad gay un motivo social, político o ideológico, lo suficientemente robusto como para convocar a la unidad y a la solidaridad. El conflicto es sano en toda organización, pero la concentración de la posición antagónica en unas solas manos, es el principio de una historia plena de tiranías y decadencia. 

Y si bien hay mucho de propio en cuanto a la desunión de la comunidad gay, lo cierto es que en gran medida ello es un reflejo del proceso de transformación (otros dirían "descomposición") que viven las relaciones de poder todas en México; esto está aconteciendo entre los partidos, entre los poderes del Estado, entre los órdenes de gobierno, entre los sectores tradicionalmente más activos, en la familia..... entre los amantes.

Corresponde a quienes su inteligencia no les permite ser pesimistas, reconstruir los lazos que vinculan y permiten interactuar entre sí a los gays. La comunidad gay ha radicado, ha interactuado y ha sido representada preferentemente en las tabernas, en los bares, discotecas y en los clubs de sexo de la ciudad (antes, los baños). Los propietarios de estos negocios, donde se venden copas y sueños de amor y armonía, son quienes tradicionalmente han prosperado más en el liderazgo del movimiento GLBTT, pues sin duda el activismo político es una inversión que tiene jugosos resultados en la estabilidad y prosperidad de sus negocios. Sin embargo, en los últimos años han surgido iniciativas inteligentes de hombres y mujeres homosexuales, que constituyen agrupaciones y realizan trabajo en atención a alguna causa o necesidad social de la comunidad. En la Marcha del Orgullo Gay del 2003, en la Ciudad de México, fue muy visible ya la contundente mayoría de agrupaciones ciudadanas y de civiles independientes, en comparación con la presencia o el contingente de los antros y de sus líderes-empresarios. La pregunta sería, ¿cómo convocar a estas inteligencias a la unión, para retomar el sentido y la inteligencia de un movimiento que hace 20 años desarticuló la aparición del SIDA?  De lo que sí estoy seguro es que no será a través de liderazgos encabezados por cabareteros adictos por editores de panfletos vendidos a sus patrocinadores o por disque artistas encasillados en personajes afeminados, pues éstos sólo buscan embriagar más a los chamacos, para volverles adictos a entregar sus pocos pesos al culto que han montado alrededor de su patética figura.

En fin, no me parece un escenario muy alentador ese en el que las organizaciones de la comunidad gay, del grupo de riesgo más afectado por el VIH-SIDA, efectivamente trabajan en diversos campos de interés para sus miembros, pero lo hacen a través de esfuerzos aislados, separados, divididos, y sin una visión integradora que dé contundencia a la escala de prioridades.

Después de 20 años de la pandemia en México, creo que es tiempo de sumar esfuerzos, de multiplicar recursos; basta ya de dividir corrompiendo y de restar acaparando. Basta ya de liderazgos fingidos, comprados, prostituidos.

 

Ciudad de México, Marzo de 2004