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Y
va de nuevo para atrás: los integrantes de la Asamblea Legislativa del
Distrito Federal, en su último día de sesiones del último periodo de
la II Legislatura, el pasado 30 de abril del 2003, rechazaron
cobardemente entrar a
la discusión de la polémica Ley de Sociedades de Convivencia.
Temerosos del rechazo de
la sociedad, a la que dicen representar con legitimidad, y sabedores del extremado
conservadurismo sexual de la mayoría de los mexicanos, los diputados locales de los mega-partidos
políticos PAN, PRD y PRI, boicotearon deliveradamente la sesión
legislativa en la
que se discutiría esta iniciativa de Ley; ésta pretende dar derechos a todo
mayor de edad del Distrito Federal, sea o no homosexual, otorgandoun
reconocimiento jurídico de la relación existente con otra persona con la que
comparte su vida (y no necesariamente su sexualidad).
Más allá de discutir
sobre los beneficios sociales que traería la aprobación de esta Ley, que
indudablemente son muchos y pasan por el derecho a heredar, el derecho a
la seguridad social, el derecho a la vivienda y otros más, el punto es
reflexionar sobre las ofertas reales que ofrece a los homosexuales el actual modelo de democracia en México,
modelo que
persiste en el afán de excluir a grandes segmentos de la población de
los beneficios que deben ser comunes a todo ciudadano, independientemente de
su raza, clase social, credo, género, filiación política o
preferencia sexual.
PARTIDOCRACIA VS. INICIATIVAS DE LA SOCIEDAD CIVIL
Recuerdo que allá por
1996 vino a México el politólogo italiano Giovanni Sartori, y en el hermoso
recinto del Colegio de San Ildefonso, dio una plática sobre la
evolución de los
partidos políticos en el mundo. Entonces comentó que el destino final
de los grandes partidos políticos, como lo son en México el PRI, el
PRD o el PAN, es el de diluirse poco a poco y dar paso,
irremediablemente, a las iniciativas de la sociedad civil organizada a
través de instituciones más diversificadas y con un acceso diferente a
las posiciones de decisión del Estado. De
la actual existencia de los grandes partidos políticos, estaríamos
presenciando una transición caracterizada por el surgimiento de importantes organizaciones
civiles como protagonistas de la escena política,
portadoras éstas de demandas ciudadanas legítimas, urgentes y diversas.
Hoy por hoy, en la primer
década del segundo milenio, la única
forma legal, legítima y posible para acceder a los cargos de
representación popular y, por tanto, a las curules en las cámaras
legislativas locales y federal, es perteneciendo a algún partido
politico y logrando una candidatura electoral. Pero es un hecho que este
esquema de representación de la sociedad en el Estado hoy no está siendo
inclusivo, que está dejando a un lado a
extensos grupos de ciudadanos que demandan no ser marginados de la
aplicación del derecho -es decir, la justicia- ni excluidos del desarrollo
social -es decir, el "progreso".
Las
organizaciones de la sociedad civil en México se han fortalecido en los últimos
años y seguirán haciéndolo en el mediano plazo, espero; ello está obligando
no sólo a los partidos políticos a democratizarse en lo interno (lo
que, sin duda, está mostrando una enorme resistencia), sino también al sistema
de representación política a reconfigurar los mecanismos de acceso al
proceso de toma de las decisiones públicas. Hoy por hoy, el debate
político y el establecimiento de alianzas se da más intensamente en
los medios de comunicación, que a través de las instituciones
políticas o legislativas.
Si algo quedó patente
durante la fallida discusión y el desafortunado reenvío a la
congeladora de la iniciativa de Ley de
Sociedades de Convivencia, el pasado 30 de abril en la Asamblea
Legislativa del Distrito Federal, es que los partidos
políticos -al menos en la Ciudad de México- no tienen hoy la capacidad
de representar, de manera ordenada, a una amplia gama de las demandas que
hoy reclaman los grupos
sociales. La incapacidad de estos institutos para tejer alianzas,
para conciliar posiciones, para contruir consensos, tiene su peor rostro
en el diseño de su comunicación social, en sus estrategias y campañas
proselitistas que cada vez más recurren a
la descalificación, a la ridiculuización del adversario y al
escándalo difamador. Con ello, la apatía y el abstencionismo son el
resultado más frecuente.
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LA
TOMA DE LA TRIBUNA EN LA ASAMBLEA LEGISLATIVA
Diez diputados locales
del DF, de diferentes partidos políticos, al ver que las fuerzas
reaccionarias al interior de la Asamblea Legislativa pretendían
cancelar la discusión de la inicitiva de Ley de Sociedades de
Convivencia, tomaron la tribuna del recinto parlamentario y exigieron la
incorporación del tema en el Orden del Día de la última sesión de su gestión.
Finalmente, se consiguió hacerlo y la iniciativa obtuvo el número 18 en la lista de
asuntos a discutir por los integrantes de ese órgano de representación
ciudadana.
Sin embargo, al llegar al punto
de la sesión en el que la muy polémica Ley de Sociedades de Convivencia
habría de ser discutida y votada, muchos diputados -de todos los
partidos- se retiraron deliveradamente del recinto legislativo, haciendo con
ello que no se contara con el quorum necesario siquiera para
continuar con la sesión. El Presidente de la Mesa Directiva declaró la
falta de quorum, y dio por concluidos los trabajos no sólo de esa
sesión, sino de los trabajos de la II Legislatura. |
Diez
diputados del PRD, de Democracia Social, de Partido del Trabajo y
del Verde Ecologista tomaron la tribuna. / FOTO:
GABRIEL JIMÉNEZ/ Reforma, 1° de mayo de 2003
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Este
hecho ha sido muy representativo -en mi opinión- de la actual crisis de
los partidos políticos en México. Quedó manifiesta la división al
interior de las fracciones legislativas de los partidos, su falta de
cohesión, la no consolidación de acuerdos y la inexistente
coincidencia ideológica de sus dirigentes, cuando lo único que dejó patente
la actuación de los diputados locales fue el arraigado conservadurismo y la alarmante ignorancia que
priva entre quienes hoy están accediendo a las posiciones legislativas
de esta ciudad.
El consenso que seguramente no alcanzaron
muchas iniciativas de ley en la Asamblea Legislativa, esta vez lo
consiguió el callado acuerdo de sus integrantes de no otorgar derechos
no sólo a los homosexuales y lesbianas de la ciudad, sino tampoco a
muchos ciudadanos que comparten sus vidas en un esquema de relaciones
humanas diferentes a las tradicionales e institucionalizadas (como el matrimonio o el
concubinato). Muchos de los diputados que abandonaron cobardemente el
recinto legislativo, acobardados y temerosos de ser juzgados por su
afirmativa o negativa a la Ley de Sociedades de Convivencia, son los
mismos que en esos momentos esperaban obtener una nominación para una candidatura de sus
partidos a un nuevo cargo de elección popular. Haberse manifestado en
favor de "los jotos y las mamfloras", de legalizar el "matrimonio
gay", les hubiera reportado un alto costo político y el riesgo de
caer en el desprestigio; esos cobardes individuos, que se hacen llamar
"representantes populares", son los mismos que seguirán con
su simulación disque democrática ahora en el Congreso de la Unión.
Reza el dicho popular: "cada pueblo tiene el gobierno que se
merece".
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LOS
IMPULSORES...
Vaya desde
aquí toda mi admiración, reconocimiento y emoción para Enoé
Uranga, amiga y mujer solidaria, que jamás bajó la guardia y hasta el
último minuto de la II Legislatura luchó por la aprobación
de esta iniciativa que, durante años, imaginaron hombres y
mujeres progresistas, mexicanos comprometidos con la
construcción de una democracia real y artífices del
desmantelamiento del simulacro excluyente y machista (¡te abrazo desde la
distancia, Rosalba Carrasco!).
Enoé Uranga, principal promotora
de la iniciativa, alcanzó la
diputación local a través del hoy extinto Partido Democracia
Social, instituto político que por desgracia no fue capaz de asumir ni de
conciliar la diversidad de sus banderas ni la de sus propios
militantes. Los sueños que cobijó el PDS, no concluyeron en
realidades tangibles y permanecerán por aún mucho tiempo en la postergación
indefinida, cobarde, acomodaticia.
Arnold Ricalde, joven e
inteligente legislador de la Ciudad de México, apoyó
solidariamente la iniciativa de Ley y también hasta el final
actuó en consecuencia con su convicción. Para tí, Arnold, todo mi respeto, afecto y
también mi franca admiración. Cuando nos conocimos
(cierta noche cuando nuestro anfitrión fue Tito Vasconcelos) me
cautivó tu charla amable, franca y cálida....; con el
paso del tiempo y en nuevos encuentros, reconocí tu
capacidad para crecerte como representante popular, tu inteligencia hasta precoz
como legislador y tu certero compromiso por defender lo que en
principio consideras justo.
Seguiremos viéndonos en los espacios de debate y donde se tejen
las alianzas (y ahora trataré de no ser "miedoso" cuando me ofrezcas la palabra en
público); coincidiremos, estoy seguro, cuando salgamos a reivindicar,
con los brazos
abiertos ante la multitud, lo legítimo de nuestra emoción y
nuestras ganas de compartirla con todos. |
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Y
para los demás representantes populares que tomaron la tribuna
aquella mañana frente al pleno de la Asamblea, con valentía y
sin temores a perder las canonjías y los privilegios de las
dietas o de la inmunidad parlamentaria, vaya mi agradecimiento
por adherirse a la lucha de quienes son discriminados por ser
diferentes.
Si alguien ha de escribir
algún día la historia del movimiento
GLBT (gay, lésbico, bisexual y Transgénero) en México, la
toma de la tribuna en la ALDF se me antoja un pasaje que, necesariamente, deberá ser referido
como un momento cargado de simbolismos y significado; durante
la primera década del siglo 21 -dirán los historiadores del
movimiento GLBT mexicano- la
sociedad mexicana abrazaba aún los valores conservadores,
regresionistas y homofóbicos que heredó de su mestizaje
evangelizador, del progreso positivista y del caudillismo
revolucionario machista. Y sin embargo, hubo un grupo de valientes
mujeres y hombres que
destacó el valor de ser diverso, diferente, inclusivo y respetuoso de
los estilos de vida de los demás.
Y LA DEMOCRACIA QUE
NUNCA LLEGA ...
Que
haya cambio no quiere decir que éste necesariamente sea un tránsito
certero a la democracia. El famoso cambio, tan traído de aquí para
allá, tan rebuznado por el Presidente de la República y coreado por su
circuito de poder, de ningún modo nos ha llevado a una democracia
desadjetivizada, ajena a las etiquetas que imponen roles o marginan
pareceres. La democracia no ha llegado más que para aquellos que hoy
gozan de privilegios y antes eran oposición jodida. Por el contrario,
hoy las diferencias se agudizan, y no precisamente en lo conceptual o en
lo ideológico; la desigualdad en las oportunidades económicas,
políticas, sociales y culturales, es grotesca y muy peligrosa. Ahora son sólo los
frutos del enfrentamiento los que tejen endebles acuerdos y enclenques alianzas, y no es motivo de ello la
prevalencia de un clima político de libertad y diálogo. La iniciativa
de Ley de Sociedades de Convivencia tocó una fibra muy sensible de la
intimidad colectiva, y terminó por delatar los miedos y las
ambigüedades que subyacen en el ser del mexicano, del hijo más
pequeño de la divinidad guadalupana. ¡No dejen de ver alguna
telenovela, por favor!....., siempre es ilustrativo el planteamiento dramático que
hacen de los valores y esquemas de conviviencia de los mexicanos.
¡Catalina Creel para Presidenta!
No hay que ser reticiente a escuchar de
los permanentes escándalos políticos que llenan los espacios en los medios, ni debemos
calificarles a la ligera como información sin valor ciudadano. Es
precisamente en los escándalos mediáticos donde encontramos -a mi
parecer- la lectura
más fiel de la realidad del poder político en México. Así, bajo la luz de los
recientes enfrentamientos al interior de lo partidos a causa de la conformación de las
listas de candidatos a la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, es
posible vaticinar la permanencia en las cámaras de los mismos grupos
que abrazan criterios aún conservadores y plagados de ignorancia. Por
desgracia, los grupos de personas progresistas permanecen en la fragmentación
estéril de sus organizaciones, en una oposición ineficiente y
tratando de conciliar eternamente sus diferencias internas.
La Ley de Sociedades de Convivencia, me
parece, seguirá en la congeladora por largo tiempo; quizás algún día
se le saque de los sótanos de Donceles y Allende y los diputados tal
vez tengan un dejo de honestidad, y decidan discutirle abierta y
razonablemente en beneficio sus representados. Pero ya sin un activo
promotor de ella al interior de la Asamblea Legislativa, como lo fue
Enoé Uranga durante los pasados tres años, difícilmente será retomada por ningún diputado que
esté en sus sanos cabales. Sólo la presión política de las
organizaciones ciudadanas, de las agrupaciones de la comunidad GLBT y
demás gente interesada en su aprobación, detonará la deliveración de
esta iniciativa que -no hay duda- busca un cambio sustancial en el
esquema de convivencia al que cotidianamente acudimos quienes
habitamos en esta ciudad.
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Sigamos soñando cómo hacer
el sueño realidad. No nos perdamos en la misma vorágine de
competencias y rivalidades en las que hoy están los partidos
políticos. Olvidémosnos de los protagonismos y los liderazgos a
ultranza y sumemos razones e inteligencias;
pues mientras la democracia se siga postergando y las emociones de los
diferentes sean ignoradas, reprobadas y marginadas, probaremos la
justicia sólo en la medida en la que estemos juntos....,
acompañados...., solidarizados.
Los detractores más
"liberales" de la iniciativa de Ley de Sociedades de
Convivencia argumentan que los derechos que se exigen ahí, ya existen
en el derecho positivo mexicano y qué sólo hace falta que hagamos uso
de ellos; bueno, yo digo que pongamos a prueba si
realmente existen o si nos son justos, ejerzámoslos y entonces exijamos los ajustes,
las modificaciones, las derogaciones y las innovaciones que nos parezcan.....,
hasta que nos hagan justicia.
En fin,.... en lo que la democracia llega a esta
ciudad......,
¡cásate conmigo, mi rey! ....
Paco Calderón.
México DF, Mayo de 2003.
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