Texto de Francisco Calderón Córdova

 

Para Gerardo Eliu y Samir Jabdur

 

Durante la cena de Año Nuevo, en la casa de Bety y Xóchitl, se dio un acalorado debate entre quienes compartíamos la mesa respecto de la posibilidad de que se pudiera dar marcha atrás o no a las conquistas políticas y legislativas alcanzadas en España en materia de matrimonios homosexuales. En lo personal, manifesté a mis interlocutores mi temor por las señales tan negativas que he percibido a través de los medios noticiosos (principalmente en la prensa escrita mexicana) y que perfilan la firme intención de ciertos grupos católicos y conservadores españoles de derogar estos derechos ciudadanos. Así mismo, expresé a mis acompañantes mi gran enfado por el cada vez más alarmante avance de la iglesia (o las iglesias) en el campo de los medios de comunicación y la manipulación mediática, pues justamente esa tarde descubrí un nuevo canal (el 142) en el sistema de Cablevisión y cuya programación está a cargo, las 24 horas del día, de grupos cristianos nacionales y extranjeros (El Sembrador y Pare de Sufrir, principalemente).

Inmediatamente, enfrenté la reacción contraria a mis argumentos por parte de Beatriz, amiga muy querida, brillante abogada y constante viajera al país ibérico; ella aseguraba, definitiva y convencida de ello, que no hay forma de echar marcha atrás en este tema, que la institución matrimonial para personas del mismo sexo en España permanecerá vigente muy a pesar de la oposición y de los intereses de grupos conservadores e iglesias. Habló profusamente del ambiente democrático y de apertura que se vive en aquel país y, desde luego, entre la comunidad gay. Mi posición, o debiera decir mejor, mi temor fundado, era que el enemigo no es pequeño y que las señales han sido claras, que el piso se cimbra ya mientras más se acercan las huestes guerreras de clérigos y fundamentalistas homofóbicos, en su afán por suprimir el derecho de los homosexuales en España a unirse civilmente ....; subrayé que nunca borraré de mi memoria cuando fui injustamente expulsado, mereciendo todos los deshonores y ofensivas reprobaciones, de aquel internado adventista en el que estuve algún tiempo durante la escuela secundaria, allá en la Selva Negra, en Pueblo Nuevo, Solistahuacan, Chiapas, cuando los jerarcas y dueños de la institución conocieron de mi homosexualidad (bueno...., supongo que no les quedó de otra al encontrarme en la cama con el hijo del director, y peor aún cuando después, enamorados, ambos defendimos lo que entendíamos como nuestro derecho a ejercer no sólo nuestra sexualidad, sino nuestra legítima emoción).

En fin, el debate de la cena de Año Nuevo quedó en suspenso al final; entre la posibilidad real de que los grupos conservadores españoles, con influencia y presencia en el senado y el congreso de los diputados, busquen y consigan derogar el derecho de hombres y mujeres homosexuales a los contratos matrimoniales; y, por otro lado, la imposibilidad de que esta conquista del pueblo español dé marcha atrás, muy a pesar de lo que quieran los grupos conservadores, los clérigos o los ultraderechistas ibéricos. Y ojala que lo que asevera Beatriz sea la verdad, que no haya marcha atrás en lo alcanzado ya por el pueblo español (y más recientemente por los ingleses); nada será más reconfortante que presenciar la normalización de los matrimonios homosexuales y, en un futuro, ni siquiera hacerlo objeto de cuestionamientos o debates.

Sin embargo, y especialmente en México, quienes ven a los homosexuales como sus enemigos naturales, como verdaderos enviados del infierno y potenciales destructores de la humanidad, están ganando terreno para montar una confrontación hostil, impregnada de machismo, ignorancia y estupidez. Al menos, esa es la impresión que la noche del fin de año tenía yo, después de haber visto en la televisión a un auditorio repleto de jóvenes fanáticos cristianos coreando canciones dirigidas al Señor, interpretadas por un grupo pretendidamente rockero y alternativo. ¡Qué espectáculo!

 

Y Darwin ... ¿quedó en el pasado?

Los signos del avance de los conservadores, del recrudecimiento de sus posiciones, es para mí evidente al voltear mi vista al norte del continente. El vaquero que está hoy a la cabeza del imperio norteamericano, George W. Bush, no ha tenido empacho en mostrar al mundo su profundo conservadurismo y desprecio por todo aquello que no se ajuste a su moral cristiana y a la estrechez de sus principios morales (o al menos así nos lo hace pensar). Y como cabeza de su propia nación, busca contagiar a sus paisanos de sus convicciones y hacerlas verdad única, razón y visión del mundo.

Recientemente, en noviembre de 2005, el presidente de los EE.UU. ha sido uno de los más entusiastas promotores para  incorporar al sistema educativo de su país la visión anti-darwiniana de la vida, la llamada teoría del diseño inteligente (surgida en el Discovery Institute), que plantea -entre otras cosas- que los seres vivos somos demasiado complejos como para haber transcurrido por un proceso de creación evolutiva tan intrincado como el planteado por Charles Darwin y las teorías que de ahí han derivado a lo largo de la historia. La explicación de la complejidad de la vida y, por ende, del universo que nos conforma, queda adjudicada con la teoría del diseño inteligente al arbitrio de un diseñador supremo, de un Dios totalitario como el que perfilan las religiones católica, musulmana o judía, y desprecia tajantemente todos los postulados científicos derivados de la teoría darwiniana de la evolución de las especies. Así, Bush hijo ha abierto la puerta ya para que la teoría del diseño inteligente se enseñe junto con las teorías darwinianas en las aulas norteamericanas (en Kansas esto ya ha sido aprobado), abriendo con ello una severa confrontación entre tolerancia e intolerancia, entre conservadores y liberales, entre regresionistas y progresistas...., entre ciencia y religión. El peligro, aseguran los conocedores, es que la teoría del diseño inteligente busca suprimir a las otras explicaciones de la vida; todo lo contrario a la visión inclusiva y tolerante de la diferencia del enfoque científico de la evolución.

Los fundamentalismos, todos, tienen un eficiente sistema inmunológico cuyo motor principal es la intolerancia y la supresión del que es y piensa diferente. Así, por ejemplo, los medios de comunicación occidentales (incluidos los latinoamericanos) nos han enseñado cotidiana e insistentemente que la cultura musulmana es intolerante; que se basa en un sistema de creencias y una religión equivocada y falaz; nos dicen que los líderes religiosos y políticos del Medio Oriente y gran parte de Asia, son tiranos desalmados que obligan injustamente a las mujeres a ocultar sus rostros detrás de sus oscuros velos (hijab), que les linchan públicamente por tener sexo ilícito y además les niegan todos sus derechos ciudadanos; con prácticas terroristas -insiste la prensa occidental-, los musulmanes pretenden destruir todo lo que signifique modernidad, progreso y el avance de la humanidad, plasmado en el estilo de vida occidental. En fin, concluyen, el fundamentalismo islámico es hoy por hoy uno de los principales enemigos a los que todos, absolutamente todos, aseguran, estamos expuestos y debemos combatir. Algo habrá de cierto, pero realmente no todo es así y, mucho menos, debemos considerar -al puro estilo de la novela orweliana- que la mitad del planeta es un enemigo natural al que hay que suprimir. Bush responde al fundamentalismo con fundamentalismo, ojo por ojo, diente por diente....

En consecuencia, para Bush lo importante no es más si es o no cierto que Irak tenía armas de destrucción masiva (que es lo que finalmente justificó la invasión norteamericana a aquella nación frente a su congreso y a su pueblo); lo que debe alarmar al pueblo norteamericano y a las democracias occidentales todas -sugiere el vaquerillo-, es que el Islam enarbola el odio irracional en contra de quienes habitamos el mundo libre, avanzado, moderno. ¿No hay un dejo de intolerancia en estos postulados?, me pregunto. ¡Por supuesto!

En un interesante artículo escrito por Arnoldo Kraus sobre este mismo tema, publicado en La Jornada el miércoles 4 de enero de 2006, el autor sostiene que la intolerancia, a diferencia de la tolerancia, no tiene límites y es responsable de las más profundas heridas de la geografía contemporánea. La intolerancia se extiende sin miramientos, atropellándolo todo y diseminándose virulenta y peligrosamente sin límites. La única forma de lidiar con la intolerancia, subraya Kraus, es por medio de la tolerancia, que intrínsecamente es limitada, cauta y respetuosa de la diferencia.

El caso es que las evidencias de que Irak no tiene ni tuvo jamás las supuestas armas de destrucción masiva que justificaron la ocupación, no han sido capaces de justificar los excesos del imperio y del vaquero atómico -George W. Bush. Las verdaderas razones han quedado evidenciadas y la mentira descubierta. Ahora, cuando toda apreciación racional le es adversa, el presidente de los EE.UU. busca justificar las razones de su sed de poder en la cosmogonía teológica del catolicismo (la teoría del diseño inteligente, por ejemplo) y alimentar así la intolerancia del pueblo norteamericano hacia el islamismo, alimentando el odio irracional en el fundamentalismo de la cruz. La Biblia contra el Corán, Cristo contra Mahoma..., Oriente contra Occidente; el bien en contra del mal. ¿Y Darwin y las teorías derivadas de sus máximas?..., ¡se pueden ir a chingar a su madre!

 

Latinos y homosexuales, ¿primates no evolucionados?

En este contexto del diseño inteligente con el que el actual mandatario norteamericano -el fuhrercillo Bush- concibe  al mundo, cada quien y cada cual tiene, dirían las sagradas escrituras, una función y un lugar perfectamente bien definido en el universo y en la Tierra. En la posición más alta de la creación divina, diría Bush, Dios puso a los gloriosos norteamericanos blancos, quizás a los tejanos (...). De esta manera, el universo existe para que los gringos hagan con él todo tipo de negocios, exploten incesantemente sus recursos naturales (¡al carajo con el protocolo de Kiotto!), obtengan jugosos usufructos y, desde luego, se diviertan al máximo de sus capacidades y a costa de los demás, tal y como lo podemos atestiguar, muertos de la risa, en las didácticas películas para adolescentes producidas en Hollywood (American Pie).

Desde luego, estupideces como el cambio climático o la protección de la ecología, la equidad de género o la justa repartición de la riqueza social, la defensa de los derechos humanos o el respeto a la diversidad, son para los conservadores fundamentalistas sólo discursos inviables y, desde luego, elucubraciones  tramadas en los débiles cerebros de las razas inferiores, subespecies humanas cuya función natural es la de someterse a la voluntad de los súper hombres, ¡claro!, those who live in the USA!. Entonces, por favor, no nos vayamos a sorprender cuando, en un futuro cercano, los predicadores de la teoría del diseño inteligente determinen que los latinos existimos sólo para levantar las cosechas, barrer las calles, lavar los platos en los restaurantes de comida fast-food o comprar desaforadamente la dulce Coca-Cola.

En el caso de las llamadas minorías homosexuales, de los grupos gays que se han organizado -desde la década de los setentas- en los EE.UU. y han venido luchando por sus derechos civiles, creo que el sistema les encarceló en ghettos en los que han permanecido a lo largo de estas décadas y en los que su control político ha resultado relativamente simple. Sin embargo, y para sorpresa de los conservadores estadounidenses (aglutinados en su mayoría en el Partido Republicano), en la última mitad de los noventas y durante el inicio del nuevo milenio, las organizaciones de homosexuales estadounidenses (y las de otras latitudes del mundo occidental) se han lanzado a la conquista de nuevos y mayores derechos ciudadanos, entre ellos el de legalizar las uniones de parejas del mismo sexo, poder adoptar hijos y, en resumen, obtener derechos comparables con los de la institución matrimonial.  Desde luego, estas demandas políticas de los grupos gays han puesto muy nerviosos a los conservadores, que no conciben nuevos esquemas de familia nuclear de no ser la conformada por el padre, la madre y el hijo. En la actualidad, ya en algunos estados de la Unión Americana se está restringiendo legalmente la posibilidad de habitar una casa, exclusivamente para familias formadas por padres e hijos sanguíneos, en un franco ataque en contra de las familias latinas que, por razones económicas,  se conforman generalmente por más miembros.

Las sagradas escrituras que dan sustento al catolicismo seguirán diciendo lo que dicen y condenando a los homosexuales a las llamas eternas, en Levíticos o en Romanos del Nuevo Testamento...., y el recalcitrante fundamentalismo de sus modernos seguidores las interpretará al pie de la letra y les tomará como guía de su acción, como verdad absoluta del orden que debe instaurarse en la Tierra para así alcanzar la perfección del Reino de Dios. De ahí nadie los saca ya. Modernas hogueras se preparan para quemarnos en vida, donde el fuego de la intolerancia, la exclusión y los crímenes homofóbicos se verá avivado, de así permitírselos nosotros, por el odio consustancial del fundamentalismo conservador. Y dirá el amable lector que exagero y me dejo llevar por el apasionamiento de mis frases, de mis convicciones; pero esto ya está sucediendo aquí mismo en México; para muestra un botón: en la ciudad de Querétaro -en el mes de junio del año 2005- fue asesinado, en muy extrañas circunstancias, Octavio Acuña, activista y abierto defensor de los derechos de los homosexuales de aquella población (donde los grupos conservadores han logrado incluso el cierre de todos los centros de reunión gay, en una abierta posición de enfrentamiento, intolerancia y persecución). O qué decir de la capital de la República Mexicana, del Distrito Federal, la "Ciudad de la Esperanza", donde en más de una ocasión se ha buscado la discusión y aprobación en su congreso local de una Ley de Sociedades de Convivencia que dé nuevos y legítimos derechos civiles a los homosexuales, y que a pesar de contar con una mayoría de representantes parlamentarios de la "izquierda progresista", la iniciativa (impulsada en su momento por los partidos Democracia Social y el Verde Ecologista, no por el PRD) simplemente no se ha podido aprobar y permanece en la congeladora de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF).

El conservadurismo continúa ganando la batalla en esta parte del planeta y, día a día, abarca mayores espacios de los que históricamente ocupaba o le estaban acotados. El Benemérito de las Américas estará revolcándose en su tumba desde que el régimen salinista abrió la puerta a las iglesias, para permitirles participar en la política y en la toma de decisiones de la nación, ignorando tajantemente la historia nacional (la época de la Reforma) y condenándonos a repetirla. Ahora, con Vicente Fox y el derechista Partido Acción Nacional en el poder, la homofobia institucional se traduce en terribles omisiones y raquíticos presupuestos destinados a programas destinados a atender las necesidades específicas de la población gay; se manifiesta en desabasto de medicamentos para los enfermos de Sida en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) o en pálidas campañas publicitarias para frenar el galopante avance del odio contra hombres y mujeres homosexuales; ...en un alarmante incremento de la presencia de las iglesias en la vida nacional, en la política, en los medios de comunicación y en nuestras vidas cotidianas (sólo hay que ver cómo ha crecido la congregación brasileña "Pare de Sufrir", cuyos templos se han instalado en antiguos cines -como el Estadio o Silvia Pinal, o el Cine Jalisco de Tacubaya- y que ocupan horas enteras de programación televisiva diurna y nocturna en señales abiertas y por cable. Recientemente, los multimillonarios negocios, fraudes y turbios engaños de esta congregación fueron evidenciados en España y, al parecer, se encuentra ya en problemas legales para continuar operando).

En los EE.UU., como lo denuncia en su última temporada la serie televisiva de la cadena HBO Queer as Folk, la ultraderecha y el poder económico de los conservadores está obstaculizando y, en algunos casos, arrebatando las conquistas legales por las que -durante más de 30 años- han luchado los gays de aquel país. Sin duda, una tendencia preocupante al considerar el impulso y la capacidad de acción colectiva que siempre mostró la comunidad GLBT estadounidense, y el poder y capacidad de influir en las decisiones de gobierno que tienen los grupos conservadores bajo el régimen de Bush.

 

Constructores de muros vs. amantes de la libertad

Mi generación vivió emocionada aquellos festivos días de la caída del muro de Berlín. Ver unirse a la Alemania Oriental con la Alemania Federal fue un suceso que a muchos arranco lágrimas. Entonces, los jóvenes cantamos con vehemencia las piezas del álbum The Wall, del grupo británico Pink Floyd, en cuyas estrofas se les decía a los moralistas y tiranos totalitarios -por fin- que nos dejaran en paz, ..."Teachers, leave those kids alone...All in all it´s just another brick on the wall". También, sacudimos de nuestras vestiduras el falso puritanismo burgués que groseramente nos homogeneizaba y nos hacía iguales en la negación de la diferencia; y créanme, no fue fácil y se requirió coraje, valor y creatividad para enfrentarles y expresarse diferente con un lenguaje que no existía; por el contrario, la existencia de muchos individuos, de muchas emociones, se percibía sólo a partir de su rotunda negación. Ese fue el caso del movimiento de liberación homosexual de los setentas, cuya primer marcha del orgullo en México se llevó a cabo en 1978, ante la sorpresa y azoro de los habitantes de la capital del país, y donde comenzó a inventarse un lenguaje mediante el cual el colectivo gay pudiera iniciar a dialogar con el resto de la sociedad mexicana (profundamente católica, represiva, discriminadora y homofóbica).

Quienes fuimos púberes, adolescentes y jóvenes adultos en esos años, experimentamos una serie de vivencias que las generaciones actuales de gays no tienen, en su relativa mayoría, registradas en su memoria, ni individual ni colectivamente: la represión policíaca en contra de personas homosexuales, por el simple hecho de reunirse con sus iguales en espacios públicos e incluso en domicilios privados; la obligada clandestinidad y simulación de nuestros estilos de vida, sólo por ser personas diferentes al ideal heterosexual del hombre y la mujer (soltero a los 30, ¡seguro es maricón!); la reprobación, la agresión, la exclusión y el escándalo social por manifestar una naturaleza sexual diferente a la exigida por los cánones de comportamiento aceptados o impuestos por la moral colectiva o católica; la supresión de cualquier manifestación  artística donde se representaran emociones homotípicas; la experimentación del sexo sin miedo a la muerte y, a través de éste, la imaginación de un orden social alternativo plasmado en las relaciones de pareja; también, la droga como el vehículo de socialización entre los sujetos individualizados al extremo por las máximas de igualdad a tabla raja. Finalmente, vivencias que derivaron de la confrontación y trasgresión de un orden que nos reprimía, nos incomodaba y a veces hasta nos asfixiaba, y al que decidimos derribar ..., como a un muro.

Las generaciones de gays mexicanos de los setentas y ochentas, al menos una gran mayoría de aquellos que nos asumimos abiertamente como tales, supimos de la tarea cotidiana de desmantelar barreras, de tirar muros hasta entonces infranqueables, erguidos en los más diversos espacios de nuestra vida cotidiana: en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la calle. El costo, en todos los casos, fue muy alto y hubo que enfrentar discriminación, rechazo, agresiones y hasta la muerte (¡Alarma!..."Mujercitos asesinados en Hotel del Centro", "Crimen pasional de jotos"). En lo personal, debo decirlo, incluso fui víctima de un ataque de odio homofóbico en el año de 1983, que me tuvo hospitalizado durante tres días y cuyas lesiones físicas pude superar hasta pasados los dos meses. En cambio, y gracias al camino que allanamos muchos de nosotros, hoy "salir del closet" no suele ser ya una experiencia tan traumática, o mejor dicho, con tanta carga de rechazo -aunque no exenta de éste- en los ámbitos familiar o social. Reunirse en un antro gay para convivir con otros semejantes ya no es motivo de represión policíaca (al menos no es una práctica común en las grandes ciudades de México); realizar una marcha gay por las calles de la ciudad no es más un acto de confrontación contra el gobierno, pues éste da el permiso oficial a sus organizadores e incluso le escolta en todo su trayecto con la fuerza pública. En fin, indudablemente después de 30 años de lucha han habido avances y conquistas irrenunciables; sin embargo, como en muchos otros temas, la pérdida de la memoria respecto a la situación que prevalecía en el pasado es algo peligroso. Bien dice el refrán: "quien olvida su pasado, está condenado a repetirle". De ahí mi profundo temor, y el de muchos otros gays de mi generación, de que las fuerzas conservadoras retornen y nos envuelvan con un nuevo y vigorizado oscurantismo (ahora sustentado en diseños "inteligentes" o razonamientos pretendidamente perfectos de la creación divina).

Creo que nadie ama tanto la libertad como aquellos que han sido prisioneros de órdenes absolutos o racionalidades totalitarias, como ha sido históricamente -y es- el caso de los hombres y mujeres homosexuales. Entiendo bien cuando mi adorada amiga Bety me dice que ya no hay marcha atrás en las conquistas jurídicas alcanzadas por el pueblo español en lo relativo a las uniones civiles entre homosexuales, pero también me invade el temor porque mi memoria registra aún, vívidamente, experiencias que tengo la seguridad ella no pasó (y de las cuales sólo menciono aquí dos: mi expulsión de una escuela chiapaneca de corte religioso y mi hospitalización por severas lesiones físicas causadas por un ataque homofóbico). Sé del alcance que tienen los postulados ideológicos que determinan que mi emoción de vida, mi condición de persona homosexual, se perciba como incorrecta, perversa, anti-natural o trasgresora; conozco de las pasiones y sinrazones que despierta la religión en los individuos ignorantes, enfermos de miedos mórbidos y dudas sobre la vida. Y, finalmente, estoy bien documentado respecto a los excesos, injusticias y abusos que se dan en contra de hombres y mujeres homosexuales en sociedades conservadoras, que se traducen -desde luego- en rechazo, exclusión, represión y hasta la muerte.

Admiro sinceramente el valor y coraje de Gerardo Eliu y Samir Jabdur, la pareja de hombres gays que, con lujo de violencia, fueron expulsados hace unas semanas de un hotel en Los Cabos, Baja California Sur, por haberse besado en la alberca, y que han tenido el coraje y empuje suficiente para llevar su inconformidad no sólo a los medios de comunicación, sino al mismísimo Congreso del país. ¿Qué sería de México si todos tuviéramos los suficientes como para, como ellos dos, levantar la voz? Estoy seguro que como comunidad -me refiero al colectivo GLBT- estaríamos mucho mejor; sin embargo, es un hecho que ninguna organización gay tuvo, ni tiene, la capacidad de defender y representar a estos dos valientes chicos. Sin su coraje y determinación para denunciar los abusos y actos de discriminación de los que fueron objeto, nada hubiera sucedido y los hechos estarían, como muchos otros, descansando entre las miles y miles de averiguaciones previas por crímenes homofóbicos.

Quiero comentar que, la iniciativa (y esperemos que no el hecho) de construir un muro a lo largo de la frontera entre México y los EE.UU. debe preocuparnos superlativamente, y no sólo por las implicaciones que ello pudiera traer en cuanto a la política migratoria, la economía y las relaciones bilaterales de nuestro país y su vecino del Norte. En lo personal, no creo que los estadounidenses sean tan estúpidos como nos lo parecen y se hagan el harakiri cortando de tajo el activo flujo de inmigrantes ilegales a su país que, todos lo sabemos, es una enorme fuente de creación de riqueza para el imperio. Para nadie es un secreto que la relativa ilegalidad en la que muchos mexicanos y centroamericanos realizan su trabajo en el país del Tío Sam, es una enorme ventaja y fuente de riqueza para sus empleadores, pues además de ser mano de obra barata, no generan a sus patrones los costos laborales que la fuerza de trabajo legal sí trae consigo (prestaciones económicas de ley, seguro social y otras). El trabajo ilegal de miles de mexicanos en la Unión Americana significa miles de millones de dólares, no sólo para nuestro país en forma de remesas, sino -sobre todo- para la economía estadounidense en su conjunto. Por ello, creo que el debate público en la materia no ha puesto en la mesa de discusión todos los factores que implica y están en juego a partir de esta ridícula, ignominiosa y retrógrada iniciativa de la fracción republicana. La construcción del muro nos debe preocupar, sobre todo, por lo que ello significa en tanto a las posturas ideológicas que hoy por hoy dominan entre los grupos gobernantes del imperio, por el recrudecimiento de la intolerancia, la discriminación, el radicalismo y, peor aún, la xenofobia. Por lo demás, los flujos migratorios persistirán y muy seguramente se incrementarán, pues es el imperio el que devora, cual hambriento dragón que escupe fuego, la fuerza de trabajo de miles de mexicanos que son atrapados por el insalvable magnetismo de su galopante economía.

Quienes sugieren y apoyan la construcción de un muro fronterizo para detener a los inmigrantes ilegales, son los mismos grupos que rechazan y niegan derechos civiles a los homosexuales y a otras minorías discriminadas. Recordemos que el "governnator", el republicano Arnold Schwarzenegger, vetó hace pocos meses la ley aprobada por el congreso californiano en la que se legalizaban las uniones entre homosexuales, y que más recientemente se peleó con sus paisanos de Graz, Austria, por sus mismas posiciones radicales y excluyentes. Como lo anoté ya más arriba, la serie televisiva Queer as Folk ha denunciado, durante su última temporada, el avance de poderosos grupos políticos, religiosos y económicos en los EE.UU. de tendencia conservadora, que están buscando no sólo negar derechos civiles a los homosexuales, sino también echar para atrás las conquistas ya alcanzadas en los sistemas judiciales de algunos estados de la Unión. Así, la tendencia por levantar muros, ideológicos o de concreto, es alarmante. Y le digo a mi paciente lector: no basta con que amemos la libertad; hay que defenderla.

 

Y se nos casaron Elton y David..., ¿y Juan Ga cuándo?

Afortunadamente, una ola renovadora, vanguardista y revolucionaria está recorriendo el planeta y viene, con singular vigor, desde varios frentes de nuestra geografía. En América Latina, por ejemplo, el electorado de países como Chile, Argentina, Venezuela, Bolivia o Brasil, ha optado por apoyar gobiernos de izquierda progresista y por implantar políticas públicas que favorezcan los beneficios sociales sobre los intereses económicos privados (con los que conviven y junto con los que fundamentan el progreso nacional). Hace unas semanas apenas, Evo Morales se sumó a esta oleada renovadora e instaurará, ante el evidente desagrado del imperio, un gobierno de izquierda en Bolivia que será presidido por el primer presidente indígena en la historia contemporánea de aquel país. Por otra parte, durante el año 2005, España e Inglaterra se sumaron a los países en los que la unión entre homosexuales es legal, sorprendiendo al mundo por el empuje mostrado por los grupos de la sociedad civil organizada y que habitan, contradictoriamente, en algunas de las pocas monarquías constitucionales que aún permanecen en el mundo (¿y qué decir de Holanda?). También, como nunca antes en la historia del movimiento gay mundial, el año 2005 presenció marchas del orgullo en decenas de ciudades y países del orbe, en donde hombres y mujeres homosexuales reclaman el ejercicio pleno de sus derechos civiles y ciudadanos (y, por qué no, humanos).

Y hace unas semanas, la superestrella del Rock británico, Elton John, llamó la atención de todo el mundo al contraer matrimonio con su pareja, David Furnish, precisamente en el mismo juzgado civil en el que el príncipe Carlos se casó con su nueva amada, Camila Parker. El talentoso cantante George Michael, otro famoso inglés, ha anunciado también su boda con su amado en fechas próximas. Como es costumbre, el Reino Unido nos alecciona sobre lo que es estar y vivir a la vanguardia.

El muro de la intolerancia sexual y la homofobia ha comenzado a ser demolido ya, con contundencia y entusiasmo, en el Viejo Continente. ¿Cuándo sucederá lo mismo en América Latina?, ¿cuándo escucharemos que se nos casa Juan Ga, Horacio Villalobos o la Decalaf? Ojala que pronto, en verdad, pues ello contribuirá a la consolidación jurídica de las conquistas alcanzadas no sólo por los grupos gays que han luchado -en el caso mexicano- por ya treinta años, sino de los pocos o muchos avances en el perfeccionamiento permanente de nuestra democracia y cultura política. Veo con profunda simpatía la instauración de regímenes vanguardistas en el continente americano, pero también quisiera ver mayor participación de organizaciones de la sociedad civil en estos, entre ellas, las agrupaciones de hombres y mujeres homosexuales que demandan el ejercicio pleno de sus derechos, que reclaman la prestación de bienes y servicios públicos diseñados a su medida (servicios de salud, educación, vivienda y seguridad social, entre otros mínimos de bienestar).

Veo con preocupación el caso mexicano ("tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos...¡y los republicanos!"), pues si bien existe ya una destacada presencia de la comunidad gay en los ámbitos social, cultural, político y hasta económico de algunas ciudades del país, por otra parte, su capacidad de actuar colectivamente e influir efectivamente en la toma de decisiones públicas, no ha logrado madurar y trascender al plano institucional. Lo más que ha sucedido, y gracias a la gestión de don Gilberto Rincón Gallardo al frente de una Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación, ha sido una muy pálida campaña en contra de la homofobia..., pero nada más. Como lo anoté más arriba, "oscuras" fuerzas conservadoras han cerrado el paso a la aprobación jurídica de las uniones civiles entre homosexuales en el Distrito Federal, muy a pesar de que la entidad cuenta con un congreso local y un gobierno dominantemente izquierdista (del Partido de la Revolución Democrática).

Por otra parte, este año -2006- será intenso en campañas políticas y pleno en promesas para todos. La oferta política ofrecida por los pre-candidatos y candidatos a la jefatura de gobierno del Distrito Federal y a la presidencia de la República de todos los partidos, no cuenta -hasta donde lo he podido constatar- con una estrategia concreta o serie de programas específicos dirigidos a la atención de las necesidades y demandas de la comunidad gay (muy a pesar de que alguno de los candidatos perredistas ya tuvo, en el marco de su pre-campaña electoral, una reunión con alguna agrupación gay para pedir el voto de la comunidad). Los aspirantes a representantes del pueblo no hablan, por ejemplo, de prioridades presupuestales para atender a quienes padecen hoy VIH-Sida (homosexuales todavía en su mayoría), de acciones institucionales y recursos para combatir la discriminación, de programas públicos de educación sexual dirigida a hombres que tienen sexo con hombres (o mujeres que tienen sexo con mujeres), ni de una serie de necesidades propias de la comunidad. La causa de ello es, desde luego, porque la desconocen, no se acercan a ella por prejuiciosas convicciones y tampoco tienen otro interés más que el de obtener solamente sus votos.

 

Sacaremos a ese güey de la barranca...

Una condición esencial para lograr fortalecer la participación ciudadana y la cultura política en nuestro país, estoy convencido, es la de garantizar la transparencia de la gestión gubernamental y el acceso de la población a la información pública (entendiendo lo público en su sentido más amplio). La responsabilidad de brindar información veraz y oportuna a los miembros de una comunidad descansa, hoy por hoy, no sólo en las instancias gubernamentales, sino también en los medios de comunicación (privados, sociales o públicos) que acopian, procesan, interpretan, traducen y transfieren información especializada a segmentos bien definidos del público, de la comunidad. En este sentido, los insipientes medios de comunicación de la comunidad gay mexicana tienen, o debiera decir, tenemos una grave responsabilidad a cuestas, pues al conocer de cerca las necesidades, estilos de vida y aspiraciones de los integrantes del colectivo, estamos obligados a brindar y ofertar información de la mejor calidad, imparcial, veraz y suficiente, para garantizar así la formación de individuos libres, solidarios y comprometidos con sus semejantes. Una comunidad bien preparada, con cultura y conciencia política, sin duda, estará en mejor posición de exigir sus derechos, asumir sus obligaciones y de no permitir la construcción de muros que coarten su movilidad y desarrollo.

En lo tocante a la información sobre VIH-Sida, por ejemplo, no se ha profundizado más en la información disponible o en la instrumentación de campañas a través de los medios de comunicación seculares por causa de un recato estúpido que no permite hablar, sin pelos en la lengua, abiertamente de las prácticas y costumbres específicas de las personas homosexuales. Así, mientras se habla sólo de cifras, condones y fluidos corporales, por otra parte es impresionante constatar el grado de desinformación y falta de conciencia social de extensos sectores del colectivo gay respecto de asuntos de tanta relevancia pública como el Sida. Alarma ver a tantas personas con un supuesto alto nivel cultural o educacional teniendo prácticas de alto riesgo, en cuartos oscuros, clubes de sexo o fiestas y orgías, sin tomar las precauciones debidas para evitar el contagio del virus (y que conste que no hablo de monogamia ni repruebo este tipo de "convivios"). Entonces, uno se pregunta, ¿hay suficientes campañas o información accesible en la materia, como para lograr modificar las conductas de estas personas? Definitivamente, la respuesta es no.

Tampoco los medios de comunicación gays han tenido la fuerza ni la capacidad de solventar esas deficiencias informativas, pues muchos de ellos -no todos, aclaro- han preferido educar a su público sólo para consumir temas irrelevantes, banales, pleitos personales entre empresarios o locas de la farándula, información facciosa, parcial y hasta falseada. El costo más alto lo pagan, indudablemente,  quienes acuden a estos medios como fuente de información al no obtener más que basura, invitaciones a la desunión, nula creatividad y una ofensiva falta de respeto hacia la inteligencia del lector. En la otra mano y afortunadamente, debemos reconocerlo, hay nuevos, creativos e importantes esfuerzos de comunicación entre la comunidad gay mexicana, impresos y electrónicos, que nos están dignificando e invitan a la unión, a la acción colectiva y a la solidaridad. También, y como me lo hacía ver Bety en la cena de Año Nuevo, existe gente honesta en muchas partes de este mundo que, con sentido fraternal e idealismo, está logrando lo que apenas hace unos cuantos años se pensaba imposible alcanzar. En los últimos dos o tres años han surgido en México agencias informativas especializadas, revistas y guías confiables, de buena calidad y -sobre todo- imparciales, además de visionarios empresarios y artistas que nos convocan a congresos, exposiciones, festivales artísticos y demás tipo de eventos dirigidos específicamente a la comunidad gay. Así pues, en la medida en la que continúen surgiendo y concretándose estas iniciativas, no habrá muros lo suficientemente altos como para evitar que avancemos en la conquista de nuestro derecho a una convivencia digna, respetuosa e inclusiva.

Celebro que, diariamente, me encuentro con noticias de México y del mundo donde se constata que grupos de hombres y mujeres gays reclaman y conquistan sus derechos, y con sus acciones afirmativas cambian certeramente la mentalidad de grandes sectores de sociedades en todo el orbe; festejo y veo con emoción que, a pesar del avance de grupos conservadores, con todo su poder ideológico y económico, hay avances en la legislación de naciones donde, afortunadamente, las fuerzas conservadoras están siendo desplazadas. Ojala que esto suceda pronto también en América Latina y en México, pero para ello habrá que hacer esfuerzos no sólo en cuanto a la organización de los grupos e intereses políticos de la comunidad GLBT, sino -sobre todo- en la consolidación de la democracia en todo el continente, para así garantizar niveles de educación y bienestar que hagan posible el avance de nuestros pueblos. ¡Así sea! 

 

Ciudad de México. Invierno 2005-2006