El Negrito en
el Arroz....
Recientemente, y a
raíz de la emisión de una serie de estampillas postales en México,
supuestamente para conmemorar el trabajo que han realizado durante
muchos años los caricaturistas nacionales, la imagen del ya añejo
personaje principal de las historietas Memín Pinguín, desató la furia
de Jesse Jackson y otros líderes afro-americanos por percibir a este
dibujo como una
representación insulsa y racista de las personas de color. Demostrando una total ignorancia
de la cultura mexicana, de sus símbolos y héroes populares (como lo
es -sin duda y desde los años cuarenta- el simpático niño cubano de
Yolanda Vargas Dulché),
nuestros morenos vecinos del norte pusieron el grito en el cielo y
hasta exigieron al gobierno de Vicente Fox retirar de la circulación
inmediatamente la estampilla postal con la imagen del adorado
pedacito de negrura de la Ma´ Linda, el hijo único de la enorme y gorda negra
Doña Eufrosina.
Iracundos, los
opositores a la estampilla postal argumentaban que Guillermo "Memín"
Pinguín estaba demasiado negro, que tenía los labios muy anchos y
que su apariencia era francamente simiesca. ¡Caray!, ...a mí, que
cuando niño leía asiduamente la historieta cada vez que salía a la
venta, Memín nunca me pareció un chango hocicón o inferior a
sus amigos de aventuras (Carlangas, Ernesto y Ricardo), sino todo lo
contrario: era el héroe de la historia, el más amado por su Ma´
Linda y por sus amigos de la escuela, el más inteligente, chispa
y práctico de todos los niños de la pandilla. Y, especialmente,
nunca me fijé en su bemba tipo simiesca (como la describe Jackson), sino por el contrario,
siempre cautivaron mi atención sus redondas, morenas y lindas
nalguitas, cuando salía dibujado desnudo y siendo bañado a jicarazos
en una tina de ropa por su amorosa madre, la que siempre llevaba un
vestido holgado y una
pañoleta en la cabeza.
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En fin, el caso es
que Memín Pinguín desató una serie de declaraciones por parte
de los más diversos sectores y líderes de opinión de la sociedad mexicana, todas ellas en
defensa del tan conocido personaje de las historietas mexicanas. Sobre todo,
lo que llama mucho la atención, es que el escándalo mediático generó
discursos sobre un pretendido repudio nacional hacia cualquier forma de
discriminación. ¿Los mexicanos discriminan?, "¡para nada, eso es
mentira!", aseguraban todos los entrevistados frente a las cámaras y
grabadoras de las televisoras y reporteros de la prensa
nacional o extranjera. De manera unánime, quizás
inspirados por una suerte de discriminación en contra de los
"pinches gringos", todos reprobaron y rechazaron las afirmaciones
"calumniosas" de
Washington en las que se señalaban dejos de discriminación racial
por la particular figura de Memín Pinguín.
Pero
al final, quizás de manera involuntaria, los mexicanos terminamos
por acatar las exigencias de Washington en el sentido de
retirar del mercado las estampillas del simpático negrito. Y no fue
el gobierno quien lo hizo, por fortuna, sino las propias fuerzas del
mercado. Como
respuesta al fenómeno mediático, al día siguiente de la nota en los
noticieros nocturnos, mares de gente acudieron a las
oficinas postales a comprar la serie completa de la estampilla
postal (alrededor de 750 mil impresas) y, un par de días después, éstas se agotaron por completo (iniciando
desde luego la reventa por diversos medios). |
El homenaje a la
caricatura mexicana, al menos la parte que le correspondía a
Memín Pinguín, no trascendió nuestras fronteras; lo más
difundido fue, como siempre, el escándalo mediático y el valor
comercial que alcanzaron los timbres postales en la reventa y
en Internet. El profundo mensaje
humano contenido en las divertidas historias del negrito que le
decía a su mamá "Chulapona", parece haber sido lo menos
trascendente para el público. Es una pena, porque la historieta, al
menos cuando yo era un niño y su asiduo lector, cautivaba mi interés
por su divertida forma de narrar las aventuras de un grupo de niños
que compartían un valor excepcional: la solidaridad.
El suceso originado
en Washington no pasó a
mayores y hoy muchos ya ni lo tienen presente. Algunas reflexiones
inteligentes, otras más bien viscerales en los medios de
comunicación, pero nada más se ha escuchado ya respecto de las
estampillas postales. El tema central de la percepción y
consecuente reclamo de los líderes de la comunidad afro-americana, la discriminación
racial, no fue para nada motivo de un debate intenso o de la reflexión
seria entre los intelectuales y líderes de opinión en México (con sus
notables excepciones). Esto, podríamos justificarlo diciendo que en México
la comunidad negra es prácticamente inexistente, imperceptible en
las estratificaciones o en los conteos poblacionales, y por ello ese tipo de
discriminación no nos es tan familiar o de interés general, como sí
lo es en los EEUU; sin
embargo, en lo personal, me alarma que la reacción de las
autoridades y de los diferentes grupos de opinión haya sido tan
pálida e indiferente,
pues denota que el tema de la discriminación, en sí mismo, no es uno para el que
hoy haya suficiente atención, ni argumentaciones serias, ni una disposición
explícita para ser discutido. Las escasas y casi invisibles campañas
gubernamentales en contra de la discriminación, no pasan de quedar
plasmadas en folletos y carteles, en esporádicos anuncios
radiofónicos, pero jamás en acciones afirmativas, amplias y con
permanencia, que muy poco impactan en la conciencia de la sociedad.
Un hijo negro o
un hijo homosexual....
Y sólo para no dejar
pasar una más de nuestras actitudes discriminatorias, habría que
preguntarle a cualquier padre de familia mexicano, al hombre
promedio o incluso a su mujer, qué es lo que preferirían que
fuera su hijo que está por nacer: ¿que sea negro o que sea
homosexual?. Fácilmente adivinamos la respuesta del macho mexicano,
puesto ahora ante la disyuntiva de elegir entre dos naturalezas o
formas de vida completamente factibles, reales, pero que le parecen
quizás igualmente despreciables: "¡que sea negro!,
no jotito, desde luego,...que aunque sea así, morenito, lo voy a querer", respondería.
En fin, que la
discusión desatada por el simpático negrito de las nalguitas
redondas y de charol, Memín Pinguín, no pasó más allá de lo que le
conviene a nuestra sociedad conservadora, moralista y profundamente
discriminadora. Y esto es quizás porque en la arraigada práctica de
discriminar al que nos es diferente, radica una gran parte de nuestra
estructura cultural, política y social, y aceptar que sí
marginamos a indígenas, mujeres, homosexuales, viejos o
discapacitados, abriría la caja
de Pandora y liberaría a las furias a todo lo largo y ancho del
país.
Para dejarnos de dar
sínicos baños de pureza, quizás habría que volver a revisar y leer los postulados del
Premio Novel de Literatura, el poeta y ensayista mexicano, Don
Octavio Paz, cuando en El Laberinto de la Soledad señala que
en México existe un arraigado desprecio hacia nuestras raíces
indígenas y mestizas, lo que es fácilmente visto en la composición
de las clases sociales: el indígena, el morenito, generalmente es el
sirviente, el obrero y quien ocupa los sitios más bajos de la
estructura laboral y social; en cambio, el güerito, el blanco, es el
que está en la cima de la pirámide social, el conquistador, el patrón y el modelo
fiel de la belleza y pureza encumbradas por el capitalismo (como esa estampa del Jesucristo de
cabellos dorados y ojos azules que adorna tantos y tantos altares en
los pueblos
indígenas..., o que está colgado arriba de la cama en el cuarto de la 'chacha). Así,
se concluiría que el orden social en México está tejido con los
hilos de la discriminación racial.
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Los mexicanos, como
casi todas las culturas latinoamericanas, discriminamos
profundamente a los indígenas que primariamente habitaron nuestra
tierra, a los pueblos mestizos nacidos de su conquista y, aunque
argumentemos un amor desaforado por Memín Pinguín o aunque les
compongamos rítmicas canciones llenas de romanticismo, también discriminamos
a los negros. No hay vuelta de hoja, ¿ya qué le discuten?: enormes
sectores de mexicanos hemos sido educados para discriminar.
Otros, por cierto muy apegados a la iglesia y su religión, lo han
sido para justificar y asumir su injusto sometimiento.
No es necesario recordarle al
lector los vergonzantes resultados de la Encuesta Nacional sobre la
Discriminación, dados a conocer en el mes de mayo pasado por la
Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), donde ni las mujeres, ni
los indígenas, ni los homosexuales, ni los discapacitados o las
personas de la tercera edad en México salieron muy bien parados.
Memín
Pinguín era sin duda un chiquillo adorable, el héroe de la
historieta....., pero era negro; y cuando quería sentirse igual a
los demás y hacía sus travesuras, su Má Linda se encargaba de
recordarle su oscuro origen dándole en sus redondas y brillantes
nalguitas con una tabla con clavo (castigo digno de un esclavo
insurrecto).
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El origen de la
discriminación en contra de los homosexuales, me parece, tiene
raíces comunes a las de la discriminación racial, pero sin duda apela
a argumentos mucho más irracionales y peligrosos de lo que nuestra
razón pueda alcanzar a abarcar. La
discriminación en contra de los homosexuales definitivamente se parece más a la que
padecen las mujeres, a quienes cosmogonías que ensalzan la
violencia, religiones paternalistas y culturas machistas les han
declarado como "débiles", "delicadas" y hasta inferiores al género
masculino. Así pues, el que un hombre quiera
parecerse -o se parezca- a una mujer (piensan los defensores del
orden "natural" de la sociedad), es además de un sacrilegio y un
pecado mortal en contra de la virilidad y fuerza masculina, una enfermedad que atenta en contra los
vínculos de la unión familiar, de la cohesión social y de la
naturaleza misma.
La euforia por hacer de la reproducción de la
especie el valor único y legítimo de la sexualidad, corresponde a
las épocas en que las familias y las pequeñas comunidades guerreras basaban su
fuerza, y por tanto, su poderío económico y político, en el número
de integrantes con los que contaba el grupo. Entre más grande era la
comunidad, mejor se combatía al invasor. Este falso axioma impuesto
a la sexualidad por los principios judeocristianos,
lleva a reprobar y ver como abominación a toda actividad sexual
que no tenga fines reproductivos
(en México, los homosexuales son llamados "putos",
tal vez porque sus prácticas sexuales son tan "estériles" como las de
las prostitutas o "putas"). También, tengo la seguridad,
esa visión sesgada de las emociones y las capacidades humanas, es la causa
directa del desconocimiento y el desprecio que tenemos hacia lo que
es diferente, y cuyas consecuencias adversas ya constatamos en
nuestro deteriorado medio ambiente, afectado gravemente por nuestra ignorancia y nula
percepción de los
finos vínculos que existen en lo que es diverso.
Sí; la sociedad
mexicana, al igual que muchas otras en América Latina y -desde
luego- el mundo, ejerce la discriminación en contra de todo aquello
que, por diferente, no encaja en los esquemas culturales bajo los que hemos
sido educados para entender el orden social. Está bien que levantemos la voz
y pidamos a nuestros vecinos del norte que no se metan con nosotros,
exigiéndonos tomar decisiones que irrespetan con cinismo nuestra
soberanía, que ignoran nuestra historia y cultura contemporánea.
Pero querernos dar baños de pureza diciendo que en México no existe
discriminación, es una barbaridad que sólo podía salir de la boca
del mismísimo Presidente Fox o de alguno de sus atolondrados
ministros.
Mejor que sea
cura....
La institución que se
ha encargado de sembrar, conservar y fortalecer la discriminación en
contra de grupos como las "minorías" raciales, las mujeres y los
homosexuales, es sin duda alguna la iglesia; y en el caso de América
Latina, ha sido el clero católico el principal promotor de la
discriminación hacia los grupos homosexuales.
En los días que
escribo estas notas, la iglesia católica en México ha iniciado una cruzada
"sanativa", de curación, dirigida a los homosexuales. Se trata del método
Courage, fundado por John Harvey en 1978 en la ciudad de Nueva
York, y cuyo postulado principal es la conversión de los
homosexuales en hombres castos, en
esposos y padres de familia profundamente convencidos de los valores
cristianos y heterosexuales. Así, resulta que después de 15 años de que la
homosexualidad fue borrada de la lista de enfermedades mentales por
la Organización Mundial de la Salud, ahora la iglesia católica lleva a sus
feligreses a ver a la homosexualidad como una enfermedad del alma
que, mediante la fe, es posible curar.
El controvertido
método curativo de la homosexualidad ha encontrado una fuerte
oposición por parte de agrupaciones civiles, desde luego, pero
también al interior de la iglesia (como el caso de los sacerdotes
evangélicos Parelli y Ortiz). Aún así, la Basílica de Guadalupe, en
la Ciudad de México, comenzará en estos días a impartir su primer
curso Courage ("coraje", en español, como insinuando que eso
es lo que les hace falta a los homosexuales: coraje, valentía,
¡huevos!), donde puedo asegurarles, estimados lectores, habrá más de
una parejita nueva de enamorados. ¡Va a ser todo un festín!
Mediante estas
posturas fomentadas por la iglesia católica (y apoyados por sus aliados políticos en los
sectores ultra conservadores del Partido Acción Nacional, hoy
gobernante en el país, y de la Asociación Nacional de Padres de
Familia, entre otras conocidas agrupaciones de derecha), se fortalecen hoy -de manera intensa-, en México y el mundo, actitudes
discriminatorias y de intolerancia en contra de hombres y mujeres
homosexuales. Se siembra así, y contrariamente a los esfuerzos
realizados por millones de personas pensantes en el mundo, el
estigma de que los hombres y mujeres homosexuales son seres enfermos y, en
consecuencia, pecadores que merecen el infierno. Y ante la irrupción del VIH/sida, pensarán
los ignorantes que se tragan hoy el remedio milagroso de la iglesia,
que se trata definitivamente de personas endemoniadas, contagiosas, apestadas, a las
que hay que compadecer y, con religiosa discreción, huirles, excluirles y
hasta atacarles.
Invito al lector a
que visite y haga una revisión puntual de las notas disponibles
sobre el tema en la
hemeroteca virtual de
Gay México,
concretamente las correspondientes al mes de junio de 2005, para darse cuenta de la
avasalladora campaña en contra de los grupos homosexuales que
lanzaron a través de los medios de comunicación masiva las altas
jerarquías del clero católico mexicano y del Vaticano. Ésta, en respuesta a la
legalización de las uniones civiles de personas del mismo sexo en
España y otros países y, desde luego, como reacción a las muy sonadas
y asistidas marchas del
orgullo gay realizadas en todo el orbe
durante el mes de junio.
En
verdad, fue
indignante ver la manera en que, durante más de dos semanas
enteras, representantes de la jerarquía católica hicieron
declaraciones públicas atacando a la inédita conquista de igualdad
alcanzada por
la sociedad española y, por supuesto, en contra de las marchas del
orgullo realizadas en las principales ciudades de México y el mundo.
Justamente en ese contexto, en México se anunció el inicio de
operaciones de Courage en su edición latinoamericana. Y
hablando de homofobia y de ataques en contra de homosexuales, bien
dicen que los crímenes más atroces de la humanidad se han efectuado
en el nombre de Dios. Ya lo estamos viendo en diferentes latitudes
del país, justamente donde la derecha y la iglesia católica han
expandido su imperio: en Querétaro (donde ha habido ya el asesinato
de un activista gay), en Monterrey, en Guadalajara... ¿Un hijo negro o uno
homosexual?..., ¡no, por Dios!, mejor que sea cura..., así puede hacer
de todo.
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Pero de que
discriminamos, discriminamos...
Concluyendo, y para que no
quede duda de que la discriminación es una práctica
verdaderamente extendida entre la sociedad mexicana, habría
que hablar también de la discriminación que se ejerce al
interior mismo de la comunidad gay; ahí, en las entrañas del
grupo al que hemos señalado como la víctima, entre sus
miembros...., tú, yo, nosotros.
Dicen que no hay
peor enemigo de un gay, que otro gay. La discriminación
entre gays es especialmente palpable en las expresiones de
rechazo y de exclusión -por ejemplo- hacía los travestís, confinados de
por sí a una vida de camerinos, shows de imitaciones
artísticas o
de prostitución callejera. Y qué decir de los gays de edad
mayor, quienes al rebasar sus años mozos (los veintes) dejan de ser bien
vistos en los circuitos y espacios de socialización,
como bares y discotecas. O sea, ¡ni vestidas ni ruquitas,
para acabar pronto!...
También,
pensemos en el trato discriminatorio que se da a los chicos gays
marginales, a los chacales y los chichifos, esos que
establecen desiguales convenios (más de las veces no explícitamente
pactados) en los que se implica el intercambio de lo
emocional, lo sexual y -desde luego- el dinero. Y bueno, hay
que decir que definitivamente pensamos muy poco en los gays discapacitados o
en los que viven con el VIH. |
Lo dicho, el
colectivo gay de mi país, México, es un pequeño gran laboratorio donde se
suceden y repiten, a una escala más visible, los convencionalismos y patrones de
comportamiento de todo el cuerpo social. Es un pequeño México donde
se reproduce, a cabalidad, la manera en que se relacionan e
interactúan, o en que se discriminan, excluyen y repelen, los
diversos sectores de la colectividad nacional.
Y a todas las
escalas, asusta ver el grado de confrontación que se ha alcanzado ya
entre unos y otros sectores de la sociedad mexicana. La discriminación es, sobre todo, la certeza
absurda de creer que la razón propia es la única y verdadera, el
desprecio sordo pero activo en contra del que plantea una realidad
diferente y, desde luego, el odio irreflexivo por quien no queremos
considerar como semejante. Es la semilla del totalitarismo y la intolerancia, de la
confrontación y de la guerra.
Me parece que un buen
principio sería, sin duda, admitir que los mexicanos sí discriminamos..., que yo, tú
y nosotros discriminamos.
"Para dominarla mejor, la clase pudiente ha sobre-erotizado los
cuerpos de la miseria: en las túrgidas y macizas formas; en el
fetichismo famoso al negro, a la negra y a la latinoloverezca
raza de bronce, al lanchero y a la mesera, cumple su apoteosis
de clase.... los cuerpos de los jodidos son solamente un
satisfactor de los pudientes. ... Los jodidos también erotizan a
los opresores. El culto a las güeritas y a los güeritos, la
explosión del rencor social de la violación a personas de clase
o raza opresoras..."
José Joaquín Blanco,
1979
Julio de 2005