Texto de Francisco Calderón Córdova

 

El Negrito en el Arroz....

Recientemente, y a raíz de la emisión de una serie de estampillas postales en México, supuestamente para conmemorar el trabajo que han realizado durante muchos años los caricaturistas nacionales, la imagen del ya añejo personaje principal de las historietas Memín Pinguín, desató la furia de Jesse Jackson y otros líderes afro-americanos por percibir a este dibujo como una representación insulsa y racista de las personas de color. Demostrando una total ignorancia de la cultura mexicana, de sus símbolos y héroes populares (como lo es -sin duda y desde los años cuarenta- el simpático niño cubano de Yolanda Vargas Dulché), nuestros morenos vecinos del norte pusieron el grito en el cielo y hasta exigieron al gobierno de Vicente Fox retirar de la circulación inmediatamente la estampilla postal con la imagen del adorado pedacito de negrura de la Ma´ Linda, el hijo único de la enorme y gorda negra Doña Eufrosina.

Iracundos, los opositores a la estampilla postal argumentaban que Guillermo "Memín" Pinguín estaba demasiado negro, que tenía los labios muy anchos y que su apariencia era francamente simiesca. ¡Caray!, ...a mí, que cuando niño leía asiduamente la historieta cada vez que salía a la venta, Memín nunca me pareció un chango hocicón o inferior a sus amigos de aventuras (Carlangas, Ernesto y Ricardo), sino todo lo contrario: era el héroe de la historia, el más amado por su Ma´ Linda y por sus amigos de la escuela, el más inteligente, chispa y práctico de todos los niños de la pandilla. Y, especialmente, nunca me fijé en su bemba tipo simiesca (como la describe Jackson), sino por el contrario, siempre cautivaron mi atención sus redondas, morenas y lindas nalguitas, cuando salía dibujado desnudo y siendo bañado a jicarazos en una tina de ropa por su amorosa madre, la que siempre llevaba un vestido holgado y una pañoleta en la cabeza.

En fin, el caso es que Memín Pinguín desató una serie de declaraciones por parte de los más diversos sectores y líderes de opinión de la sociedad mexicana, todas ellas en defensa del tan conocido personaje de las historietas mexicanas. Sobre todo, lo que llama mucho la atención, es que el escándalo mediático generó discursos sobre un pretendido repudio nacional hacia cualquier forma de discriminación. ¿Los mexicanos discriminan?, "¡para nada, eso es mentira!", aseguraban todos los entrevistados frente a las cámaras y grabadoras de las televisoras y  reporteros de la prensa nacional o extranjera. De manera unánime, quizás inspirados por una suerte de discriminación en contra de los "pinches gringos", todos reprobaron y rechazaron las afirmaciones "calumniosas" de Washington en las que se señalaban dejos de discriminación racial por la particular figura de Memín Pinguín.

Pero al final, quizás de manera involuntaria, los mexicanos terminamos por acatar las exigencias de Washington en el sentido de retirar del mercado las estampillas del simpático negrito. Y no fue el gobierno quien lo hizo, por fortuna, sino las propias fuerzas del mercado. Como respuesta al fenómeno mediático, al día siguiente de la nota en los noticieros nocturnos, mares de gente acudieron a las oficinas postales a comprar la serie completa de la estampilla postal (alrededor de 750 mil impresas) y, un par de días después, éstas se agotaron por completo (iniciando desde luego la reventa por diversos medios).

El homenaje a la caricatura mexicana, al menos la parte que le correspondía a Memín Pinguín, no trascendió nuestras fronteras; lo más difundido fue, como siempre, el escándalo mediático y el valor comercial que  alcanzaron los timbres postales en la reventa y en Internet. El profundo mensaje humano contenido en las divertidas historias del negrito que le decía a su mamá "Chulapona", parece haber sido lo menos trascendente para el público. Es una pena, porque la historieta, al menos cuando yo era un niño y su asiduo lector, cautivaba mi interés por su divertida forma de narrar las aventuras de un grupo de niños que compartían un valor excepcional: la solidaridad.

El suceso originado en Washington no pasó a mayores y hoy muchos ya ni lo tienen presente. Algunas reflexiones inteligentes, otras más bien viscerales en los medios de comunicación, pero nada más se ha escuchado ya respecto de las estampillas postales. El tema central de la percepción y consecuente reclamo de los líderes de la comunidad afro-americana, la discriminación racial, no fue para nada motivo de un debate intenso o de la reflexión seria entre los intelectuales y líderes de opinión en México (con sus notables excepciones). Esto, podríamos justificarlo diciendo que en México la comunidad negra es prácticamente inexistente, imperceptible en las estratificaciones o en los conteos poblacionales, y por ello ese tipo de discriminación no nos es tan familiar o de interés general, como sí lo es en los EEUU; sin embargo, en lo personal, me alarma que la reacción de las autoridades y de los diferentes grupos de opinión haya sido tan pálida e indiferente, pues denota que el tema de la discriminación, en sí mismo, no es uno para el que hoy haya suficiente atención, ni argumentaciones serias, ni una disposición explícita para ser discutido. Las escasas y casi invisibles campañas gubernamentales en contra de la discriminación, no pasan de quedar plasmadas en folletos y carteles, en esporádicos anuncios radiofónicos, pero jamás en acciones afirmativas, amplias y con permanencia, que muy poco impactan en la conciencia de la sociedad.

 

Un hijo negro o un hijo homosexual....

Y sólo para no dejar pasar una más de nuestras actitudes discriminatorias, habría que preguntarle a cualquier padre de familia mexicano, al hombre promedio o incluso a su mujer, qué es lo que preferirían que fuera su hijo que está por nacer: ¿que sea negro o que sea homosexual?. Fácilmente adivinamos la respuesta del macho mexicano, puesto ahora ante la disyuntiva de elegir entre dos naturalezas o formas de vida completamente factibles, reales, pero que le parecen quizás igualmente despreciables: "¡que sea negro!, no jotito, desde luego,...que aunque sea así, morenito, lo voy a querer", respondería.

En fin, que la discusión desatada por el simpático negrito de las nalguitas redondas y de charol, Memín Pinguín, no pasó más allá de lo que le conviene a nuestra sociedad conservadora, moralista y profundamente discriminadora. Y esto es quizás porque en la arraigada práctica de discriminar al que nos es diferente, radica una gran parte de nuestra estructura cultural, política y social, y aceptar que sí marginamos a indígenas, mujeres, homosexuales, viejos o discapacitados, abriría la caja de Pandora y liberaría a las furias a todo lo largo y ancho del país.

Para dejarnos de dar sínicos baños de pureza, quizás habría que volver a revisar y leer los postulados del Premio Novel de Literatura, el poeta y ensayista mexicano, Don Octavio Paz, cuando en El Laberinto de la Soledad señala que en México existe un arraigado desprecio hacia nuestras raíces indígenas y mestizas, lo que es fácilmente visto en la composición de las clases sociales: el indígena, el morenito, generalmente es el sirviente, el obrero y quien ocupa los sitios más bajos de la estructura laboral y social; en cambio, el güerito, el blanco, es el que está en la cima de la pirámide social, el conquistador, el patrón y el modelo fiel de la belleza y pureza encumbradas por el capitalismo (como esa estampa del Jesucristo de cabellos dorados y ojos azules que adorna tantos y tantos altares en los pueblos indígenas..., o que está colgado arriba de la cama en el cuarto de la 'chacha). Así, se concluiría que el orden social en México está tejido con los hilos de la discriminación racial.

Los mexicanos, como casi todas las culturas latinoamericanas, discriminamos profundamente a los indígenas que primariamente habitaron nuestra tierra, a los pueblos mestizos nacidos de su conquista y, aunque argumentemos un amor desaforado por Memín Pinguín o aunque les compongamos rítmicas canciones llenas de romanticismo, también discriminamos a los negros. No hay vuelta de hoja, ¿ya qué le discuten?: enormes sectores de  mexicanos hemos sido educados para discriminar. Otros, por cierto muy apegados a la iglesia y su religión, lo han sido para justificar y asumir su injusto sometimiento.

No es necesario recordarle al lector los vergonzantes resultados de la Encuesta Nacional sobre la Discriminación, dados a conocer en el mes de mayo pasado por la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), donde ni las mujeres, ni los indígenas, ni los homosexuales, ni los discapacitados o las personas de la tercera edad en México salieron muy bien parados.

Memín Pinguín era sin duda un chiquillo adorable, el héroe de la historieta....., pero era negro; y cuando quería sentirse igual a los demás y hacía sus travesuras, su Má Linda se encargaba de recordarle su oscuro origen dándole en sus redondas y brillantes nalguitas con una tabla con clavo (castigo digno de un esclavo insurrecto).

El origen de la discriminación en contra de los homosexuales, me parece, tiene raíces comunes a las de la discriminación racial, pero sin duda apela a argumentos mucho más irracionales y peligrosos de lo que nuestra razón pueda alcanzar a abarcar. La discriminación en contra de los homosexuales definitivamente se parece más a la que padecen las mujeres, a quienes cosmogonías que ensalzan la violencia, religiones paternalistas y culturas machistas les han declarado como "débiles", "delicadas" y hasta inferiores al género masculino. Así pues, el que un hombre quiera parecerse -o se parezca- a una mujer (piensan los defensores del orden "natural" de la sociedad), es además de un sacrilegio y un pecado mortal en contra de la virilidad y fuerza masculina, una enfermedad que atenta en contra los vínculos de la unión familiar, de la cohesión social y de la naturaleza misma.

La euforia por hacer de la reproducción de la especie el valor único y legítimo de la sexualidad, corresponde a las épocas en que las familias y las pequeñas comunidades guerreras basaban su fuerza, y por tanto, su poderío económico y político, en el número de integrantes con los que contaba el grupo. Entre más grande era la comunidad, mejor se combatía al invasor. Este falso axioma impuesto a la sexualidad por los principios judeocristianos, lleva a  reprobar y ver como abominación a toda actividad sexual que no tenga fines reproductivos (en México, los homosexuales son llamados "putos", tal vez porque sus prácticas sexuales son tan "estériles" como las de las prostitutas o "putas"). También, tengo la seguridad, esa visión sesgada de las emociones y las capacidades humanas, es la causa directa del desconocimiento y el desprecio que tenemos hacia lo que es diferente, y cuyas consecuencias adversas ya constatamos en nuestro deteriorado medio ambiente, afectado gravemente por nuestra ignorancia y nula percepción de los finos vínculos que existen en lo que es diverso.

Sí; la sociedad mexicana, al igual que muchas otras en América Latina y -desde luego- el mundo, ejerce la discriminación en contra de todo aquello que, por diferente, no encaja en los esquemas culturales bajo los que hemos sido educados para entender el orden social. Está bien que levantemos la voz y pidamos a nuestros vecinos del norte que no se metan con nosotros, exigiéndonos tomar decisiones que irrespetan con cinismo nuestra soberanía,  que ignoran nuestra historia y cultura contemporánea. Pero querernos dar baños de pureza diciendo que en México no existe discriminación, es una barbaridad que sólo podía salir de la boca del mismísimo Presidente Fox o de alguno de sus atolondrados ministros.

 

Mejor que sea cura....

La institución que se ha encargado de sembrar, conservar y fortalecer la discriminación en contra de grupos como las "minorías" raciales, las mujeres y los homosexuales, es sin duda alguna la iglesia; y en el caso de América Latina, ha sido el clero católico el principal promotor de la discriminación hacia los grupos homosexuales.

En los días que escribo estas notas, la iglesia católica en México ha iniciado una cruzada "sanativa", de curación, dirigida a los homosexuales. Se trata del método Courage, fundado por John Harvey en 1978 en la ciudad de Nueva York, y cuyo postulado principal es la conversión de los homosexuales en hombres castos, en esposos y padres de familia profundamente convencidos de los valores cristianos y heterosexuales. Así, resulta que después de 15 años de que la homosexualidad fue borrada de la lista de enfermedades mentales por la Organización Mundial de la Salud, ahora la iglesia católica lleva a sus feligreses a ver a la homosexualidad como una enfermedad del alma que, mediante la fe, es posible curar.

El controvertido método curativo de la homosexualidad ha encontrado una fuerte oposición por parte de agrupaciones civiles, desde luego, pero también al interior de la iglesia (como el caso de los sacerdotes evangélicos Parelli y Ortiz). Aún así, la Basílica de Guadalupe, en la Ciudad de México, comenzará en estos días a impartir su primer curso Courage ("coraje", en español, como insinuando que eso es lo que les hace falta a los homosexuales: coraje, valentía, ¡huevos!), donde puedo asegurarles, estimados lectores, habrá más de una parejita nueva de enamorados. ¡Va a ser todo un festín!

Mediante estas posturas fomentadas por la iglesia católica (y apoyados por sus aliados políticos en los sectores ultra conservadores del Partido Acción Nacional, hoy gobernante en el país, y de la Asociación Nacional de Padres de Familia, entre otras conocidas agrupaciones de derecha), se fortalecen hoy -de manera intensa-, en México y el mundo, actitudes discriminatorias y de intolerancia en contra de hombres y mujeres homosexuales. Se siembra así, y contrariamente a los esfuerzos realizados por millones de personas pensantes en el mundo, el estigma de que los hombres y mujeres homosexuales son seres enfermos y, en consecuencia, pecadores que merecen el infierno. Y ante la irrupción del VIH/sida, pensarán los ignorantes que se tragan hoy el remedio milagroso de la iglesia, que se trata definitivamente de personas endemoniadas, contagiosas, apestadas, a las que hay que compadecer y, con religiosa discreción, huirles, excluirles y hasta atacarles.

Invito al lector a que visite y haga una revisión puntual de las notas disponibles sobre el tema en la hemeroteca virtual de Gay México, concretamente las correspondientes al mes de junio de 2005, para darse cuenta de la avasalladora campaña en contra de los grupos homosexuales que lanzaron a través de los medios de comunicación masiva las altas jerarquías del clero católico mexicano y del Vaticano. Ésta, en respuesta a la legalización de las uniones civiles de personas del mismo sexo en España y otros países y, desde luego, como reacción a las muy sonadas y asistidas marchas del orgullo gay realizadas en todo el orbe durante el mes de junio.

En verdad, fue indignante ver la manera en que, durante más de dos semanas enteras, representantes de la jerarquía católica hicieron declaraciones públicas atacando a la inédita conquista de igualdad alcanzada por la sociedad española y, por supuesto, en contra de las marchas del orgullo realizadas en las principales ciudades de México y el mundo. Justamente en ese contexto, en México se anunció el inicio de operaciones de Courage en su edición latinoamericana. Y hablando de homofobia y de ataques en contra de homosexuales, bien dicen que los crímenes más atroces de la humanidad se han efectuado en el nombre de Dios. Ya lo estamos viendo en diferentes latitudes del país, justamente donde la derecha y la iglesia católica han expandido su imperio: en Querétaro (donde ha habido ya el asesinato de un activista gay), en Monterrey, en Guadalajara... ¿Un hijo negro o uno homosexual?..., ¡no, por Dios!, mejor que sea cura..., así puede hacer de todo.

 

Pero de que discriminamos, discriminamos...

Concluyendo, y para que no quede duda de que la discriminación es una práctica verdaderamente extendida entre la sociedad mexicana, habría que hablar también de la discriminación que se ejerce al interior mismo de la comunidad gay; ahí, en las entrañas del grupo al que hemos señalado como la víctima, entre sus miembros...., tú, yo, nosotros.

Dicen que no hay peor enemigo de un gay, que otro gay. La discriminación entre gays es especialmente palpable en las expresiones de rechazo y de exclusión -por ejemplo- hacía los travestís, confinados de por sí a una vida de camerinos, shows de imitaciones artísticas o de prostitución callejera. Y qué decir de los gays de edad mayor, quienes al rebasar sus años mozos (los veintes) dejan de ser bien vistos en  los circuitos y espacios de socialización, como bares y discotecas. O sea, ¡ni vestidas ni ruquitas, para acabar pronto!...

 También, pensemos en el trato discriminatorio que se da a los chicos gays marginales, a los chacales y los chichifos, esos que establecen desiguales convenios (más de las veces no explícitamente pactados) en los que se implica el intercambio de lo emocional, lo sexual y -desde luego- el dinero. Y bueno, hay que decir que definitivamente pensamos muy poco en los gays discapacitados o en los que viven con el VIH.

Lo dicho, el colectivo gay de mi país, México, es un pequeño gran laboratorio donde se suceden y repiten, a una escala más visible, los convencionalismos y patrones de comportamiento de todo el cuerpo social. Es un pequeño México donde se reproduce, a cabalidad, la manera en que se relacionan e interactúan, o en que se discriminan, excluyen y repelen, los diversos sectores de la colectividad nacional.

Y a todas las escalas, asusta ver el grado de confrontación que se ha alcanzado ya entre unos y otros sectores de la sociedad mexicana. La discriminación es, sobre todo, la certeza absurda de creer que la razón propia es la única y verdadera, el desprecio sordo pero activo en contra del que plantea una realidad diferente y, desde luego, el odio irreflexivo por quien no queremos considerar como semejante. Es la semilla del totalitarismo y la intolerancia, de la confrontación y de la guerra.

Me parece que un buen principio sería, sin duda, admitir que los mexicanos sí discriminamos..., que yo, tú y nosotros discriminamos.

 

"Para dominarla mejor, la clase pudiente ha sobre-erotizado los cuerpos de la miseria: en las túrgidas y macizas formas; en el fetichismo famoso al negro, a la negra y a la latinoloverezca raza de bronce, al lanchero y a la mesera, cumple su apoteosis de clase.... los cuerpos de los jodidos son solamente un satisfactor de los pudientes. ... Los jodidos también erotizan a los opresores. El culto a las güeritas y a los güeritos, la explosión del rencor social de la violación a personas de clase o raza opresoras..." 

José Joaquín Blanco, 1979

 

Julio de 2005