Hace
unos días leí en la prensa que
Abán Praxedis Román
Franco, estudiante de letras hispánicas de la
Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ganó un
concurso literario al que convocó la máxima casa de
estudios y el Consejo Nacional para Prevenir la
Discriminación (Conapred), presentando un trabajo sobre
"Homofobia: Apuntes de
su historia y realidad actual". De inmediato, el
documento despertó mi curiosidad y quise revisarlo y
reflexionar, desde su óptica, respecto a mi experiencia
personal como víctima de la homofobia;
desafortunadamente, hasta el momento en que escribo esta
nota, el ensayo no está publicado en la página Web de la
Agencia NotieSe -como se anunció-, y sólo me puedo
quedar con las ideas generales que leí en la
entrevista
que el autor dio a los medios.
Y si existe
una historia (quizás aún no escrita o escrita en cientos
de fragmentos) de la homofobia en el mundo y en nuestro
país, científicamente evidenciable a través del análisis
del desarrollo de las culturas, las instituciones y las
sociedades, por otra parte abundan también crónicas
personales que dan testimonio fiel de ese concepto que a
la vista de algunos puede parecer hasta propagandístico.
Tu historia
personal, la de un amigo tuyo o la mía propia, dibujan
fielmente los trazos, dramáticos o sutiles, que perfilan
a la homofobia; el pesar prolongado por el rechazo
familiar y social, o incluso las cicatrices impresas en
el cuerpo por viejas agresiones, hacen fácilmente
visible, palpable al tacto, a ese monstruo cuyos
engañosos rostros pueden disfrazarse de amor paternal,
de santidad y hasta de virtuosidad social.
He recogido
en esta sección algunas crónicas que describen momentos
cargados de irracional homofobia, que son vivencias de
muchos de nosotros y que yacen como
cicatrices en la memoria. Si alguien se siente identificado con alguna de
estas breves crónicas, ¡es pura coincidencia!
▄
|
|
|


Los
nombres reales de las personas, instituciones y
referencias concretas relatadas aquí, fueron
cambiados deliberadamente para no afectarles de
ningún modo. Ahora que, en los casos en que ello
no fue posible, lamentamos profundamente el que
se hayan ganado a pulso formar parte de una
denuncia pública que no puede trascender más
allá de los límites de este medio electrónico.
|
|



|
|
|
|
Me dieron por
muerto...
"... Nunca pensé
que ese chico al que durante tanto tiempo venía viendo en
los antros, se convertiría en mi cruel atacante aquella
fatídica noche, saliendo del Bar El Nueve... " |
 |
A
principios de los años ochenta, aquí en el Distrito
Federal, se vivían días de aparente apertura respecto a
la comunidad gay de la ciudad. Por primera ocasión, se
inauguraba en plena Zona Rosa una discoteca abiertamente
para gente gay, con instalaciones de primer nivel y sin
ser un espacio clandestino ni ilegal. En el Bar El
Nueve se daba cita lo más selecto del ambiente,
gente de buena posición económica y próspera; guapos
jóvenes -hombres y mujeres- para los que la música, el
baile, los atuendos de moda y la diversión parecían ser
los únicos motivos de su vida; personajes de la noche
cuyas historias todos conocíamos o desconocíamos, y que
estaban ahí siempre presentes adornando con su
particular magia el firmamento de un cielo que para
todos era novedoso.
Entre los
muchos personajes que destacaban de la vida nocturna en
el Distrito Federal, estaba la "Reina Xóchitl", un
hombre obeso de 40 o más años de edad, al parecer de
nombre Gustavo, de piel morena y con una estatura que
rebasaba los 1.80 metros. La Xóchitl organizaba
espectaculares fiestas en salones de fiesta, en antros o
en el mirador del World Trade Center (entonces El Hotel
de México), a las que acudían homosexuales de diferentes
latitudes de la república mexicana: de Guerrero, de
Tabasco, de Yucatán, de Guadalajara, de Monterrey, de
Tamaulipas...; en fin, sus eventos más prestigiosos
fueron concursos de belleza para travestís (Miss
México Gay) o fiestas temáticas donde la producción
asemejaba a las películas de ficheras, tan gustadas por
aquellos días. Pero la actividad principal de la
Xóchitl, por todos bien conocida, era la de "madrota" de
una casa de citas -de su propiedad- en la colonia
Anáhuac, donde bellas jovencitas atendían a altos
funcionarios, hombres acaudalados y políticos del
régimen lopezportillista.
Y como el
Bar El Nueve era el sitio de moda, la cumbre de los
lugares de diversión para la gente bonita de la ciudad,
la Reina Xóchitl no podía faltar a los mejores eventos
organizados ahí por sus propietarios, Manolo Fernández y
Henry Donadieu. Aquel impresionante personaje llegaba
siempre en su elegante auto blanco, vestido con
llamativos trajes regionales y portando impactantes
joyas, y escoltado -desde luego- por un séquito de
guapos y jóvenes guardias. Ocupaba siempre, como es
evidente, la mejor mesa y el sitio de honor de El
Nueve, y alrededor de su mesa desfilábamos toda la
noche los curiosos que deseábamos ver su siempre
impactante presencia. ¡La Xóchitl!, reina de reinas!
..., en su mesa le acompañaban otras reinas, menores,
desde luego, como la simpática Esmeralda, la irreverente
Aicha, la rubia Samantha, la hermosa Vanessa....; y no
podían faltar los chicos guapos, los cadetes o militares
en uniforme de gala, que bebían toda la noche de las
botellas siempre llenas de la mesa de su Majestad.
Con el paso
del tiempo, era común encontrarse con la Xóchitl en
aquel antro e incluso mi grupo de amigos y yo fuimos
invitados en un par de ocasiones a fiestas privadas en
el burdel de la reina. Como es natural, hubo cierto
acercamiento con los miembros del séquito real, a
quienes también se les veía ocasionalmente solos
divirtiéndose en el antro. Ese fue el caso de Salvador,
un chico de alrededor de 23 o 24 años de edad, de pelo
negro y ceja poblada, con quien siempre nos saludábamos
de manera muy cordial e incluso llegamos a charlar mis
amigos y yo. A él era frecuente encontrarlo solo en el
antro, platicando con éste o con aquél, y pidiéndole
copas al administrador del lugar (Jaime Vite),
seguramente a cuenta de la soberana, reina de reinas,
Xóchitl.
Cierta noche
de domingo tuve la inquietud de salir de casa e ir a
tomar una copa a El Nueve, para ver si me
encontraba con alguno de mis amigos y poder charlar un
rato antes de irme por fin a descansar. Recuerdo bien
que esto sucedió en marzo de 1983, cuando cursaba el
segundo semestre en la universidad. Llegué al antro y,
como era lógico en una noche de domingo, había poca
gente en el lugar; sólo algunos conocidos y realmente
nadie con quién platicar. Ahí estaba Salvador, a quien
saludé como de costumbre, y no volví a verlo sino hasta
cuando decidí retirarme del bar. Se me acercó y me
preguntó si podía darle un aventón, casualmente a un
sitio bastante cercano al rumbo de mi casa. Acepté
llevarlo a él y a su compañero (un chico delgado y de
estatura baja), y fuimos por mi auto al estacionamiento.
En alguna
parte del trayecto desde la Zona Rosa y rumbo al sur
poniente de la ciudad, Salvador me asestó tan tremendo
golpe en la cabeza que me hizo perder de inmediato el
conocimiento. Según las investigaciones policíacas,
después de golpearme y perder yo el conocimiento, el
tipo me sacó del auto y me estuvo estampando contra la
barda de un terreno baldío por varios metros (blanco
muro sobre el que quedó pintada mi sangre, como prueba
pericial de su crueldad y ensañada violencia). Después
de eso, Salvador y su acompañante me subieron a mi auto,
me quitaron las botas, la cartera, el reloj y no sé qué
otras cosas, y me tiraron entre la vegetación de un
ancho camellón de los rumbos de Santa Lucía. Según se
supo después, me dieron por muerto y por eso se
deshicieron de mí; el médico que me atendería después,
me dijo que no se explicaba cómo no me ahogué en mi
propia sangre y morí asfixiado mientras yacía tirado
entre la maleza y sobre aquel oscuro camellón.
Quizás fue
mi instinto de supervivencia o algo más complejo en mi
interior, pero me puse en pie y comencé a caminar con la
idea fija de irme a mi casa. No recuerdo casi nada de
esa penosa caminata, descalzo y gravemente herido por el
brutal ataque de Salvador y su cómplice, pero me
impresiona mi excelente sentido de la orientación al
recordar que me encontré con un hombre al que le
pregunté si iba en el camino correcto para llegar al
Periférico y la avenida San Antonio; me recuerdo
vagamente preguntándole al asustado hombre, y su
respuesta asombrada: "¡mira cómo te dejaron, amigo!....,
¡sí, aquí derecho llegas al Periférico!..." No me
explico cómo ese hombre me pudo haber dejado continuar
solo, por qué no me ayudó llamando a la policía,
buscando una ambulancia o llevándome a casa.
Otra imagen
que recuerdo -casi como en un sueño-, es la del
Periférico de noche, iluminado y vacío, y aquel alto
puente peatonal que me alejaría, de lograrlo escalar, de
aquella zona marginal y hostil de la ciudad. Después,
todo es oscuridad en mi mente y la película se reanuda
hasta cuando despierto sobre mi cama, casi
milagrosamente, ya con la luz del día, con el rostro y
mis pies descalzos profusamente ensangrentados. Muy
seguramente, la noche anterior llegué caminando hasta la
barda de la casa, la brinqué (como muchas veces lo hice
de chico) y me fui directamente a mi habitación.
Haciéndome consciente de la situación, abrí la ventana
de mi baño y llamé a la sirvienta para que se acercara,
y entonces le pedí avisar a mis padres que había sido
asaltado, que me habían robado el automóvil. Cuando la
sirvienta me vio en aquellas condiciones, grito alarmada
que me habían destrozado la cara y salió corriendo a
buscar a mis padres a su cuarto, quienes al verme
inmediatamente llamaron a una ambulancia para
trasladarme al hospital de la Clínica Londres.
Del hospital
sólo recuerdo el área de Urgencias y a mi querido amigo
Álvaro, quien por alguna razón del destino llegó hasta
ahí para acompañarme. Fue cuando le pedí se acercara a
mí, sentado ya en una silla de ruedas, y le dije al
oído: "fue Salvador, el novio de la Xóchitl". Tres
largos días estuve hospitalizado, y no fue sino hasta
que el entonces muy reconocido cirujano Ortiz Monasterio
dio su autorización, cuando por fin salí del nosocomio
-a donde me llegaron a visitar permanentemente mis más
queridos amigos: Álvaro, Sergio, Jorge, Gaby, Carlos,
Jaime y otros.
Ya fuera del
hospital vinieron las diligencias judiciales. En esas
fechas, mi padre era miembro del gabinete presidencial y
el hecho movilizó a un cuerpo de elite de la
Procuraduría y de la policía judicial. Con las
deducciones sacadas del relato de los hechos, los
investigadores localizaron el terreno baldío y la barda
donde fui golpeado brutalmente por Salvador; encontraron
la casa del cómplice y -días después- mi auto abandonado
en las calles de la colonia Del Valle (sin su regio
equipo de sonido Cockpit Panasonic, instalado en
el techo del auto). Gracias al apoyo de mi gran amigo
Jaime Vite, la policía localizó y detuvo a Salvador, y a
los pocos días se le presentó ante el Ministerio Público
y recuperé todas mis cosas. Ya frente a los
representantes del Ministerio Público tuve que estar en
un careo con Salvador quien, buscando erráticamente
justificar sus actos ante las autoridades, dijo que yo
era "maricón" y que me había golpeado porque yo me había
querido pasar de listo con él. Inventó que lo quise
tocar y argumentó que su reacción era la lógica por
tratarse de un "joto".
A pesar de
la brutal violencia y alevosía del ataque, de los daños
físicos que sufrí (rotura de la órbita ósea del ojo
izquierdo, fractura de nariz y profusos hematomas en
toda la cabeza), así como del flagrante robo de mi auto
y mis cosas, Salvador no estuvo más de tres semanas
detenido en los separos de la delegación Benito Juárez.
Supongo que para las autoridades judiciales de la ciudad
sólo se trató de un vergonzoso suceso entre maricones,
lo que no mereció -como lo constaté en los hechos- la
aplicación plena de la justicia en contra de mi
atacante; o, muy posiblemente, la reina de reinas, la
Xóchitl, logró mover sus influencias entre los asiduos
clientes de su burdel para sacar al joven delincuente de
atrás de las rejas. El caso es que a los dos o tres
meses después me encontré con Salvador en la
inauguración de un antro gay, en la Zona Rosa, donde
afortunadamente iba yo escoltado por mis mejores amigos
y no hubo oportunidad de que se me acercara. Pero el
hecho era contundente: Salvador estaba libre y su artero crimen
permanecía impune.
Durante dos
o tres meses permanecieron visibles en mi rostro las
huellas de la golpiza; así como estaba, lleno de
hematomas en todo el rostro, con los ojos completamente
rojos por la sangre acumulada, tuve que asistir
regularmente a todas mis clases
en la Facultad. También, debí aguantar la extraña
reacción de mi padre quien -aún no me la puedo explicar-
enmarcó y puso en su estudio una foto que tomó de mi
cara justamente la mañana después del asalto. Pero,
sobre todo, pesó sobre mí la duda de mucha gente sobre
lo que falsamente declaró Salvador, en el sentido de que
yo había tratado de seducirlo y de tocarle la verga; y
la sola idea de que aquella supuesta acción mía (falsa
de toda falsedad) pudiera justificar de algún modo la
golpiza que me dio y el robo de mis propiedades, me hizo
sentir una impotencia que aún me invalida el día de hoy.
▄
ARRIBA


|
|
|
|
Él
prefiere jugar con las muñecas...(vídeo)
Haz
clic sobre la imagen para ver el vídeo - >>>>>>>>>
ARRIBA
|
 |
|


|
|
|
 |
Sin derecho a
la reinscripción
...el
colegio terminó siendo un espacio al que -mientras
concluía el año escolar- asistíamos sólo para actuar y
fingir no ser lo que en realidad éramos, así como si
estuviéramos en una obra de teatro, en un grotesco
carnaval de inútiles pretensiones...
|
Cuando
estuve en el tercer año de primaria, en aquel prestigioso
colegio de la zona de Mixcoac, no sólo fui víctima de
las amenazas y torturas psicológicas por parte de Mario, un chico
de 5º año que viajaba en la misma ruta del camión
escolar que yo y quien por mi apariencia frágil gozaba
asustándome con que me iba a golpear (jamás lo hizo); sino, también, el
profesor encargado de mi grupo (el profesor Lara) gozaba
gritándome, prohibiéndome ir al baño cuando lo
necesitaba o haciéndome cargar una silla durante una
eternidad -supongo que por las mismas razones por las
que Mario me hostigaba. En los cuadernos de mis tareas,
Lara marcaba como erróneas las respuestas que yo respondía
correctamente y con la ayuda de mi madre...; y, ¡vaya!,
ese inolvidable sujeto de pelos negros de puercoespín hizo todo lo posible para que mis
padres decidieran cambiarme a una escuela más liberal.
Ya en la
Secundaria, entrando con todo a la adolescencia, mis
padres consideraron que mi educación estaba siendo
demasiado liberal y que era momento de poner un freno a
mis desbordados ímpetus e irreverencia desafiante ante su autoridad. Se me dio
a elegir entonces entre regresar de nuevo al colegio de Mixcoac o -ya de
plano- irme a la Selva Negra chiapaneca a estudiar en un
internado administrado por religiosos adventistas ...¡que además eran
vegetarianos! Un poco el nefasto recuerdo del profesor
Lara y otro poco la naturaleza desafiante de la
adolescencia, me llevaron a tomar la opción dos y
lanzarme a una aventura emocionante en las verdes montañas del
sureste.
En aquel
rústico internado, lleno de muchachos problemáticos,
muchos de ellos hijos de los más
acaudalados rancheros de la zona de Chiapas y Tabasco,
conocí -además de cómo hacer pan- lo que dice la Biblia, el Viejo y Nuevo
Testamento sobre la homosexualidad; desde luego, mi
acercamiento a las Sagradas Escrituras fue a través de
las lecturas y los sermones que predicaban los ministros adventistas, dirigidos a un público de
adolescentes inquietos a los que había que domar de
algún modo. ¡Castigos divinos, las llamas eternas o las
más horrorosas muertes!, ...todo eso y más sería ganado
por
quienes osaran probar de los placeres antinaturales...,
de echarse con alguien del mismo sexo, masturbarse o
usar el ano para sentir placer. Terminé por hacer a un
lado a Dios (que me parecía en verdad bastante
provinciano) y me entregué a los placeres mundanos que
prohibían en "la Hierbabuena", como la gente conocía a
aquel internado: me iba a
comer carne en el mercado de Pueblo Nuevo, Solistáhuacan;
dejaba de ir al templo los sábados, para en su lugar
irme a caminar al bosque y bañarme desnudo en el arroyo;
o me escondía para masturbarme junto con mis compañeros
de la disidencia,
...para sentir el placer de rozar sus nalgas contra mi verga y
estrechar la suya
entre mis dedos.
Al mes de mi
llegada al internado, teniendo ya abiertamente conductas
subversivas frente a las autoridades de la escuela, corrió el rumor de que el hijo del
director y yo habíamos tenido una suerte de contacto
sexual; quienes así lo delataron -falsamente- fueron
tres chicos que participaron con nosotros en una reunión
de dormitorio en la que supuestamente se dieron las cosas, y donde
-por cierto- fueron justamente ellos quienes trataron de intimidar al
lindo pelirrojo de 12 años de edad. Obviamente se me
señaló como el citadino perverso y de ideas "modernas"
y, desde luego, el candidato para ser expulsado de
la escuela fui yo, el que los desafiaba, y al hijo
del director se le consideró la víctima y por su parte
de culpa sería fuertemente castigado y reprimido por
las autoridades de la institución.
Durante las dos
semanas que tardaron mis familiares en ir a recogerme
hasta lo alto de la Selva Negra chiapaneca, surgió
-ahora sí- un lindo y clandestino romance entre el hijo
del director y yo. Nuestros falsos acusadores nos
pusieron en la misma historia, y sin percibirlo nos dieron
un motivo para estar juntos y para ser iguales. Así, a
la hora en que todos estaban en las aulas, nosotros dos nos
escapábamos juntos al bosque o nos metíamos entre las
sábanas de alguna cama en el dormitorio, para incendiarnos
por horas acariciando nuestros cuerpos desnudos y, con esa
llama impronunciable, mantener viva la emoción que era, a los ojos de
los demás, antinatural y un pecado mortal....;
pero, en cambio, para nosotros dos era luz de vida
más verdadera y la fusión de nuestro ser con lo más
básico del orden universal.
Cuando volví
a la Ciudad de México ya me esperaba un pupitre en la
opción uno, en el antiguo colegio del rumbo de Mixcoac.
Durante el primer año en aquella institución todo fue
tranquilo y hasta aburrido; para el segundo año, conocí
a tres nuevos compañeros quienes eventualmente serían
mis mejores amigos a lo largo de toda mi vida; y ya en
la Preparatoria, nuestras andadas eran tan evidentes que
toda la escuela hablaba de nuestra homosexualidad, de
nuestros zapatos tipo sueco que casi nadie se atrevía a
usar en esos días o de lo súper que bailábamos las
canciones de moda. Yo mismo fui quien dio argumentos al
director de la preparatoria (al profesor Chávez), cuando
se me ocurrió llevar a la cafetería un álbum fotográfico
en el que, además de unas imágenes de varios compañeros
de la escuela departiendo en el salón o en el patio,
estaban intercaladas fotos de mis nuevos amigos y
recortes de frases y titulares que aparecían en algunas
de mis revistas para adolescentes (Teen Beat, Tiger
Beat y otras que me enviaban desde los Estados
Unidos): "Aren´t they Terrific?!", "Hottest guys in town"
y simplezas semejantes propias de un adolescente
encabezaban nuestras fotos.
Nuevamente
esos tramposos guardianes de lo correcto, de lo
socialmente admisible, volvieron a actuar. Tal y como
aquellos tres hipócritas que fraguaron una acusación
falsa en mi contra allá en el internado de la Selva
Negra, ahora otro par de homofóbicos en el colegio de
Mixcoac decidieron robar mi álbum de la mochila y
llevarlo ante el director Chávez. Estaban verdaderamente
escandalizados por las fotos y los encabezados en ellas.
Debo confesar que cuando supe que el director tenía mi
álbum fotográfico y me mandaba a llamar a su oficina, no
me sentí alarmado de ningún modo por el material que
-producto de un robo- llegó hasta sus manos. Se trataba
de fotos inspiradas en las revistas que entonces yo
consumía, donde la ropa, los peinados y los accesorios
de moda eran los protagonistas. No dudo que nos hayamos
visto algo obvios, quizás hasta muy jotitos..., pero ese
álbum era una verdadera joya, producto de la creatividad
de un chico de 16 años. Al menos, así lo entendía yo, y
con toda legitimidad lo quería compartir con los demás.
Recuerdo a
Chávez en su oscura oficina de aquella imponente mansión
porfiriana ("el castillo", de decíamos), sus pisos,
paredes y hasta techos de madera, y ese enorme ventanal
a sus espaldas tapado por el enorme y feo edificio que
construyó Telmex atrás del colegio. El lánguido sujeto,
de piel cacariza y amarillosa, de pelos chinos y
entrecanos, flaco y siempre encorvado, insistía en
quererme hacer ver cosas horrendas y conductas
reprobables en todas y cada una de mis fotografías; y
yo, en cambio, le respondía que eran fotos completamente
blancas y divertidas, que mi creación (las fotos, los
recortes y el álbum todo) era una lúdica parodia de
aquellas revistas que se estaban vendiendo en los
Estados Unidos para el consumo de los adolescentes. Los
argumentos del director Chávez nunca derribaron a los
míos, pero los míos no fueron lo suficientemente
contundentes (por mi posición de alumno) como para
influir en el fallo final del caso.
Como no
había nada realmente grave en todo el asunto, ni había
envuelta pornografía o consignas abiertamente
subversivas a la moral social -sino simplemente tres
chicos adolescentes posando modas-, el colegio no buscó
meterse en problemas expulsándome y teniendo que
enfrentar a mis padres. Y he de decir que lo pensaron
muy bien, pues mis papás eran personas con un reconocido
prestigio e influencia social. El colegio de Mixcoac
optó por argumentar que yo observaba muy mala conducta
y, por tanto, se reservaba el derecho de negarme la
reinscripción para el siguiente año, el último de mi
escuela preparatoria. Lo mismo sucedió con Sergio, uno
de mis amigos, quien antes de terminar el año se fue a
otra escuela por el rumbo de Polanco; y en el caso de
Jorge, mi otro compañero, la dirección se hizo la
desentendida porque dos de sus hermanos también eran
alumnos y, como es obvio, pagaban también sus nada
despreciables colegiaturas. Se me prohibió acercarme a
Jorge, mi mejor amigo no sólo de la escuela, sino de
cientos de aventuras juntos.
Nuevamente,
el tiempo de espera para ver llegar el cumplimiento de
la sentencia tuvo sus detalles. Se me dio la oportunidad
de concluir el año escolar, pero después tendría que
agarrar mis cosas y largarme del colegio. Todos los
alumnos de la preparatoria supieron que no me darían la
reinscripción y por qué motivo también; así, en los
vestidores de la clase de natación se me relegó hasta el
locker más oscuro; en la cafetería, sólo las
mujeres y uno que otro despistado me acompañaban a la
mesa; en el salón de clases, se colaban eventualmente
cobardes y anónimos comentarios sobre mi homosexualidad.
Era como estar apestado, infectado de una contagiosa
roña que nadie quiere adquirir. Pero, afortunadamente,
el colegio terminó siendo un espacio al que -mientras
concluía el año escolar- asistíamos sólo para actuar y
fingir no ser lo que en realidad éramos, así como si
estuviéramos en una obra de teatro, en un grotesco
carnaval de inútiles pretensiones. Y, en cambio, la
calle fue el espacio que nos reunió no sólo a los tres,
sino a algunos otros compañeros del colegio que, en el
camino, nos vieron como verdaderos héroes o secretos
amantes, que anteponían el orgullo y la dignidad de ser
lo que eran frente a los demás.
Tiempo
después concluí muy exitosamente la escuela preparatoria
y también lo hice con la universidad, aprendiendo
siempre a hacer amigos sin ocultar mi verdadera
naturaleza y exigente del respeto que me merecen los
demás por mi diferencia. Por algún tiempo guardé un
absurdo sentimiento de culpa por lo hasta entonces
vivido..., por el hecho de ser rechazado o expulsado de
todas las escuelas sólo por las diferencias de mi
emoción sensual, por mi condición de hombre homosexual;
sin embargo, puse en alto mi frente al darme cuenta de
que ninguno de los argumentos de quienes me juzgaron
fueron nunca más fuertes, más brillantes y legítimos que
la flama que mantenía -y mantengo- encendida en el fondo
de mi ser. Y, sobre todo, los ataques a mi naturaleza (o
a las sospechas de la misma) siempre fueron el detonador
de hermosas relaciones de solidaridad con otras
personas.
Creo que,
gracias a mi privilegiada condición social y a la
educación liberal de mis padres, estos conflictos
vividos durante la secundaria y la preparatoria no
tuvieron una repercusión adversa en mi crecimiento y
formación personal. Por el contrario, fortalecieron mi
carácter y me dieron la capacidad de percibir e
identificar rápidamente a los que gustan de tejer
intrigas y confrontarnos con la mentira, a los
fanáticos, hipócritas y ladrones que se cobijan bajo el
sucio manto de la doble moral y la religión; pero -más
importante- entendí la importancia y el valor de la
solidaridad y la hermandad entre los amigos, que con su
inconmensurable fuerza mantiene viva a esa luz que sale
desde el corazón, al amor que -como decía la canción- se
pinta de cualquier color.
▄
ARRIBA
|
|


|
|
|
En el nombre del
padre...
|
 |
... Y ahora soy yo, el hijo homosexual al
que mi padre amenazó con matar a balazos, el
que mantiene sus gastos en doctores,
medicamentos, enfermeras, alimentación y
todo lo referente a su manutención hoy que
ya es un anciano ...
|
|
Puedo
jactarme de que mis padres siempre fueron muy liberales
con relación a mi homosexualidad, pero -también- lamento
que con el paso de los años mi padre haya dejado aflorar
sus más escondidos sentimientos homofóbicos en contra de
mi pareja y de mí. Lo que jamás le perdonaré, es que lo
haya hecho provocado por su amante, una vulgar mujer que
hasta hoy guarda para mí un odio terrible.
A ver,
déjenme les cuento. Cierta noche
de sábado, cuando venía conduciendo mi auto de regreso
de una fiesta en casa de Daniel, en la colonia
Condesa, al detenerme en un semáforo
coincidí con uno de los coches de mi casa, entonces aún
la casa de mis padres. Al voltear a ver quién venía
conduciendo, noté que se
trataba de mi padre, quien iba acompañado de una mujer
teñida de rubia, notablemente más joven que él y de
apariencia mucho menos distinguida a la de cualquiera de
las amistades o familiares de mis padres. De inmediato
me percaté de que se trataba de aquella mujer de la que
últimamente hablaban con insistencia los rumores: la amante de mi padre.
Era una cabaretera puertorriqueña, conocida prostituta
que pretendidamente también era cantante en El
Closet, a quien se le conocía en el ambiente
de los antros como "Desirée Luv"..., o algo
parecido. Mi padre -hombre ya de sesenta y tantos años-
la conoció por medio de su secretario particular y
después de un breve tiempo se enamoró perdidamente de
ella. Para asegurar su futuro económico, esta mujer de
la vida galante se
embarazó de mi padre deliberadamente y le dio una hija
fuera del matrimonio. Había que ver a este inteligente
y próspero hombre convertido en un chamaco irresponsable,
sintiéndose de veinte con más del triple de esa edad, y
desafiando toda la estabilidad construida a lo largo de
su vida por un rico par de nalgas caribeñas. ¡En
fin!..., la inocencia de más de 36 años de casado fue
terreno fértil para que aquella profesional del sexo y
de la explotación enamorara perdidamente a mi padre,
llevándole incluso a perder toda mesura en el manejo del
patrimonio y del prestigio que para entonces había forjado.
Todo el
tiempo que duró la luz roja de aquel semáforo, en la
esquina de las avenidas Nuevo León e Insurgentes, hice
lo posible para que mi padre notará que era yo quien
estaba en el auto de a lado..., pero fingí en cambio no
haberlos visto. Cuando la luz verde se puso por fin,
dejé que él avanzara y le seguí por dos o tres cuadras
hasta que le dejé perderse; me dirigí entonces a mi casa y dejé
estacionado mi auto en el garaje, de tal manera que
pareciera que yo asumía que mi papá ya estaba en casa....
En todo caso, el auto que mi padre traía esa noche no
era el que usaba siempre; su auto del diario estaba ya encerrado en la
cochera cuando llegué a casa. Poco más tarde llegó mi
padre, tocó el timbre de mi recámara para que saliera a
mover mi coche y permitirle entrar, ...y ambos fingimos demencia.
Poco tiempo
después, sucedió que también ya muy noche entré a mi
casa con un chico que conocí en la calle o quizás en el
bar (no lo recuerdo bien). Nuestra casa era muy grande y
mi habitación estaba en una regia cabaña ubicada en la
parte trasera de la propiedad, un espacio tan
independiente de la casa que podía hacer ahí reuniones diarias con
mis mejores amigos o tener festines sexuales con mis
nuevos y viejos amantes. Un rato de exquisito sexo con aquella
aventura ocasional, y juntos volvimos a salir al garaje
para tomar mi auto e irle a dejar a su casa. Justo cuando íbamos
saliendo con cierto sigilo, mi padre se asomó por una
ventana de la casa y me pidió que cuando yo regresara él
me estaría esperando en su biblioteca para hablar
conmigo. No me intranquilicé por el llamado de mi padre, pues realmente yo era un
hijo responsable, trabajador y estudioso, y no había
lugar a reclamos verdaderamente importantes, ...aunque debo
confesar que sí sentí mucha curiosidad respecto a lo que
pudiera estarme reservando mi padre esa noche.
Una media
hora después, volví a casa. Subí a la biblioteca y entré al
estudio de mi padre, y ahí me pidió que me sentara para
charlar. Evasivo, quizás hasta temeroso de enfrentarse
conmigo (un joven universitario responsable, productivo
e inteligente), se limitó a decirme que respetaba mi
estilo de vida y que no tenía la intención de
cuestionarlo ni reprobarlo; pero -a cambio-, esperaba de
mí el mismo respeto y que no le cuestionara ni tratara
de inmiscuirme en su vida privada. En esos momentos me pareció
razonable su petición y, desde luego, sabía a lo que él
se estaba refiriendo con eso de no cuestionarlo ni
meterme en su vida "privada" (como si yo o cualquier
otro de la familia no formara parte de ella). En los hechos, aquella noche mi
padre y yo hicimos un pacto en el que él se comprometió
a no cuestionarme ni reprobar mi homosexualidad (como si
eso fuera algo reprochable), y yo me comprometía a no
reclamarle su relación adúltera y el que estuviera
viviendo una doble vida a espaldas de mi madre, de mis
hermanos, de mi familia, de sus amistades y de toda la
sociedad que le consideraba un hombre recto, honesto y
ejemplar. Nos dimos las buenas noches y nos retiramos a
nuestras respectivas habitaciones.
Con el paso
de los días, las semanas y los meses, yo mostré una
actitud muy honesta y verdaderamente conciliadora con mi padre. En un esfuerzo de
sensatez y madurez, distinguí entre mi enorme amor por
mi madre y lo que era su relación de pareja con mi
padre, buscando entender que lo sucedido entre ellos
sólo les pertenecía e incumbía precisamente a ellos.
Omití cuestionar la evidente falta de honestidad y
hombría de mi padre por
no romper definitivamente con mi madre, no divorciarse y
no dejar la casa para irse a vivir definitivamente con
su amante puertorriqueña. Eso hubiera sido lo más
honesto de su parte, ¿no? En los hechos, acepté su doble
vida y hasta me convertí en su cómplice. Incluso, busqué conocer a mi pretendida medio
hermana (una pequeña de apenas seis o siete años de
edad), y en un gesto de apoyo y solidaridad con mi
padre, la llevé en un par de ocasiones al cine o a la feria, e incluso le regalé algunos juguetes.
En alguna
ocasión, acepté ir a comer con la niña, mi padre y su
amante (acompañada de su otro hijo, el mayor, producto
de una relación fracasada), a un restaurante en el sur de la ciudad.
Para mí fue un
encuentro muy revelador, pues tanto "Desirée Luv" (a
quien tuve frente a frente por primera ocasión) como mi
padre se pudieron percatar de nuestras insalvables
diferencias, ...y no porque haya habido alguna fricción
o agresión entre nosotros, sino justamente todo lo
contrario: fue patente que nuestros orígenes, cultura y
educación eran completamente opuestas, distantes. Mientras la
vulgar mujer se empeñaba en hacerme saber que tenía una
enorme casa en el Pedregal de San Ángel (comprada por mi
padre para ella, obviamente), que ahí tenía nueve baños
y una estupendo jardín y alberca, yo sólo me
preocupaba por hacer sentir cómoda a su hija, de hablar
sobre
sus responsabilidades escolares y de la importancia que
tiene
la solidaridad entre los miembros de una familia (sin ser
yo estrictamente
su familiar). Mientras "Desirée Luv" escupía torpemente sus
complejos de inferioridad y evidenciaba las carencias
propias de su negro origen, yo hablaba de los valores
humanos que configuraban mi cotidianeidad, desplegaba
cordiales modales que denotaban una empeñosa educación, y me conducía
con la seguridad y la certeza que me daba mi formación
en el regazo de una familia legítima y donde lo material
nunca fue lo primordial (pues lo tuve a manos llenas). Nunca olvidaré su
desafiante mirada y el vulgar maquillaje tras el que
escondía su rostro, observándome desde el subsuelo,
desde allá abajo...., desde la incómoda ilegitimidad que
siempre le acomplejó ...y a la que mi propio padre le
condenó (quizás por cobardía de poder perder a una mujer
de la estatura de mi madre, ... quizás porque siempre
comprendió que lo único que aquella cabaretera veía en
él, era el dinero y una posición social a la que
aspiraba. ¡Mi padre debería haber visto más películas
del Indio Fernández o de Juan Orol! ).
En fin, por
mi parte traté de que las cosas marcharan de la mejor
manera con mi padre..., muy a pesar de que yo
-naturalmente- no consideraba apropiada mi tácita
deshonestidad para con mi madre, al ocultarle la doble
vida que llevaba el hombre al que ella amaba, con el que
compartía éxitos profesionales, dormía y vivía desde hace más de cuarenta años, y al que
ella admiraba incondicionalmente y consideraba como el
hombre más honesto del planeta. Esta
situación siguió así por algún tiempo y si mi madre
llegó a saber del engaño de mi padre, fue justamente por
boca de los emisarios a los que "Desirée Luv" puso atrás
de sus llamadas telefónicas anónimas o por las intrigas
que sistemáticamente sembró entre algunos de los amigos
íntimos de mi padre. A pesar de lo
reprobable que esto me pueda parecer hoy a la distancia,
me queda la tranquilidad de que nunca rompí el pacto que hice con mi padre aquella noche
en la fría biblioteca de la casa.
Así pues, durante los
primeros años de la década de los noventa, conocí a
quien fuera -hasta hoy en mi corazón- el amor de mi vida: Jesús; un
chico sinaloense, ocho años menor que yo, quien había
llegado al Distrito Federal buscando mejorar su suerte
y, sin duda, esperando encontrar un ambiente más liberal que el
de su pueblo natal. Fue una relación llena de
contrastes, alejamientos inesperados, reencuentros
apasionados y, sobre todo, diferencias insalvables entre
los dos. Pero creo que, a final de cuentas, fue una
historia de amor muy intensa y hasta en ciertos momentos
muy bella; fue el amor que recordaré hasta el momento
mismo de mi muerte. Al segundo año de nuestra relación
-que duró cinco-, en uno de sus tantos regresos a mi
vida, Jesús se instaló a vivir conmigo en la cabaña de
casa de mis padres durante un poco más de tres meses.
Nadie lo notó, pues desde hace años y a diario entraban
y salían de mi cabaña decenas de gentes, viejos amigos,
nuevos conocidos, ex-compañeros de la universidad y
muchos amantes ocasionales. Con Jesús viví noches llenas
de pasión, humedad y sexo como con nadie...; fueron días
que a veces me resultaban demasiado largos en espera de
la noche y de los exquisitos besos del sinaloense...; en
verdad, una temporada de la que recuerdo cada encuentro
de los tantos que tuvimos Jesús y yo, instantes que hoy
rememoro con cada centímetro de mi piel, con gran
inquietud e invadido de una nostalgia que me adormece la
razón.
Debo decir
que había una parte oscura, desconocida totalmente para
mí, en la vida de Jesús; el sinaloense guardaba vínculos
con gente de ambientes ajenos a mi cotidianeidad y
relacionados con la prostitución (tanto masculina como
femenina), algo que jamás sospeché debido a su bien
representado papel de chico provinciano, recién llegado
a la capital e inocente. En todo caso, cuidaba muy bien
de que yo no supiera nada de sus andanzas, tal vez no
tanto con la intención de no lastimarme, sino -sobre
todo- para no perder la estabilidad y el patrocinio
económico que yo le brindaba desinteresadamente. Mantenerlo o darle dinero
para sobrevivir no me resultaba lo principal en nuestra
relación, pues para mí el dinero siempre fue un medio y
no un fin; pero para Jesús, fue lo que más pesó al final
del día. Sus semejanzas con "Desirée Luv", sus
coincidencias y su afinidad con esos ambientes donde
unos venden y otros compran sus cuerpos y sus caricias,
nos colocó irremediablemente en un terreno en la que mi
vida dio un giro decisivo y definitorio. Puedo decir que
mi padre y yo vivíamos entonces -con sus obvias
salvedades, desde luego- una situación análoga, con
personajes extraídos de las mismas cloacas de la ciudad.
Así, cierta
tarde, cuando Jesús y yo regresábamos a casa después de
haber comido en un restaurante y pasado gratos momentos
juntos, nos recibió en la puerta del garaje la hermana
de mi madre, quien verdaderamente alarmada nos urgió a
que nos fuéramos de inmediato de ahí, a cualquier otra
parte, para evitar así una seria confrontación con mi
padre. Resulta que el señor había llegado momentos antes
a la casa, hecho una verdadera fiera y buscándonos a
Jesús y a mí -pistola en mano-, gritando como
enloquecido y asustando cobardemente a mi madre,
asegurando que si nos encontraba "nos iba a matar". Ante
esa advertencia por parte de mi tía, de inmediato nos
subimos al auto y nos fuimos de la casa. Nos reunimos
con mis amigos para pensar qué íbamos a hacer y, más
tarde, mi hermana me prestó las llaves de un
departamento de su propiedad que estaba desocupado y nos
permitió usarlo mientras las cosas se asentaban un poco.
Cuando, al día siguiente, por fin pude hablar con mi
madre y me enteré de cómo sucedieron las cosas, entendí
que mi padre estaba rompiendo aquel pacto de no agresión
que había hecho conmigo y -peor aún- que volcaba sobre
mí la rabia y el odio que sentía por mí su amante
puertorriqueña. Supe que aquella tarde mi padre había
ido a comer con "Desirée Luv" y sus hijos, que la tipa
le habló escandalizada sobre mi homosexualidad y que le dijo que yo tenía viviendo en la casa
(la casa de mi madre, no la suya) a Jesús, quien
era un prostituto profesional, un degenerado y un
vividor. Adivino -por la desproporcionada reacción de mi
padre- el veneno homofóbico que escupió a chorros la
cabaretera, el enorme desprecio con el que se refirió a
los homosexuales y a mi relación de pareja, así como sus
falaces argumentos y su deliberada intención de
enemistarme con mi padre. ¿Cómo se enteró ella de lo mío
con Jesús?...; no es difícil adivinarlo, cuando ambos
finalmente eran tan semejantes en sus aspiraciones y,
sobre todo, en los métodos para alcanzarlas.
El resultado
de estos dolorosos eventos fue que, por fin, dejé
definitivamente la casa paterna y me mudé a mi propio
espacio (un modesto departamento que mi madre me había
regalado años atrás). La relación con Jesús continuó por
tres años más, con sus altas y sus bajas, con perdones y
reproches, con mucho y mucho sexo, ...siempre con
momentos inolvidables y en los que comprobé mi capacidad
de amar incondicionalmente y, aunque parezca falaz,
también me sentí amado. En cambio, la relación con mi
padre quedó sumamente dañada, como era lógico, pero
también sucedió así entre él y mi madre, entre él y mis
hermanos y con toda la familia. Aquella fue la irrupción
de "Desirée Luv" en nuestro hogar idealizado, su entrada
triunfal para derrumbar la endeble paz y la pretendida
armonía que mi padre construyó y defendió vehementemente
durante años. El hombre recto, moral y ético al que
conocí desde niño, súbitamente resultó no serlo del
todo; el liberal ejemplar al que tantos admiraban y
seguían, terminó siendo más conservador e hipócrita de
lo que son los cardenales, obispos y arzobispos de la
curia católica a los que tanto confrontó; el predicador
de la honestidad y de los valores familiares, tomó lo
ajeno para vestir a su mendiga y disfrazarla de noble, y
hundió el puñal de su desprecio en el fondo del pecho de
sus propios hijos.
Han pasado
muchos años desde aquellos eventos y el tiempo terminó
por poner las cosas en su lugar. Cuando a mi padre se le
acabó el dinero, los puestos importantes, la opulencia
material, la empresa que forjó y hasta su salud (el Mal
de Parkinson lo fue destruyendo poco a poco), la
cabaretera puertorriqueña y su bastarda descendencia lo
abandonaron y se
retiraron a los Estados Unidos en búsqueda de otro
patrocinador (más joven y dispuesto). Las miles de
promesas que le hacía "Desirée Luv" en sus cartas a mi
padre, donde le aseguraba que siempre estaría a su lado
y que cuando él fuera un anciano enfermo le cuidaría
afanosa e incondicionalmente, se desvanecieron junto con
la casa del Pedregal o los condominios en La Florida.
Afortunadamente para mi padre, mi madre tomó sus
precauciones algunos años antes y puso gran parte de las
propiedades de la familia a nombre de sus hijos,
garantizando que el usufructo de éstas se destinara a su
manutención y la de mi padre; como una mujer educada, previsora y con
clase, ahorró lo suficiente como para poder sostener el
nivel de vida al que siempre estuvieron acostumbrados y
hasta tuvo para costear, durante más de quince años, los
enormes gastos derivados de la enfermedad de su marido
ya discapacitado (e incluso para mantener a mi hermano
divorciado y a sus dos hijos).
Respecto a
mi relación con Jesús, ésta continuó por tres años más
después de los hechos que aquí relato. Sí, no hay duda,
muy buen sexo, definitivamente ahí nos acoplábamos a la
perfección; pero, cuando yo más lo amaba, fue cuando me
di cuenta -por fin- de que él no tendría la capacidad de
crecer intelectualmente y, en consecuencia, hacerme
crecer a mí. Súbitamente, el sinaloense se transformó en
un pesado lastre, en una estorbosa carga que en lugar de
ser un motivo para impulsarme hacia arriba y hacia
adelante, inhibía notablemente el despliegue de mis
capacidades individuales, profesionales y hasta la
construcción y logro de mis ambiciones. Las dudas y la
desconfianza le ganaron al corazón, y el amor propio
surgió como una luz en la oscuridad para rescatarme del
marasmo. Así, a pesar del
gran dolor que ello me causó, una noche le pedí a Jesús
que se fuera definitivamente de mi casa y de mi vida. Jamás he vuelto
a verlo ni a saber nada de él.
Hoy, después
de casi quince años desde que mi padre enfermó y de que perdió
todo su patrimonio por el dispendio que hizo de éste
aquella vulgar prostituta que aspiraba a ser una
"señora", los ahorros de mi madre por fin se
agotaron pues -desafortunadamente- ella también cayó
enferma víctima de un derrame cerebral que la dejó
hemipléjica. ... Ahora, soy yo, el hijo homosexual al que mi
padre amenazó un día con matar a balazos, el que ha
forjado una carrera exitosa y quien mantiene todos sus
gastos en doctores, medicamentos, enfermeras,
alimentación y todo lo referente a su manutención. Hoy,
el viejo no está abandonado en una clínica o asilo
público porque yo, al que tanto odió su amante
puertorriqueña, estoy haciendo lo que ella sí prometió e
incumplió en aquellas ridículas cartas que escribió y que mi padre escondía en un
cajón de la biblioteca de nuestra casa y que yo, a escondidas, leía
afanosamente para constatar hasta dónde se arrastraba la
cabaretera en su afán de hacerse de dinero.
A veces,
cuando mi padre clava en mí su vidriosa mirada de
anciano decrépito, abatido por su enfermedad, enmudecido
por su debilidad física y ya en
el umbral de sus días, me parece escucharle murmurar su
arrepentimiento por haberme fallado, atacado y roto
aquel pacto que él mismo escribió entre nosotros. Pero en otras
ocasiones, creo adivinar en el fondo de sus ojos verdes
la profunda tristeza, su evidente amargura y un profundo
desprecio por haber llegado al final de su vida bajo el
cobijo y los cuidados patrocinados por su hijo
homosexual, y no a lado -como lo deseó en sus últimos
años de vigor físico y mental- de aquella fogosa mujer caribeña
que le deslumbró con la promesa del deseo (Desirée) y el amor
(Luv) eternos.
En el nombre del padre, amén.▄
ARRIBA
|
|


|
|
Derechos reservados ©,
GAY MÉXICO, 2006.
|
|