Hace unos días leí en la prensa que Abán Praxedis Román Franco, estudiante de letras hispánicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ganó un concurso literario al que convocó la máxima casa de estudios y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), presentando un trabajo sobre "Homofobia: Apuntes de su historia y realidad actual". De inmediato, el documento despertó mi curiosidad y quise revisarlo y reflexionar, desde su óptica, respecto a mi experiencia personal como víctima de la homofobia; desafortunadamente, hasta el momento en que escribo esta nota, el ensayo no está publicado en la página Web de la Agencia NotieSe -como se anunció-, y sólo me puedo quedar con las ideas generales que leí en la entrevista que el autor dio a los medios.

Y si existe una historia (quizás aún no escrita o escrita en cientos de fragmentos) de la homofobia en el mundo y en nuestro país, científicamente evidenciable a través del análisis del desarrollo de las culturas, las instituciones y las sociedades, por otra parte abundan también crónicas personales que dan testimonio fiel de ese concepto que a la vista de algunos puede parecer hasta propagandístico.

Tu historia personal, la de un amigo tuyo o la mía propia, dibujan fielmente los trazos, dramáticos o sutiles, que perfilan a la homofobia; el pesar prolongado por el rechazo familiar y social, o incluso las cicatrices impresas en el cuerpo por viejas agresiones, hacen fácilmente visible, palpable al tacto, a ese monstruo cuyos engañosos rostros pueden disfrazarse de amor paternal, de santidad y hasta de virtuosidad social.

He recogido en esta sección algunas crónicas que describen momentos cargados de irracional homofobia, que son vivencias de muchos de nosotros y que yacen como cicatrices en la memoria. Si alguien se siente identificado con alguna de estas breves crónicas, ¡es pura coincidencia!

 

 

Me dieron por muerto...

Él prefiere jugar con las muñecas...(vídeo)

Sin derecho a la reinscripción

En el nombre del padre...

Los nombres reales de las personas, instituciones y  referencias concretas relatadas aquí, fueron cambiados deliberadamente para no afectarles de ningún modo. Ahora que, en los casos en que ello no fue posible, lamentamos profundamente el que se hayan ganado a pulso formar parte de una denuncia pública que no puede trascender más allá de los límites de este medio electrónico.

 

 

Me dieron por muerto...

 

 

"... Nunca pensé que ese chico al que durante tanto tiempo venía viendo en los antros, se convertiría en mi cruel atacante aquella fatídica  noche, saliendo del Bar El Nueve... " 

 

A principios de los años ochenta, aquí en el Distrito Federal, se vivían días de aparente apertura respecto a la comunidad gay de la ciudad. Por primera ocasión, se inauguraba en plena Zona Rosa una discoteca abiertamente para gente gay, con instalaciones de primer nivel y sin ser un espacio clandestino ni ilegal. En el Bar El Nueve se daba cita lo más selecto del ambiente, gente de buena posición económica y próspera; guapos jóvenes -hombres y mujeres- para los que la música, el baile, los atuendos de moda y la diversión parecían ser los únicos motivos de su vida; personajes de la noche cuyas historias todos conocíamos o desconocíamos, y que estaban ahí siempre presentes adornando con su particular magia el firmamento de un cielo que para todos era novedoso.

Entre los muchos personajes que destacaban de la vida nocturna en el Distrito Federal, estaba la "Reina Xóchitl", un hombre obeso de 40 o más años de edad, al parecer de nombre Gustavo, de piel morena y con una estatura que rebasaba los 1.80 metros. La Xóchitl organizaba espectaculares fiestas en salones de fiesta, en antros o en el mirador del World Trade Center (entonces El Hotel de México), a las que acudían homosexuales de diferentes latitudes de la república mexicana: de Guerrero, de Tabasco, de Yucatán, de Guadalajara, de Monterrey, de Tamaulipas...; en fin, sus eventos más prestigiosos fueron concursos de belleza para travestís (Miss México Gay) o fiestas temáticas donde la producción asemejaba a las películas de ficheras, tan gustadas por aquellos días. Pero la actividad principal de la Xóchitl, por todos bien conocida, era la de "madrota" de una casa de citas -de su propiedad- en la colonia Anáhuac, donde bellas jovencitas atendían a altos funcionarios, hombres acaudalados y políticos del régimen lopezportillista.

Y como el Bar El Nueve era el sitio de moda, la cumbre de los lugares de diversión para la gente bonita de la ciudad, la Reina Xóchitl no podía faltar a los mejores eventos organizados ahí por sus propietarios, Manolo Fernández y Henry Donadieu. Aquel impresionante personaje llegaba siempre en su elegante auto blanco, vestido con llamativos trajes regionales y portando impactantes joyas, y escoltado -desde luego- por un séquito de guapos y jóvenes guardias. Ocupaba siempre, como es evidente, la mejor mesa y el sitio de honor de El Nueve, y alrededor de su mesa desfilábamos toda la noche los curiosos que deseábamos ver su siempre impactante presencia. ¡La Xóchitl!, reina de reinas! ..., en su mesa le acompañaban otras reinas, menores, desde luego, como la simpática Esmeralda, la irreverente Aicha, la rubia Samantha, la hermosa Vanessa....; y no podían faltar los chicos guapos, los cadetes o militares en uniforme de gala, que bebían toda la noche de las botellas siempre llenas de la mesa de su Majestad.

Con el paso del tiempo, era común encontrarse con la Xóchitl en aquel antro e incluso mi grupo de amigos y yo fuimos invitados en un par de ocasiones a fiestas privadas en el burdel de la reina. Como es natural, hubo cierto acercamiento con los miembros del séquito real, a quienes también se les veía ocasionalmente solos divirtiéndose en el antro. Ese fue el caso de Salvador, un chico de alrededor de 23 o 24 años de edad, de pelo negro y ceja poblada, con quien siempre nos saludábamos de manera muy cordial e incluso llegamos a charlar mis amigos y yo. A él era frecuente encontrarlo solo en el antro, platicando con éste o con aquél, y pidiéndole copas al administrador del lugar (Jaime Vite), seguramente a cuenta de la soberana, reina de reinas, Xóchitl.

Cierta noche de domingo tuve la inquietud de salir de casa e ir a tomar una copa a El Nueve, para ver si me encontraba con alguno de mis amigos y poder charlar un rato antes de irme por fin a descansar. Recuerdo bien que esto sucedió en marzo de 1983, cuando cursaba el segundo semestre en la universidad. Llegué al antro y, como era lógico en una noche de domingo, había poca gente en el lugar; sólo algunos conocidos y realmente nadie con quién platicar. Ahí estaba Salvador, a quien saludé como de costumbre, y no volví a verlo sino hasta cuando decidí retirarme del bar. Se me acercó y me preguntó si podía darle un aventón, casualmente a un sitio bastante cercano al rumbo de mi casa. Acepté llevarlo a él y a su compañero (un chico delgado y de estatura baja), y fuimos por mi auto al estacionamiento.

En alguna parte del trayecto desde la Zona Rosa y rumbo al sur poniente de la ciudad, Salvador me asestó tan tremendo golpe en la cabeza que me hizo perder de inmediato el conocimiento. Según las investigaciones policíacas, después de golpearme y perder yo el conocimiento, el tipo me sacó del auto y me estuvo estampando contra la barda de un terreno baldío por varios metros (blanco muro sobre el que quedó pintada mi sangre, como prueba pericial de su crueldad y ensañada violencia). Después de eso, Salvador y su acompañante me subieron a mi auto, me quitaron las botas, la cartera, el reloj y no sé qué otras cosas, y me tiraron entre la vegetación de un ancho camellón de los rumbos de Santa Lucía. Según se supo después, me dieron por muerto y por eso se deshicieron de mí; el médico que me atendería después, me dijo que no se explicaba cómo no me ahogué en mi propia sangre y morí asfixiado mientras yacía tirado entre la maleza y sobre aquel oscuro camellón.

Quizás fue mi instinto de supervivencia o algo más complejo en mi interior, pero me puse en pie y comencé a caminar con la idea fija de irme a mi casa. No recuerdo casi nada de esa penosa caminata, descalzo y gravemente herido por el brutal ataque de Salvador y su cómplice, pero me impresiona mi excelente sentido de la orientación al recordar que me encontré con un hombre al que le pregunté si iba en el camino correcto para llegar al Periférico y la avenida San Antonio; me recuerdo vagamente preguntándole al asustado hombre, y su respuesta asombrada: "¡mira cómo te dejaron, amigo!...., ¡sí, aquí derecho llegas al Periférico!..."  No me explico cómo ese hombre me pudo haber dejado continuar solo, por qué no me ayudó llamando a la policía, buscando una ambulancia o llevándome a casa.

Otra imagen que recuerdo -casi como en un sueño-, es la del Periférico de noche, iluminado y vacío, y aquel alto puente peatonal que me alejaría, de lograrlo escalar, de aquella zona marginal y hostil de la ciudad. Después, todo es oscuridad en mi mente y la película se reanuda hasta cuando despierto sobre mi cama, casi milagrosamente, ya con la luz del día, con el rostro y mis pies descalzos profusamente ensangrentados. Muy seguramente, la noche anterior llegué caminando hasta la barda de la casa, la brinqué (como muchas veces lo hice de chico) y me fui directamente a mi habitación. Haciéndome consciente de la situación, abrí la ventana de mi baño y llamé a la sirvienta para que se acercara, y entonces le pedí avisar a mis padres que había sido asaltado, que me habían robado el automóvil. Cuando la sirvienta me vio en aquellas condiciones, grito alarmada que me habían destrozado la cara y salió corriendo a buscar a mis padres a su cuarto, quienes al verme inmediatamente llamaron a una ambulancia para trasladarme al hospital de la Clínica Londres.

Del hospital sólo recuerdo el área de Urgencias y a mi querido amigo Álvaro, quien por alguna razón del destino llegó hasta ahí para acompañarme. Fue cuando le pedí se acercara a mí, sentado ya en una silla de ruedas, y le dije al oído: "fue Salvador, el novio de la Xóchitl". Tres largos días estuve hospitalizado, y no fue sino hasta que el entonces muy reconocido cirujano Ortiz Monasterio dio su autorización, cuando por fin salí del nosocomio -a donde me llegaron a visitar permanentemente mis más queridos amigos: Álvaro, Sergio, Jorge, Gaby, Carlos, Jaime y otros.

Ya fuera del hospital vinieron las diligencias judiciales. En esas fechas, mi padre era miembro del gabinete presidencial y el hecho movilizó a un cuerpo de elite de la Procuraduría y de la policía judicial. Con las deducciones sacadas del relato de los hechos, los investigadores localizaron el terreno baldío y la barda donde fui golpeado brutalmente por Salvador; encontraron la casa del cómplice y -días después- mi auto abandonado en las calles de la colonia Del Valle (sin su regio equipo de sonido Cockpit Panasonic, instalado en el techo del auto). Gracias al apoyo de mi gran amigo Jaime Vite, la policía localizó y detuvo a Salvador, y a los pocos días se le presentó ante el Ministerio Público y recuperé todas mis cosas. Ya frente a los representantes del Ministerio Público tuve que estar en un careo con Salvador quien, buscando erráticamente justificar sus actos ante las autoridades, dijo que yo era "maricón" y que me había golpeado porque yo me había querido pasar de listo con él. Inventó que lo quise tocar y argumentó que su reacción era la lógica por tratarse de un "joto".

A pesar de la brutal violencia y alevosía del ataque, de los daños físicos que sufrí (rotura de la órbita ósea del ojo izquierdo, fractura de nariz y profusos hematomas en toda la cabeza), así como del flagrante robo de mi auto y mis cosas, Salvador no estuvo más de tres semanas detenido en los separos de la delegación Benito Juárez. Supongo que para las autoridades judiciales de la ciudad sólo se trató de un vergonzoso suceso entre maricones, lo que no mereció -como lo constaté en los hechos- la aplicación plena de la justicia en contra de mi atacante; o, muy posiblemente, la reina de reinas, la Xóchitl, logró mover sus influencias entre los asiduos clientes de su burdel para sacar al joven delincuente de atrás de las rejas. El caso es que a los dos o tres meses después me encontré con Salvador en la inauguración de un antro gay, en la Zona Rosa, donde afortunadamente iba yo escoltado por mis mejores amigos y no hubo oportunidad de que se me acercara. Pero el hecho era contundente: Salvador estaba libre y su artero crimen permanecía impune.

Durante dos o tres meses permanecieron visibles en mi rostro las huellas de la golpiza; así como estaba, lleno de hematomas en todo el rostro, con los ojos completamente rojos por la sangre acumulada, tuve que asistir regularmente a todas mis clases en la Facultad. También, debí aguantar la extraña reacción de mi padre quien -aún no me la puedo explicar- enmarcó y puso en su estudio una foto que tomó de mi cara justamente la mañana después del asalto. Pero, sobre todo, pesó sobre mí la duda de mucha gente sobre lo que falsamente declaró Salvador, en el sentido de que yo había tratado de seducirlo y de tocarle la verga; y la sola idea de que aquella supuesta acción mía (falsa de toda falsedad) pudiera justificar de algún modo la golpiza que me dio y el robo de mis propiedades, me hizo sentir una impotencia que aún me invalida el día de hoy.

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Él prefiere jugar con las muñecas...(vídeo)

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Sin derecho a la reinscripción

 

...el colegio terminó siendo un espacio al que -mientras concluía el año escolar- asistíamos sólo para actuar y fingir no ser lo que en realidad éramos, así como si estuviéramos en una obra de teatro, en un grotesco carnaval de inútiles pretensiones...

Cuando estuve en el tercer año de primaria, en aquel prestigioso colegio de la zona de Mixcoac, no sólo fui víctima de las amenazas y torturas psicológicas por parte de Mario, un chico de 5º año que viajaba en la misma ruta del camión escolar que yo y quien por mi apariencia frágil gozaba asustándome con que me iba a golpear (jamás lo hizo); sino, también, el profesor encargado de mi grupo (el profesor Lara) gozaba gritándome, prohibiéndome ir al baño cuando lo necesitaba o haciéndome cargar una silla durante una eternidad -supongo que por las mismas razones por las que Mario me hostigaba. En los cuadernos de mis tareas, Lara marcaba como erróneas las respuestas que yo respondía correctamente y con la ayuda de mi madre...; y, ¡vaya!, ese inolvidable sujeto de pelos negros de puercoespín hizo todo lo posible para que mis padres decidieran cambiarme a una escuela más liberal. 

Ya en la Secundaria, entrando con todo a la adolescencia, mis padres consideraron que mi educación estaba siendo demasiado liberal y que era momento de poner un freno a mis desbordados ímpetus e irreverencia desafiante ante su autoridad. Se me dio a elegir entonces entre regresar de nuevo al colegio de Mixcoac o -ya de plano- irme a la Selva Negra chiapaneca a estudiar en un internado administrado por religiosos adventistas ...¡que además eran vegetarianos! Un poco el nefasto recuerdo del profesor Lara y otro poco la naturaleza desafiante de la adolescencia, me llevaron a tomar la opción dos y lanzarme a una aventura emocionante en las verdes montañas del sureste.

En aquel rústico internado, lleno de muchachos problemáticos, muchos de ellos hijos de los más acaudalados rancheros de la zona de Chiapas y Tabasco, conocí -además de cómo hacer pan- lo que dice la Biblia, el Viejo y Nuevo Testamento sobre la homosexualidad; desde luego, mi acercamiento a las Sagradas Escrituras fue a través de las lecturas y los sermones que predicaban los ministros adventistas, dirigidos a un público de adolescentes inquietos a los que había que domar de algún modo. ¡Castigos divinos, las llamas eternas o las más horrorosas muertes!, ...todo eso y más sería ganado por quienes osaran probar de los placeres antinaturales..., de echarse con alguien del mismo sexo, masturbarse o usar el ano para sentir placer. Terminé por hacer a un lado a Dios (que me parecía en verdad bastante provinciano) y me entregué a los placeres mundanos que prohibían en "la Hierbabuena", como la gente conocía a aquel internado: me iba a comer carne en el mercado de Pueblo Nuevo, Solistáhuacan; dejaba de ir al templo los sábados, para en su lugar irme a caminar al bosque y bañarme desnudo en el arroyo; o me escondía para masturbarme junto con mis compañeros de la disidencia, ...para sentir el placer de rozar sus nalgas contra mi verga y estrechar la suya entre mis dedos.

Al mes de mi llegada al internado, teniendo ya abiertamente conductas subversivas frente a las autoridades de la escuela, corrió el rumor de que el hijo del director y yo habíamos tenido una suerte de contacto sexual; quienes así lo delataron -falsamente- fueron tres chicos que participaron con nosotros en una reunión de dormitorio en la que supuestamente se dieron las cosas, y donde -por cierto- fueron justamente ellos quienes trataron de intimidar al lindo pelirrojo de 12 años de edad. Obviamente se me señaló como el citadino perverso y de ideas "modernas" y, desde luego, el candidato para ser expulsado de la escuela fui yo, el que los desafiaba, y al hijo del director se le consideró la víctima y por su parte de culpa sería fuertemente castigado y reprimido por las autoridades de la institución.

Durante las dos semanas que tardaron mis familiares en ir a recogerme hasta lo alto de la Selva Negra chiapaneca, surgió -ahora sí- un lindo y clandestino romance entre el hijo del director y yo. Nuestros falsos acusadores nos pusieron en la misma historia, y sin percibirlo nos dieron un motivo para estar juntos y para ser iguales. Así, a la hora en que todos estaban en las aulas, nosotros dos nos escapábamos juntos al bosque o nos metíamos entre las sábanas de alguna cama en el dormitorio, para incendiarnos por horas acariciando nuestros cuerpos desnudos y, con esa llama impronunciable, mantener viva la emoción que era, a los ojos de los demás, antinatural y un pecado mortal....; pero, en cambio, para nosotros dos era luz de vida más verdadera y la fusión de nuestro ser con lo más básico del orden universal.

Cuando volví a la Ciudad de México ya me esperaba un pupitre en la opción uno, en el antiguo colegio del rumbo de Mixcoac. Durante el primer año en aquella institución todo fue tranquilo y hasta aburrido; para el segundo año, conocí a tres nuevos compañeros quienes eventualmente serían mis mejores amigos a lo largo de toda mi vida; y ya en la Preparatoria, nuestras andadas eran tan evidentes que toda la escuela hablaba de nuestra homosexualidad, de nuestros zapatos tipo sueco que casi nadie se atrevía a usar en esos días o de lo súper que bailábamos las canciones de moda. Yo mismo fui quien dio argumentos al director de la preparatoria (al profesor Chávez), cuando se me ocurrió llevar a la cafetería un álbum fotográfico en el que, además de unas imágenes de varios compañeros de la escuela departiendo en el salón o en el patio, estaban intercaladas fotos de mis nuevos amigos y recortes de frases y titulares que aparecían en algunas de mis revistas para adolescentes (Teen Beat, Tiger Beat y otras que me enviaban desde los Estados Unidos): "Aren´t they Terrific?!", "Hottest guys in town" y simplezas semejantes propias de un adolescente encabezaban nuestras fotos.

Nuevamente esos tramposos guardianes de lo correcto, de lo socialmente admisible, volvieron a actuar. Tal y como aquellos tres hipócritas que fraguaron una acusación falsa en mi contra allá en el internado de la Selva Negra, ahora otro par de homofóbicos en el colegio de Mixcoac decidieron robar mi álbum de la mochila y llevarlo ante el director Chávez. Estaban verdaderamente escandalizados por las fotos y los encabezados en ellas. Debo confesar que cuando supe que el director tenía mi álbum fotográfico y me mandaba a llamar a su oficina, no me sentí alarmado de ningún modo por el material que -producto de un robo- llegó hasta sus manos. Se trataba de fotos inspiradas en las revistas que entonces yo consumía, donde la ropa, los peinados y los accesorios de moda eran los protagonistas. No dudo que nos hayamos visto algo obvios, quizás hasta muy jotitos..., pero ese álbum era una verdadera joya, producto de la creatividad de un chico de 16 años. Al menos, así lo entendía yo, y con toda legitimidad lo quería compartir con los demás.

Recuerdo a Chávez en su oscura oficina de aquella imponente mansión porfiriana ("el castillo", de decíamos), sus pisos, paredes y hasta techos de madera, y ese enorme ventanal a sus espaldas tapado por el enorme y feo edificio que construyó Telmex atrás del colegio. El lánguido sujeto, de piel cacariza y amarillosa, de pelos chinos y entrecanos, flaco y siempre encorvado, insistía en quererme hacer ver cosas horrendas y conductas reprobables en todas y cada una de mis fotografías; y yo, en cambio, le respondía que eran fotos completamente blancas y divertidas, que mi creación (las fotos, los recortes y el álbum todo) era una lúdica parodia de aquellas revistas que se estaban vendiendo en los Estados Unidos para el consumo de los adolescentes. Los argumentos del director Chávez nunca derribaron a los míos, pero los míos no fueron lo suficientemente contundentes (por mi posición de alumno) como para influir en el fallo final del caso.

Como no había nada realmente grave en todo el asunto, ni había envuelta pornografía o consignas abiertamente subversivas a la moral social -sino simplemente tres chicos adolescentes posando modas-, el colegio no buscó meterse en problemas expulsándome y teniendo que enfrentar a mis padres. Y he de decir que lo pensaron muy bien, pues mis papás eran personas con un reconocido prestigio e influencia social. El colegio de Mixcoac optó por argumentar que yo observaba muy mala conducta y, por tanto, se reservaba el derecho de negarme la reinscripción para el siguiente año, el último de mi escuela preparatoria. Lo mismo sucedió con Sergio, uno de mis amigos, quien antes de terminar el año se fue a otra escuela por el rumbo de Polanco; y en el caso de Jorge, mi otro compañero, la dirección se hizo la desentendida porque dos de sus hermanos también eran alumnos y, como es obvio, pagaban también sus nada despreciables colegiaturas. Se me prohibió acercarme a Jorge, mi mejor amigo no sólo de la escuela, sino de cientos de aventuras juntos.

Nuevamente, el tiempo de espera para ver llegar el cumplimiento de la sentencia tuvo sus detalles. Se me dio la oportunidad de concluir el año escolar, pero después tendría que agarrar mis cosas y largarme del colegio. Todos los alumnos de la preparatoria supieron que no me darían la reinscripción y por qué motivo también; así, en los vestidores de la clase de natación se me relegó hasta el locker más oscuro; en la cafetería, sólo las mujeres y uno que otro despistado me acompañaban a la mesa; en el salón de clases, se colaban eventualmente cobardes y anónimos comentarios sobre mi homosexualidad. Era como estar apestado, infectado de una contagiosa roña que nadie quiere adquirir. Pero, afortunadamente, el colegio terminó siendo un espacio al que -mientras concluía el año escolar- asistíamos sólo para actuar y fingir no ser lo que en realidad éramos, así como si estuviéramos en una obra de teatro, en un grotesco carnaval de inútiles pretensiones. Y, en cambio, la calle fue el espacio que nos reunió no sólo a los tres, sino a algunos otros compañeros del colegio que, en el camino, nos vieron como verdaderos héroes o secretos amantes, que anteponían el orgullo y la dignidad de ser lo que eran frente a los demás.

Tiempo después concluí muy exitosamente la escuela preparatoria y también lo hice con la universidad, aprendiendo siempre a hacer amigos sin ocultar mi verdadera naturaleza y exigente del respeto que me merecen los demás por mi diferencia. Por algún tiempo guardé un absurdo sentimiento de culpa por lo hasta entonces vivido..., por el hecho de ser rechazado o expulsado de todas las escuelas sólo por las diferencias de mi emoción sensual, por mi condición de hombre homosexual; sin embargo, puse en alto mi frente al darme cuenta de que ninguno de los argumentos de quienes me juzgaron fueron nunca más fuertes, más brillantes y legítimos que la flama que mantenía -y mantengo- encendida en el fondo de mi ser. Y, sobre todo, los ataques a mi naturaleza (o a las sospechas de la misma) siempre fueron el detonador de hermosas relaciones de solidaridad con otras personas.

Creo que, gracias a mi privilegiada condición social y a la educación liberal de mis padres, estos conflictos vividos durante la secundaria y la preparatoria no tuvieron una repercusión adversa en mi crecimiento y formación personal. Por el contrario, fortalecieron mi carácter y me dieron la capacidad de percibir e identificar rápidamente a los que gustan de tejer intrigas y confrontarnos con la mentira, a los fanáticos, hipócritas y ladrones que se cobijan bajo el sucio manto de la doble moral y la religión; pero -más importante- entendí la importancia y el valor de la solidaridad y la hermandad entre los amigos, que con su inconmensurable fuerza mantiene viva a esa luz que sale desde el corazón, al amor que -como decía la canción- se pinta de cualquier color.

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En el nombre del padre...

... Y ahora soy yo, el hijo homosexual al que mi padre amenazó con matar a balazos, el que mantiene sus gastos en doctores, medicamentos, enfermeras, alimentación y todo lo referente a su manutención hoy que ya es un anciano ...

Puedo jactarme de que mis padres siempre fueron muy liberales con relación a mi homosexualidad, pero -también- lamento que con el paso de los años mi padre haya dejado aflorar sus más escondidos sentimientos homofóbicos en contra de mi pareja y de mí. Lo que jamás le perdonaré, es que lo haya hecho provocado por su amante, una vulgar mujer que hasta hoy guarda para mí un odio terrible.

A ver, déjenme les cuento. Cierta noche de sábado, cuando venía conduciendo mi auto de regreso de una fiesta en casa de Daniel, en la colonia Condesa, al detenerme en un semáforo coincidí con uno de los coches de mi casa, entonces aún la casa de mis padres. Al voltear a ver quién venía conduciendo, noté que se trataba de mi padre, quien iba acompañado de una mujer teñida de rubia, notablemente más joven que él y de apariencia mucho menos distinguida a la de cualquiera de las amistades o familiares de mis padres. De inmediato me percaté de que se trataba de aquella mujer de la que últimamente hablaban con insistencia los rumores: la amante de mi padre. Era una cabaretera puertorriqueña, conocida prostituta que pretendidamente también era cantante en El Closet, a quien  se le conocía en el ambiente de los antros como "Desirée Luv"..., o algo parecido. Mi padre -hombre ya de sesenta y tantos años- la conoció por medio de su secretario particular y después de un breve tiempo se enamoró perdidamente de ella. Para asegurar su futuro económico, esta mujer de la vida galante se embarazó de mi padre deliberadamente y le dio una hija fuera del matrimonio. Había que ver a este inteligente y próspero hombre convertido en un chamaco irresponsable, sintiéndose de veinte con más del triple de esa edad, y desafiando toda la estabilidad construida a lo largo de su vida por un rico par de nalgas caribeñas. ¡En fin!..., la inocencia de más de 36 años de casado fue terreno fértil para que aquella profesional del sexo y de la explotación enamorara perdidamente a mi padre, llevándole incluso a perder toda mesura en el manejo del patrimonio y del prestigio que para entonces había forjado.

Todo el tiempo que duró la luz roja de aquel semáforo, en la esquina de las avenidas Nuevo León e Insurgentes, hice lo posible para que mi padre notará que era yo quien estaba en el auto de a lado..., pero fingí en cambio no haberlos visto. Cuando la luz verde se puso por fin, dejé que él avanzara y le seguí por dos o tres cuadras hasta que le dejé perderse; me dirigí entonces a mi casa y dejé estacionado mi auto en el garaje, de tal manera que pareciera que yo asumía que mi papá ya estaba en casa.... En todo caso, el auto que mi padre traía esa noche no era el que usaba siempre; su auto del diario estaba ya encerrado en la cochera cuando llegué a casa. Poco más tarde llegó mi padre, tocó el timbre de mi recámara para que saliera a mover mi coche y permitirle entrar, ...y ambos fingimos demencia.

Poco tiempo después, sucedió que también ya muy noche entré a mi casa con un chico que conocí en la calle o quizás en el bar (no lo recuerdo bien). Nuestra casa era muy grande y mi habitación estaba en una regia cabaña ubicada en la parte trasera de la propiedad, un espacio tan independiente de la casa que podía hacer ahí reuniones diarias con mis mejores amigos o tener festines sexuales con mis nuevos y viejos amantes. Un rato de exquisito sexo con aquella aventura ocasional, y juntos volvimos a salir al garaje para tomar mi auto e irle a dejar a su casa. Justo cuando íbamos saliendo con cierto sigilo, mi padre se asomó por una ventana de la casa y me pidió que cuando yo regresara él me estaría esperando en su biblioteca para hablar conmigo. No me intranquilicé por el llamado de mi padre, pues realmente yo era un hijo responsable, trabajador y estudioso, y no había lugar a reclamos verdaderamente importantes, ...aunque debo confesar que sí sentí mucha curiosidad respecto a lo que pudiera estarme reservando mi padre esa noche.

Una media hora después, volví a casa. Subí a la biblioteca y entré al estudio de mi padre, y ahí me pidió que me sentara para charlar. Evasivo, quizás hasta temeroso de enfrentarse conmigo (un joven universitario responsable, productivo e inteligente), se limitó a decirme que respetaba mi estilo de vida y que no tenía la intención de cuestionarlo ni reprobarlo; pero -a cambio-, esperaba de mí el mismo respeto y que no le cuestionara ni tratara de inmiscuirme en su vida privada. En esos momentos me pareció razonable su petición y, desde luego, sabía a lo que él se estaba refiriendo con eso de no cuestionarlo ni meterme en su vida "privada" (como si yo o cualquier otro de la familia no formara parte de ella). En los hechos, aquella noche mi padre y yo hicimos un pacto en el que él se comprometió a no cuestionarme ni reprobar mi homosexualidad (como si eso fuera algo reprochable), y yo me comprometía a no reclamarle su relación adúltera y el que estuviera viviendo una doble vida a espaldas de mi madre, de mis hermanos, de mi familia, de sus amistades y de toda la sociedad que le consideraba un hombre recto, honesto y ejemplar. Nos dimos las buenas noches y nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones.

Con el paso de los días, las semanas y los meses, yo mostré una actitud muy honesta y verdaderamente conciliadora con mi padre. En un esfuerzo de sensatez y madurez, distinguí entre mi enorme amor por mi madre y lo que era su relación de pareja con mi padre, buscando entender que lo sucedido entre ellos sólo les pertenecía e incumbía precisamente a ellos. Omití cuestionar la evidente falta de honestidad y hombría de mi padre por no romper definitivamente con mi madre, no divorciarse y no dejar la casa para irse a vivir definitivamente con su amante puertorriqueña. Eso hubiera sido lo más honesto de su parte, ¿no? En los hechos, acepté su doble vida y hasta me convertí en su cómplice. Incluso, busqué conocer a mi pretendida medio hermana (una pequeña de apenas seis o siete años de edad), y en un gesto de apoyo y solidaridad con mi padre, la llevé en un par de ocasiones al cine o a la feria, e incluso le regalé algunos juguetes.

En alguna ocasión, acepté ir a comer con la niña, mi padre y su amante (acompañada de su otro hijo, el mayor, producto de una relación fracasada), a un restaurante en el sur de la ciudad. Para mí fue un encuentro muy revelador, pues tanto "Desirée Luv" (a quien tuve frente a frente por primera ocasión) como mi padre se pudieron percatar de nuestras insalvables diferencias, ...y no porque haya habido alguna fricción o agresión entre nosotros, sino justamente todo lo contrario: fue patente que nuestros orígenes, cultura y educación eran completamente opuestas, distantes. Mientras la vulgar mujer se empeñaba en hacerme saber que tenía una enorme casa en el Pedregal de San Ángel (comprada por mi padre para ella, obviamente), que ahí tenía nueve baños y una estupendo jardín y alberca, yo sólo me preocupaba por hacer sentir cómoda a su hija, de hablar sobre sus responsabilidades escolares y de la importancia que tiene la solidaridad entre los miembros de una familia (sin ser yo estrictamente su familiar). Mientras "Desirée Luv" escupía torpemente sus complejos de inferioridad y evidenciaba las carencias propias de su negro origen, yo hablaba de los valores humanos que configuraban mi cotidianeidad, desplegaba cordiales modales que denotaban una empeñosa educación, y me conducía con la seguridad y la certeza que me daba mi formación en el regazo de una familia legítima y donde lo material nunca fue lo primordial (pues lo tuve a manos llenas). Nunca olvidaré su desafiante mirada y el vulgar maquillaje tras el que escondía su rostro, observándome desde el subsuelo, desde allá abajo...., desde la incómoda ilegitimidad que siempre le acomplejó ...y a la que mi propio padre le condenó (quizás por cobardía de poder perder a una mujer de la estatura de mi madre, ... quizás porque siempre comprendió que lo único que aquella cabaretera veía en él, era el dinero y una posición social a la que aspiraba. ¡Mi padre debería haber visto más películas del Indio Fernández o de Juan Orol! ).

En fin, por mi parte traté de que las cosas marcharan de la mejor manera con mi padre..., muy a pesar de que yo -naturalmente- no consideraba apropiada mi tácita deshonestidad para con mi madre, al ocultarle la doble vida que llevaba el hombre al que ella amaba, con el que compartía éxitos profesionales, dormía y vivía desde hace más de cuarenta años, y al que ella admiraba incondicionalmente y consideraba como el hombre más honesto del planeta. Esta situación siguió así por algún tiempo y si mi madre llegó a saber del engaño de mi padre, fue justamente por boca de los emisarios a los que "Desirée Luv" puso atrás de sus llamadas telefónicas anónimas o por las intrigas que sistemáticamente sembró entre algunos de los amigos íntimos de mi padre. A pesar de lo reprobable que esto me pueda parecer hoy a la distancia, me queda la tranquilidad de que nunca rompí el pacto que hice con mi padre aquella noche en la fría biblioteca de la casa.

Así pues, durante los primeros años de la década de los noventa, conocí a quien fuera -hasta hoy en mi corazón- el amor de mi vida: Jesús; un chico sinaloense, ocho años menor que yo, quien había llegado al Distrito Federal buscando mejorar su suerte y, sin duda, esperando encontrar un ambiente más liberal que el de su pueblo natal. Fue una relación llena de contrastes, alejamientos inesperados, reencuentros apasionados y, sobre todo, diferencias insalvables entre los dos. Pero creo que, a final de cuentas, fue una historia de amor muy intensa y hasta en ciertos momentos muy bella; fue el amor que recordaré hasta el momento mismo de mi muerte. Al segundo año de nuestra relación -que duró cinco-, en uno de sus tantos regresos a mi vida, Jesús se instaló a vivir conmigo en la cabaña de casa de mis padres durante un poco más de tres meses. Nadie lo notó, pues desde hace años y a diario entraban y salían de mi cabaña decenas de gentes, viejos amigos, nuevos conocidos, ex-compañeros de la universidad y muchos amantes ocasionales. Con Jesús viví noches llenas de pasión, humedad y sexo como con nadie...; fueron días que a veces me resultaban demasiado largos en espera de la noche y de los exquisitos besos del sinaloense...; en verdad, una temporada de la que recuerdo cada encuentro de los tantos que tuvimos Jesús y yo, instantes que hoy rememoro con cada centímetro de mi piel, con gran inquietud e invadido de una nostalgia que me adormece la razón.

Debo decir que había una parte oscura, desconocida totalmente para mí, en la vida de Jesús; el sinaloense guardaba vínculos con gente de ambientes ajenos a mi cotidianeidad y relacionados con la prostitución (tanto masculina como femenina), algo que jamás sospeché debido a su bien representado papel de chico provinciano, recién llegado a la capital e inocente. En todo caso, cuidaba muy bien de que yo no supiera nada de sus andanzas, tal vez no tanto con la intención de no lastimarme, sino -sobre todo- para no perder la estabilidad y el patrocinio económico que yo le brindaba desinteresadamente. Mantenerlo o darle dinero para sobrevivir no me resultaba lo principal en nuestra relación, pues para mí el dinero siempre fue un medio y no un fin; pero para Jesús, fue lo que más pesó al final del día. Sus semejanzas con "Desirée Luv", sus coincidencias y su afinidad con esos ambientes donde unos venden y otros compran sus cuerpos y sus caricias, nos colocó irremediablemente en un terreno en la que mi vida dio un giro decisivo y definitorio. Puedo decir que mi padre y yo vivíamos entonces -con sus obvias salvedades, desde luego- una situación análoga, con personajes extraídos de las mismas cloacas de la ciudad.

Así, cierta tarde, cuando Jesús y yo regresábamos a casa después de haber comido en un restaurante y pasado gratos momentos juntos, nos recibió en la puerta del garaje la hermana de mi madre, quien verdaderamente alarmada nos urgió a que nos fuéramos de inmediato de ahí, a cualquier otra parte, para evitar así una seria confrontación con mi padre. Resulta que el señor había llegado momentos antes a la casa, hecho una verdadera fiera y buscándonos a Jesús y a mí -pistola en mano-, gritando como enloquecido y asustando cobardemente a mi madre, asegurando que si nos encontraba "nos iba a matar". Ante esa advertencia por parte de mi tía, de inmediato nos subimos al auto y nos fuimos de la casa. Nos reunimos con mis amigos para pensar qué íbamos a hacer y, más tarde, mi hermana me prestó las llaves de un departamento de su propiedad que estaba desocupado y nos permitió usarlo mientras las cosas se asentaban un poco. Cuando, al día siguiente, por fin pude hablar con mi madre y me enteré de cómo sucedieron las cosas, entendí que mi padre estaba rompiendo aquel pacto de no agresión que había hecho conmigo y -peor aún- que volcaba sobre mí la rabia y el odio que sentía por mí su amante puertorriqueña. Supe que aquella tarde mi padre había ido a comer con "Desirée Luv" y sus hijos, que la tipa le habló escandalizada sobre mi homosexualidad y que le dijo que yo tenía viviendo en la casa (la casa de mi madre, no la suya) a Jesús, quien era un prostituto profesional, un degenerado y un vividor. Adivino -por la desproporcionada reacción de mi padre- el veneno homofóbico que escupió a chorros la cabaretera, el enorme desprecio con el que se refirió a los homosexuales y a mi relación de pareja, así como sus falaces argumentos y su deliberada intención de enemistarme con mi padre. ¿Cómo se enteró ella de lo mío con Jesús?...; no es difícil adivinarlo, cuando ambos finalmente eran tan semejantes en sus aspiraciones y, sobre todo, en los métodos para alcanzarlas.

El resultado de estos dolorosos eventos fue que, por fin, dejé definitivamente la casa paterna y me mudé a mi propio espacio (un modesto departamento que mi madre me había regalado años atrás). La relación con Jesús continuó por tres años más, con sus altas y sus bajas, con perdones y reproches, con mucho y mucho sexo, ...siempre con momentos inolvidables y en los que comprobé mi capacidad de amar incondicionalmente y, aunque parezca falaz, también me sentí amado. En cambio, la relación con mi padre quedó sumamente dañada, como era lógico, pero también sucedió así entre él y mi madre, entre él y mis hermanos y con toda la familia. Aquella fue la irrupción de "Desirée Luv" en nuestro hogar idealizado, su entrada triunfal para derrumbar la endeble paz y la pretendida armonía que mi padre construyó y defendió vehementemente durante años. El hombre recto, moral y ético al que conocí desde niño, súbitamente resultó no serlo del todo; el liberal ejemplar al que tantos admiraban y seguían, terminó siendo más conservador e hipócrita de lo que son los cardenales, obispos y arzobispos de la curia católica a los que tanto confrontó; el predicador de la honestidad y de los valores familiares, tomó lo ajeno para vestir a su mendiga y disfrazarla de noble, y hundió el puñal de su desprecio en el fondo del pecho de sus propios hijos.

Han pasado muchos años desde aquellos eventos y el tiempo terminó por poner las cosas en su lugar. Cuando a mi padre se le acabó el dinero, los puestos importantes, la opulencia material, la empresa que forjó y hasta su salud (el Mal de Parkinson lo fue destruyendo poco a poco), la cabaretera puertorriqueña y su bastarda descendencia lo abandonaron y se retiraron a los Estados Unidos en búsqueda de otro patrocinador (más joven y dispuesto). Las miles de promesas que le hacía "Desirée Luv" en sus cartas a mi padre, donde le aseguraba que siempre estaría a su lado y que cuando él fuera un anciano enfermo le cuidaría afanosa e incondicionalmente, se desvanecieron junto con la casa del Pedregal o los condominios en La Florida. Afortunadamente para mi padre, mi madre (mujer además de verdaderamente hermosa, poseedora de una educación de primera clase) tomó sus precauciones algunos años antes y puso gran parte de las propiedades de la familia a nombre de sus hijos, garantizando que el usufructo de éstas se destinara a su manutención y la de mi padre; como una mujer educada, previsora y con clase, ahorró lo suficiente como para poder sostener el nivel de vida al que siempre estuvieron acostumbrados y hasta tuvo para costear, durante más de quince años, los enormes gastos derivados de la enfermedad de su marido ya discapacitado (e incluso para mantener a su suegra hasta que falleció, a mi hermano divorciado y a sus dos hijos).

Respecto a mi relación con Jesús, ésta continuó por tres años más después de los hechos que aquí relato. Sí, no hay duda, muy buen sexo, definitivamente ahí nos acoplábamos a la perfección; pero, cuando yo más lo amaba, fue cuando me di cuenta -por fin- de que él no tendría la capacidad de crecer intelectualmente y, en consecuencia, hacerme crecer a mí. Súbitamente, el sinaloense se transformó en un pesado lastre, en una estorbosa carga que en lugar de ser un motivo para impulsarme hacia arriba y hacia adelante, inhibía notablemente el despliegue de mis capacidades individuales, profesionales y hasta la construcción y logro de mis ambiciones. Las dudas y la desconfianza le ganaron al corazón, y el amor propio surgió como una luz en la oscuridad para rescatarme del marasmo. Así, a pesar del gran dolor que ello me causó, una noche le pedí a Jesús que se fuera definitivamente de mi casa y de mi vida. Jamás he vuelto a verlo ni a saber nada de él.

Hoy, después de casi quince años desde que mi padre enfermó y de que perdió todo su patrimonio por el dispendio que hizo de éste aquella vulgar prostituta que aspiraba a ser una "señora", los ahorros de mi madre por fin se agotaron pues -desafortunadamente- ella también cayó enferma víctima de un derrame cerebral que la dejó hemipléjica. ... Ahora, soy yo, el hijo homosexual al que mi padre amenazó un día con matar a balazos, el que ha forjado una carrera exitosa y quien mantiene todos sus gastos en doctores, medicamentos, enfermeras, alimentación y todo lo referente a su manutención. Hoy, el viejo no está abandonado en una clínica o asilo público porque yo, al que tanto odió su amante puertorriqueña, estoy haciendo lo que ella sí prometió e incumplió en aquellas ridículas cartas que escribió y que mi padre escondía en un cajón de la biblioteca de nuestra casa y que yo, a escondidas, leía afanosamente para constatar hasta dónde se arrastraba la cabaretera en su obsesión de hacerse de dinero.

A veces, cuando mi padre clava en mí su vidriosa mirada de anciano decrépito, abatido por su enfermedad, lejano, enmudecido por su debilidad física y ya en el umbral de sus días, me parece escucharle murmurar su arrepentimiento por haberme fallado, atacado y roto aquel pacto que él mismo escribió entre nosotros. Pero en otras ocasiones, creo adivinar en el fondo de sus ojos verdes la profunda tristeza, su evidente amargura y un profundo desprecio por haber llegado al final de su vida bajo el cobijo y los cuidados patrocinados por su hijo homosexual, al que jamás amó, y no a lado -como lo deseó en sus últimos años de vigor físico y mental- de aquella fogosa mujer caribeña que le deslumbró con la promesa del deseo (Desirée) y el amor (Luv) eternos.

En el nombre del padre, amén.

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