... por la noche, de rodillas y con la imaginación abrazo tus piernas: tanta rigidez da conmigo en tierra, hace que me confunda, y el recuerdo que doy de buena gana como alimento para mis noches, es el tuyo que cuando lo acariciaba permanecía inerte, estirado; solo tu verga, desenvainada y blandida, atravesaba mi boca con la aspereza repentinamente perversa de un campanario que revienta una nube...

(Nuestra Señora de las Flores / Jean Genet)

 

Felipe, un hombre gay oriundo de la capital, profesionista, relativamente exitoso y solvente de 51 años de edad, había conocido a Domingo, un chico escort que encontró en el chat gay, hace casi cuatro años atrás.

Cuando ambos comenzaron a frecuentarse, Domingo tenía 24 años y casi cinco desde que llegó a la capital proveniente de su natal Oaxaca. Hábil en el uso de la tecnología y del Internet, el esbelto muchacho de rasgos indígenas pronto se dio cuenta de lo fácil que le resultaría ganar dinero anunciándose como acompañante sexual en los portales electrónicos frecuentados por hombres gays de la ciudad. Al poco tiempo de su llegada al Distrito Federal -y animado por un frustrado aspirante a bailarín al que conoció durante sus primeras andanzas-, Domingo vio en el ejercicio de la prostitución una forma viable y hasta divertida para hacerse de dinero, además de la posibilidad de poder escalar más rápidamente posiciones de ventaja en la ciertamente difícil y competida vida de la capital.

Si bien el joven oaxaqueño no era muy "carita" a los ojos de muchos gays capitalinos (más cautivados por la belleza de los rostros sajones), por otro lado su espléndida complexión física, su estatura de casi 1.80 m. y, desde luego, aquella verga de 19 centímetros, sí le daban -como ya lo había venido comprobando con sus primeros "novios chilangos"- ventajas competitivas frente a otros jóvenes dedicados al mismo oficio. Cierta fineza en sus ademanes, en su modo de andar y hasta en sus tonalidades para hablar, alejaban a Domingo del estereotipo de "chacal" con el que recurrentemente se adjetiva en México a los hombres cachondos de tez morena, de rasgos indígenas y -desde luego- ¡bien calientes!

Domingo visualizó desde muy joven a la Ciudad de México como una fuente de oportunidades para lograr su independencia económica y, también, como un reto individual de alcanzar el éxito (cualquier cosa que eso significara). Al viajar a la capital del país su prioridad era -desde luego- ésta: independizarse de su familia y salir por fin de aquella comunidad rural tan conservadora que frenaba el logro de sus aspiraciones personales. Lo demás que había en el camino (incluido el prostituirse sexualmente) sólo era un medio bien justificado para, en sus palabras: "sobrevivir a un entorno tan culero" como el del Distrito Federal.

 

Durante su primer año en la ciudad y con el dinero que ganaba trabajando en empleos fijos (y con el que ya se hacía regalar por sus primeros clientes), el tenaz muchacho logró reunir lo suficiente como para pagarse y posteriormente concluir la educación media superior. Pudiendo haber derrochado las más o menos buenas cantidades de  dinero que comenzó a recibir, gastándolo en cosas superfluas como antros, ropa de marca, etc.-como lo hacen otros-, Domingo siempre entendió que la mejor inversión en la vida era la educación. Don Abel, su abuelo, por el que sentía una profunda admiración, respeto y amor, frecuentemente le contaba anécdotas en las que el hecho de haber adquirido nuevos conocimientos y luego aplicarlos con mesura, siempre había sido motivo de prosperidad y bienestar para la familia y para el pueblo donde nació.

Patriarca de su amplio grupo familiar, don Abel era un hombre recio, gente de bien, con su piel morena curtida por el sol, un trabajador del campo prácticamente incansable y profusamente respetado por la gente de su comunidad. Sólo el paso de los años estaba logrando encorvar su erguido y musculoso cuerpo, más no así lo recio de sus sabios consejos. Cuando Domingo dejó su pueblo para irse a radicar al Distrito Federal, su prudente abuelo adivinó que ese inquieto muchacho, tan diferente al resto de sus nietos, se iba para poder ser lo que verdaderamente era, lo que siempre fue y ocultó con particular celo.

   

En el fondo, don Abel presentía lo que en su amado nieto era distinto; pero, también, sentía un enorme orgullo al ver que ese muchacho de ojos tristes no sólo contaba con vigorosas alas, sino también tenía fuertes raíces en los valores que él le infundió. Y el viejo no se equivocaba; su nieto era un muchacho bueno, responsable...., aunque a veces impaciente y atropellado. El sólo arrojo que mostraba Domingo para perseguir sus sueños y aspiraciones, le hacía sentirse confiado del muchacho y agradecido de que su nieto tuviera carácter. Lo único que le inquietaba del muchacho era su ingobernable impaciencia y, a veces, su marcada imposibilidad de expresar abiertamente algunas de sus emociones. Mucha gente interpretaba el hermetismo de Domingo como egoísmo, pero no así don Abel.

Cuando conoció a Felipe a través del chat gay, Domingo estaba concluyendo ya sus estudios de técnico en contaduría y había conseguido un empleo de medio tiempo en una empresa comercializadora de productos farmacéuticos. También, llevaba algún tiempo frecuentando el ambiente de los bares y las fiestas gays de la Ciudad de México, y gracias a ciertos conocidos se estaba aprendiendo a mover en los relativamente discretos circuitos de la prostitución masculina. Cuando se percató de que la mayor ganancia se la llevaba aquel "padrote" que le presentó a sus primero clientes (y al que conoció en una fiesta en la Colonia Roma), optó por moverse de manera más independiente y menos riesgosa.

En definitiva, el chat gay fue el que mejor le acomodó para sus fines. Ya que jamás pensó dedicarse profesionalmente al sexoservicio (como lo hacen muchos escorts en agencias, revistas o en el Internet), ésta era la opción más cómoda. Sin decir directamente que era un chichifo, en su perfil de Gay.Com colocó un par de fotos que se tomó con la cámara de su teléfono celular, desnudo y mostrando lo esencial, y como frase de presentación se leía. "¿Quieres?, propón cuánto". La elocuencia de su perfil y sus visitas cada vez más frecuentes al chat, le merecieron ir conformando poco a poco una cartera de clientes que le reportaban ganancias suficientes como para, entre otras cosas, dejar las pensiones y las casas de huéspedes del Centro, así como contar con dinero para rentar recámaras más independientes en colonias de clase media. El tiempo libre del que disponía y sus ingresos de efectivo le alcanzaban, además, para pagar un gimnasio y ahí trabajar su cuerpo, comprar ropa sensual, salir al cine y hasta para solventar su más o menos moderada afición por los chicos adolescentes, a la fiesta y a la bebida semanal.

Fue una noche del mes de mayo, con ese clima caluroso, húmedo y sensual que se desata en la Ciudad de México, cuando Felipe se detuvo a leer el perfil de Domingo en el chat. Por aquellas fechas, Felipe -de 47 años- ocupaba un alto cargo directivo en una institución gubernamental, lo que además de darle una posición de influencia entre la comunidad capitalina también le proveía de un ingreso monetario sustancioso. Por otro lado, y gracias a que su familia tuvo siempre una posición acomodada, contaba con algunos bienes raíces que administraba inteligentemente y que le proporcionaban una cómoda renta mensual. Gracias a esto, Felipe viajaba con cierta facilidad y frecuencia al extranjero y, además, podía rodearse de bienes materiales más o menos envidiables (un par de autos, un departamento lujoso para vivir, ropa de marca, servicios "premium" y todo tipo de juguetes costosos). Pero, sobre todo, Felipe era heredero de una sólida educación que adquirió en prestigiosos colegios privados de la ciudad durante los años 60, 70 y 80. 

Ocasionalmente, y como lo venía haciendo desde su adolescencia cuando decidió desarrollar sus habilidades de pintor, Felipe contrataba a chicos escort para que le posaran desnudos y, por qué no, incluso para tener sexo con algunos de ellos si ambos lo provocaban. Quizás porque aún era un hombre atractivo (que en su juventud practicó algunos deportes y procuró un estilo de vida saludable) y, desde luego, por sus interesantes conversaciones y trato amable, respetuoso y generoso, Felipe lograba conservar por años la compañía y el interés de sus jóvenes y siempre guapos compañeros sexuales. A lo largo de los años, sin que mediaran las formalidades o se estableciera como un acuerdo, muchos de ellos fueron sus amantes y el motivo para sus cada vez más depuradas pinturas. Algunos otros, como es lógico, no pasaron de un boceto aburrido, apresurado y fugaz.  

 

Su especial gusto por las novelas, la poesía y las obras de teatro de Jean Genet, provocaba que de algún modo Felipe prefiriera y sacralizara a los chicos marginales y prostitutos que conocía, para los que ideaba y construía verdaderos altares en sus pinturas. Primero, los atrapaba en la intimidad de sus libretas de dibujo, en sus apuntes y lienzos privados, convirtiéndoles en encarnación de una emoción muy íntima donde su belleza física era el centro de gravedad. Después se enamoraba de ellos por algún tiempo, como lo hace un niño del vuelo de las aves al atardecer y, para su fortuna, en más de una ocasión fue correspondido y surcó extasiado el firmamento a lado del ser amado.

Felipe comenzó a mostrar públicamente sus dibujos y sus pinturas hasta que cumplió los 30 años de edad, gracias al impulso y apoyo de sus amigos más íntimos y amados. El modesto reconocimiento que empezó a recibir de la gente su trabajo artístico, le bastó para aficionarse al hecho de tener un grupo de seguidores siempre pendientes de su obra y con alguna opinión de ésta; y también fue el motivo para continuar dedicando gran parte de su tiempo y sus recursos al trabajo artístico y pictórico, de manera simultánea a sus cada vez mayores responsabilidades como servidor público.

Cuando, en la década de los noventa, el Internet le dio la facilidad de contar con un espacio permanente y de gran proyección para mostrar su pintura, Felipe incrementó su afición por dibujar a sus amantes y, también, a contratar a chicos escort para dibujarles, pintarles y -por qué no- a veces tener sexo con los que había atracción o "química" mutua. Ocasionalmente, Felipe bromeaba con sus amigos íntimos diciendo que le resultaba más excitante subir los retratos de sus novios al Internet, que subir a estos a su cama.

   

Aquella calurosa noche de mayo, cuando Felipe vio en la pantalla de su ordenador las borrosas fotografías y leyó el perfil de Domingo, adivinó que el sensual muchacho le serviría para ambos fines: primero, para comprar un rato de sexo a cambio de un poco de dinero; luego -y avalado por el estético cuerpo que se adivinaba en la foto-, quizás convertir al chico en uno de sus ardientes modelos para sus cuadros; y, finalmente, para volverle a tener, una y otra vez, entre sus brazos y construir con él (como sucedió siempre con otros) una nueva complicidad carnal. Ahora las cosas comenzaban al revés. 

Sin pensarlo mucho, Felipe envió un mensaje al oferente de sexo para mostrarle su interés por aquello de "propón cuánto". Rápidamente, Domingo respondió en tono amable, platicaron brevemente y al final llegaron a un acuerdo. Felipe le dio el domicilio de su estudio y, unas horas más tarde, se encontraban sobre el cheslón blanco teniendo sexo. La tenue luz que entraba por el ventanal e iluminaba pálidamente el bronceado cuerpo de Domingo, fue suficiente para que Felipe quedara cautivado por la equilibrada complexión física del oaxaqueño. Fue el fluido deslizar de las yemas de sus dedos sobre aquella piel lampiña, recorriendo sus formas firmes y excitadas, y -desde luego- la virilidad con la que lo tomó Domingo esa primera vez, lo que hizo a Felipe sacudirse y presentir, justo en ese momento, el inicio de una historia que, muy posiblemente, quedaría tatuada en su piel.

 

... Amo el amor de los marineros

que besan y se van.

Dejan una promesa.

No vuelven nunca más.

(Pablo Neruda, fragmento)

 

En la cresta del remolino ...

Desde su primera cita, cada uno de los dos decidió en su interior que, desde luego, habría una, otra y muchas ocasiones más para estar juntos. Y esto no sólo porque el sexo fue satisfactorio para ambos, sino básicamente porque el acuerdo económico al que llegaron también satisfizo a los dos. Y así fue; los encuentros entre Felipe y Domingo se espaciaban por una o cuando mucho dos semanas, y ambos, el contratante y el contratado, desempeñaban cabal y puntualmente los términos de su fría negociación. Cobrar o pagar por esos ardientes momentos, pareció pasar a un segundo término; sin embargo, no hay duda de ello, ese simple intercambio fue siempre la piedra angular sobre la que se construían sus encuentros.

Encantado por el exquisito sexo que tenía con su nuevo amigo, Felipe se comenzó a olvidar del resto de sus parejas y a interesarse sólo en Domingo. Ahora se veían casi siempre en el departamento de Felipe y en el estudio sólo lo hacían ocasionalmente (el escort se había ganado la confianza de su cliente y podía entrar a su casa). Con algunos límites impuestos por Domingo, aún así el sexo con el guapo oaxaqueño resultaba espléndido. Resulta que el chico se definía como de rol "exclusivamente activo", condición que en un principio no satisfizo totalmente a Felipe; pero, al final, esa actitud de tomar virilmente la iniciativa y de conducir el sexo según sus caprichos le terminó cautivando.

Y aunque, secretamente, Domingo también gustaba y disfrutaba mucho de ser pasivo (lo que negaba rotundamente), esa era una faceta de su intimidad que no pretendía demostrar con Felipe ni con cualquier otro cliente, y la reservaba sólo para aquellos hombres que verdaderamente le inspiraban para ello y por los que se llegaba a sentir irremediablemente atraído. En su "código de ética" como sexoservidor un cliente nunca debería tomar el rol activo, jamás; no sólo porque pondría en riesgo sus estabilidad emocional, sino también -así lo creía él- porque vulneraría a su misma salud. Cualquier insinuación de Felipe sobre querer tener el rol activo y poseer aquellas correosas y bien formadas nalgas del oaxaqueño, merecían de inmediato una contundente negativa y un "no insistas, no me gusta que me penetren" como explicación. Conformarse con desempeñar exclusivamente el rol pasivo con este chico, en verdad no resultaba en ninguna complicación para Felipe. Finalmente, Domingo lo hacía espléndidamente bien como activo y, sin duda, lo más propio sería no volver a tocar el tema y respetar su decisión. A lo largo de su vida, Felipe asumió siempre con naturalidad todas las facetas de su sexualidad y, con relativa facilidad, él se adaptaba a la pautas establecidas por sus parejas sexuales dominantes y gozaba de las situaciones como éstas surgieran. Tal vez por ello, cuando la crisis del sida en los años ochenta, le resultó tan fácil adaptarse al uso del condón e incorporarlo (erotizarlo) como un elemento fundamental en todas sus relaciones sexuales. 

Así pasaron las semanas y los meses, y todo era gozo -y, por supuesto, un espléndido negocio- entre Felipe y Domingo. Sintiendo una evidente y mutua -aunque no equitativa- atracción física, en cada encuentro fueron explorando el lenguaje sexual de cada uno, llevándolo a los límites a los que juntos se empujaban, para después repetirlos, grabárselos en la piel y finalmente rebasarlos. Fueron conociéndose, centímetro a centímetro, cada pliegue, cada hondura y cada dimensión de sus cuerpos.  

 

Cuando Felipe decidió que Domingo se transformaría en su modelo predilecto, en su héroe sexual, en el motivo central y -tal vez por un tiempo- único de sus representaciones pictóricas, las cosas comenzaron a alejarse de lo inicialmente pactado (básicamente, porque el pintor sumaba una cláusula no acordada). Felipe se empeñaría en la idea de convencer a Domingo de que modelara para sus cuadros. Ya en ellos, lo transformaría en la versión mexicana del cautivador ladrón de emociones, del sensual asesino del tedio y de la monotonía que él mismo veía encarnado en los personajes de Jean Genet. Ya estaba decidido, colocaría a Domingo en el trono de uno de sus altares más exquisitos, más altos y suntuosos, como esos que bien sabía construir.

Felipe estaba consciente de que su única motivación para sacralizar al cachondo oaxaqueño era lo mucho que gozaba cuando, una y otra vez, follaba con él. Había que ser franco -se decía a sí mismo Felipe-, Domingo y él nunca habían salido a un restaurante, viajado juntos o ni se diga asistido a una actividad social común. Su relación se limitaba a los metros cuadrados de una habitación, a las dimensiones de su cama o del cheslón blanco donde, semana a semana, se devoraban mutuamente. No sería una de esas empalagosas historias de amor gay al estilo Cabaretito (es decir, de consumo para adolescentes); ésta sería una dramática elegía dedicada al mundano y común encuentro entre un chichifo y su cliente.

     

En resumen -recapacitaba Felipe-, además del sexo no existían afinidades intelectuales ni aspiraciones mutuas, y tampoco compartían experiencias más íntimas que fundamentaran un apego emocional. Aún así, el delicioso moreno era un magnífico pretexto y un sublime candidato para representar el papel de un Dios, venido de la exuberante Sierra de la Mixteca y transformado en su secreto amante. I can afford it, se repetía a sí mismo.

Por esos días, Felipe disfrutaba de éxitos profesionales que le daban gran seguridad en todo lo que hacía o emprendía. Contaba con un empleo que le llenaba de satisfacciones personales y que le merecía el reconocimiento público a su empeño que, de manera transparente, reportaba beneficios tangibles para su comunidad. Como consecuencia a su tesón en los estudios y a una trayectoria laboral honesta a lo largo de los años, había construido ya una base material que le brindaba mucha tranquilidad y estabilidad. Sobre todo, Felipe percibía que estaba alcanzando una madurez intelectual tal, que le reconfortaba y le hacía ver la vida con cierta claridad y confianza. Pero lo que más certeza daba a Felipe en la vida -sobre todo después de haber presenciado la masacre causada por el sida durante los años 80 y 90-, era saber con seguridad que era negativo al VIH y que, además, gozaba de una inmejorable salud física. Como consecuencia de su a veces exagerado temor a enfermar, Felipe procuró siempre hacer todo lo posible por prevenir y conservar su salud.

A sus 47 años de edad, Felipe había experimentado ya importantes pérdidas de gente que a la que amó en su vida. Eran ausencias que hacían tambalear desde sus cimientos a su estabilidad emocional. Al sostenido fallecimiento de entrañables amigos de juventud y a una vida amorosa más bien turbulenta e inestable durante dos décadas, ahora se sumaba la reciente muerte de sus padres y la consecuente disolución de añejos vínculos familiares y afectivos. No es de extrañar entonces que, aunque entendía bien los clarísimos términos de su relación de intercambio con Domingo, Felipe idealizara y pusiera en este chico gran parte de sus esperanzas de lograr, una vez más, una historia de vida donde el amor -whatever that would mean- fuera capaz de superarlo todo (incluso, capaz de "arrancar de las garras de la prostitución" a tan hermosa víctima). Como una decisión perfectamente racionalizada -así lo asumía él- y creyéndose consciente de todos los riesgos implícitos (pero ciertamente también arrastrado por la confusión y el duelo de sus propias emociones), Felipe se quiso enamorar entonces de Domingo.

 

"Un hombre debe soñar un largo tiempo para actuar con grandeza, y el soñar se incuba en la oscuridad" / Jean Genet

 

Era una magnífica oportunidad para escribir otra historia de amor, como las que en los brazos de tantos vertebraron el transcurrir de su vida. A final de cuentas, amar al chico no complicaba los términos de su contrato no escrito; todo lo contrario, lo beneficiaría y lo haría más gozoso. Tratar y lograr enamorarlo -pensaba Felipe- era un reto que ya había confrontado antes, una y otra vez, con uno y con otro amante, y del que siempre ambos salieron venturosos. El amor, que nunca es color de rosa -sino multicolor-, siempre nos deja una enseñanza esculpida sobre la piel; a veces en forma de coloridas flores y equilibrados motivos, y muchas otras como cicatrices que preferimos esconder. A estas alturas de su vida -rayando los 50-, de qué servían las propiedades inmobiliarias, el dinero invertido o el éxito profesional, sin tener a alguien con quien compartirlo, poder ayudarle a crecer y empeñarse en hacerle feliz. Y por lo poco que platicaban él y Domingo algunas veces, recostados sobre la cama, desnudos y sudorosos después de haber tenido momentos de enfurecido sexo, Felipe intuía que el chico aspiraba a lo mismo: a lograr la seguridad material y a construir algo parecido a la felicidad. Y es cierto, no estaba tan equivocado, sólo que para Domingo la idea de felicidad no incluía a las expectativas de su cliente. La verdad es que ni el sexo con hombres mayores ni la gerontofilia era algo que se le diera con naturalidad (sólo era un business); y, por el contrario, al ardiente oaxaqueño le gustaba más fantasear y soñar historias de amor con chicos menores a él. 

Así las cosas y la dirección de sus intenciones, persuadir al exquisito muchacho de posar desnudo para sus cuadros no fue ningún problema para Felipe, sobre todo dada su larga experiencia en las artes de convencer e hinchar la vanidad de chicos dedicados a la prostitución (tan afectados todos en su autoestima, aseguraba convencido). Posar primero para la cámara fotográfica o para realizar sus dibujos y, después, para que su imagen quedara plasmada por el pincel sobre la tela de los bastidores del artista -su cliente-, resultó ser una aptitud casi natural en Domingo. Se sentía halagado, admirado, complacido en su autoestima. Pero además, asumía que por el hecho de ayudar a satisfacer el deseo insano de su cliente al tenerlo ahí, modelando desnudo, recibiría a cambio -además de una posible cantidad adicional de dinero- una retribución en forma de bocetos, fotos y quizás hasta cuadros dedicados a su venerada hermosura. Cuando poco tiempo después Domingo colocó en el chat de Gay.com las primeras fotos que le regaló Felipe, resultaron ser tan buenas que su buzón de correo se saturó y las solicitudes de plática se abrían una detrás de la otra. Es más, nunca antes había conseguido atraer a tantos y tan selectos clientes como ahora estaba sucediendo.

 
 Amar duele ... y también cuesta

Con mucha cautela, Felipe insinuaba ocasionalmente a Domingo lo que deseaba o comenzaba a sentir por él. Consciente de las cláusulas no escritas de su pacto (donde siempre que había sexo también debía haber una paga), buscó explicarle al oaxaqueño sus sentimientos en términos de afecto por un amigo o algo parecido. Sin embargo, Domingo tenía ya la suficiente experiencia como para reconocer lo que estaba pasando con los sentimientos de Felipe, y decidió no dar lugar a regateos ni rebajas a sus servicios. Además de resultarle halagador y de reafirmar su autoestima, el que un hombre de estas características se comenzara a enamorar de él significaba, ante todo, la posibilidad real de obtener beneficios adicionales por algún tiempo y, sistemáticamente, ir encareciendo el costo de sus favores.

En los hechos, Domingo no hizo nada -más que lo usual en su cada día mejor conocido negocio- para alentar este sentimiento que ahora crecía en Felipe; pero, por otro lado, tampoco hizo nada para tratar de detener las emociones de éste cuando las adivinó venir. Por algunos meses, las cosas continuaron su camino sin mayores turbulencias. Felipe y Domingo siguieron reuniéndose semanalmente en el departamento o en el estudio del primero. A veces pasaban horas enteras modelando y trabajando en decenas de dibujos y cuadros; y siempre, cuando su excitación finalmente les llevaba a ello, se recostaban ambos desnudos en el cheslón o sobre la cama. Entonces se besaban, se acariciaban con ansiedad y ternura sus cuerpos, se chupaban ansiosos su sexo y follaban por largos y cálidos instantes hasta eyacular ambos copiosamente. 

 

Transcurría ya el segundo año desde su primer encuentro, cuando Domingo fue mostrándose cada vez más cauteloso (o indiferente) frente a los manifiestos sentimientos de su ahora más enamorado cliente. Para tratar de atemperar las cosas, poco a poco fue retirando los besos y el ocasional sexo oral que accedía a darle a su comprador. Dejaba que éste le dijera lo "hermoso" que le parecía su rostro, que abrazara su cuerpo con apasionada fuerza, que mordiera su vientre y devorara su pene hasta el fondo de su húmeda boca; entonces, respondía colocándose apresurado un condón y lo penetraba furiosamente por largos minutos hasta eyacular o -cada vez con más frecuencia- fingir que lo hacía. Acto seguido (y como un profesional debe hacerlo, no hay duda), Domingo se levantaba de la cama, iba al baño para asearse, se ponía su ropa rápidamente, tomaba el pago por sus servicios, sonreía y se despedía.

Felipe -ahora más afanoso en mostrarse cariñoso-, por su parte, se daba cuenta perfectamente de la actitud escurridiza de su amado muchacho y sentía un dolor que le provocaba sufrimiento y ansiedad. En más de una ocasión, Felipe decidió que no lo volvería a buscar más y que lo más fácil sería sustituirle con otro chichifo para no continuar apasionándose así, a lo pendejo. Pero la verdad es que cuando tuvo la oportunidad de conocer a otros chicos, les evitó convencido de que nadie estaba tan hecho a su medida como lo era el candoroso oaxaqueño. Cada vez que Domingo le volvía a buscar, Felipe olvidaba sus intenciones de cortarlo, pensaba en lo mucho que disfrutaba del sexo con él y accedía de inmediato a un nuevo y ansiado encuentro. 

Fue entonces que vino la ruptura que hizo que se separaran por más de un año. Convencido de que Domingo se sentiría contento y hasta halagado al ver expuesto, por primera vez, uno de sus cuadros en una galería de la ciudad, Felipe subió a la Web una imagen en la que se veía colocada sobre una pared de alguna sala de exposiciones una pintura del esbelto indígena mostrando su espalda y nalgas, pero no así su rostro. Le pareció tan espléndidamente bien logrado ese cuadro, que cuando estuvo colgado en la galería de inmediato le tomó una fotografía y se la envió a Domingo para que la viera. Esperaba que su adorado niño se sintiera orgulloso por ya estar siendo exhibida aquella obra realizada con su colaboración. Para el artista, Felipe, sin lugar a dudas era una forma de decirle a su inspirador: "mira, así de hermoso te veo, ... esto es lo que me provocas y lo que juntos podemos crear, ... y es, básicamente, una muestra tangible de mi amor por ti". Pero, al final, el sorprendido fue Felipe al ver la aparentemente desmedida reacción de Domingo, quien airoso le reclamó haber utilizado y expuesto su imagen, y lo tomó como un motivo suficientemente justificado para terminar con sus encuentros. Desconcertado por tan inesperada e inexplicable respuesta, Felipe trató de persuadirle para que tomara las cosas "con objetividad", haciéndole ver que ésta era una sola de las tantas imágenes que él le había regalado (y que incluso Domingo utilizaba para promoverse en sus perfiles en la Web gay), que había cuidado de no mostrar su rostro ni sus señas particulares, y que consideraba que -después de todo el trabajo invertido en sus cuadros- era justo que le permitiera mostrar éste (finalmente, un cuadro de su autoría y propiedad). "Regálame sólo esta imagen", suplicó Felipe; -"Es que entonces yo ya no la podré usar. Buenas tardes, gallo", respondió Domingo dando a entender con su particular elocuencia que éste era el final.

En un par de ocasiones más, Felipe envió breves mensajes de texto al teléfono celular de Domingo para tratar de no perder el contacto y dialogar las cosas, pero jamás obtuvo una respuesta ni una señal de él. Como sucedió antes -al negarse a ser pasivo-, nuevamente había que respetar la decisión de Domingo. Felipe sentía que las ganas de estar con su niño de los ojos tristes le estaba quemándo las venas y eso le asustaba. Ahora -y por "decisión propia"- estaba realmente enamorado de alguien que jamás le dio motivos y, peor aún, que parecía que jamás los tendría. Remembrando su vida amorosa pretérita y repasando las historias que tanto se parecieron a ésta, comprendió que no debía permitirse abaratar su ya tan disminuida dignidad y decidió no buscar más a su amado ladrón.

Pasaron las horas y los días, las semanas y los meses, y el desconsuelo que invadió el corazón de Felipe, notablemente afectado por la depresión y la tristeza, sólo encontraba una somera paz al acariciar las fotografías y las pinturas que hizo para su héroe sexual. Durante incontables noches y en la gélida inmensidad de su cama, con sus manos vacías encendía una breve llama sobre su piel cuando se masturbaba recordando aquellos momentos entre los brazos de su Dios moreno llegado de la Sierra Madre Oriental; pero después, le invadía el sentimiento de que el vacío se dilataba en su vientre, prolongando la precipitada y lastimosa caída. En dos o -cuando mucho- tres ocasiones, Felipe accedió a las invitaciones que le hicieron algunos chicos para acostase con ellos, mismas con las que confirmó que su emoción y su excitación habían sido robadas, arrebatadas por aquel muchacho del gran eclipse lunar dibujado sobre el pecho. Tomar el camino hacia el olvido más pronto, al duelo más breve, parecía entonces la única salida razonable -o "racional"- para un hombre cansado de experimentar y de repetir, con distintas intensidades y personas, el fracaso del amor monogámico y eternizado (or whatever that concept means). Decidió entonces tratar de olvidarle .

 

Déjame sufrir hasta el fin:

a despecho de toda mi fatiga,

tengo todavía bastante fuerza

para llegar allí.

(Werther / fragmento)

 

   

Cada chango en su mecate

El de Felipe, se trataba de un duelo difícil de superar. De ello estaba completamente convencido y así lo vivía cotidianamente. Su repudio a frecuentar bares y centros de encuentro gay limitaba sus posibilidades de conocer a una persona nueva para relacionarse afectiva y, sobre todo, sexualmente. Y estaba convencido de que no había de otra. Las opciones disponibles para encontrarse con otros hombres gays en la capital -sobre todo para los hombres de la edad y la condición social de Felipe-, se reducían a algunos bares y cafés en el centro de la ciudad, a caminar por las saturadas calles de la Zona Rosa o a entrar a las hediondas cabinas de las concurridas sex-shops. Todas éstas -desde su perspectiva- opciones tristes, lastimosas y profundamente injustas para hombres cuya vitalidad y virilidad estaban en plenitud.

Pensaba también que las fiestas de paga que se organizan en la ciudad son para veinteañeros, y muy pocas son para que los hombres de 40, 50 y no se diga de más edad, se sientan confortados. Las reuniones con los amigos gays contemporáneos, además de ser pocas durante el año, eran una estupenda ocasión para la camaradería, para recordar historias y gente del pasado, y, sobre todo, eran momento para seguir fortaleciendo vínculos de solidaridad grupal. Ahí, difícilmente conocería a alguien que sustituyera a su bello Domingo.

   

Pero, sobre todo, Felipe se sentía más cómodo teniendo una pareja sexual estable y, de ese modo, no tener que asistir a bares ni a fiestas de donde en las últimas ocasiones salió sintiéndose un anciano decrépito. El ambiente gay de la ciudad es "ruco-fóbico" -pensaba- y los hombres de más de 35 o 40 años no somos ya bien vistos en los antros. Era preferible evitar la molestia de ser tratado de "usted", de escuchar comentarios sobre su edad o su apariencia. Además, pensando concretamente en lo que sentía ya por Domingo, él no compartía la idea de que "un clavo saca a otro clavo"; por el contrario, decía que uno iba por la vida como un Cristo, cargando con todos sus clavos hasta el final de sus días. 

Sumado a todo esto, una arraigada desconfianza por las enfermedades de transmisión sexual hacía las cosas más complicadas para Felipe, pues siempre le resultaba difícil creer cabalmente en que la otra persona estaría sana y, la verdad de las cosas, eso era algo que llevaba su tiempo y sus condiciones lograr. Felipe era testigo de cómo varias personas cercanas y de las que sabía su condición de VIH-Positivos, en sus perfiles de Manhunt y de Gay.com se anunciaban expresamente como "VIH-Negativos". Algo quizás comprensible, pero demasiado inquietante. Y aunque en realidad nunca tuvo constancia de ello, Felipe confiaba ciegamente en la buena salud de Domingo. Asumía que, dada su dedicación al sexoservicio, el chico procuraba cuidarse más que otras personas (y, efectivamente, lo hacía); además de que, en una reciente cirugía de apéndice, todo sus estudios clínicos habían resultado aparentemente normales.

Inevitablemente, cada nueva persona le significaba a Felipe un riesgo potencial de infectarse con el VIH (o con cualquier otra patología transmitida sexualmente), y ese era un peligro que no quería correr después de ver morir, a lo largo de más de 20 años, a casi todos sus compañeros de generación. Nunca se sabe -pensaba- qué tan seguro es el sexo seguro. Por ello, y como el resultado de sus inmanejables miedos al sida, fue que Felipe no tuvo más de dos o tres encuentro sexuales con chicos desconocidos durante los trece meses que dejó de ver a Domingo. En varias ocasiones a lo largo de ese fatídico año, Felipe trató de repetir su conocida fórmula de contratar a algún escort para que le modelara y, después -si le apetecía y se daba-, acostarse con él. Nadie le pareció suficiente y no buscó tener sexo con ninguno de los muchachos que contrató. También, rechazó reencontrarse con antiguos novios que le buscaron para tratar de reconquistarle.  

Durante incontables noches, semanas y meses enteros, Felipe reproducía los vídeos que -hasta en tres ocasiones- grabó en complicidad con Domingo mientras tenían sexo. Se masturbaba una y hasta tres veces algunas noches, viéndose en la pantalla bien atendido y satisfecho a cabalidad por su empleado sexual. Sólo así conseguía que la simétrica imagen de su gustado escort no se diluyera en la angustiosa oscuridad del olvido o que le fuera arrebatada por el flujo imparable del tiempo. Cada poro de Felipe se erizaba al remembrar la sensación de la suave y lampiña piel de Domingo sobre su espalda, rozándole las piernas y las nalgas, alcanzando con su largo pene el fondo de su garganta o abriendo con su anchura su sensible ano. Después, con el pecho mojado por su propio semen derramado, el cansancio lo vencía y le permitía adormecer aquella pesada ausencia.

   

Para Domingo, por su parte, las cosas no cambiaron en mucho con su alejamiento de Felipe. De no ser porque precisó reabrir su agenda a antiguos clientes y sumar a otros nuevos para así equilibrar sus ingresos, nada significativo o distinto aconteció en su vida cotidiana. Gracias a sus nuevos business y a sus fortalecidas finanzas, tuvo la oportunidad de mudarse a una mejor colonia y rentar un cuarto en un departamento más cómodo del que antes compartía. Esto le implicó -entre otros sacrificios- deshacerse de su querida mascota (un pequeño loro de nombre "Pompis"). Por otro lado, su trabajo de medio tiempo marchaba estable y sin complicaciones, y los servicios sexuales prestados a una cartera de clientes frecuentes le proporcionaban entradas de dinero que le permitían holgar sus actividades, vestirse dignamente, continuar pagando el gimnasio y hasta comprarse computadora, un nuevo teléfono celular y otros aparatos electrónicos costosos.

Algunos fines de semana, Domingo visitaba a una amiga muy querida -a la que llamaba cariñosamente su "comadre"- a quien conoció durante la época de la escuela en la Ciudad de México. Con ella sentía esa atmósfera familiar que, tantas veces, extrañaba al recordar a sus parientes en Oaxaca y, especialmente, a su amado abuelo Abel. Domingo y su amiga charlaban por horas sobre sus recuerdos y experiencias del pasado, bebían vodka o ron, y entonces se ponían tristes y lamentaban lo difícil que resultaba la supervivencia en esta ciudad. Luego, ciertamente enojados, reflexionaban sobre lo absurdamente fácil y hasta ofensivo que era para otros el tenerlo y derrocharlo todo. Más tarde, y ya con la euforia del alcohol gobernándoles la cabeza, con la voz elevada e irguiendo el cuerpo como lo hace un militar, se solidarizaban apasionadamente en un "¡ay, compadre! - ¡ay, comadre!", y entusiastas compartían la decisión de salir adelante a toda costa y -¡qué más da!-- sin importar el precio que hubiera que pagar.

   

La comadre, dos o tres años más grande que Domingo y progenitora de dos hijos, era capaz de dar hasta su vida para que nada les faltara a sus críos; incluso, era capaz de entregar su corazón a un hombre como él, atento, trabajador, con aspiraciones, quizás poco cariñoso, pero muy detallista con sus hijos..., ¡ah, bueno,... y gay!

 

En el ambiente de la tarde flota

ese aroma de ausencia,

que dice al alma luminosa: nunca,

y al corazón: espera.

(Antonio Machado, fragmento)

 

A la burra le gusta el trigo, ¿qué no?

El verano siguiente al rompimiento entre Felipe y Domingo, se reanudó el contacto entre ellos. Desesperado por su casi total abstinencia sexual (y exaltado por ver una y otra vez, durante trece largos meses, los vídeos que grabó con Domingo en el cheslón blanco de su estudio) Felipe decidió finalmente enviarle un mensaje de texto a su teléfono celular. En otras palabras, ahí aceptaba que había sido un error exponer la pintura inspirada en el esbelto oaxaqueño y le decía a éste -en un lenguaje que rayaba en lo masoquista- cuánta falta le hacía tener su verga en su boca y ser penetrado con fuerza por él. Prácticamente le decía "estoy en tus manos, tú pon las condiciones, pero ven y cógeme". Felipe hacía esto (arrastrarse sin dignidad) animado por los consejos de su amigo José Alejandro, muy afecto a las relaciones sadomasoquistas y quien le aseguraba que "a los hombres como Domingo, les excitaba supremamente que les rogaran". Tuviera o no razón, el hecho es que Domingo sí respondió y que abrió nuevamente la puerta de las posibilidades a Felipe.

Fríamente, Domingo calculó y postergó el rencuentro durante tres meses después de recibir aquel primer mensaje. Dándose su tiempo y disfrutando de ser ensalzado, fue respondiendo sólo algunos de los muchos ruegos que su ex-cliente le enviaba, mostrándose gradualmente menos hostil y más dispuesto a retomar el negocio. Finalmente se acordaron los términos; se verían nuevamente en el estudio de Felipe, y Domingo posaría para él durante un par de horas o tres para lo que sería una nueva colección de dibujos. Lo demás ahí ya se vería.

Sin ocultar su gran emoción, Felipe recibió al chico de sus desvelos una tarde en su estudio. Lo atendió esmeradamente y, después de más de dos horas de una sesión realmente tensa, Felipe por fin dejó a un lado los lápices y Domingo de posar. Notablemente nerviosos los dos, se sentaron juntos en el cheslón; comenzaron a tocarse y, unos segundos después, excitados por volver a estar juntos se despojaron de la ropa y se entregaron como muy pocas veces lo habían hecho. Felipe no podía creer que el chico al que sólo había visto en vídeo durante tantas noches de soledad, ahora estaba entre sus brazos, adentro de él y haciéndoselo como tanto lo deseó. A Domingo le calentaba sobre manera el hecho de tener a Felipe literalmente entre sus manos, vibrando de excitación hasta las lágrimas, dócilmente sometido ante la belleza de su cuerpo y dispuesto a complacerle en cualquier capricho que le pidiera. El ya bien experimentado sexoservidor sabía muy bien aquello que le gustaba a su cliente y cómo dárselo; pensaba que, en esta nueva etapa de su relación, lo más sensato sería buscar la oportunidad de obtener una mayor cantidad de dinero a la que usualmente recibía como pago a sus gustados servicios sexuales. Y, efectivamente, muy pronto encontraría la justificación ideal para anunciarle a Felipe sobre el encarecimiento de su tan apetecible y deseado producto.

 

Esa soñada noche de su rencuentro, después de haber cogido como ni siquiera lo había soñado, Felipe sentía la incontenible necesidad de que Domingo entendiera la enorme falta que le había hecho durante todo ese año que estuvieron alejados. Y resulta que cuando mencionó que su único consuelo habían sido los vídeo que en varias ocasiones grabaron juntos, Domingo vio la oportunidad perfecta para hacerse más apetecible y menos accesible por la cuota habitual que recibía. A pesar de lo obvio que era que ambos habían estado de acuerdo para grabar aquellos vídeos (bajo los reflectores y con la cámara justo frente a ellos), el oaxaqueño pretendió no recordar que lo había hecho conscientemente y simuló enojarse por lo que insinuó había sido una trampa por parte de Felipe para grabarlos. Se mostró medianamente enojado, tomó su dinero ya ganado y su mochila, insinuó que podría ya no haber otro encuentro y salió apresurado del estudio del ahora más confundido pintor.

La siguiente ocasión en que se contactaron, Domingo fue entonces directo con Felipe. Reiterando estar enojado por el tema de los vídeos, le hizo saber a su cliente que sí estaba dispuesto a seguirle viendo y a tener todo el sexo que quisiera con él, pero que ahora sería "por el doble" de la tarifa que siempre le pagaba. Felipe se sorprendió mucho. Se trataba de una cantidad semejante a la que cobran los escorts profesionales más cotizados del mercado; pero eso fue lo que menos le importó e inmediatamente aceptó las nuevas condiciones, pensando sólo en la posibilidad -ahora más real que nunca- de recuperar a su añorado Domingo. Nuevamente había probado las glorias de su sexo y no pensaba dejarle ir otra vez. A final de cuentas -se repetía-, ¿para qué carajos es el dinero si no para comprarme estos placeres?

   

 

Ámame hasta que no puedas más..., yo me encargo

Esta nueva etapa, el cuarto año ya desde que iniciaron sus encuentros, fue la más intensa para ambos hombres en muchos sentidos. No sólo en lo sexual hubo un mayor acercamiento y una sensible diversificación del lenguaje entre sus cuerpos, sino ahora también surgieron expresiones de emotividad y cariño que antes ni siquiera se esperaban. A lo largo de toda la semana, Felipe recibía mensajes de texto de parte de Domingo en los que le deseaba pasar un estupendo día, disfrutar del calor de la tarde, iniciar bien el fin de semana o con cualquier otro pretexto. Felipe respondía cariñosamente a sus "tiernos" saludos y, a veces, lo hacía en un tono provocador para buscar un nuevo encuentro (a lo que Domingo casi siempre respondía afirmativamente). Así, se encontraban siempre a las siete de la noche y pasaban horas con los cuerpos entrelazados, ensartado uno dentro del otro, sudorosos; y después, permanecían una o dos horas más recostados sobre la cama, desnudos y abrazados, platicando momentos de sus vidas que hasta entonces ambos ignoraban del otro. Más tarde, ya cerca de la medianoche, venía la paga y la despedida.

A Felipe le ganaban las emociones cuando estaba con Domingo y, sin intentar frenarlas, dejaba que éstas fluyeran a borbotones: entusiasmado, le hablaba al chico sobre sus sentimientos y de la intensidad con las que los experimentaba, quizás convencido de que no tenía el menor de los casos ocultarlos. No reparaba en decirle "amigo, te quiero" o repetirle mientras besaba su pecho y su entrepierne, lo hermoso que le parecían sus rasgos indígenas y lo mucho que gozaba acariciando su piel, al ser tocado por sus manos o penetrado con el ímpetu con el que se lo hacía. Verdaderamente quería que su adorado niño lo supiera todo de él y, en esa medida, comprendiera la magnitud del sentimiento que guardaba en el fondo de su corazón. Felipe aspiraba a que -como en un espejo- Domingo visualizara su propia y enorme dimensión en el contexto del amor del que era objeto (y que lo embellecía supremamente), y no viera en cambio el reflejo de un deshonesto y despreciable comerciante de sexo. Incluso, sabedor de que Domingo era un avezado lector de novelas y buscando sublimarle, le regaló dos de sus obras favoritas de Jean Genet: Querelle de Brest y Nuestra Señora de las Flores.

Sin embargo, con el paso de los meses lo que sobrevino en el interior del oaxaqueño no fue el cariño que su cliente le pedía con vehemencia; lo que emergió en cambio fue el hartazgo y la incomodidad por sentirse, de algún modo, obligado a responder afirmativamente a los sentimientos de Felipe. Por mucho que el chico se esforzó, no pudo evitar que su cliente percibiera sus súbitamente aminorados grados de excitación, sus poco exitosos esfuerzos por mantenerse erecto o, peor aún, cómo pretendía haber eyaculado ya y así concluir con la farsa lo más pronto posible. En varias ocasiones, cuando Domingo se había retirado ya, Felipe sacaba del basurero el condón que había usado su adorado niño sólo para descubrir que éste estaba vacío y que, como comenzaba a ser frecuente ya, el orgasmo había sido fingido (incluso, mucho antes de que Felipe hubiera eyaculado y sin importarle siquiera si lo hacía o no). ¡Uy, cómo le dolía constatar sus sospechas!

Cuatro o cinco meses después del rencuentro, y tras haberse frecuentado una y hasta dos veces por semana teniendo sexo, Domingo tomó la decisión de espaciar más sus citas con Felipe. No sólo fue el hecho de sentirse agobiado por las manifestaciones de amor o por los regalos que le comenzaba a hacer su cliente; sino, también, porque él mismo se empezaba a involucrar sentimentalmente con un nuevo amigo sexual al que había conocido recientemente en el chat y por el que sentía una especial fascinación. Con un perfil mucho más discreto, bajo el nickname de "sexoennarvarte" y en el que no se vendía como sexoservidor, sino se ofrecía como "pasivo y mamador al que le gustan los vergones", Domingo conoció a Román, un hombre de 25 años, activo, rubio, guapo y bastante caliente, con el que el oaxaqueño disfrutaba supremamente del sexo como pasivo. Desafortunadamente para las aspiraciones de Domingo, Román no se sentía tan entusiasmado por un chico como él (de apariencia "tan mexicana") y sólo lo consideraba uno más de su amplio grupo de compañeros sexuales. Cuando durante sus breves charlas se llegaba a opinar sobre las relaciones amorosas entre gays o no gays, Román evocaba lo que llamaba la "frase célebre" de su abuela paterna: "para casarse no sólo hay que quererse, sobre todo hay que parecerse". 

 

También por esos días, y movido por el miedo de volver a perder a su compañero sexual, Felipe buscaba tomar medidas desesperadas y definitivas para retenerle a su lado. A estas alturas de la vida -se repetía en voz alta mientras pintaba a su héroe sobre un lienzo con un fondo otoñal- lo mejor sería hacer las cosas radicalmente y no tener miedo de las consecuencias de sus actos. Curiosamente, la desproporción de sus impulsos se reflejaba ya en las dimensiones distorsionadas de las figuras que plasmaba sobre la tela.

Con la reciente muerte de sus padres, este hombre de ahora 51 años de edad había heredado algunas propiedades a una cuadra de donde actualmente vivía Domingo. Como resultado de una decisión ciertamente poco meditada o racionalizada, pero ciertamente ya tomada, consultó a un notario público ajeno a los negocios de su familia para informarse sobre los pasos necesarios para escriturar un apartamento de 125 metros cuadrados a nombre de su idolatrado Domingo. Acto seguido, se fijó un plazo para resolverse en definitiva a iniciar los trámites y concretar así su decisión. Durante un tiempo evaluaría con la cabeza lo más fría posible las verdaderas intenciones de su ahora única pareja sexual y, sobre todo, si el chico estaría dispuesto a embarcarse o no en una relación seria. Hasta que esto sucediera, quizás en una cena en un lindo restaurante o durante un muy soñado viaje juntos a la playa (quizás Sitges o Barcelona), entonces le comunicaría a su amado sobre el magnífico regalo que le reservaba y le hablaría de sus intenciones de formalizar su relación. ¡Vaya!, aunque no estaba en su esquema mental pensar en el matrimonio civil -recientemente aprobado en su ciudad para parejas del mismo sexo-, fue algo en lo que también llegó a pensar Felipe en su paroxismo emocional. La desproporción rebasó no sólo la perspectiva pictórica, sino ya también su usualmente bien equilibrado sentido común.

   

En cierta ocasión en que Domingo pretextó motivos de trabajo para la cancelación -por enésima vez- de una cita, Felipe le insinuó estar "buscando alguna solución" para ofrecerle una posición más desahogada en lo material, sacarlo de trabajar y facilitarle la vida de tal manera  que sólo se dedicara a estudiar y, obviamente, a estar con él. Domingo nunca se llegó a imaginar lo que había detrás de las palabras de su cliente, y francamente tampoco le interesaba poner atención a los aburridos dichos y patéticos lloriqueos de un señor cincuentón que más bien ya le estaba resultando fastidioso. Cuando sus ausencias fueron más prolongadas (ya fuera porque prefería encontrarse con el nada complicado y guapo Román, o porque se vería con algún cliente más pragmático y menos emocional), Domingo explicaba a Felipe que sus horarios se estaban volviendo muy complicados y cansados. Le aseguraba en breves mensajes de texto que, además del trabajo en la empresa farmacéutica y de sus entrenamientos en el gimnasio, ahora había comenzado a tomar clases de inglés.

Gracias a este alejamiento súbito, Felipe sospechó que sus planes de construir una historia juntos no progresarían en absoluto con Domingo. Cuando después de tres semanas no supo nada de él y, finalmente, no obtenía más que justificaciones absurdas a sus ausencias en mensajes cada vez más esporádicos e inverosímiles, Felipe adivinó que el pretendido sueño de amor había terminado. Abandonó definitivamente la idea de concretar su costoso regalo y, en cambio, adquirió un tono ciertamente más inquisitivo y desafiante en los mensajes que enviaba a Domingo. En los hechos, le exigía decirle claramente si quería o no seguirle viendo, y le reprochaba no hacer nada por darse tiempo para estar con él. Por su parte, Domingo llegó a pensar que alejándose temporalmente lograría menguar el enamoramiento de su cliente y conservarlo como la buena fuente de ingresos que le significaba, pero ahora veía con preocupación que más bien estaba sucediendo lo contrario: lo estaba perdiendo. 

 

... Le pedí una hoguera de ardor nunca extinto

para que a mis sueños prestase calor;

me dio una luciérnaga de menguado brillo...

¡Yo quería un sol!

(Porfirio Barba Jacob, fragmento)

 

My own Gethsemane ..., watch me die !!  (a man´s middle age crisis)

Sucedió entonces que Felipe fue víctima de un violento asalto en la soledad del bosque del Desierto de los Leones, a donde había ido a caminar con su perro, a hacer algunos dibujos de paisajes campestres y, sobre todo, para tratar de pensar con claridad lo que haría para terminar con ese amor que lo estaba crucificando. Su libreta de dibujo y algunos lápices, una cámara digital, su teléfono celular y otras posesiones más quedaron en manos de dos asaltantes que, emboscándole y atacándole con armas blancas, le despojaron de su mochila. Cuando Felipe se percató de que no se trataba sólo del robo de sus posesiones, sino que éste era un intento de secuestrarle y quizás hasta de asesinarle, milagrosamente logró zafarse de quienes le sujetaban y salir corriendo entre la espesura de la maleza, seguido de su fiel perro, para salvar su vida. De no ser por algunos fuertes golpes que sanaron en un par de semanas, las pérdidas fueron por fortuna sólo materiales. Él y Lola, su mascota, volvieron esa noche con bien a casa. 

Este cobarde ataque en su contra y la tremenda inyección de adrenalina en su torrente sanguíneo, aumentaron el encendido sentimiento de frustración que ya experimentaba entonces Felipe por su evidente fracaso amoroso. Ir al mismo bosque que visitaba desde niño para dibujar paisajes campestres, era parte de sus habituales y gustadas "terapias de auto-relajación" (siempre que escalaba alguna montaña, recordaba aquella ópera-rock de los años 70, "Jesus Christ Superstar", y la catártica escena en la que el mecías -representado por Ted Neeley-, atrapado sin salida y resignado a morir, oraba en Gethsemane  y cuestionaba duramente la ciertamente cruel voluntad de su Padre).

El día del asalto Felipe había ido con la intención de despejar su mente del inexplicable enamoramiento y aliviar el dolor que estaba provocando en él aquel ardiente sexoservidor que conoció en el chat. La aparente soledad y la imponente vastedad de aquel paisaje boscoso, frecuentemente le regalaba la claridad mental que necesitaba para contemplar sus emociones desde una perspectiva más nítida, más íntima y clarificante. Pero, al final, este intento por recoger y reunir los pedazos rotos de su corazón escapándose a la quietud del campo y a la meditación, se convirtió en cambio en una peligrosa trampa en la que casi pierde la vida y de la que salió aún más lastimado física y emocionalmente.

 

Al final, haber sido víctima del abuso de dos tipos que, amparados en su ventaja numérica y -desde luego- con machetes en la mano, le arrebataron arteramente algunas de sus más apreciadas pertenencias (sus dibujos y bocetos, sobre todo), le llenó de rabia y le hizo sentirse profundamente vejado y decepcionado. Él, que durante tanto tiempo había venido trabajando desde sus responsabilidades públicas en la defensa de la gente más desfavorecida (como evidentemente lo eran aquellos hombres que le robaron), ahora era perjudicado por unos indolentes ladrones que, al final, le hicieron sentir que había sido inmensamente ingenuo y hasta estúpido. ¡Malditos nacos! -se repetía cada vez que evocaba en su memoria sus horrendos rostros mientras le atacaban-, ¡se merecen estar jodidos, ellos y sus hijos y las generaciones que les desciendan!  

En esa terrible confusión de sus sentimientos -y jurando que nadie más le volvería a ver la cara de idiota por su exceso de confianza en la gente-, volcó su ira también en contra de Domingo; porque él, el cruel prostituto que le torturaba con su ausencia y su lastimoso silencio, había sido el culpable de su decisión de irse a despejar al campo aquella mañana. Así como lo hicieron sus asaltantes, Domingo le arrebataba no sólo su dinero, sino sus más limpios y sublimes sentimientos.

En la soledad de su estudio, con los ojos enrojecidos por el llanto y la furia, Felipe tomó un frasco de solvente entre sus manos y se preparó a vaciarlo sobre los últimos cuadros que había pintado con la imagen de Domingo. Pero al verlos y percatarse de lo mucho que le gustaban, de aquellos colores llenos de emoción y del esmero del trabajo que había puesto en ellos, entonces tomo la decisión de darles otro fin y, así, retribuir en algo su honda pena.

   

En los hechos, recapacitaba Felipe, su amado escort lo había mandado ya al diablo. Al buen entendedor, pocas palabras: Domingo no le llamaba, no respondía a sus mensajes y, sobre todo, eran ya más de dos meses desde que no venía a su casa para venderle su gustado sexo. Sentía mucho coraje por no haberse querido dar cuenta desde antes que esto sucedería tarde o temprano. Ya lo había constatado: el hartazgo del sexoservidor ya era visible cuando, sin poderlo disimular, fingía los orgasmos para concluir con el sexo; presuroso después de supuestamente haber eyaculado, Domingo sacaba su pene de adentro de Felipe, se levantaba de la cama y a hurtadillas tiraba los condones sin una gota de semen al cesto de la basura. ¡Caray!...., no hay más ciego que el que no quiere ver -se reprochaba a sí mismo-. ¡Esto ya no es negocio!

Dolido como pocas veces, Felipe revisaba obsesionado una y otra vez las fotos y las pinturas que le hizo a Domingo, como tratando de darles algún sentido de orden. Enfadado por su ya evidente fracaso con el chiquillo, se trataba de convencer de que el pago no sólo por sus servicios de escort, sino por sus derechos sobre aquellas pinturas, estaba más que saldado con Domingo. Recordaba que algunos de los mejores cuadros e incluso las fotografías con las que les abocetó, se las había entregado a Domingo sin pedir nada, ni siquiera sexo, en pago. Pero, en cambio, el chichifo -se repetía Felipe- nunca retribuyó el costo de aquellos cuadros y, por el contrario, jamás me eximió de cumplir puntualmente con la de por sí encarecida tarifa de sus caricias notoriamente entibiadas.

Entonces, sintiéndose plenamente justificado para hacerlo e intentando resarcir el abuso del que se sentía víctima, Felipe digitalizó las imágenes plásticas de su exquisito oaxaqueño y las colocó en el sitio más vistoso de sus catálogos en Internet. ¡Todos sus cuadros estaban a la venta! Si el chichifo aparecía y tenía la desfachatez y el egoísmo para reclamarle la exhibición y venta de estas pinturas -como lo hizo un año y medio atrás-, quedaría demostrada una vez más su naturaleza de ambicioso y egoísta, su nulo aprecio por el trabajo artístico y su poca consideración de los sentimientos de Felipe. Éste -así lo tenía decidido- sería entonces el definitivo e insalvable final.

Seis o siete días después del asalto en el bosque, Felipe adquirió otro teléfono celular y recuperó su número habitual. Esperó dos, tres y hasta cuatro días para ver si recibía un mensaje de Domingo pero, como pasaba desde ya varias semanas atrás, no tuvo ni una señal de él. Agobiado ya por la incógnita y decidido a terminar con la incertidumbre -y con la tortuosa relación-, le envió un texto que aparentaba ser un mensaje masivo para todos sus conocidos íntimos:

"Amigos..., nuevamente en línea con mi celular después de una semana del asalto. Todo bien. ¡Gracias por su apoyo!"

Una hora después del envío, por fin, Domingo respondió. Se mostraba sorprendido por la mala noticia y explicaba a Felipe que no había estado en la ciudad pues había viajado a Oaxaca por algunas semanas. También le decía que esperaba pronto encontrarse con él. Pero así, intercambiando mensajes de texto, pasaron una, dos, tres, cuatro y más semanas sin que la tan anunciada visita se concretara. En sus textos, Domingo aseguraba que cuando sus complicados horarios de trabajo, el gimnasio o sus clases de inglés se lo permitieran, lo primero que haría sería ir a visitar a Felipe (y a Lola, su mascota, que también salió ilesa del asalto en el bosque); pero esto, en los hechos, no sucedió así. Y es que ya entonces, el joven oaxaqueño estaba más interesado en pasar su tiempo libre visitando a Román -para que le diera esas apoteósicas cogidas- o atendiendo a sus nuevos y generosos clientes del chat.

Súbitamente, Felipe suspendió el envío de mensajes a Domingo y éste -por evidentes razones- hizo lo mismo. En su desesperado rastreo por cualquier huella de Domingo, Felipe pasaba en su auto por el edificio donde sabía que vivía el chico o se metía día y noche al chat gay para ver si lo encontraba (no para hablarle, sino para una especie de ejercicio de autoflagelación). En sus incontables búsquedas cibernéticas descubrió que muchos hombres, jóvenes y maduros, habían sumado el perfil y las fotos de Domingo a su "lista hot" o de "chicos ardientes" (lo que hacía efervecer sus celos). Pero, además, descubrió que éste tenía un perfil adicional (el ya citado "sexoennarvarte") en el que se ofrecía como un pasivo ardoroso. Y es que las fotos que Domingo puso en ese otro perfil lo evidenciaron, pues aparecía ahí una imagen casi idéntica (sólo que con un suspensorio que realzaba sus nalgas morenas) a otra que mostraba en su perfil de activo (esa sin suspensorio). Era exactamente el mismo tiro de la cámara, donde la pared, la puerta de su habitación, una silla y hasta el teléfono, estaban igual. Los privilegios de Felipe como socio Premium de los chats le permitían ver todas las fotos e información que otros -los que no pagan- simplemente ignoran que está disponible. Además, siendo Felipe un agudo artista visual y habiendo sido Domingo su modelo predilecto durante más de tres años, con toda certeza reconocía en otra foto de su perfil como pasivo -ésta más explícita, mostrando sus nalgas abiertas- cada centímetro de su espalda, las venas de sus brazos y hasta los diminutos lunares de sus correosos glúteos.

 

Collage /

 

Éste fue un hecho tan hiriente, indignante y frustrante para Felipe que, resignado a que todo había concluido ya, entendió que su sueño de ser amado por el joven de simétricos rasgos indígenas jamás podría ni habría sido una realidad. Trataba de aceptar que esa parte tan importante, tan íntima y profunda de la personalidad de Domingo (su rol sexual como pasivo), no sólo se la había negado cuando le manifestó sus enormes deseos de penetrarlo, sino -ahora se daba cuenta de ello- estaba reservada para un perfil de hombres que cautivaban a Domingo y en el que él no encajaba ni encajaría jamás (por muchos regalos o dinero que le diera). Así son las cosas, decía Felipe tratándose de consolar, hay a quienes no les gustan los calvos, los maduros, los gordos, los flacos, los chaparros o los velludos; pero en cambio, hay otros para los que no existen hombres más hermosos que éstos.

Él mismo, Felipe, se había llevado a este juego de engaños y Domingo no tenía por qué ser ni era el tirano. El oaxaqueño nunca había intentado lastimarlo -recapacitaba Felipe-; lo suyo sólo era un calculado negocio y nada más. Claro, resultaba excitante pensar en una especie de maldad implícita en el sexoservidor, en la naturaleza criminal e inexplicablemente sensual con la que ataviaba Jean Genet a sus adónicos personajes, pero sus intenciones ni siquiera llegaba a esas sublimes alturas poéticas o literarias. La verdad era más común, más simple, y ésta siempre había estado frente a Felipe, implícita en el intercambio de dinero por sexo, en su relación de cliente y sexoservidor. Y faltar a los términos de un contrato no escrito, pero tan claro y contundente como éste lo era, ahora enfrentaba a Felipe a una realidad que no por estar fuera de su vista jamás dejó de existir. El amor nunca formó ni tendría por qué formar parte de este frío pacto, concluyó; ahora, incumplir con lo convenido se revertiría, inexorablemente, en contra del trasgresor. Cuando lo pensaba con detenimiento y objetividad, Felipe se daba cuenta de que Domingo siempre había sido honesto con él y el más cumplido con los términos de su pacto verbal. A pesar de su tono cariñoso durante el último período de su relación, Domingo jamás dijo o prometió nada que pudiera entusiasmar o ilusionar a Felipe a obtener más de lo que ya recibía. Esa era la verdad de las cosas: aquel hermoso morenito no era capaz de sentir amor, al menos no por él.

 

... Adiviné que las nubes

erraban su dirección;

adiviné que las cosas

arrepienten su intención...

(Alfonso Reyes, Castidad, fragmento)

 

Y ahora que soy libre al fin .....

Decidido a transitar por su duelo, a luchar por dejar de sentir esa asfixiante pasión y quizás hasta a olvidar al escort del que se enamoró con locura -pero aún lejos de la resignación y la paz interior-, Felipe se refugió en el cariño de sus amigos (que siempre respetaron, aunque no aprobaron en todo, su loca decisión de enamorarse de un prostituto), en las caricias de Diego y de David -sus incondicionales y quizás demasiado jóvenes enamorados- y en el amor de algunos miembros de su familia. Procuró ser más empeñoso y dedicado con su trabajo, hizo algunas mejoras en la administración de sus propiedades inmobiliarias, comenzó a pasar más tiempo en su estudio pintando y hasta optó por cursar algunos estudios de postgrado en la universidad.

 

Y resultó entonces que, un mediodía entre semana, ambos coincidieron en el chat. Cuando Felipe vio activo el perfil de Domingo, sintió que la sangre le hervía por los celos y que el corazón se le salía del pecho por la emoción, pero se contuvo (o más bien quedó paralizado) y no hizo nada por tratar de iniciar una charla con él. En cambio, cuando Domingo notó la presencia de su en los hechos ex-cliente en ese espacio virtual, se sintió acosado, evidenciado y de inmediato se desconectó.

Decidido a terminar con esta ya muy prolongada y molesta situación (lo que no había sucedido formalmente), Domingo tomó su teléfono celular y enfadado envió un mensaje de texto a Felipe no sólo para tratar de justificar su ya tan prolongado alejamiento, sino sobre todo para dejar claro que lo mejor era concluir todo vínculo entre los dos:

Cuando fui a Oaxaca lo hice porque mi abuela falleció y he estado también en ese pedo, aparte de mi horario. Ya vi tu galería en Internet. Que estés bien, Felipe.

Así como tú dices: "si alguien se mete contigo te vuelves culero". Yo creo que todos reaccionamos de la misma manera. Es supervivencia.

 

   

Al leer el mensaje de Domingo, la cabeza de Felipe se llenó de decenas, de cientos de posibles respuestas a éste; primero, pensaba en ser cariñoso y tratar de reconciliarse con él, o tal vez justificarse de algún modo comprensible por usar "sus" pinturas en la Web. Construía también frases devastadoras para decirle "al chichifo" que, de su parte, todo estaba más que saldado y que, en todo caso, el que estaba en deuda con él era otro; que la supervivencia es para los débiles de espíritu y que la capacidad de amar y compartir es virtud de pocos. Incesante, un vertiginoso cúmulo de emociones encontradas, de frases y palabras amorosas y otras hirientes, se arremolinó en su cabeza durante los minutos posteriores a la recepción del mensaje de Domingo. Pero, finalmente, y de manera muy serena y natural, Felipe llegó a una conclusión definitiva que le llenó de paz y de sosiego: no respondería al mensaje de Domingo, no lo trataría de insultar o de hacer sentir mal, pero tampoco lo regresaría al alto nicho de su venerado altar, ni ahora ni nunca.

Este asunto estaba ya totalmente concluido, muy a pesar de su enorme pena por renunciar a él y a los sueños guajiros que construyó a su alrededor. Sintió cómo una masa le crecía en la garganta y le robaba la respiración por algunos segundos, y luego una densa lágrima escapó de sus enrojecidos ojos y escurrió hasta sus labios bañándoles de sal. Juró entonces que sería la última que derramaría por su amado niño del eclipse en el pecho.

El amor -o cualquier cosa que fuera esta inflamada pasión- por su sensual Dios oaxaqueño (una casi sacra emoción para Felipe) permaneció por mucho tiempo en su interior y la utilizó para crecer más, para pintar inspirado nuevos y hermosos cuadros, para reconocerse intensamente vivo e, incluso, para bañar su pecho con su abundante semen, de vez en vez y en sus noches de soledad. Nunca quiso ni intentó olvidarle. Por el contrario, ahora el recuerdo de su amado muchacho sería -junto con los hombres a los que más amó en su larga y feliz vida (y en los que indudablemente dejó su huella)-, parte de una historia tatuada sobre su piel a fuerza de caricias y, ¡caray!, otra razón más para vivir con plenitud y alegría. Tener la capacidad de amar -reflexionaba consolado Felipe- es más digno que la vergonzosa voluntad de engañar y de vivir con la cartera llena, pero el corazón seco, vacío.

 

 

Algunos meses después del triste rompimiento, Felipe fue objeto de una importante promoción laboral y salarial como reconocimiento a su trayectoria y, sobre todo, a los resultados de una permanente gestión comprometida con la gente y con las mejores causas. El éxito profesional y material fue la consecuencia inmediata a su dedicación, y la prosperidad y el bienestar le sonrieron como en él era habitual.

Por mucho tiempo -tal vez para siempre-, permaneció en su corazón aquel vacío que soñó llenar con una historia absurda protagonizada por Domingo, con el que hubiera gustado compartirlo todo, absolutamente todo. Pero también, de ese inexplicable y sublime amor que le inspiró aquel chico campirano que llegó a la ciudad buscando la superación y el éxito, pero que finalmente fue atrapado por el egoísmo y el vicio, Felipe sacó renovadas fuerzas para transformarles en entusiasmo por engrandecer y disfrutar la vida. De su prolongado duelo obtuvo finalmente el aprendizaje para volverse a levantar de los golpes que, incesantemente, parecen empeñarse en abatir a quienes creen en el amor (whatever that means) como la única virtud de su existencia.   

 

La vida sigue igual .....

Con todo este asunto, Domingo estaba completamente decepcionado de Felipe, de su precipitado y absurdo proceder. Por esa misma manera de conducirse, nunca le había gustado relacionarse con hombres de 40 o más años de edad, pues casi invariablemente con ellos todo terminaba siendo un terrible drama. Y lo peor era que, invariablemente, él quedaba como el tirano al no entusiasmarle ni querer formar parte de sus alucinadas historias de amor ni de una serie de compromisos que le resultaban totalmente indeseables. Si en un principio se sintió atraído por la inteligencia, el estilo de vida y hasta por el físico de Felipe, éste se había encargado de suprimir cualquier dejo de interés con sus insinuaciones y sus afectos fuera de lugar. ¡Carajo!, cuando sólo se trataba de tener rico sexo y pasarla bien, no venían al caso lo que ya parecían exigencias maritales, compromisos afectivos estúpidos y hasta cadenas emocionales que le agobiaban. ¡Qué hueva!, simplemente a él -a Domingo- no le apetecía vivir algo semejante a estas alturas de su juventud. Pero, bueno, nada más fácil que buscarse a otro cliente para sustituirle financieramente. Business are business.

Por otra parte, le parecía una canallada imperdonable que Felipe utilizara su imagen, aunque fuera sin revelar su identidad, para promocionar y comercializar su trabajo pictórico. A final de cuentas -asumía Domingo-, el que aparecía en los dibujos, en fotos y en las pinturas era él, ¡él mismo!, y si decidía enseñar o no esas imágenes en sus perfiles de los chats gays era muy su asunto, muy su cuerpo. Consideraba a los dibujos y a otras representaciones plásticas creadas por Felipe inspirado en su figura, como su justa retribución material por el solo hecho de haber modelado. A final de cuentas, había satisfecho el morbo y provocado el éxtasis de un artista en pleno proceso creativo, y eso debería tener un costo. Definitivamente -se repetía una y otra vez Domingo-, este Felipe es un culero. Ni modo; no había de otra más que quitar de sus perfiles en los chats gays aquellas imágenes, ahora expuestas en las galerías bajo el título de "Me enamoré de un sexoservidor". 

Como sucede con muchos chicos que se prostituyen con un bajo perfil, los ofrecimientos y las oportunidades para obtener una vida más desahogada y relativamente cómoda no le faltaban a Domingo. A pesar de haber tantos candidatos a mecenas entre sus clientes, nada le parecía más rentable y jugoso que tomar de uno y del otro sólo lo mejor, y la  simple idea de estacionarse con un solo güey le resultaba, además de aburrida, muy arriesgada y un mal negocio. Recurrentemente, el principal motivo de ruptura con sus clientes más maduros era la intención de éstos de retenerle, de establecer vínculos afectivos duraderos y de llevárselo a vivir a un "nidito de amor" (que él más bien consideraba "jaula de oro"). Por eso justamente le gustaban los chavitos, porque eran frescos, no buscaban compromisos que implicaran cadenas y no estaban maleados como los rucos. Por lo mismo, también, había salido de su comunidad en la mixteca oaxaqueña y venido a vivir a la capital.

Cuando a su inquieto Román se le terminó la calentura y lo desechó, pocas semanas después Domingo comenzó a verse con un guapo chico cubano llamado Jorge al que conoció también en el chat. Bastante más joven que él, el ardiente caribeño prefería desempeñar el rol sexual de activo (¡y vaya que tenía con qué!). Domingo se sintió muy entusiasmado con Jorge; su musical voz y el candoroso tono de sus frases le alegraban el corazón. Pero -sobre todo- su forma de hacérselo, de introducirle su largo miembro hasta provocarle escalofríos, lo cautivó de inmediato aquella fría noche de febrero en su habitación de la colonia Nápoles.

"El beso"

Pero sucedió que, después de la segunda cita, Jorge le confesó a Domingo que, de vez en vez, se prostituía "para ayudar con algo de dinero a su pobre familia en la isla"; y luego del tercer encuentro, comenzó a pedirle ayudas monetarias y gradualmente a exigirle regalos (un teléfono celular, un iPod, unos tenis....) a cambio de pretender una supuesta relación amorosa con el oaxaqueño. Atrapado por el increíble sexo que le daba el chavito, Domingo accedía y se empeñaba en cumplir algunos de sus cada día más desmedidos y caros caprichos. El cazador se transformaba en presa.

Cuando Domingo tuvo que dejar el cuarto que rentaba en aquel amplio y bien ubicado departamento debido a la insolvencia que le provocaron las exigencias de Jorge, su relación sentimental comenzó a declinar y en breves momentos se dio por concluida. A sus 28 años, con la moral por los suelos, las finanzas quebradas y con la voluntad de volver a comenzar desde cero, nuevamente abrió su libreta de contactos y pacientemente revisó la carpeta de sus clientes. Desganado -y con una botella de vodka acompañándole-, pasaba de un nombre a otro de su directorio, dejaba algunos y otros los borraba de la memoria de su teléfono celular. Cuando el nombre de Felipe apareció en la pantalla, Domingo sintió un inexplicable nudo en la garganta y estuvo a punto de borrarle; sin embargo, no lo hizo y ahí lo dejó.

   
 
Quiero despertar algún día,

Saber que tu pelo, niño,

Tu dulce vientre y tus espaldas,

No son nada, nada, nada.

(Luís Cernuda, fragmento)

  Historia enviada a GAY MÉXICO © por Pedro Sierra / fotografía: Paco Calderón ®  - (Todos los derechos reservados) México 2011 /       ENVÍANOS TU HISTORIA