Por Paco Calderón

Para nadie es desconocido el avanzado deterioro en la calidad de vida que padecemos muchos mexicanos desde el arribo del "gobierno del cambio", desde la tan festejada llegada de la "democracia" a nuestro país el 2 de julio del año 2000. Para quienes tenemos un poco más de años de vida en este país -y en el planeta-  resulta mucho más claro, y por tanto alarmante, presenciar los niveles de pobreza que se están alcanzando en los diferentes ámbitos de la vida nacional, además de los grados de demagogia mediática que protagoniza la clase política, ya de algunos años a la fecha. Las manifestaciones del empobrecimiento en el ámbito urbano y en la primer década del siglo XXI, tiene hoy un rostro mucho más severo del que veíamos hace 20 o 30 años atrás en las calles, en la periferia o incluso en el medio rural más inmediato de la ciudad.

En el plano económico y en el social, en todo México, el deterioro se acusa francamente escalofriante; comunidades rurales enteras se desintegran y se consumen en la pobreza extrema; la emigración de los trabajadores rurales mexicanos al campo y ciudades estadounidenses, no tiene precedentes y ello se refleja en la nueva y creciente dependencia de nuestra economía hacia las remesas provenientes de los Estados Unidos (lo que no debiera ser una cifra tan alegre, como la presenta el gobierno foxista); la inseguridad pública en las principales ciudades del país suma diariamente cifras espeluznantes de ejecutados y muertos, mismos que engrosan los expedientes no resueltos en las instituciones que dizque imparten justicia; la ignorancia, el irrespeto y desprecio por las leyes, donde se anteponen justificaciones políticas para su incumplimiento, es la forma de proceder que adoptan ya cotidianamente los personajes más taquilleros de la escena político-electoral; las múltiples carencias de recursos institucionales padecidas en los sistemas públicos de seguridad social y atención a los grupos más vulnerables (que lo somos ya prácticamente todos), están mermando las bases mismas del pacto social y del Estado mexicano moderno. En fin, por donde se le vea, estamos en presencia de un espeso caldo de cultivo que, no tengo dudas, estallará en un conflicto social de no encontrarse antes soluciones viables, equitativas y -sobre todo- inclusivas.

Foto: Paco Calderón

A este panorama de tonalidades grises y negras, de sensibilidades irritadas y polarizadas, debemos sumar que durante los meses por venir, y especialmente en el año 2006, la contienda político-electoral en México habrá de exacerbar las posiciones enfrentadas y los ánimos de grupos de intereses altamente politizados. Si ya hemos sido testigos del uso indiscriminado de un discurso que apela a connotaciones de resentimiento y frustración social (como el de Andrés Manuel López Obrador), ahora seguramente escucharemos abiertas convocatorias al desacato de la ley cuando así convenga, a la confrontación, a la imposición de visiones y a la violencia deliberada. No tengo la menor duda de ello. Todo apunta para allá.

En el partido de izquierda que gobierna hoy la capital mexicana y otros estados, y que hasta hace poco se autodefinía como la vanguardia política del país, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), han comenzado ya las dimisiones de sus líderes tradicionales e ideólogos, para dar el paso definitivo en su dirigencia a aquellos personajes que encabezan movimientos urbanos y territoriales cuyas posiciones y acciones son las más radicales e incluso ilegales (baste con decir dos apellidos: Bejarano y Padierna)

En el caso del Partido Acción Nacional (PAN), su dirigencia está plenamente identificada con los postulados intolerantes y ultra-conservadores de la derecha más recalcitrante y del clero católico; y en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), toman ya el control los representantes de un corporativismo que dejó saldos negativos al avance democrático del país.

Y para prueba, un botón: Cuauhtémoc Cárdenas, fundador del PRD, recientemente se ha desmarcado del instituto político (que representaba a la izquierda "pensante") y pareciera que ya busca, por cuarta vez, la candidatura a la presidencia de la república en algún otro partido político. Su casa, el PRD, ya se ha pronunciado por la candidatura del político tabasqueño, Andrés Manuel López Obrador, que ni cómo olvidar que se trata del mismo personaje que hace una década bloqueaba, manifestándose con lujo de violencia e impunidad, las carreteras del sureste mexicano o cerraba ilegalmente pozos petroleros en su hoy tan devastada tierra; o que es el mismo que recientemente dejó a la ciudad capital mexicana con la mayor parte de sus problemas fundamentales sin solucionar (como el asunto del agua) y sumando otros nuevos con obras públicas innecesarias y de pésima calidad (vialidades inconclusas y de mala calidad, cuando las ya existentes presentan un grave deterioro por la falta de mantenimiento; un sistema de transporte público -el Metrobús- mal planeado e instrumentado, que absorbió recursos que debieron invertirse en el sistema de transporte colectivo metro). En fin, López Obrador -en mi opinión- antepuso los criterios políticos a los de administración, en su afanosa búsqueda de la presidencia de la república.

En los meses por venir, la lucha por el poder, por la presidencia de la república, por la mayoría de las curules en las cámaras legislativas y por la titularidad de los gobiernos locales, desatará a las furias y las más radicales posiciones y confrontaciones entre los mexicanos.. Vienen días difíciles..., no hay duda.

 

El mercado electoral y la pasarela de candidatos...

En este contexto, los mexicanos estamos ya presenciando la pasarela en los medios de comunicación masiva, en eventos políticos  de la más diversa índole y hasta en la Internet, de ex-funcionarios federales, gobernadores, legisladores y demás representantes de la fauna política, tratando de convencernos de su enorme compromiso social, su honestidad y vocación democrática, para que votemos por ellos y les permitamos conducir nuestras vidas durante el siguiente sexenio (desde luego, escamoteando sus omisiones en responsabilidades pasadas). Andrés Manuel López Obrador, Santiago Creel, Cuauhtémoc Cárdenas, Arturo Montiel, Roberto Madrazo, Felipe Calderón, Alberto Cárdenas, Enrique Jackson, Jesús Ortega, Marcelo Ebrard, Beatriz Paredes, Demetrio Sodi, Martha Sahagún...., etcétera, etcétera....; todos ellos, haciendo un despliegue inconmensurable de recursos económicos, materiales y humanos, sólo para tratar de ganar nuestro voto y así llegar a "la grande" o al gobierno del Distrito Federal (nuevo trampolín para aspirara a la presidencia del país). México se ha convertido en presa de campañas políticas y electorales de manera permanente, los 2190 días del sexenio.

Millones y millones de pesos son entregados diariamente a la industria de la radio y la televisión, de la publicidad mediática, y verdaderamente no creo que a todos nos queden muy claras las propuestas de gobierno, cuando las hay, de los aspirantes a la primer magistratura de la nación. La ciudadanía en México se ha transformado ya en un simple y burdo mercado electoral, en el conjunto de proveedores potenciales de votos para las aspiraciones de los integrantes de una anquilosada clase política, y ya no es más el pueblo y su bienestar común el objeto último de las políticas públicas o de los servidores gubernamentales. Tú, yo, nosotros, significamos un consumidor en potencia del producto electoral que está disponible en el mercado; llámese Creel, Madrazo o López Obrador, el 2 de julio del año 2006 saldremos de shopping y pondremos una cruz sobre el nombre del candidato que nos haya logrado convencer de lo que oferta (¿su imagen, su discurso, su programa?). Nuestro voto es la única moneda de cambio que parece interesarles. Nuestra participación en las decisiones políticas del país se limitará a ese simple acto de dibujar una cruz sobre la boleta y, luego, volveremos al ejercicio cotidiano de formas verticales, discrecionales y antidemocráticas de gobierno, a padecer burocracias inservibles, mal uso y distribución de la riqueza que generamos y -desde luego- un nulo acceso a la justicia social.

Y mientras tanto, en este gran mercado electoral, son canalizadas cantidades exorbitantes de recursos financieros (asegura e Instituto Federal Electoral que serán más de 12 mil millones de pesos, es decir, un poco más de mil millones de dólares), incalculables recursos materiales, técnicos y humanos, simplemente para la promoción personal de algunos miembros de la clase política mexicana. Y hay que reconocerlo: son en verdad cuantiosos los recursos públicos y privados que bien pudieran ser invertidos para resolver las carencias urgentes de sectores enteros de población: en salud, educación, infraestructura, seguridad, justicia, modernización de la planta productiva y generación de empleos.

Hay quienes explican que la credibilidad en los procesos electorales bien justifica pagar ese alto costo, que la democracia cuesta, sobre todo después de más de medio siglo de una dictadura monopartidista en México; sin embargo, habrá que valorar objetivamente el impacto que esto está teniendo en la distribución de la riqueza nacional y en la credibilidad de las acciones de gobierno.

 

Propuestas de gobierno y el incómodo tema gay

Hay un tema que incomoda hasta a los políticos más "vanguardistas", tanto de los partidos de izquierda como -sobre todo- a los de la derecha ultra conservadora, y éste es el que refiera a los derechos de los hombres y mujeres homosexuales.

Los de la derecha de plano se oponen abierta y tajantemente, escupiendo como  poseídos por el demonio sus mismos y babosos argumentos de siempre: "los homosexuales van contra natura", "son pervertidos", "están enfermos", "sodomitas pecadores", y así siempre y sin moverse un ápice de su milenaria posición dogmática y radical. Pero los que resultan más hipócritas y mojigatos son los de la supuesta izquierda vanguardista, que no disimulan en echarse la pelotita y evitar el tema que, piensan, les restaría los votos de grandes sectores de una sociedad conservadora y discriminadora.

Foto: Paco Calderón

Así, los integrantes de esa "izquierda democrática" no sólo se deslindan cómodamente de tomar cualquier posición en favor -o en contra- de los homosexuales diciendo el clásico "yo respeto las preferencias sexuales de los demás", "cada quien hace con su vida lo que quiere"; sino que, también, bloquean las iniciativas de sus propios compañeros y semejantes (como las del ex-diputado perredista David Sánchez Camacho o de la aguerrida asambleísta Enoé Uranga) mediante las que se avanzaría en el reconocimiento de los derechos de hombres y mujeres con preferencias sexuales diferentes a la heterosexual.

Basta mencionar la suerte que corrió la iniciativa de Ley de Sociedades de Convivencia en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (en la legislatura pasada y nuevamente en la actual), que a pesar de estar integrada mayoritariamente por miembros del PRD, partido político supuestamente de izquierda y de avanzada, terminó por desechar la importante propuesta y enviarla a la congeladora.

Para quienes pudimos conocer partes del debate y escuchar los argumentos sostenidos por los diputados de "izquierda" en los pasillos del recinto legislativo, sabemos que las razones que más pesaron fueron el conservadurismo, la cobardía y el miedo a los costos políticos en una sociedad machista y homófoba. Entonces, ¿cuál es el nuevo orden que quieren construir desde la izquierda autodenominada "democrática"?, ¿dónde quedaron la inteligencia y apertura de la izquierda mexicana?

A todos incomoda el tema de los homosexuales, no hay duda. En el caso del Partido Revolucionario Institucional (PRI), de plano es un tema del que no se habla abiertamente y, desde luego, ni se impulsa ni se rechaza..., sino todo lo contrario (...).

Y a pesar de todo esto, los homosexuales tenemos, o deberíamos tener, el derecho y la garantía a ejercer todos los derechos políticos que cualquier otro ciudadano goza. Entre estos derechos, está el de participar libremente en las elecciones a los cargos de representación popular, a votar y ser votados. Y ya si de plano entramos en el campo de la ortodoxia neoliberal, en el economisismo puro, tenemos el derecho a elegir libremente del mercado el producto que mejor se ajuste a nuestras necesidades como consumidores. Sin embargo, en este abigarrado mercado electoral del que somos cautivos, no existe ninguna, absolutamente ninguna oferta en la que se hable abiertamente de nuestras necesidades particulares como individuos que integran a la sociedad. Simplemente no existimos, porque nuestras formas de vida, nuestras maneras de relacionarnos, nuestras necesidades emocionales, culturales, recreativas o de salud, no forman parte de las consideraciones que incluyen en su discurso los pre-pre-candidatos ...o pre-candidatos o  candidatos (lo que sean). Ninguno de ellos, ni los que sabemos son incluso personas homosexuales, han tenido la solvencia ni el valor para hablar de la problemática social que compartimos, queramos o no, hombres y mujeres gays: discriminación social, exclusión laboral, deficiencias en la prevención y atención a la salud, desconocimiento de nuestras relaciones de solidaridad o de la forma de integrar nuestras familias, entre otros más.

Eso sí, en tiempos de campañas políticas se nos engaña y se nos asegura que nuestras necesidades serán incorporadas a las agendas de trabajo de quienes buscan ahora obtener nuestro voto. ¿Quién no recuerda la verdadera lluvia de correos electrónicos que enviaba un supuesto grupo de gays en favor de Vicente Fox, en los inicios del año 2000, donde se aseguraba tendríamos atenciones inéditas con el rancherito guanajuatense en el poder?; lo único que se ha obtenido con Vicente Fox en la presidencia de la república ha sido una limitada, pálida y prácticamente invisible campaña en contra de la homofobia (sin duda algo inédito para un gobierno ultra-conservador), la que seguramente ha sido infinitamente más barata de lo que nos han costado los recursos otorgados a grupos como ProVida (¿quién no recuerda el escándalo de las tangas de Jorge Serrano Limón?),  Vamos México y váyanse a saber cuántos oscuros beneficiarios más del patrimonio público administrado -a nivel nacional- por la derecha conservadora. Ya ni hablemos de los carísimos vestidos y las toallas de la primera dama..., lo que es el colmo de la burla y el desprecio a la inteligencia popular.

 

Cuéntaselo a quien más confianza le tengas

Durante todos estos meses por venir, y más intensamente durante el año 2006, continuaremos viendo desfilar con incrementada frecuencia en nuestras pantallas de televisión, en la radio, en medios impresos, en nuestro correo electrónico o en pendones que ensuciarán las calles de la gran ciudad, a los aspirantes a ocupar las posiciones políticas y de elección popular más peleadas en México. Veremos a un Calderón Hinojosa, a un López Obrador o a un Madrazo Pintado, entre muchos otros integrantes de la desgastada clase política mexicana, pidiéndonos con su tono paternalista y conciliador que les demos nuestra confianza y nuestro voto; sin embrago, estimados lectores, les puedo asegurar desde ahora que ninguno de ellos, en absoluto, tocará el incómodo tema ni hará propuesta alguna o incorporará acciones en sus programas que destaquen el tema de los derechos de los homosexuales.

Por el contrario, veo mucho más factible que los candidatos, urgidos de dinero y apoyos económicos, tejan alianzas estratégicas -como ya lo hacen desde Gobernación- con los miembros del acaudalado clero, con el conservadurismo recalcitrante, con la curia que cada día más está metida en la política, alejándonos de aquello por lo que lucharon Benito Juárez y los hombres de la Reforma.

Foto: Paco Calderón

Fuera de cualquier geometría política o preferencia partidista, llamo la atención de mis lectores para que, con más cuidado que nunca, revisen no sólo las propuestas de gobierno de quienes aspirarán a ocupar los principales cargos de representación popular en México a partir del año 2006, sino -sobre todo- los compromisos que éstos sean capaces de asumir y se vinculen con el cuidado y bienestar de hombres y mujeres con preferencias sexuales diferentes a la heterosexual.

Y, desde luego, a constatar que dichos compromisos tengan nombre y apellido, lugar y fecha, objetivos y metas bien definidos. Y no sólo en este tema, que nos es de vital importancia, sino en el resto de los asuntos que nos afectan como miembros de una sociedad con graves problemas en los económico, lo social, lo político o lo cultural. Digamos que en el mercado político, como en el de las mercancías y los servicios, debemos asumirnos y erguirnos como consumidores con un alto sentido de la responsabilidad. Hay que hacer el shopping con inteligencia y mesura....

Yo me pregunto si alguno de nuestros lectores supo quién era, con nombre y apellido, o conoce ya la cara de la o las personas que enviaban, allá en el año 2000 y de manera insistente y hasta molesta, esos múltiples y apasionados correos electrónicos en apoyo al entonces candidato Vicente Fox, pues jamás volvimos a saber nada de ellos ni de sus promesas de apoyo a la comunidad GLBT una vez que el panista ganó las elecciones y ocupó cómodamente la silla presidencial. ¡Por supuesto que nadie lo supo ni nadie lo sabrá!...., ¡por supuesto que no eran personas gays!... y lo que queda es que no hay a quién reclamar o a quién pedir cuentas. Lo que es seguro es que nuevamente acudirán, sin duda, a esta odiosa estrategia para cooptar nuestro voto, pues para nadie es ajeno ya el enorme valor que tenemos homosexuales y lesbianas como comunidad, como segmento bien definido en el mercado político-electoral.

¡Ojo!, ¡mucho ojo!..., elijamos al partido o a la persona que más nos convenza en lo personal, de acuerdo a nuestras muy particulares convicciones políticas y hasta de clase; pero no nos dejemos engañar con falsas promesas, si las llegara a haber y vengan de donde vengan, cimentadas tramposamente en nuestras particulares necesidades como hombres y mujeres homosexuales. Es tiempo de detenernos a reflexionar sobre aquello que realmente queremos para vivir esta vida, nuestra vida, la única vida con la que contamos. Es tiempo de decidir y en ello, se los aseguro, va nuestra felicidad de por medio.