Una enorme proporción de hombres y de mujeres gays (y también de heterosexuales) experimentan comúnmente un profundo sentimiento de frustración debido a que -en el mejor de los casos- no han hallado una pareja amorosa o, lamentablemente, a que se encuentran enfrascados en una relación que no es lo que esperaban y que, por el contrario, les desgasta, les ahoga y les hace terriblemente infelices.

En cualquier caso, tanto para el que no ha encontrado a la pareja ideal como para el que padece la condena de vivir literalmente con el enemigo, subyace la premura por conseguir una relación amorosa "perfecta" y, con ello, la promesa de satisfacer por completo (como si esto fuera posible) las necesidades emocionales, sexuales y hasta económicas de cada individuo de la pareja.

Al respecto, hay quienes aseguran que el amor más que una emoción que se pueda localizar en la anatomía del cerebro o en la química del cuerpo humano, es en realidad una construcción social; es decir, lo que se asume como amor en cada cultura o comunidad humana, es simplemente el conjunto de atributos, supuestas cualidades y definiciones, aceptadas por la mayoría como los componentes fundamentales de ese misterioso sentimiento. Así pues, todo lo que se haga para conquistar ese amor que todos añoran, es socialmente correcto, deseable y aceptable.

 

 

El amor como construcción social ... (un choro mareador)

Todos gozamos enormemente cuando leemos novelas o vemos en el cine historias en las que una pareja -al final del cuento- termina unida, exitosa, compartiendo y viviendo feliz su amor. Para nadie (o casi nadie) resulta repulsiva la idea de unirse a otra persona cien por ciento compatible y construir junto con ella una vida alimentada con respeto, sensualidad, aspiraciones, sueños, convicciones, sentimientos y logros comunes. "Y juntos vivieron muy felices", terminaban diciendo siempre los mejores relatos literarios, las novelas más impactantes y hasta los coloridos cuentos de Walt Disney.

     

Pero la cosa no es tan sencilla como nos la contaron. Sucede que el estereotipo de la relación de pareja perfecta que idealiza y venera la sociedad de consumo, tiene condiciones muy estrictas y pocas veces (o casi nunca) hay personas que protagonicen exitosamente historias de amor y sus ensoñaciones cinematográficas. Por el contrario, son los testimonios del fracaso y del desamor, del desengaño, la decepción y la soledad, los que nos parecen más comunes, vívidos y familiares. Muchos hombres y mujeres en nuestra sociedad conocen la experiencia del amor por vivir con intensidad su antítesis. Y aunque resulta también una experiencia emocionalmente intensa y válida, están convencidos de que lo que sienten y viven no es el amor, de que no puede serlo porque no es de color de rosa y azucarado como en el cuento que cada noche le leía mamá o papá.    

La doctrina religiosa -sobre todo en Occidente- es tajante y, sin tocarse el corazón, abiertamente señala como fracasadas a las uniones que no buscan su aprobación sacramental, a las que (por la causa que sea) no traen hijos al mundo o a las parejas que se alejan de los cánones de conducta que establecen sus escrituras e iglesias. Por su parte, la ley (influenciada centenariamente por las máximas del dogma religioso) se da hoy de topes contra las paredes al ver transformarse las relaciones humanas que pretende regular, confrontándose cada vez más con la sociedad al tratar, de manera infructuosa, de imponer un concepto caduco de la familia, del matrimonio, del amor de pareja o de la justicia social. En los hechos, la institucionalidad del amor y de la vida en pareja se ha colapsado, tanto para la mirada "piadosa" de un Dios inquisidor como frente a los ojos cubiertos de la dama de la espada y la balanza. 

Por su parte, las empresas de la comunicación masiva (tan distintivas de la sociedad contemporánea) todos los días dedican incontables esfuerzos, horas de discursos e imágenes, para ensalzar, darnos la pauta y reiterar la idea lícita de lo que se considera es -o debe ser- el amor en pareja. En mensajes de todo tipo y a través de medios impresos y electrónicos, se nos busca convencer de que quienes no vivimos en pareja y no nos comportamos como "es debido", somos mitad personas, humanos incompletos, medias naranjas, fracasados o una suerte de pecadores que no hemos sido capaces de concretar el éxito emocional.  Pero, por fortuna y como lo ha demostrado Ugly Betty ("Betti la Fea"), siempre hay la posibilidad de encontrar el buen camino, de transformarse consumiendo los productos y los servicios que nos harán lucir funcionales, deseables, saludables, juveniles y prósperos (...¡'ajá!).

Y el fin último de todo este consumo mercantilista será, desde luego, el de convertirnos en candidatos aptos para conformar un matrimonio tradicional y después formar una feliz familia nuclear (..."los seres vivos nacen, crecen, ¡se reproducen!.... y mueren", nos repiten insistentemente desde la escuela primaria). Cualquier otro tipo de trayectoria o de unión y, desde luego, de intención para institucionalizarle, es ilegítima, disfuncional, antinatural y, por tanto, justificablemente reprobable.

Según la publicidad masiva, a través del consumo de prácticamente cualquier producto (un auto, un desodorante, un aceite comestible, una lavadora, una casa o un refresco) invariable y hasta mágicamente estamos propiciando la posibilidad de tener una relación de pareja ideal, legítima, funcional y socialmente deseable. En la mayor parte de los mensajes publicitarios con los que somos bombardeados diariamente, se interpreta que la felicidad no radica sólo en la convivencia humana de la pareja o en cosas como tener sexo con alguien atractivo; la felicidad es -sobre todo- aquel momento cuando los integrantes de la  pareja alcanzan el poder adquisitivo suficiente como para subir en la escala social y logran consolidar -por fin- un patrimonio para reproducir a una nueva familia tradicional (con papá, mamá, hijos, hermanos, nietos...).

Para este discurso que sacraliza y hace válida una sola forma de unión (la pareja heterosexual viviendo en matrimonio), cualquier otra forma de convivencia o de familia no merece la pena tratar de entenderle y mucho menos de explicarle. Definitivamente, para el concepto de amor que prevalece en las sociedades contemporáneas, otras formas de pareja (como el amasiato, el concubinato y ya no se digan otras rarezas) son uniones monstruosas y antinaturales que atentan contra la reproducción y la permanencia de la vida y, desde luego, operan en contra de la sociedad. No hay vuelta de hoja.

 

Parejas homosexuales ... (te pareces tanto a mi, que no puedes engañarme)

La abrumadora mayoría de las parejas formadas por individuos homosexuales, a pesar de su evidente contradicción y subversión en contra de los cánones establecidos, busca adaptarse y reproducir los mismos esquemas de convivencia y los patrones de conducta diseñados para las parejas heterosexuales. Incluso, quizás sea por ello que para muchas parejas gays es determinante definir con claridad cuál será el rol sexual que cada uno jugará durante el desarrollo de este vínculo emocional en el que, llenos de esperanza, se busca el amor perfecto. En la mayor parte de los casos, en las parejas homosexuales uno es el sujeto activo y otro es el sujeto pasivo. Uno domina y el otro es sometido. Uno compra y el otro vende...

Ha sido tal la necesidad de muchas parejas gays por construir vínculos que se asemejen a los matrimonios heterosexuales, que durante la última década se han logrado consagrar en las estructuras jurídicas de muchas naciones y localidades, derechos civiles que reconocen su unión (como lo hacen las Sociedades de Convivencia, en México) o que incluso se esté debatiendo en las cámaras legislativas la posibilidad de que parejas del mismo sexo adopten y eduquen a sus propios hijos.

   

Como sucede comúnmente entre hombres y mujeres heterosexuales, existe también entre las personas homosexuales una especie de urgencia emocional -muchas veces social- por tener una pareja amorosa que les complemente. El bombardeo publicitario al que todos estamos expuestos nos hace percibirnos como individuos incompletos o mutilados cuando no tenemos una pareja sentimental a nuestro lado, siendo entonces la respuesta más lógica complementarse con una pareja. Cuando esto no es posible, cuando la persona permanece sola sin una pareja con la que pueda construir el amor, la sociedad lo reprueba y lo margina (como lo hace invariablemente con el fracaso). En el caso de las mujeres heterosexuales es muy visible la crueldad social hacia el fracaso, al calificar a la que aún no se  ha casado después de los treinta años de edad como "solterona" o "quedada" (adjetivos peyorativos de uso muy común).

Quizás por miedo al juicio puntilloso o al rechazo del grupo, pero sobre todo por el sentimiento de frustración que trae consigo el no poder degustar de las mieles que promete el amor ideal, infinidad de hombres y mujeres, de gays y heterosexuales, viven cotidianamente una obsesiva y neurótica búsqueda del ser amado y de la relación de pareja ensoñada. Desafortunadamente, el encuentro del amor ideal no es algo fácil ni accesible para todos (de no ser para el príncipe del cuento); pero, en cambio, la frustración parece ser la condición más generalizada entre los que viven enfrascándose en breves amasiatos y hasta matrimonios que terminan siendo -en su percepción del amor- un total fiasco.

 

El amor no es como te lo contaron ... (mejor llégale a tu vicio)

A Eduardo Villanueva lo conocí cuando yo tenía veinticuatro años y él -creo- tenía veintiséis. La noche misma en que nos encontramos en el antro nos apresuramos para irnos a coger a mi casa. El sexo con el guapo libanés estuvo en verdad riquísimo y, a partir de aquella ardiente madrugada, decidimos continuar con nuestros encuentros sexuales casi cada fin de semana y a veces entre semana. Teníamos mucho, pero mucho sexo, y hacíamos de cada encuentro en verdad un evento memorable. Pero también -más que la verdad-, fue importante el hecho de que nos agradábamos, que teníamos muy buena comunicación y que nos caíamos muy bien.

En incontables ocasiones, mi amigo sexual y yo viajamos junto con los cuates a Cuernavaca o a Valle de Bravo, donde pasábamos horas y noches enteras departiendo y -¡pues claro que también!- encerrados en nuestra habitación cogiendo de lo más rico. A veces, cuando la encerrona era en mi casa, invitábamos a alguien más con nosotros para hacer tríos y hasta cuartetos sexuales que, incluso, dejábamos fotografiados o grabados en vídeo. No había inhibiciones entre nosotros, sólo nuevas ideas y enormes deseos de llevarlas a cabo (y de ser en la cama, mejor).

Eduardo y yo nunca nos planteamos establecer una relación de pareja o algo semejante (al menos para mi era algo inconcebible), pero en cambio admitíamos abiertamente nuestra empatía y amistad, así como lo mucho que nos gustaba estar juntos platicando o, desde luego, cogiendo. En muchas ocasiones expresamos nuestro afecto en público y permanecíamos abrazados por largos ratos, como los buenos camaradas que llegamos a ser. Eduardo y yo jamás tuvimos un enojo ni un conflicto fuerte, simplemente porque no esperábamos más de lo que ya a manos llenas nos dábamos cada siete, quince o veinte días. Esto sucedió y aumentó su intensidad a lo largo de más de siete años.

 

 

Cuando conocí a Jesús Martín y me planteé una relación de pareja con él, dejé de ver a mi exquisito amigo sexual por un largo tiempo. Al igual que ya lo hacían mis amigos más cercanos, yo quise iniciar con Jesús Martín una relación de pareja que fuera reconocida y asimilada por todo mi grupo social. Esto coincidió con que, también, Eduardo inició una relación amorosa con una mujer más grande que él y, siguiéndola, pasaba la mayor parte del tiempo en el Puerto de Veracruz.

A pesar del estupendo sexo que teníamos mi nuevo novio y yo, el tratar de complementar otras facetas de nuestras vidas dio verdaderamente al traste con toda la relación de pareja y terminó por dejarme destrozado, totalmente frustrado. Una cosa era el delicioso sexo que teníamos Jesús Martín y yo, y otra cosa muy distinta era nuestra vida familiar, profesional o laboral -por mencionar algo. Por su lado, la relación de Eduardo con la jarocha fue igual de accidentada que la mía con Jesús Martín y, al final, corrió con la misma suerte que yo al salir profundamente lastimado.

En cierta ocasión, estando Eduardo y yo profundamente devastados por el fracaso de nuestras respectivas relaciones de pareja, nos encontramos una tarde en mi casa para platicar y ponernos al corriente de nuestras vidas. Cada quien habló de su frustración por la fracasada relación con su pareja, de lo terriblemente enamorados que estábamos a pesar de ello y de lo inmensamente doloroso que resultaba no poder complementarse totalmente con el ser amado y, así, construir una vida en común (..."y vivieron juntos y felices por siempre"). Eduardo lamentaba que su amada tuviera prioridades distintas a las de él y que le diera prioridad a las formalidades sociales y a su hija, y yo me quejaba de que Jesús Martín no era el chico cariñoso y responsable, involucrado en mis actividades, con el que yo tanto soñaba. Desde el fondo de nuestras heridas, emergió un hedor a sangre descompuesta y a heridas supurantes que, inevitablemente, invadió la habitación. Ni Eduardo ni yo teníamos remotamente la idea ni el deseo de irnos a la cama esa tarde. Lo nuestro dejó de ser lo mismo; jamás volvimos a sentir el fuego de nuestra piel desnuda, una sobre la otra, una adentro de la otra.

 

Foto: Paco Calderón ©, 1984.

 

Después de describirle a mi por años amigo sexual la extensión de mi herida, guardó silencio por unos momentos y fijó sus brillantes ojos ámbar en los míos. Me tomó la mano y me dijo con mucha dulzura: "cómo me hubiera gustado ser yo por quien sintieras e hicieras todo lo que dices". Sentí como si me vaciaran encima un balde de agua fría, dándome entonces cuenta de que lo que sentía y había compartido con Eduardo también era una historia maravillosa que marcaría para siempre mi vida. Y así fue; él vive en mi corazón. 

Así, mientras platicábamos de nuestras heridas abiertas, los dos nos dábamos cuenta de lo mucho que nos queríamos y de lo completo que fue cada instante que compartimos como pareja sexual, como amigos y como cómplices. Desgraciadamente, el entumecimiento causado por los fuertes golpes que ambos habíamos recibido de nuestros respectivos amados, no nos dejó sentir más que un súbito enfriamiento de la brillante flama que antes compartíamos, y se abrió entre nosotros una distancia abismal y ya insalvable. Después de esa tarde, cada uno de nosotros continuó lamiendo sus propias heridas y, al final, nos distanciamos definitivamente.

¡Fuimos tan ciegos!...; cada uno permaneció derribado en su propia esquina, aturdido en su propio fracaso amoroso, sumido en la más triste derrota por la incapacidad de moldear la relación de pareja perfecta a lado del ser amado. Sin darnos cuenta, hicimos a un lado un sentimiento limpio y ajeno a los convencionalismos, inmensamente satisfactorio y alejado de las estúpidas ensoñaciones colectivas del amor. No he vuelto a saber de Eduardo y, bueno, obviamente mucho menos de Jesús Martín.

 

Foto: Paco Calderón ©, 1993.

 

Amor a la medida ... (para qué tanto choro)

Para combatir la frustración de no poder encontrar el amor ideal, perfecto y funcional al que aspiramos, lo primero es dejar de creer en todo lo que se dice es y debe ser este casi intangible sentimiento humano.

Desmantelar la construcción social del amor y tratar de frenar el fluir de ese concepto que invade todas las venas del sistema (especialmente los días de San Valentín), no es cosa fácil y requiere de mucha voluntad y algo de inteligencia. En el camino hacia este fin, nos enfrentaremos con palabrotas como "monogamia", "fidelidad" o "promiscuidad", tan arraigadas en el juicio social en contra de los amores que se declaran diferentes (esos a los que con tanta pasión dirigieron su poesía hombres como el francés Jean Genet, el mexicano Agustín Lara o el estadounidense Walt Whitman).

Lo más trascendente y, sin duda, lo más gratificante para uno mismo, sucede cuando -alejados de la idea social del amor perfecto- comenzamos a reconocer y a disfrutar en todo lo que valen las relaciones afectivas que establecemos con cada una de las personas que comparten nuestra vida..., con cada amante, con cada amigo, cada familiar e incluso con cada enemigo.

Además de muy respetable, es de la mayor trascendencia el que la ley reconozca y regule las uniones civiles entre personas del mismo sexo (los popularmente llamados "matrimonios gay"). Esta es una conquista liberal, anti-conservadurista y que indudablemente ha ampliado los derechos civiles de miles de hombres y mujeres gays (antes marginados, perseguidos y discriminados en muchas partes del mundo). Sin embargo, en otros ámbitos de nuestra vida cotidiana, esa idea del amor perfecto que ha sido construida por la sociedad fluye y penetra -como la mismísima humedad- a diferentes escalas e intensidades en el discurso colectivo, en la psicología de los individuos, en los mensajes publicitarios de la comunicación masiva, en la economía, en la cultura y en los sistemas jurídicos locales y nacionales. La construcción social del amor lo corrompe todo, absolutamente todo.

Querer equiparar o buscar asemejar las relaciones afectivas de una pareja heterosexual con las de una homosexual, o viceversa, es ocioso. Ambos sentimientos emergen desde el fondo de nuestra naturaleza humana y ambos están expuestos al fracaso y a la frustración por no ajustarse fielmente a las premisas básicas que, supuestamente, garantizarían el éxito del amor (como si el amor fuera una contienda bélica o una confrontación de poder de la que hay que salir exitoso, ganador, vencedor). Cada pareja -gay o heterosexual- presenta su propia disfunción frente al sistema del amor perfecto y cada cual manifiesta su propio síntoma.  Así, por ejemplo, el divorcio, el adulterio y el concubinato -entre otros supuestos jurídicos-, configuran conductas consideradas indeseables y que son sinónimo de fracaso en las relaciones que son reguladas por la institución matrimonial.

Ya para dejarse de tanto rollos: si eres una persona que siente una enorme necesidad de encontrar a una pareja sentimental con la cual complementar tu vida, y lo único que has conseguido con tu búsqueda casi obsesiva es acrecentar en tu interior un fuerte sentimiento de frustración y vacío, de que eres una media naranja o un individuo incompleto, entonces la mejor opción con la que cuentas es la de reinventarte, desmantelar y reconstruir completamente la idea que tienes del amor.

 

Foto: Paco Calderón ©, marzo de 2009.

 

No somos partidarios de acuñar una definición precisa de lo que es o debe ser el amor y las relaciones de pareja gays, pues inmediatamente ésta se volvería limitada, impositiva -como lo es hoy-  y hasta falsa. El amor, el concepto y no el sentimiento, quizás debiera ser algo muy parecido a la suma de las vivencias que hemos tenido a lo largo de nuestra historia personal con cada uno de nuestros amores (amantes, amoríos o como se les quiera nombrar), del  gozo y del infortunio que junto a ellos vivimos, y finalmente, la manera en que esas experiencias han forjado -positiva o negativamente- a nuestra personalidad. 

Aquí caben monogámicos y poligámicos, bugas y gays, hombres y mujeres...; cabe esa inmensa mayoría de gente que experimenta el fracaso por no protagonizar en carne propia ni poder realizar plenamente la construcción social del amor. Hay quienes han optado por sufrir su propio calvario lamentándose de lo que no fue, de lo lejos que estuvo su relación afectiva del "deber ser" del amor; pero por fortuna los hay quienes sólo toman de las personas (de una, dos o las que sucedan) lo mejor que les pueden dar. Felizmente, hay quienes se dan primero y que dan de sí siempre lo mejor. 

 

... ¡A ustedes, amantes fugaces, es a quienes debo que mi vida esté plena, rebosante de amor!..., pero a ti, amado mío, acuso de haber dejado en mi alma las cicatrices más hondas ...

PC; Notas Difíciles

 

Texto e imágenes: Paco Calderón ©, abril de 2009, para GAY MÉXICO. Imágenes adicionales tomadas de Internet.