Texto de Francisco Calderón Córdova

 

"Soy tan promiscuo como cualquier humano o animal mentalmente sano. ´Promiscuidad´ no es antónimo de ´monogamia´, como lo plantean los curas pederastas o la doble moral de los conservadores. Promiscuidad es lo contrario a la homogeneidad, a la ausencia de diversidad. Soy diverso, heterogéneo, complejo y, por tanto, soy promiscuo."


 

 

Desde hace unos 15 o 20 años a la fecha, decir que una persona es promiscua es casi un insulto, una aseveración que denota que a quien se le atribuye esa cualidad es un hombre o una mujer de cascos ligeros, un degenerado sexual, una persona poco confiable e incluso sucia que "se acuesta con todos". El término "promiscuo" se convirtió especialmente ofensivo y en un signo de rechazo inmediato desde el surgimiento de la epidemia del VIH/Sida, en la década de los ochenta, al equipararle con el hecho de estar infectado y tener la temible enfermedad.

Nada más erróneo cuando consultamos en cualquier diccionario que se jacte de serio y entendemos la amplitud y el verdadero significado de la palabra :

Promiscuidad

f. Convivencia y relaciones sexuales desordenadas de una persona con muchas otras.

* Mezcla desordenada de elementos diversos, "mezcolanza"; mezcla, confusión, diversidad, revoltillo, mezcolanza, amasijo, batiburrillo

Antónimos: homogeneidad

En abono a la concepción equivocada de la promiscuidad sexual, la ciencia médica estableció como vector o factor de riesgo para la adquisición de la inmunodeficiencia humana el tener una "conducta sexual promiscua" (lo que es correcto), pero nunca buscó profundizar más allá ni divulgar su entendimiento, dejando a los detentores y defensores de la buena moral explicarnos qué es lo que debe entenderse por promiscuidad. Al haber omitido incorporar criterios más objetivos y científicos para explicarnos qué función tiene la conducta sexual promiscua en lo social, en lo animal e incluso en lo celular y genético, los galenos que han enfrentado durante tres décadas al desafiante VIH dejaron surgir y crecer un agresivo cáncer que ha hecho a la epidemia aún más mortal: la ignorancia, el prejuicio dogmático de la iglesia y la discriminación social en contra de quienes portan el VIH.

Como se ha documentado en incontables estudios antropológicos y de las más variadas especies animales (mamíferos, aves, cetáceos, peces e insectos), la conducta promiscua tiene una función primordial en las relaciones sociales -como lo demuestran estudios de los macacos indonesios- y en la transformación genética de los seres vivos para adaptarse más exitosamente a un medio ambiente en permanente transformación. La idea de que la conducta sexual promiscua es mala, contranatural y peligrosa, fue acuñada por los mismos que deliberadamente le oponen al concepto de monogamia.

 

El asunto de la promiscuidad homosexual

Con la irrupción del VIH/Sida en el escenario mundial, a principios de la década de los ochenta, también obtuvieron visibilidad pública las conductas sexuales (antes celosamente acalladas) del grupo más afectado por la enfermedad: los hombres gay. Por su naturaleza de género, el sexo entre hombres presentó un rostro agresivo que incomodó a los ojos de muchos, incluso para los que -hipócritamente- escondían sus pasiones homosexuales detrás de la fachada del matrimonio heterosexual sacralizado y de la monogamia aparente. Promiscuidad y sexo homosexual establecieron, en la percepción pública, un vínculo casi indisoluble

La cultural del "gay liberation" estadounidense de finales de los años setenta, profundamente contestataria y subversiva (no podía haber sido de otro modo) fortaleció la percepción de una sexualidad homotípica desordenada, violenta, caótica... promiscua (como lo presentó magistralmente la película Cruising, del estadounidense William Friedkin).

   

Y para el regocijo de los moralistas conservadores y de la iglesia vaticana, llegó el VIH/Sida y en éste pudieron entonces encontrar la mejor prueba de que la homosexualidad es un pecado y de que los "castigos divinos" sí existen (castigos de los que están exceptuados, por supuesto, sus curas pederastas). Pero, sobre todo, la pandemia fortaleció la idea de que las relaciones monogámicas son la única opción posible para realizar el amor, para construir una familia y para ejercer la sexualidad humana.

En cambio, la conducta promiscua de los hombres heterosexuales permaneció incólume, resguardada y apuntalada por su centenario andamiaje machista. Continuó vigente -y hoy prevalece- una arraigada tradición teológica y jurídica que otorga a la homosexualidad (en cantidad de versículos y artículos) la categoría de conducta pecaminosa, antinatural, indeseable, subversiva y hasta punible socialmente. La conducta promiscua de los hombres heterosexuales se asumió culturalmente como algo natural ("así son los hombres, mujeriegos e infieles") y hasta una cualidad que es motivo de orgullo ("es bien macho, tiene viejas de a montón"). La promiscuidad sexual en hombres heterosexuales no pasa de ser "pecaditos"; en cambio, en los hombres homosexuales es motivo de condenación eterna del alma y de castigos divinos (como el VIH/Sida). Esa es, en el fondo, la desafortunada percepción que subyace en la gran mayoría de las culturas cristianas en todos los continentes.

Estoy convencido de que la conducta sexual promiscua, es decir, el hecho de tener múltiples parejas sexuales de una manera aparentemente desordenada y caótica, ha sido el detonante para que la comunidad gay surja como tal, que sus individuos se encuentren y se relacionen, se organicen grupalmente y -finalmente- luchen colectivamente por el respeto y la consagración de sus derechos ciudadanos.

 

 

Como se ha concluido a través de estudios sobre el sexo entre los macacos (en Kalimantan Tengah, una provincia de Indonesia, o en Gibraltar, España), o en otras partes del mundo con especies animales tan simbólicas como los elefantes, los delfines, las ballenas o los pingüinos -entre muchos otros-, la conducta sexual promiscua, ya sea heterosexual u homosexual, es más común de lo que imaginamos y tiene una función muy clara en la cohesión social y en el intercambio de valores culturales, materiales o genéticos. Negar sistemáticamente el valor social de la promiscuidad, como lo hacen los mensajes cuyo origen es generalmente un púlpito, es un deliberado atentado  en contra de la cohesión social y de la diversificación de nuestras formas de agrupación.

 

 

 

Promiscuidad y VIH/Sida

Es indiscutible que, entre más parejas sexuales se tengan, exponencialmente se es mayor el riesgo de contraer una enfermedad de transmisión sexual, como el VIH/Sida... o de quedar embarazada. Pero igual, entre más billetes de lotería compre, más cercana estará la posibilidad de que salga premiado; o si doy la mano para saludar a muchísima gente, es más probable que adquiera una gripa (como el A1 H1N1) o parásitos intestinales. El problema de la transmisión de enfermedades sexuales no es exclusivamente la práctica de la promiscuidad sexual (que durante nuestras vidas la conocemos en un sinfín de formas), sino la ignorancia y el prejuicio que resulta de la pesada carga ideológica que se ha puesto sobre la sexualidad humana.

No se trata de que tener sexo con personas diferentes sea malo o pecaminoso, ni si la frecuencia con que esto suceda o no sea la más correcta; lo que sería importante es, primero, reconocer que ciertas conductas sexuales existen y son naturales (como la bisexualidad y la homosexualidad), que son imprescindibles en el equilibrio de la vida sobre este planeta. Después, hay que identificar en estas conductas las prácticas que nos hacen más o menos vulnerables a daños biológicos u otros y, así, aprender a prevenirles y -desde luego- manejarles creativamente para encontrar nuevos caminos en la experiencia sensual y en el erotismo. 

Hacer lo contrario, sólo ha motivado que el VIH se fortalezca y encuentre camino fértil en su lucha por sobrevivir y prevalecer en el medio ambiente (que es lo natural); su magnitud -hoy más de 33 millones de seres humanos infectados en el mundo- tiene el tamaño de nuestros prejuicios respecto de la sexualidad humana y la profundidad de la ignorancia que han propiciado los detentores de una moralidad hipócrita. Un signo inequívoco de ello, de que hemos actuado mal para enfrentar la emergencia sanitaria por el VIH/Sida, es el prejuicioso significado que le hemos dado socialmente al hecho de tener sexo con personas diferentes, al peso moral de ser una persona que lleva una vida sexual promiscua (y no como se plantea que es correcto, o sea, con una sola pareja y en una relación monogámica).

¿Promiscuidad funcional?

No se entienda aquí que me opongo a las relaciones sexuales monogámicas o incluso a la decisión de cualquier persona de abstenerse y ser sexualmente casto. Mientras el transfondo o motivo de esta conducta no sea la ignorancia, la represión o el castigo, sino la decisión libre, el conocimiento sustentado e inteligente de las opciones, no hay motivo para la reprobación ni el cuestionamiento hostil. Tampoco se interprete que se promueve la promiscuidad sexual por su valor para la convivencia social o su utilidad en la formación de redes sociales o de mercado.

Simplemente se trata de buscar ser objetivos y de sacar de su marasmo moral al hecho de que los seres humanos somos-especialmente el género masculino- intrínseca y naturalmente promiscuos. Hay hombres homosexuales, heterosexuales o bisexuales a quienes su formación intelectual y psicológica les exige relacionarse sexual y emocionalmente con muchas personas, así como hay quienes sólo encuentran equilibrio, seguridad y estabilidad cobijándose en una relación monogámica. El abanico es muy amplio y las posibilidades infinitas. Finalmente, ambas opciones resultan en la integración del individuo con su entorno social.

 

 

Si uno opta por ser -o en los hechos lo es- un individuo sexualmente promiscuo, está muy bien; no por ello será una mala persona o esa especie de monstruo antropófago "enfermo de sexo". Es una función natural que se impone a nuestro raciocinio y que ante todo nuestro interior demanda ejercer para continuar con vida. Sin embargo, lo que sí es una monstruosidad imperdonable, es no asumir el compromiso de informarse cómo practicar una sexualidad responsable y -sobre todo- placentera, sin importar el número de parejas que elijamos tener. La información preventiva para tener prácticas seguras y una buena salud sexual, existe y es efectiva. Ésta, es válida para quienes viven con VIH o para individuos seronegativos (o no infectados con VIH), para hombres o mujeres, gays o no, y siempre actuará en favor de una sexualidad más placentera y de mejor calidad.

Infórmate sobre cómo es mejor hacer las cosas que haces en la cama, con uno, dos o los que sean; utiliza el condón siempre y correctamente, que su eficacia está ampliamente comprobada; y checa tu salud general por lo menos cada año, para saber hasta dónde llegar con tu(s) pareja(s).

 

Investigación y texto: Paco Calderón, junio de 2009. Para GAY MÉXICO ©