"Soy
tan promiscuo como cualquier humano o animal mentalmente sano.
´Promiscuidad´ no es antónimo de ´monogamia´, como lo plantean los
curas pederastas o la doble moral de los conservadores. Promiscuidad
es lo contrario a la homogeneidad, a la ausencia de diversidad. Soy
diverso, heterogéneo, complejo y, por tanto, soy promiscuo."
Desde
hace unos 15 o 20 años a la fecha, decir que una persona es
promiscua es casi un insulto, una aseveración que denota que
a quien se le atribuye esa cualidad es un hombre o una mujer
de cascos ligeros, un degenerado sexual, una persona poco
confiable e incluso sucia que "se acuesta con todos". El
término "promiscuo" se convirtió especialmente ofensivo y en
un signo de rechazo inmediato desde el surgimiento de la
epidemia del VIH/Sida, en la década de los ochenta, al
equipararle con el hecho de estar infectado y tener la
temible enfermedad.
Nada más erróneo cuando consultamos en cualquier diccionario
que se jacte de serio y entendemos la amplitud y el
verdadero significado de la palabra :
Promiscuidad
f. Convivencia y relaciones sexuales desordenadas de una
persona con muchas otras.
* Mezcla desordenada de elementos diversos,
"mezcolanza"; mezcla, confusión,
diversidad, revoltillo, mezcolanza, amasijo, batiburrillo
Antónimos:
homogeneidad
En abono a la concepción equivocada de la promiscuidad
sexual, la ciencia médica estableció como vector o factor
de riesgo para la adquisición de la inmunodeficiencia humana
el tener una "conducta sexual promiscua" (lo que es
correcto), pero nunca buscó profundizar más
allá ni divulgar su entendimiento, dejando a los detentores y defensores de la buena
moral explicarnos qué es lo que debe entenderse por
promiscuidad. Al haber
omitido incorporar criterios más objetivos y científicos
para explicarnos qué función tiene la conducta sexual
promiscua en lo social, en lo animal e incluso en lo
celular y genético, los galenos que han enfrentado durante tres
décadas al desafiante VIH dejaron surgir y crecer un
agresivo cáncer que ha hecho a la epidemia aún más mortal:
la ignorancia, el prejuicio dogmático de la iglesia y la discriminación
social en contra de
quienes portan el VIH.
Como se ha documentado en incontables estudios
antropológicos y de las más variadas especies animales
(mamíferos, aves, cetáceos, peces e insectos), la conducta
promiscua tiene una función primordial en las relaciones
sociales -como lo demuestran estudios de los macacos indonesios- y en la
transformación genética de los seres vivos para adaptarse
más exitosamente a un medio ambiente en permanente
transformación. La idea de que la
conducta sexual promiscua es mala, contranatural y
peligrosa, fue acuñada por los mismos que deliberadamente le
oponen al concepto de monogamia.
El asunto de la promiscuidad homosexual
Con la irrupción del VIH/Sida en el escenario mundial, a principios
de la década de los ochenta, también obtuvieron visibilidad
pública las conductas sexuales (antes celosamente acalladas) del grupo más afectado por la
enfermedad: los hombres gay. Por su naturaleza de género, el
sexo entre hombres presentó un rostro agresivo que incomodó
a los ojos de muchos, incluso para los que -hipócritamente-
escondían sus pasiones
homosexuales detrás de la fachada del matrimonio
heterosexual sacralizado y de la
monogamia aparente. Promiscuidad y sexo homosexual
establecieron, en la percepción pública, un vínculo casi
indisoluble
La cultural del "gay liberation" estadounidense de
finales de los años setenta, profundamente contestataria y
subversiva (no podía haber sido de otro modo) fortaleció la
percepción de una sexualidad homotípica desordenada,
violenta, caótica... promiscua (como lo presentó
magistralmente la película
Cruising,
del estadounidense William Friedkin).
Y para el regocijo de los moralistas conservadores y de la
iglesia vaticana, llegó el VIH/Sida y en éste pudieron
entonces encontrar la mejor prueba de que la homosexualidad
es un pecado y de que los "castigos divinos" sí existen
(castigos de los que están exceptuados, por supuesto, sus
curas pederastas). Pero, sobre todo, la pandemia fortaleció
la idea de que las relaciones monogámicas son la única
opción posible para realizar el amor, para construir una
familia y para ejercer la sexualidad humana.
En cambio, la conducta promiscua de los hombres heterosexuales
permaneció incólume, resguardada y apuntalada por su
centenario andamiaje machista. Continuó vigente -y hoy
prevalece- una arraigada tradición teológica y jurídica que
otorga a la homosexualidad (en cantidad de versículos y
artículos) la categoría de conducta pecaminosa, antinatural,
indeseable, subversiva y hasta punible socialmente. La
conducta promiscua de los hombres heterosexuales se asumió
culturalmente como algo natural ("así son los hombres,
mujeriegos e infieles") y hasta una cualidad que es motivo
de orgullo ("es bien macho, tiene viejas de a montón"). La
promiscuidad sexual en hombres heterosexuales no pasa de ser
"pecaditos"; en cambio, en los hombres homosexuales es
motivo de condenación eterna del alma y de castigos divinos
(como el VIH/Sida). Esa es, en el fondo, la desafortunada
percepción que subyace en la gran mayoría de las culturas
cristianas en todos los continentes.
Estoy convencido de
que la conducta sexual promiscua, es decir, el hecho de
tener múltiples parejas sexuales de una manera aparentemente
desordenada y caótica, ha sido el detonante para que la
comunidad gay surja como tal, que sus individuos se
encuentren y se relacionen, se organicen grupalmente y -finalmente- luchen
colectivamente por el respeto y la consagración de sus derechos
ciudadanos.
Como se ha concluido a través de estudios
sobre el sexo entre
los macacos (en Kalimantan Tengah, una provincia de
Indonesia, o en Gibraltar, España), o en otras partes del
mundo con especies animales tan simbólicas como los
elefantes, los delfines, las ballenas o los pingüinos -entre
muchos otros-, la conducta sexual promiscua, ya sea
heterosexual u homosexual, es más común de lo que imaginamos
y tiene una función muy clara en la
cohesión social y en el intercambio de valores culturales,
materiales o genéticos. Negar sistemáticamente el valor
social de la promiscuidad, como lo hacen los mensajes cuyo
origen es generalmente un púlpito, es un deliberado atentado
en contra de la cohesión social y de la diversificación de
nuestras formas de agrupación.
Promiscuidad y VIH/Sida
Es indiscutible que, entre más parejas sexuales se tengan,
exponencialmente se es mayor el riesgo de contraer una
enfermedad de transmisión sexual, como el VIH/Sida... o de
quedar embarazada. Pero igual, entre más billetes de lotería
compre, más cercana estará la posibilidad de que salga
premiado; o si doy la mano para saludar a muchísima gente,
es más probable que adquiera una gripa (como el A1 H1N1) o
parásitos intestinales. El problema de la transmisión de
enfermedades sexuales no es exclusivamente la práctica de la
promiscuidad sexual (que durante nuestras vidas la conocemos
en un sinfín de formas), sino la ignorancia y el prejuicio
que resulta de la pesada carga ideológica que se ha puesto
sobre la sexualidad humana.
No se trata de que tener sexo con personas diferentes sea
malo o pecaminoso, ni si la frecuencia con que esto suceda o
no sea la más correcta; lo que sería importante es, primero,
reconocer que ciertas conductas sexuales existen y son
naturales (como la bisexualidad y la homosexualidad), que
son imprescindibles en el equilibrio de la vida sobre este
planeta. Después, hay que identificar en estas conductas las
prácticas que nos hacen más o menos vulnerables a daños
biológicos u otros y, así, aprender a prevenirles y -desde
luego- manejarles creativamente para encontrar nuevos
caminos en la experiencia sensual y en el erotismo.
Hacer lo contrario, sólo ha motivado que el VIH se
fortalezca y encuentre camino fértil en su lucha por
sobrevivir y prevalecer en el medio ambiente (que es lo
natural); su magnitud -hoy más de 33 millones de seres
humanos infectados en el mundo- tiene el tamaño de nuestros
prejuicios respecto de la sexualidad humana y la profundidad
de la ignorancia que han propiciado los detentores de una
moralidad hipócrita. Un signo inequívoco de ello, de que
hemos actuado mal para enfrentar la emergencia sanitaria por
el VIH/Sida, es el prejuicioso significado que le hemos dado
socialmente al hecho de tener sexo con personas diferentes,
al peso moral de ser una persona que lleva una vida sexual
promiscua (y no como se plantea que es correcto, o sea, con
una sola pareja y en una relación monogámica).
¿Promiscuidad funcional?
No se entienda aquí que me opongo a las relaciones sexuales
monogámicas o incluso a la decisión de cualquier persona de
abstenerse y ser sexualmente casto. Mientras el transfondo o
motivo de esta conducta no sea la ignorancia, la represión o
el castigo, sino la decisión libre, el conocimiento
sustentado e inteligente de las opciones, no hay motivo para
la reprobación ni el cuestionamiento hostil. Tampoco se
interprete que se promueve la promiscuidad sexual por su
valor para la convivencia social o su utilidad en la
formación de redes sociales o de mercado.
Simplemente se trata de buscar ser objetivos y de sacar de
su marasmo moral al hecho de que los seres humanos
somos-especialmente el género masculino- intrínseca y
naturalmente promiscuos. Hay hombres homosexuales,
heterosexuales o bisexuales a quienes su formación
intelectual y psicológica les exige relacionarse sexual y
emocionalmente con muchas personas, así como hay quienes
sólo encuentran equilibrio, seguridad y estabilidad
cobijándose en una relación monogámica. El abanico es muy
amplio y las posibilidades infinitas. Finalmente, ambas
opciones resultan en la integración del individuo con su
entorno social.
Si uno opta por ser -o en los hechos lo es- un individuo
sexualmente promiscuo, está muy bien; no por ello será una
mala persona o esa especie de monstruo antropófago "enfermo
de sexo". Es una función natural que se impone a nuestro
raciocinio y que ante todo nuestro interior demanda ejercer
para continuar con vida. Sin embargo, lo que sí es una
monstruosidad imperdonable, es no asumir el compromiso de
informarse cómo practicar una sexualidad responsable y
-sobre todo- placentera, sin importar el número de parejas
que elijamos tener. La información preventiva para tener
prácticas seguras y una buena salud sexual, existe y es
efectiva. Ésta, es válida para quienes viven con VIH o para
individuos seronegativos (o no infectados con VIH), para
hombres o mujeres, gays o no, y siempre actuará en favor de
una sexualidad más placentera y de mejor calidad.
Infórmate sobre cómo es mejor hacer las cosas que haces en
la cama, con uno, dos o los que sean; utiliza el condón
siempre y correctamente, que su eficacia está ampliamente
comprobada; y checa tu salud general por lo menos cada año,
para saber hasta dónde llegar con tu(s) pareja(s).
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