Hablar
de prostitución es siempre un tema controvertido y toca
inevitablemente las fibras
morales de cualquier persona, y, en general, es un tema que desata el desprecio, la
burla y el rechazo social hacia las personas que la ejercen (y, curiosamente,
no así contra quienes la contratan). Es un hecho que, en México y en la gran mayoría
de los países hispanoamericanos, las personas que se dedican a éste,
"el oficio más antiguo de la humanidad", son consideradas
como habitantes
del sub-mundo social, residentes de las cloacas donde los humanos se
transforman en una especie de fauna nociva y, como tales, son
personas confinadas a los márgenes, a zonas de tolerancia pretendidamente
asépticas y a la más profunda oscuridad de las ciudades donde la identidad de los "indecentes" no
es reconocible (sobre todo para la comodidad y beneplácito de los contratantes).
La prostitución es
definida, en términos generales, como
"...
la venta de
servicios sexuales a cambio de dinero u otro tipo de retribución.
Una persona que ejerce la prostitución recibe el nombre de
prostituta o prostituto. Para el caso que esa persona sea mujer
también se usa mujer de compañía o coloquialmente puta, palabra que
conlleva una fuerte connotación despectiva. La versión masculina,
puto u hombre de compañía equivale de forma más formal a la palabra
'gigoló' pero se usa más comúnmente en Europa, pues puto se usa en
varios países de iberoamérica de forma homófoba para referirse a
cualquier homosexual, no necesariamente a quien presta sus servicios
a cambio de dinero." (Ver
Prostitución en
Wikipedia)
Si fuéramos literales
con lo anterior,
muchas relaciones humanas que se establecen en las sociedades actuales están
prostituidas (como bien lo son ciertos tipos de matrimonio
heterosexual); pero hoy sólo se le reconoce como prostituta a
aquella persona que, durante un encuentro específico, intercambia una
cantidad de sexo por una cantidad de dinero (o tarifa). Así, una
prostituta o un prostituto es aquella persona a la que se le
contrata en la calle, telefónicamente, vía Internet o en un antro,
se le lleva a un sitio para tener sexo y se le paga por ello. En la
era de las comunicaciones, las vías y posibilidades de contratación
de este servicio se han multiplicado.
No nos detendremos
aquí a
analizar el papel incluso sagrado que tiene la prostitución en
ciertas culturas o los ritos de iniciación al sexo que, en muchas
sociedades latinas, llevan a cabo los padres con sus hijos varones
en los prostíbulos.
Tampoco buscaremos los motivos por los cuales una persona decide
voluntariamente o se ve forzada a dedicarse a esta actividad, o por qué -a final de cuentas- hay quienes la utilizan
a pesar de su apreciación de que es algo intrínseca o socialmente
malo (a
veces pareciera demasiado obvio). Este artículo simplemente busca
retratar un fenómeno social -el de la prostitución-, situándole para
ello en
un grupo social específico (el colectivo gay de la Ciudad de México) y de cuyas observaciones
pudiéramos derivar conclusiones aplicables a la generalidad.
- Prostitución homosexual en el mundo.-
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Al igual que la
prostitución heterosexual, la prostitución homosexual está presente
hoy en prácticamente la mayoría de las principales ciudades del
mundo en los cinco continentes. Por otra parte, también, hay
referencias al fenómeno para casi cualquier etapa de la humanidad y
en todas las culturas, y hay que decir que algunas de estas
historias de prostitución masculina resultan sublimes (pienso en algunos pasajes de los
griegos, los macedonios y los persas, en el período clásico) y que otras son hasta mundanas, pero no
menos fascinantes (como los relatos de Jean Genet sobre bellos
marineros o prostitutos parisinos).
Sin embargo,
muchas de estas historias que involucran a varones
homosexuales comparten entre sí la característica de ser
escenas furtivas, poco difundidas, florecidas en la más
perfecta clandestinidad y a contracorriente de los
convencionalismos y la visibilidad social. |
El
sentido social de la prostitución masculina -y quizás también de la
femenina- conserva hasta mediados del siglo XX un velo de misticismo
que, incluso, le justifica y le engrandece (pues es intrínsecamente
subversiva y, como tal, tiene un vínculo indisoluble con el progreso
y con la libertad). En México, el famoso
compositor e intérprete naturalizado veracruzano, Agustín Lara, es
quizás el ejemplo más destacado de esa valoración casi sacra,
dramática y hasta con causa social, que se hizo de la prostitución
femenina a mediados del siglo pasado.
Sin embargo, cuando en
la década de los años setenta sobreviene la
Revolución Sexual
y los movimientos de
liberación gay (principalmente en Inglaterra, Francia y los Estados
Unidos de Norteamérica), la prostitución homosexual adquiere
dimensiones hasta esos días impensables y un carácter más abierto,
mucho más vinculado al intercambio capitalista y a la economía de
mercado. Así, la actividad es arrancada de la clandestinidad y es
llevada a los vistosos aparadores donde se exhiben los productos más
exquisitos que despiertan el apetito de los ansiosos consumidores.
En las principales ciudades de la Unión Americana -como Los Ángeles,
Nueva York, San Francisco, Houston o Miami- y en algunas capitales
europeas, comenzó a ser común la publicación de "guías gay" para dar
a conocer los sitios de reunión de la comunidad homosexual local,
pero también empezaron a publicarse ahí llamativos anuncios de
agencias de "hustlers" (o prostitutos gays).

Finalmente, los
varones con preferencias homosexuales contaban ya con un servicio
semejante al que, para esos años, tenían a su disposición muchos
hombres heterosexuales que contrataban fácil y rápidamente a chicas
prostitutas que se anunciaban en las revistas pornográficas. También
en aquellos días, en los años setenta, surgieron verdaderos paraísos
de la prostitución (tanto masculina como femenina) en países
asiáticos; el principal ejemplo es Tailandia, cuya capital -Bangkok-
montó una verdadera industria de la prostitución para los visitantes
extranjeros y que, años más tarde, le llevaría a ser la región más
golpeada por el VIH en aquel continente. Así pues, el acceso a
la prostitución fue entendido como parte de esa libertad que el
movimiento gay comenzó a ganar.
- Prostitución gay en la Ciudad de México.-
Si hacemos una
investigación hemerográfica sobre el fenómeno de la prostitución
masculina en México, encontraremos referencias aisladas sobre
personajes intrépidos y poco frecuentes en el panorama urbano del
país. El conocido diario de la nota roja, el Alarma, refería
ocasionalmente crímenes en los que estaban envueltos "lilos" o "mujercitos",
algunas veces dedicados a la prostitución. Sin embargo, no parece
haber una clara línea fenomenológica que nos indique a la
prostitución masculina como una actividad visible en el México del
siglo XX. Si la existía -lo que es seguro-, ésta se daba de
manera muy marginal y en una clandestinidad a la que muy pocos
tendrían acceso, ya sea por su carácter exclusivo o debido a su
sordidez inaudita. Lo que sí es un hecho, es que no existe en la
"historia rosa" de México ningún personaje destacado por ser un
prostituto homosexual (sino, quizás, hasta Adonis García, "El
Vampiro de la Colonia Roma", o -más
recientemente-
Viktor
"el Ruso", como lo asegura Lara Ripoll en
un interesante artículo sobre prostitución masculina publicado en
La Jornada,
en el año 2002. Aunque quizás habría que considerar a Alfredo
Cervantes Landa, sexoservidor que saltó a la fama en el 2007 por
haber atacado cobardemente y lesionado al conductor de televisión
Fabián Lavalle); y sí, en cambio, hay decenas de historias
de mujeres de la vida galante que posicionan a la prostitución
femenina en un sitio específico y hasta relevante de nuestra
historia (y de ello da amplio testimonio el cine y la música
vernácula mexicana).
No es sino hasta la
década de lo setenta cuando, gracias a las denuncias públicas de la extorsión
policíaca en las calles de la Ciudad de México, el fenómeno de la
prostitución gay comienza a adquirir cierta visibilidad a los ojos
del resto de la sociedad.
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Los vacíos y la ambigüedad de las leyes al
respecto en el Distrito Federal, permitieron durante muchos años incontables abusos por
parte de la policía en contra de hombres que se dedicaban a la
prostitución en la vía pública y, desde luego, también en perjuicio de
quienes les contrataban.
La amenaza de
hacer saber a sus familias sobre la práctica de la
prostitución (ya fuera como vendedor o comprador) y,
peor aún, respecto de su homosexualidad, obligaba de
inmediato a estas personas a incurrir en una conducta que sí es un crimen
perfectamente tipificado (pero poco castigado en México): el soborno
de servidores públicos. Ya en años recientes, en la
Ciudad de México, una gran cantidad de clientes de la
prostitución gay han venido siendo víctimas del crimen
organizado y de una perversa alianza entre prostitutos y
policías.
Sucede que el cliente
sube a su auto a un chico "sexoservidor" (eufemismo de
prostituto) y, una o dos cuadras
adelante, son detenidos por una patrulla de la policía capitalina
para recibir amenazas y extorsiones; los policías simulan llevarse
al prostituto a la delegación, pero en realidad se reparten el
producto de la extorsión al cliente y, desde luego, repiten la
acción una y otra vez más. Jugoso negocio, ¿no?
Existen infinidad de relatos de personas que
han sido extorsionadas, violadas, golpeadas y hasta encarceladas por
prostituirse en la vía pública o, también, por contratar a estos chicos.
Una referencia muy valiosa de esta práctica en los años setenta es el
famoso libro del escritor gay guerrerense
Luís Zapata, El Vampiro
de la Colonia Roma, que relata algunos pasajes novelados de la vida de Adonis García, un
famoso prostituto del Distrito Federal al que, efectivamente, se le veía caminar
en la búsqueda de clientes -mostrando bajo su pantalón un miembro
escandalosamente grande- allá por las calles de
Aguascalientes e Insurgentes (donde está una tienda Sanborn´s), en la colonia Roma; todavía a principios de los años
ochenta, Adonis andaba activo en el negocio y, como muchos otros "chichifos", cotidianamente enfrentaba
los abusos de policías que encontraban en este mercado carnal una
enorme oportunidad para hacerse de ingresos adicionales fáciles. |
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Durante los años
setenta y gran parte de los ochenta, la prostitución gay en la
Ciudad de México se situó en la famosísima "Esquina Mágica", ubicada
en la intersección de la Avenida de los Insurgentes y la Avenida
Baja California, en la colonia Roma, justamente afuera del Cine de
las Américas. Por mucho tiempo, fue el sitio favorito de clientes
gays de todas las edades y con cierto poder adquisitivo y, desde
luego, el de chicos con apariencia varonil dedicados a la venta de
placer. Decían los bien informados que se le dio este nombre a la
prodigiosa esquina porque, cuando uno conducía por ahí de noche o en
la madrugada, se veía a uno o dos chicos parados y aparentemente
esperando al transporte público (muy escaso o prácticamente nulo a
esas horas); pero, al volver a pasar por ahí a los pocos minutos,
los más guapos ya
habían desaparecido como por "arte de magia". Ya durante la segunda
mitad de la década de los ochenta el lugar se transformó y comenzó a
ser frecuentado por "vestidas" (travestís callejeros), que atraían a
otro tipo de clientes, más violentos y poco identificados con el gay
común. Después, con la apertura de una estación del metro y con la
invasión de los puestos de vendedores ambulantes, la "Esquina
Mágica" pereció definitivamente.
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También sobre la
Avenida de los Insurgentes, pero en su intersección con la Avenida
Félix Cuevas, en Mixcoac, se ejerció la prostitución gay por más de
una década. Comenzó como un punto de encuentros casuales, de ligues
callejeros, porque a escasos 100 metros de ahí fueron abiertos un
par de antros (el L´Barón y El Vaquero) que -a
diferencia del mejor bar de la Zona Rosa, El Nueve- cerraban
sus puertas hasta el amanecer. La movida esquina cayó por su propio
peso a mediados de los años noventa, pues la paulatina y descarada complicidad entre los
prostitutos y las patrullas de la policía terminaron por ahuyentar a
los muy numerosos clientes.
Algunos otros frecuentaban la prostitución en la
Alameda Central y en el monumento a José Martí, en el Centro
Histórico de la ciudad; ahí se podía
encontrar a jóvenes militares que salían francos (en su día de
descanso) o a chicos proletarios que -en ambos casos- habían
encontrado en la prostitución un ingreso monetario adicional.
Indudablemente, a muchos les resultaba muy atractivo este tipo de
chicos, nada parecidos a los sofisticados jovencitos gays a los que
se veía en la Zona Rosa o en los antros.
También, afuera del restaurante Sanborn´s del Ángel y en las
calles aledañas a la Embajada Norteamericana y al Hotel Sheraton, a
un lado de la Columna de la Independencia, en la acera
lateral del Paseo de la Reforma, fueron sitios muy
socorridos por todo tipo de prostitutos gays (incluso
"vestidas") y por clientes ansiosos de sexo ocasional.
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Con el tiempo, a estas calles también llegaron las
extorsiones policíacas y los asaltos orquestados por el crimen
organizado, lo que hizo que clientes y muchos vendedores de sexo emigraran
a unas cuadras más hacia el poniente del Paseo de la Reforma, allá
por los alrededores del edificio que alberga las oficinas centrales
del Instituto Mexicano del Seguro Social, entre las calles de
Hamburgo, Lieja y Florencia. Actualmente y ya desde hace varios años
atrás, esta zona de prostitución
gay experimenta el mismo fenómeno que se ha repetido desde los años
setenta en las calles de la ciudad: abusos y extorsiones por parte
de las fuerzas policíacas en
contra de los prostitutos y de sus clientes, primero, y,
posteriormente, el establecimiento de vínculos de complicidad entre
algunos prostitutos y los policías corruptos en afectación directa o
en contra de los clientes.
Si bien ha habido
esfuerzos aislados de personas u organizaciones por denunciar estos hechos y
pretendidamente buscar defender a los sexoservidores de estas zonas de la
ciudad, lo cierto es que no lo han hecho como un trabajo socialmente
comprometido y que, en última instancia, sólo han buscado cooptar a
estos chicos para constituir provechosos negocios (agencias de
sexoservicio), como la llamada "Sexy-Clean" (chicos rentados
como sirvientes domésticos y sexuales) o la que existió durante algún tiempo en el Hotel
Ámbar (en la calle de Pino Suárez) y, después, en el portal Web de
un magazine gay. Al parecer, el único tipo de "Unión" que
está teniendo resultados en la defensa de los sexoservidores, tanto
heterosexuales como gays, es aquella que surge de los mismos actores
de la prostitución y en la que no existe la intermediación de
tramposos oportunistas o pretendidos líderes sociales.
- Prostitución gay "indoors".-
Con el avance y
profundización de la crisis económica en el país, la práctica de
subir al auto a cualquier desconocido en la calle se volvió
algo altamente riesgoso para los gays de las clases medias y altas.
Se comenzó a escuchar -cada vez con más
frecuencia- sobre asaltos, golpizas y hasta asesinatos en contra de personas
conocidas y por parte de supuestos ligues callejeros. La prostitución
en la vía pública se transformó en una actividad verdaderamente
peligrosa tanto para los vendedores como para los compradores de
sexo; en consecuencia, quienes no querían correr riesgos
innecesarios, pero gozaban enormemente de contratar sexoservidores,
emigraron a otros espacios donde la prostitución gay sí daba
garantías de seguridad para ambos: las agencias de sexoservicio
(había quienes bromeaban por la creciente inseguridad en la ciudad y
decían que: "los taxis, de sitio; y los
chichifos, de
agencia").
Quizás la primer
agencia de prostitución gay de la que tengamos memoria en la Ciudad
de México, fue aquella que era propiedad del famoso drag-queen
conocido como "la Xóchitl", allá a finales de los años setenta; sin
embargo, ese discreto edificio de la colonia Verónica Anzures en realidad
era un burdel de mujeres prostitutas y sólo excepcionalmente su
dueño -Gustavo- hacía muy discretos negocios con algunos de sus clientes
(políticos del régimen lopezportillista) proporcionándoles los
servicios de sus guapos escoltas (como los famosos gemelos rubios o
el moreno de cejas pobladas Salvador) o de despampanantes travestís
traídos desde el Puerto de Veracruz o de Jalisco.
Sin embargo, las referencias que
tenemos de una agencia dedicada exclusivamente al servicio de
varones homosexuales se remontan hasta mediados de los años ochenta,
donde un personaje de nombre "Dante" se anunciaba en los avisos de
ocasión de las nacientes revistas gays de la ciudad (como el
Macho-Tips o el Hermes) ofreciendo abiertamente servicios de prostitución
(o "acompañamiento"). La
mecánica era simple: le llamabas por teléfono, te describía al o a
los chicos disponibles, establecía la tarifa y te pedía tu número
telefónico para confirmar el trato; a los pocos minutos te regresaba la llamada, pedía la
dirección del encuentro y te enviaba al chico a la hora acordada. Cogías, pagabas y se
iba. Usualmente, la comisión que el dueño de la agencia (o "lenón")
acordaba con el prostituto, iba entre el 40 y el 50% de la tarifa
cobrada al cliente. Como es lógico, muchos de estos chicos
establecían contacto directo con el cliente para no tener que
compartir comisiones con el intermediario; más adelante, a mediados
de los años noventa y saliendo de la clandestinidad, surgirían
prostitutos dueños de su propia empresa, de su propio nombre (Viktor
"El Ruso", Shelton, Martel y otros) y -más importante- con su propia
cartera de clientes.
Poco a poco, y
apoyados por una naciente industria editorial gay, a lo largo de los
años noventa fueron surgiendo
nuevas agencias de prostitutos (ahora llamados eufemísticamente
acompañantes -o escorts-, sexoservidores o masajistas). Sin embargo,
éstas comenzaron a decaer y a desaparecer ante la llegada a México
de dos importantes avances tecnológicos: el teléfono celular y la
Internet.
El teléfono celular le
dio la posibilidad a los sexoservidores de hablar con sus clientes
en cualquier lugar y a cualquier hora, pero -sobre todo- de
olvidarse por completo de la intermediación y el pago de comisiones
a un lenón o a una agencia. Nuevamente apoyados por los editores de
revistas gays, pero también de otras publicaciones impresas (como la
sección de "masajistas" de
Tiempo Libre),
comenzaron a verse anuncios individuales de chicos ofertando sus
servicios y con su número de teléfono celular para contactarles
directamente. Por su parte, la Internet ha significado también una
transformación sustancial en lo referente a la prostitución
(heterosexual y gay), ya que ha propiciado nuevas y diferentes vías
de comunicación entre los vendedores y los compradores del servicio.
Actualmente, si quieres contratar a un prostituto, sólo tienes que
salir a la calle para comprar los condones; al chico lo consigues
desde la comodidad de tu hogar. Así de simple.
Por su parte, existen
dos modalidades para acceder a servicios de escorts (como
actualmente está de moda llamarle a los sexoservidores) utilizando
la Internet: consultar la sección correspondiente en los principales
portales gays del país o la localidad de que se trate, y ver ahí la
oferta disponible; o acceder directamente al book o
portafolio virtual de un chico determinado. En cualquier caso, ambas
partes, el cliente y el prestador del servicio, cuentan hoy con
mayores garantías y disminuyen el riesgo de que la transacción
traiga consigo sorpresas inesperadas. Como es lógico, estos avances
tecnológicos -el teléfono celular y la Internet- trajeron consigo
enormes beneficios económicos para los sexoservidores, pero también
para los clientes que ahora sacaban de la negociación a ese incómodo
tercer actor de la prostitución callejera: la policía corrupta.
- Prostitución y legalidad.-
En México, han surgido
diversas iniciativas locales para legislar sobre la actividad de la
prostitución, quizás debido a las crecientes denuncias de corrupción
y violencia policíaca en contra de quienes la ejercen, o tal vez
para regular un mercado en el que fluyen cuantiosos recursos
económicos. Lo que sí es un hecho innegable, es que -como en muchos
ámbitos de la actividad social- es necesario configurar con
precisión, reconocer y dar certeza jurídica a una realidad por demás
vigente y actuante.
Cálculos conservadores
de los diputados de la fracción del Partido de la Revolución
Democrática (PRD) en el Distrito Federal, indican que alrededor de
40 mil personas ejercen la prostitución sólo en esta ciudad; las
premisas fundamentales de la iniciativa -presentada por Juan Bustos,
presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Asamblea
Legislativa- radican en “reconocer
la dignidad de las personas que realizan el servicio de sexo”
y establecer la “obligación del Estado, que debe atender y
brindarles toda la asistencia social a la que tenemos derechos
todos". El primer paso del proyecto de Bustos sería la
anulación del artículo de la Ley de
Cultura Cívica del Distrito Federal que considera una
“infracción contra la tranquilidad de las personas invitar a la
prostitución o ejercerla, así como solicitar dicho servicio” y que
fija sanciones económicas para su práctica.
Sin duda, legislar en
la materia sería un gran avance para dar seguridad no sólo a los
miles de mujeres y hombres que, por uno u otro motivo, ejercen la
prostitución en la Ciudad de México; sino, también, significaría
erradicar la enorme corrupción policíaca y judicial que -hoy por
hoy- vive de la ilegalidad, la indefinición o la ambigüedad jurídica
de esta actividad.
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Seguramente, hay y habrá la romántica
argumentación de que cómo es posible querer dar una dimensión
mercantilista al sexo o a los sentimientos humanos; pero, a final de
cuentas, en los hechos existe un intenso intercambio de servicios
sexuales y retribuciones económicas que nada o poco tienen que ver
con la tan convenientemente invocada dignidad humana. Las personas
que ejercen la prostitución así como quienes la contratan, a pesar
de lo que muchos piensen o digan, tienen tanta o más dignidad que
aquellos que se jactan de llevar relaciones monogámicas o
matrimonios felices (¡hipócritas!); muy seguramente a quienes
deberían hablarles de dignidad es a aquellos miembros de las fuerzas
policíacas o a los abogados de barandilla del Ministerio Público
que, repetida e históricamente, han hecho del abuso en contra de
sexoservidores y ciudadanos comunes un negocio con el que llenan las
panzas de su nefasta descendencia. |
El día que sea
reconocido el fenómeno de la prostitución como un componente
socialmente funcional (y hasta necesario), entendiéndole sin la
contaminación de visiones conservadoras y retrógradas de supuesta moral y ética, será cuando como sociedad demos un paso hacia adelante en
la consolidación de garantías para respetar los derechos humanos y ciudadanos de miles de
personas trabajadoras del sexo. Más aún, dicho reconocimiento dará paso a la
consolidación, legalización y regulación de un mercado que puede aportar
incontables beneficios a la sociedad en su conjunto a través no sólo del
pago de contribuciones y/o impuestos públicos, sino mediante el
derribo de tabúes inútiles que sólo han escamoteado información
vital para comprender a la sexualidad humana en plenitud. También, la
naciente industria mexicana
de la pornografía, por ejemplo, prosperaría y saldría de la
clandestinidad que hoy le oprime y le hace sucumbir ante la
aplastante competencia del mercado norteamericano; con reglas claras
los beneficios alcanzarían a muchos. En fin, es
incuestionable que son mayores los beneficios a los perjuicios que
traería consigo el legislar sobre una actividad que -a final de
cuentas- existe y se realiza a pesar de cualquiera y de todos.
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