El final del Verano y comienzo del Otoño de 2005 ha sido, sin duda alguna, una desastrosa temporada para México en cuanto a calamidades humanas causadas por huracanes o tormentas tropicales. El paso del temporal Stan, desde el Golfo de México hasta el Océano Pacífico y a través del territorio nacional, dejó en el país inundaciones, destrucción y pérdidas humanas y económicas, y ya algunos han comparado sus efectos con los de otro fenómeno natural que permanecerá en la memoria de la humanidad: el tsunami de diciembre de 2004 en Indonesia, la India y otras regiones del océano Índico.

También recientemente, el huracán Katerine devastó enormes extensiones de la ciudad de Nuevo Orleáns, el los EEUU, inundándola repentinamente en más de un 80% de su territorio y evidenciando la impericia del gobierno del país más rico del mundo para manejar la emergencia sufrida por sus ciudadanos ante el embate de la naturaleza. La ausencia de recursos gubernamentales para establecer las medidas de seguridad ya identificadas para la zona de Nuevo Orleáns, magnificó los terribles efectos de Katerine y esto, en poco tiempo, ha costado al presidente Geroge Bush Jr. una pérdida estrepitosa de su popularidad.

Creo que para nadie son ajenos los desastrosos eventos que señalo, pues en prácticamente todos ellos los medios de comunicación del país y del mundo (especialmente los noticieros televisivos y radiofónicos), vimos o supimos, minuto a minuto, del desastre y el sufrimiento de miles y miles de personas, afectadas gravemente por el implacable avance de las fuerzas de la naturaleza.

¿Cómo olvidar las imágenes del mar entrando a los frágiles asentamientos de Banda Aceh, en Indonesia, llevándose precarias casas de un solo golpe, completas y, con ellas, la vida de cientos de seres humanos?; ¿cuántas veces vimos en nuestra TV a la célebre calle de Bourbon, totalmente sumergida bajo el agua, y a familias enteras de negros y latinos refugiados en los estadios deportivos de la ciudad?; ¿y quién no recuerda las imágenes de las precarias casas en los alrededores de Tapachula, siendo destruidas y arrastradas con fuerza inusitada por la furiosa corriente del los ríos que rodean a esa población de las faldas del Soconusco?, ¡Dios!, ¡piedad!...., ¿qué hemos hecho para merecer este castigo?... 

 

 

¿Jinetes del Apocalipsis o devastación exacerbada de los recursos naturales?

Es un hecho que el tan advertido cambio climático y el calentamiento del planeta ya están aquí y es cierto que comenzamos ya a ver sus impredecibles efectos sobre la vida y el destino de todas las criaturas de la tierra. Recientemente, por ejemplo, en las noticias dijeron que los científicos acusan un adelgazamiento del hielo en el Polo Norte del orden del 30%, lo que ha sucedido tan solo a lo largo de tres décadas y cuyas causas aún no entendemos ni asumimos del todo. Y qué decir del ensanchamiento del agujero en la capa de ozono. O constatar que, justamente en esta ciudad en la que vivo, la capital mexicana, millones de personas cuentan hoy con un acceso restringido y poco salubre al agua; que además estamos a punto de -literalmente- hundirnos entre nuestros desechos, cada vez más nos sentimos exacerbados, excitados, por un consumismo que maximiza nuestra capacidad de defecarlo todo, ¡de cagarla, pues!

 Bueno...., el breve recuento de estas calamidades, tan cotidianas ya que hasta nos acostumbramos a ellas, es para destacar al lector lo que es -desde mi punto de vista- el común denominador en todas estas historias que protagonizamos y presenciamos a través de los medios: los más afectados siempre son los hombres y mujeres más pobres de las comunidades.

Las cifras de los daños padecidos por estos desastres "naturales", son siempre referidas a miles y millones de personas, y cuando vemos sus rostros, vemos a gente que pertenece a segmentos de la población que están marginados, alejados de las recompensas de un sistema de vida pensado para premiar sólo a algunos. No es una casualidad que la epidemia del SARS o la nueva gripe aviar surjan en Asia, o que el SIDA o el Ébola esté mermando ya a más de la mitad de la población africana..., ¡vamos!, como tampoco es casual que los más afectados por el paso de Stan por Chiapas, Oaxaca, Puebla y Veracruz, sean aquellos cuyo ingreso y poder adquisitivo no les permite adquirir una vivienda en tierras diferentes a las barrancas o a los cauces de los impredecibles ríos.

 

 

En Chiapas, el paso de las lluvias es desastroso ya desde la década pasada (recordemos 1998), y lo continuará siendo en los años por venir, porque las condiciones están dadas y porque nadie -o casi nadie- dice ni hace nada por revertir sus causas. Si el agua baja furiosa por las montañas y ríos, en cantidades y velocidades superiores a las hasta hoy conocidas, es simplemente porque allá arriba, en la montaña húmeda, hemos acabado con los bosques y con sus majestuosos árboles que retenían, administraban y dosificaban el ciclo del agua, a través de verdaderas redes hidráulicas incrustadas en la geografía de esa antes rica región del país.

 

 

Si los golpes de creciente de los enfurecidos ríos hoy se llevan a cientos de familias entre sus fauces, es porque no se les permitió construir su morada en un mejor lugar y porque, además, y así lo pareciera, se les hizo perder la memoria de la naturaleza misma de las cosas, de cómo funcionan las entrañas de la propia tierra. Muchos de los actuales pobladores de las riberas y tierras bajas de la costa chiapaneca, ya habían sido golpeados en 1998 por otro furioso descenso de enormes cantidades de agua desde lo alto de la sierra; a pesar de ello, pareciera que la memoria de la gente es cada vez menos prolongada y volvieron a construir en los mismos sitios.

Como con las víctimas del tsunami, en Indonesia, que olvidaron que el mar a veces se las gasta así y, por lo mismo, había que vivir -en la medida de lo posible- alejados de la playa, también a muchos hermanos chiapanecos y guatemaltecos asentados en la región de la costa se les olvidó que la sierra del Soconusco es una enorme fábrica de agua, en cuyos bosques de niebla habitaban árboles, plantas y criaturas encargadas de equilibrar las fuerzas de la vida. Desafortunadamente, estarnos convirtiéndonos en desmemoriados de manera tan acelerada, nos ha costado ya, a la fecha, la pérdida de más de las dos terceras partes (76%) de los bosques y las selvas chiapanecas. Ello, en consecuencia, ha reducido la capacidad del planeta para regular el ciclo del carbono (a través de los árboles y la capa vegetal), favoreciendo el calentamiento de la atmósfera y un cambio en los patrones climáticos, con consecuencias aún difíciles de pronosticar.

 

 

La gran mayoría de los medios de comunicación en México, no han sido analíticos ni explícitos respecto a las razones de fondo de la desgracia: la marginación social, la devastación de los recursos naturales y el cambio climático, entre otras causas más. En la TV sólo podemos ver, arrasados por el paso del agua, barrios marginales asentados en los bordes de los ríos, en barrancas notablemente afectadas, sin servicios y construidos con el sentido más literal de la precariedad. Por causa de las lluvias de la temporada, los pobladores de estos barrios de alto riesgo sufren "castigos divinos" sin saber explicarse por qué lo quiere así Dios. "¡Debe ser ya el Apocalipsis!", dirán los dirigentes adventistas, cristianos, evangelistas y de las demás sectas religiosas que operan en Chiapas. Es mejor sentirse la víctima y no reconocerse como el victimario. Y se aferran todos los pobladores al lugar donde están, esperando se apiade de ellos el Señor, porque no tienen otra opción en la vida..., ¡porque esa es su casa!; a final de cuentas, ahí están sus empleos, como peones de los mismísimos aserradores que se comen al bosque y a la selva, para sembrar y cuidar ganado; ahí nacieron sus hijos y, a pesar de todas las calamidades, la vida les da con qué y a veces hasta para qué. Es un círculo perfecto, es la serpiente que se devora a sí misma por la cola....

Me alarma que esta tarde hable con Miguel Ángel, un estupendo amigo de la ciudad de Tapachula, en Chiapas, quien me asegura que la magnitud del desastre es aún más grande de lo que ha dicho el gobierno o los medios. Miles de personas son las desaparecidas y los daños económicos, extendidos por toda la región de la costa, aún están por cuantificarse. Como siempre sucede, nadie se explica por qué dice las cosas que dice el presidente Vicente Fox, quien de milagro no ha muerto atragantado y ahogado con su propia lengua.

 

Gays, marginación social y desastres selectivos...

Foto de Paco Calderón, 2004

En mi ciudad, gran laboratorio del país, han sucedido y suceden eventos similares, que desnudan las inequidades en la distribución de los beneficios de la riqueza y el trabajo. La radiografía de la marginación en alto contraste.

Gran parte de la población marginada de la ciudad que vive en la zona poniente de la gran mancha urbana, ha construido sus casas en zonas geográficas de alto riesgo y vulnerabilidad ante el clima, pues o no han tenido de otra por sus escasos ingresos o han caído en las garras de defraudadores y especuladores inmobiliarios. Las casas asentadas en barrancas, generalmente las más humildes, han sido arrastradas ya en innumerables ocasiones por la fuerza del agua que traen las lluvias y que baja precipitosamente por aquellos accidentados cauces, deforestados y seriamente afectados. Más recientemente, en años pasados, se sumaron a los afectados por las lluvias y deslaves de tierra algunas residencias y edificios de nivel medio, construidos irresponsablemente en estos pliegues naturales de nuestra geografía. Y mientras la ciudad crece sobre sus montañas, ...bueno, las gallinas de arriba seguirán cagando a las de abajo, y entre menos bosques tengamos, mayores serán los escurrimientos de las lluvias que afecten a los terrenos bajos. Es una ley de la física.

En contraste, del otro lado del Valle de México, en la zona geográfica y económicamente más deprimida de su territorio, donde en alguna época se asentaba un fértil brazo del gran lago, en Iztapalapa, el agua potable hoy de plano ya ni llega a diario o su calidad es francamente atemorizante. Ésta, quizás, es la manifestación más transparente de la marginación social que padece el Distrito Federal, capital del país: la inequidad en el acceso al agua, al líquido más vital para cualquier ser vivo. 

En nuestro esquema actual del desarrollo, en la cultura contemporánea del progreso social conducido por las fuerzas del mercado libre, no sólo es el fenómeno de la pobreza lo que está confinado a determinados límites y espacios de las ciudades, empujando a sus miembros a habitar en casas miserables las barrancas y los cauces de ríos impredecibles y feroces; sino también, declararse y presentarse como diferente a las máximas de lo que es normal, como por ejemplo ser abiertamente gay, nos ubica y empuja a habitar en puntos determinados de una geografía plagada de discriminación y exclusiones aberrantes. El espacio público, las calles y plazas donde los hombres y mujeres gays podemos expresarnos, reunirnos, conocernos y hasta enamorarnos, se fracciona tajantemente y nos deja transitar sólo en aquellos rincones en los que gobierna una tolerancia apretada, hipócrita, acotada y eternamente vigilada.

En la Ciudad de México, el lugar de los gays es la Zona Rosa; en Madrid, el barrio de La Chueca; en Nueva York, el Village y Chelsea; en San Francisco, el barrio de Castro; en Houston, las calles de Montrose; en La Habana, los cafés y calles de Vedado... Fuera de sus límites, de las calles y los antros, de ciertas banquetas y del movimiento perfectamente bien aislado, no existimos....., no somos visibles....

Y este confinamiento deliberado de los gays a ciertos espacios del entorno urbano que hace la sociedad, no está exento de peligros y vulnerabilidades semejantes a los que padecen cientos y miles de pobres, habitantes de las barrancas y cauces de ríos en tantas ciudades de México y el mundo. Los desastres han sucedido ya y hasta resultaría ocioso contarlos: la epidemia del VIH/Sida -por ejemplo- ha matado a millones de hombres gays, por un desconocimiento y falta de atención institucional a las particulares necesidades de salud de este sector de la población, y la investigación médica y farmacéutica no se realizó oportunamente por tener que sacudirse primero de tabúes muy arraigados con relación a las conductas y relaciones homosexuales. De haberse considerado la atención al VIH/Sida como una prioridad tanto para los gobiernos como para las empresas farmacéuticas de los países del llamado Primer Mundo, quizás los avances en su tratamiento y eventual curación hoy serían mayores, tanto cualitativa como cuantitativamente. Pero no es así, a pesar de que la epidemia ha avanzado ya sobre más de la mitad del continente africano.

En fin, pareciera que estamos sumidos en un nuevo oscurantismo en el que hemos perdido la capacidad de imaginar un mejor orden de nuestra vida en sociedad; entendemos por democracia lo que nos es permitido expresar sólo a través las rígidas estructuras del engranaje jurídico e institucional, olvidándonos de imaginar y desafiar a lo que está más allá de nuestras propias limitantes.

Yo invito a quienes se han detenido a leer estas notas a ser, efectivamente, solidarios con todas esas personas que han perdido sus pocos y precarios bienes materiales en las zonas de desastre (¡odio escuchar decir que lo "han perdido todo"!, pues en realidad no es así). Si pueden hacerles llegar ayuda a través de los centros de acopio, háganlo solidariamente y sepan que esto les hará sentir un poco más cercanos a su realidad. Pero no nos quedemos ahí, en la conmiseración autocomplaciente, en la aceptación de que las cosas suceden por la actuación de un Dios iracundo y castigador, o por causa de fenómenos metafísicos que -pensamos- jamás llegaremos a comprender.

No. Mejor, analicemos las fracciones de esta realidad delicadamente interconectada, vinculada en múltiples planos de lo que nos es cotidiano ...y a veces rota. Tratemos de comprender y explicarnos lo que, por reiterado, nos resulta imperceptible, y comencemos a respetar en verdad la diversidad que nos constituye como parte viva de un planeta con reglas y equilibrios. Preguntémonos qué estamos haciendo de mal al medio ambiente, y qué puede pasar de seguir sosteniendo, como lo venimos haciendo, irracionales patrones de consumo y de depredación de los recursos naturales. Reflexionemos sobre los espacios en que habitamos, en nuestra capacidad de expresar las emociones y de ejercer, libre y responsablemente, las decisiones que consideramos como las más adecuadas.

Para ganarse un mejor espacio para vivir la vida, lejos de las riesgosas barrancas y los impredecibles cauces de los ríos, fuera de los ghettos y de los estrechos  márgenes de la normalidad, a veces hay que subirse al satélite y ver y estudiar, desde allá arriba, cómo pintan y parecen ser las cosas.

Paco Calderón / Octubre de 2005 ...en algún lugar de México


Fuentes:

http://www.google.com

http://www.editoriallapaz.org/maremoto.htm