Recuerdos de mocedad.-

Me parece que -para la mayoría de nosotros- los recuerdos de la infancia y de la temprana juventud en el colegio, dentro de las aulas y, aún más, en el patio escolar, son evocaciones vívidas, imborrables y recurrentes a lo largo de toda nuestra vida. Nuestras memorias de las interminables horas de clases, de las monótonas lecciones y del rostro de nuestros maestros en el Jardín de Niños, en la escuela primaria o secundaria, han sido sin duda alguna formativas y de gran influencia para nuestro carácter y forma de proceder en la vida como adultos. Así también, inolvidables son aquellas escenas de la hora del recreo o cuando, ansiosos, esperábamos escuchar el sonido de la campaña y, por fin, podíamos abandonar temporalmente la férrea disciplina del aula. Era una hora gratificante, pues podíamos encontrarnos con los que eran semejantes a uno mismo, niños o jóvenes entonces, y entregarnos despreocupados al aparente caos, al bendito desorden en el que se convertía el patio escolar en un lapso de tiempo largamente esperado. El recreo era para la mayoría de nosotros el momento más ansiado de todo el día; para otros, no hay duda, el más temido...

Recuerdo con claridad que la hora del recreo escolar era el espacio en el que los alumnos podíamos interactuar regidos por nuestros propios instintos, gobernados por nuestras reglas íntimas y no escritas, ...y desde luego, por ello a veces también éramos reprimidos por el prefecto del orden. Teníamos la posibilidad entonces de literalmente relajar la disciplina impuesta por el maestro, recrearnos con toda libertad a nosotros mismos, compartiendo con los compañeros de enseñanza la luz del sol y el aire libre, practicando diversos juegos tradicionales, protagonizando enfrentamientos apasionados o propiciando acercamientos fraternales. Poniendo siempre por delante nuestro sentido de pertenencia a un grupo primario, reafirmando los valores que traíamos en nuestro equipaje desde el seno de cada una de nuestras familias (fueran éstas tradicionales o no), todos buscábamos afanosamente las semejanzas y rechazábamos o nos sentíamos atraídos por las diferencias entre nuestros compañeros de la escuela.

El recreo escolar era el tiempo y lugar donde se tejían importantes alianzas individuales cuando niños, era el espacio donde se forjaba la solidaridad social o nacía la admiración y el amor por el semejante (no miembro de la familia de origen). Pero también, el patio escolar era el sitio en el que había la oportunidad de burlar al orden y las reglas establecidas, el sitio donde el abusivo hostigaba al confiado, ...el machito golpeaba al maricón, ...el convencional acusaba de raro al diferente, ...y donde la intriga sacaba a flote la parte más negra y cruel de la naturaleza humana (¿estoy evocando a Shakespeare?).

Sí..., aunque parezca increíble, recuerdo que había niños o jóvenes que ansiaban que sonara nuevamente la campana y que el recreo concluyera, para entonces -por fin- volver a la seguridad y cobijo de la disciplina al interior del aula, frente al maestro, pues sólo así verían apaciguar la aparentemente irracional violencia que nace del relajamiento del orden; para aquel chico diferente, escuchar la campana para regresar al salón de clases significaba escapar del rechazo y la vergüenza implícita de no tener amigos o por tenerlos del tipo no aceptable.

Nuevamente al interior del aula, todos los alumnos éramos esencialmente iguales, semejantes, medidos por la misma regla de la disciplina y de los parámetros del conocimiento objetivo escolarizado que dictaba el profesor. Las diferencias, aparentemente, se diluían en el salón de clases y nos hacían sentir a algunos cómodos y a otros incómodos (nunca me gustó ser un número o un apellido). Pero afuera, en el patio del colegio, a la hora del esperado recreo, las diferencias entre los alumnos eran inevitables, estallaban con estruendo y saltaban a la vista de todos; y no sólo eso, algún componente de nuestra naturaleza humana, siendo niños o jóvenes estudiantes, nos llevaba a sentirnos orgullosos de esas diferencias y a defenderlas encarnizadamente, incluso haciendo alianzas, tramando intrigas entre los compañeros, echando mano de los golpes o -en los menos de los casos- de argumentos racionales y devastadores.

Definitivamente, la hora del recreo era el momento y el lugar en el que nuestro verdadero rostro, nuestros deseos y pasiones, salían a flote y se apoderaban del papel principal en la trama de la convivencia escolar. Para poder ser diferente, había que ser despiadado, pero también infranqueable. Mucho de lo que, como adultos, conforma nuestro carácter personal y nuestra disposición a la comunicación y socialización, tiene su origen en aquellos imborrables momentos de la hora del recreo, por los que usted, tú y yo, pasamos durante la temprana edad escolar.

 

Conocimiento, disciplina y rebeldía.-

Sin duda alguna, la capacidad de la humanidad para adaptarse a la naturaleza, a sus ciclos aparentemente equilibrados y a los cambios súbitos y violentos del entorno, depende del conocimiento que, a lo largo del paso del hombre por la historia, ha sido capaz de acumular en su "bagaje cultural" y, desde luego, en la ciencia. El conocimiento humano, hasta donde entiendo, difícilmente es transmisible por mecanismos espontáneos, genéticos o hereditarios; por lo que, para pasarle de una generación a otra es necesario su almacenamiento y transmisión a través de diversas herramientas ideadas o diseñadas por el hombre.

La educación escolarizada y todos los sistemas y códigos que ésta ha ideado para garantizar la transmisión intergeneracional del conocimiento y de la cultura, busca esencialmente conformar y cristalizarse en disciplinas (o en ciencias) que propicien, establezcan y determinen conductas adecuadas para enfrentar el devenir de los acontecimientos en la naturaleza, reduciendo con ello los riesgos y los errores que pudieran ser fatales para la continuidad y viabilidad del ser humano. Así, por ejemplo, pensemos en las actividades agrícolas desarrolladas por las culturas humanas ancestrales (como la mesopotámica, la egipcia, la mesoamericana o muchas otras en el orbe); éstas contemplaron el diseño, uso y transmisión intergeneracional de calendarios basados en observaciones hechas durante el paso de las estaciones climáticas, de los ciclos lunares y solares, o de otras mediciones complejas del tiempo. La utilización de los calendarios garantizaba en gran medida el éxito o el fracaso de las cosechas y, por tanto, la posibilidad de alimentar y sostener casi indefinidamente a la comunidad humana.

Cuando el conocimiento humano es capaz de reconocer, entender y prever el comportamiento de la naturaleza, así como sus posibles impactos sobre la vida, en el desarrollo de la comunidad o en el entorno en general, entonces éste se integra y sistematiza -para nuestro beneficio- en un conjunto de postulados axiomáticos que conforman una disciplina, una cultura y, en última instancia, una ciencia. Sin embargo, la frustración humana resulta siempre mayúscula al corroborar que, en los hechos, todo lo real es relativo, que las herramientas del conocimiento no son infalibles y que hay una fuerza básica en el universo que siempre se rebela ante lo ya establecido como verdadero. Tesis, antítesis, síntesis...

Me parece que la primera ocasión en que sentí ese impulso imperante de la naturaleza, ese aire que invita a la rebeldía ante lo ya pactado, fue justamente a la hora del recreo en el Jardín de Niños (¡vaya experiencia la primera ocasión en que un niño es arrojado al interior de la escuela!). Viene a mi mente la intensa emoción de la primer carrera loca que pegué, escapando de la supervisión de la maestra, de un lado a otro del patio escolar, buscando hacerlo propio junto con todos sus elementos y viéndome a mí mismo actuar como parte de un todo (a pesar de los frenéticos gritos de  "¡no corras, no corras!").

Desde aquel inolvidable momento en el Jardín de Niños, reconocí de inmediato el valor de la rebeldía, de la necesaria trasgresión del orden establecido para así poder conocer mejor el terreno que uno pisa. Profundamente abstraído -lo recuerdo bien-, mis imparables y presurosas piernas parecían llevarme automáticamente hasta las mismas fronteras de aquel enorme espacio, retacado de escandalosos niños, sólo para que mis ojos absorbieran y mi mente registrara todos y cada uno de los rincones del plantel. Con el paso de los días, el tener tanta confianza para moverme libremente por todos los espacios del plantel escolar, me trajo además de mucha diversión y amigos, ventajas de las que otros niños menos aventurados carecieron. Entendí entonces que romper de vez en cuando con el orden establecido es bueno para satisfacer a las exigencias de nuestra humana curiosidad, y que ello puede reportar ciertos privilegios individuales legítimos e incluso benéficos para los demás.

Sin embargo, debo decirlo, los resultados fueron a veces funestos cuando pretendí llevar ese impulso más allá de la hora del recreo, a las actividades en el interior del aula (sobre todo al llegar a la escuela secundaria); pues apareció entonces la confrontación con la autoridad de los directores y los profesores, el conflicto contra la disciplina codificada, la reprenda irracional y la confusión provocada por el rigor inflexible del conocimiento vigente.

 

Recreación de la política y la legalidad relativizada.-

Si el amable lector ha llegado hasta aquí y se ha soplado ya todo este rollo sobre la hora del recreo, el conocimiento y sus cadenas de transmisión, las disertaciones sobre la función de la cultura o los recuerdos de mis lejanos días en el Jardín de Niños, además de agradecérselo debo advertirle que lo que quiero realmente es hablar de otra cosa, de asuntos igualmente comunes y cotidianos para ambos.

Sucede que cada vez que enciendo la radio o el televisor y escucho las noticias matutinas, vuelve a mí la sensación de estar habitando en aquella atmósfera que se respiraba en el patio escolar y a la hora del recreo, muy temprano por la mañana. Me levanto de mi cama, abro mis persianas para dejar entrar el sol y me siento arraigado en un espacio en el que el orden y la disciplina se hallan súbitamente relajados, aparentemente lejanos e ignorados, y donde la única justicia que se aplica es la que impone -por su propia mano- el más osado, el más poderoso o el más fuerte. Salgo al tráfico de la ciudad armado con la coraza de mi camioneta roja, y al interactuar en las calles con los demás conductores corroboro enfadado que -efectivamente- el orden y la aplicación de la justicia son inexistentes, y que tampoco puedo -aunque lo quiera- salir de ahí. Entonces me repito a mí mismo que sólo hay que ver en todas las notas del noticiario, ilustradas hasta el exceso, el acelerado avance del crimen organizado, de la impunidad y de la economía informal en todas sus variantes, para darse cuenta de que el agua corre ya por otros canales y que nutre a un vergel radicalmente distinto al que nos pinta la verdad oficial, la moral de los políticos o la legalidad del orden dominante.

No por nada el presidente de México, Vicente Fox, ha sido calificado constantemente de fantasioso, mentiroso o hasta compulsivo consumidor de Prosac..., cuando basado en sus intangibles estadísticas, dudosos indicadores y alegres apreciaciones de la realidad nacional, asegura que el país avanza positivamente, que se ha fortalecido a las clases medias urbanas y que viven mejor que nunca, ...que la cobertura de la educación está por encima de cualquier cifra pretérita, ...que los migrantes mexicanos se van a los EEUU no por falta de oportunidades sino sólo porque les gusta, ...que no existe la discriminación racial o que la seguridad pública no es aún un problema fuera del control del Estado.

Entristece ver que en la antesala de las elecciones presidenciales en México, los candidatos que buscan dirigir al país se insultan y desafían entre sí, públicamente y en todo lugar, como antes no se veía (al menos no en nuestra historia reciente); con enorme despreocupación e irrespeto hacia el ciudadano, dirigen todo tipo de calificativos y se mofan denostando a sus adversarios y a quienes, como ellos, buscan alcanzar el poder político ("chachalaca", "mentiroso", "cobarde", "asesino", "populista"); fácilmente y sin aparente medida, con descaro ofensivo para el elector inteligente, Roberto Madrazo, Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón -principalmente- rompen con las reglas acordadas para la contienda, previstas en la legislación electoral del país, y despilfarran miles de millones de pesos en la producción de sendos spots promocionales, por demás vacíos y violentos, en los que nada sino el desencuentro es lo que se propone. Tejiendo intrigas y creando inalcanzables expectativas entre los oprimidos de la sociedad, estos conocidos representantes de la clase política más radicalizada del país incitan a la violencia civil y al estallido del resentimiento acumulado. ¡Ay!, ¡qué hueva me dan ya los discursos de los candidatos a la presidencia de México!...., ¿será que eso es lo que quieren, hartarnos, cansarnos de la irracionalidad y de su falta de ética política?....

 

 

Sería muy grave que así fuera, que quienes aspiran al poder político en México le apostaran al abstencionismo y al hartazgo de la población respecto de su participación en las grandes decisiones nacionales o de sus comunidades. Pero, en muchos casos, desafortunadamente, eso es lo que está sucediendo ya. Por otra parte, la violación impune que ciertos candidatos hacen de las leyes y que incluso establecen hoy como una línea o estrategia política de su lucha, y que -en mi opinión- no es más que la simulación burda de una legítima rebeldía ante un orden injusto, ha sembrado ya profundo la infecta idea de que la justicia puede -e incluso debe- ser aplicada por la mano propia. Los noticieros están llenos de esos ejemplos, de escenas de linchamientos movidos por el fanatismo, de crímenes justificados por la palabra de Dios, de abusos y asesinatos ejecutados desde el fuero que otorga el cargo público o la ley, de criminales que en lugar de castigos reciben privilegios.

Me da risa -y ciertamente preocupación- al ver cómo ciertos personajes de la comunidad gay de mi ciudad dicen representar a la mayoría de los integrantes del colectivo y aspiran hoy a ganar diputaciones en la Asamblea Legislativa, abanderando para ello algunas de las conocidas causas por las que ha venido luchando desde hace ya tres décadas este sector de la población (reconocimiento jurídico de sus uniones civiles, no a la discriminación por orientación o preferencia sexual, acceso equitativo a los servicios públicos y prestaciones sociales, entre muchos otros que se han negado); pero, por otro lado, me da mucha pena constatar que son justamente estos pre-candidatos o candidatos los que comprobadamente han abusado y pisoteado, una y otra vez, los derechos de otras personas, incluso de su comunidad. Así, por ejemplo, unos (cuya propaganda electoral se ostenta en alguna publicación gay del Distrito Federal) lo han hecho violando impunemente la ley mientras fueron funcionarios públicos (en un sonado caso de licencias de construcción falsas en la colonia Condesa, que ha resultado en el detrimento de la calidad de vida de los vecinos -véase La Crónica de Hoy); otros, lo hacen ocupando tramposa, deshonesta e ilegalmente propiedades inmuebles ajenas o traicionando descaradamente la confianza que les fue dada como aval y robando el trabajo intelectual de quienes les apoyaron sin condiciones para permitirles crecer. Hoy, descarada y hasta graciosamente, pretenden hacerse pasar como los líderes y representantes de una comunidad de la que sólo se han servido para hacer más vistosa su lamentable mediocridad, vergonzosa ignorancia y podrida procedencia. ¡Caray!, en verdad, ¡cómo me acuerdo de la hora del recreo!...

Como al final del recreo escolar, la campana sonará nuevamente invitándonos a volver al orden, a ese orden en el que el conocimiento y la cultura que nos constituye finalmente se transmite, de generación en generación y exitosamente, para garantizar nuestra existencia y sobrevivencia como individuos, como comunidad, como cultura y, en última instancia, como humanidad. En esta permanente recreación de nuestra existencia, de nuestro entorno y su dimensión política y cultural, en verdad hago votos para que al concluir los tiempo electorales que vivo hoy, triunfen sólo los mejores hombres y mujeres de nuestra comunidad y de mi país. Es por el bien de todos, ¿qué no?

En algún lugar del Océano Pacífico, a más de 45 mil pies de altura. Marzo del 2006.

GAY MÉXICO ®