|
Hace
un par de semanas me dieron mis resultados de la prueba sanguínea de
detección del VIH; y, para ser sincero, en verdad que no lo esperaba: fueron negativos.
La larga y desgastante
incertidumbre -por fin- ha quedado atrás y, ahora, se abren ante mi
una serie de luminosos escenarios que apenas hace un mes llegué a considerar
utópicos, materialmente inalcanzables por una certeza no comprobada
de que ya estaba infectado con el virus que navega en el amor (como
llama Nacho Cano al VIH, en la canción "El Fallo Positivo").
Supongo que llegué al punto en el que mi miedo y mi sufrimiento eran ya tales, que
me di cuenta de que cualquier resultado de la prueba de detección
del VIH tendría menos mella en mi estado anímico de lo que ya me
había afectado la permanente y lacerante incertidumbre.
Desde luego que, desde
que leí mi resultado "No reactivo" mi alegría ha sido
indescriptible; he transitado desde la euforia explosiva que me pone
a bailar y a dar de brincos (en calzones o desnudo) de una
a otra habitación de mi casa; hasta lograr el sosiego que me
invita a reflexionar desde otra perspectiva sobre cada episodio de mi vida,
que me deja dormir tranquilo y en paz durante toda la noche (y sin la
ayuda ocasional de un Tafil o un Rivotril). Me parece
que saberse
negativo a la prueba del VIH/Sida es -para cualquier hombre
homosexual de mi generación, con una vida sexual activa y
poligámica-, además de un enorme alivio y factor de imponderable
tranquilidad mental, una excepcional oportunidad para continuar
concretando metas compartidas con gran parte de una generación que,
trágicamente y por causa de la epidemia, hoy ya no está aquí. Haber sobrevivido a la cruenta masacre de
los años ochenta y noventa es un consuelo, pero sobre todo una
lección que hay que repasar religiosamente para reiterar lo vital
que es y ha sido la prevención y la práctica estricta del sexo
seguro.
Es
contradictorio, pero, al
saberme seronegativo, también subsiste en mi interior un sentimiento
de incomodidad que no alcanzo a descifrar y que me inquieta, que me sabe a
íntima soledad, a dejos de tristeza y melancolía,
pero también a culpa, a un egoísmo que me avergüenza; pero sobre
todo, se apodera de mi el sentimiento de que estoy siendo desleal
y que traiciono a algunos de mis amigos que ya son seropositivos. ¡Dios!, me preparé tanto para confrontar el hecho de ser
seropositivo, que ahora que resultó lo contrario no tengo un plan
construido para asumirlo con gallardía. Verdaderamente, yo me asumía
ya como parte de los cerca de 200 mil mexicanos y de los 33 millones
y medio de personas afectadas por la pandemia en el mundo.
Entiendo
por lo que he leído en la literatura y en la prensa que el VIH/Sida
en el presente ya no es un padecimiento necesariamente mortal, pues
se ha conseguido integrar con nuevos medicamentos un esquema terapéutico que prolonga hasta por
30 años las expectativas de vida del paciente (desde luego, cuando
la infección es detectada con suficiente oportunidad). VIH/Sida no es ya
sinónimo de muerte (como lo fue durante la década de los ochenta y gran
parte de la de los noventa).
Sin embargo, al saberme seronegativo se
reestimula en mi aquel sentimiento y el estado de ánimo que experimenté intensamente
cuando vi
la película
The Hunger
(El Ansia); la certeza de que el virus no ha llegado hasta mi sangre
despierta muy vívidamente en mi memoria esa atmósfera invadida de una
nebulosa y pálida
eternidad, iluminada dramáticamente con la luz de un ocaso color
ocre y fatídicamente infinito. Pienso en el
personaje del Conde Drácula, el muerto viviente que debe pagar
un alto precio por vivir eternamente, por
alcanzar la inmortalidad del cuerpo que hospeda al alma; el castigo
(que no podría ser recompensa) es cobijar
por dentro
-también eternamente- el lacerante dolor, tan profundo como
inevitable, de ver agonizar y morir, repetida e irremediablemente, a
la flama del amor. Es sentir cómo se apaga la pasión de nuestros amantes,
irremediablemente, sobre la propia piel,
sedienta, y ver que escapa hacia la oscura lejanía esa calidez
y complementariedad de los hermanos. Hay ya tantos muertos
almacenados en mi desván ...
Esa ha sido la regla infalible para mi: los seres a los que más he
amado en mi vida, aquellos que pintaron de luz y color mi
cielo, yacen hoy inmóviles, congelados en el vitral del tiempo,
mientras yo me esfuerzo por arrancarles alguna palabra de consuelo
escudriñando en mi memoria, dibujándoles sobre el lienzo del
silencio y evocándoles con el calor de esa pálida flama que aún arde en lo más íntimo de mi
corazón.
Independientemente de las contradicciones que desencadena en mi este
tan favorable resultado, he sentido que es importante comunicar mi
experiencia a quienes, como me sucedía a mi, sienten
un miedo ingobernable cuando piensan en realizarse el análisis de
detección del VIH.
Primero, lo hago para convencerles de que es mejor
saberlo para, en el caso de resultar seropositivos, se decidan por tomar las
riendas de su salud a tiempo y mucho antes de que el deterioro
físico les coloque, inevitablemente, en una lucha desesperada y
desventajosa (y que invariablemente gana la muerte). Pero también, lo hablo para que
quienes -como yo- han experimentado un verdadero terror al pensar en
hacerse la prueba de detección del VIH, por fin se liberen de esa
agobiante condición de estrés permanente y de desconfianza respecto a la salud
propia, que merma nuestra condición física tan certeramente como lo hace
una verdadera enfermedad.
|
 |
|
Si a
ellos les pasó, ¿por qué a mi no?...
La
última ocasión en que me hice la prueba del Sida fue en el año de
1988. Sí, hace ya 20 años. Por aquellos días, uno de mis mejores
amigos -Sergio- estaba pasando por un momento muy difícil al
comenzar a manifestar los primeros síntomas de la enfermedad: tuvo
una pérdida considerable de peso (que comenzó en su cintura y siguió
por sus extremidades), diarreas constantes, infecciones oportunistas
(desde micosis cutáneas y toxoplasmosis, hasta una severa neumonía), un
debilitamiento general de sus condiciones de salud y -ya casi al
final- una hemiplejia causada por un repentino derrame cerebral
(cierta mañana despertó con la mitad de su cuerpo "entumecido" y
jamás lo pudo superar). Dadas las
semejanzas en nuestros estilos de vida e incluso haber compartido
algunas parejas sexuales, al descubrir la causa de la enfermedad de
mi amigo lo más sensato era descubrir si yo también estaba infectado
con el VIH.
¡Caray, cómo
extraño a veces aquellas apoteósicas orgías, tan
desenfrenadas como multitudinarias, que frecuentábamos
Sergio y yo en el cuarto de vapor y en las regadera de los
antiguos Baños Ecuador!; pero -debo decir que afortunadamente- primero fue una
espantosa gonorrea y, después, la naciente amenaza del Sida , que
hicieron prohibitivas para mi las visitas a los legendarios
baños y esas casi oníricas expresiones
de la sexualidad que viví durante los primeros años de los
ochenta. |
|
|
|
La tranquilidad por mis
resultados negativos, en 1988, duró entonces sólo algunos meses y la fui
perdiendo, poco a poco -y a pesar de nunca haber dejado de utilizar
el condón y de practicar sólo sexo seguro-, con el paso de todos y cada uno
de aquellos exquisitos amantes ocasionales, con mi relación monógama
(e intensamente sexual) de cinco años con Jesús Martín y con cada acostón que tuve con tantos
chicos con los que quise repetir y después olvidar al bello
sinaloense. Mi gran amigo Sergio murió
justo al comenzar la década de los noventa, después de un
sufrimiento infernal y de una lucha
heroica por parte de su madre, Doña Eva, que duró más de dos años.
De todos quienes se dijeron sus amigos, solamente yo permanecí a su
lado hasta el final. Fue devastador.
En 1994, y sabiendo
ahora que otros dos de mis mejores amigos -Álvaro y Víctor- estaban
infectados ya por el VIH, aparentemente tuve una descompensación en
mi química sanguínea provocada por mi permanente obsesión de
consumir alimentos que me subieran de peso y me permitieran tener la
apariencia física del "robusto saludable". ¡Caray!, cuando
alguien me decía verme más delgado, yo me desgobernaba y me asustaba
mayúsculamente, e inmediatamente lo atribuía al inicio de la tan
temida y asesina enfermedad. Por ello, y a pesar de haber sido toda
mi vida un tipo muy delgado, busqué por todas las formas posibles
subir de peso. Finalmente, hoy peso 20 kilos más de lo que
registraba la báscula cuando Sergio comenzó a enfermar.
Ocasionalmente
yo experimentaba una súbita pérdida del equilibrio, como una especie de
mareo leve, que me asustaba y me hacía sospechar inevitablemente la
presencia de algún virus oportunista en mi cerebro (como el que
recientemente se le había
detectado ya a Víctor y el que le causaba incontrolables mareos que
él
combatía
con Dramamine). Para evitar cualquier contacto con médicos y
laboratorios clínicos, y aterrado aún por la agonía y la muerte de
Sergio, decidí que los mareos eran probablemente un signo de que yo
ya necesitaba usar lentes -y no le relacionaba con mis trastornados
hábitos alimenticios ni mis triglicéridos. Un empleado de una óptica
a la que fui me diagnosticó un
muy reducido nivel de "vista cansada", pero aún así me hice mis
gafas -con una mínima graduación- para, según yo, combatir los intermitentes mareos (mismos que
persistieron por dos o tres años más, desapareciendo por
completo de forma repentina). Años después entendí que debió tratarse de un aumento en
los niveles de triglicéridos o de alguna descompensación parecida en mi química
sanguínea.
En esas andaba cuando,
sorpresivamente (y podría asegurar que por los sentimientos homofóbicos
de mi jefe en turno) se me pidió la renuncia en el empleo que tenía
entonces y por el que había dejado otro sólo mes y medio antes. Se me juntó una fuerte amebiasis (causada por la
insalubridad con la que preparaban los alimentos en el comedor de mi
trabajo) con las alteraciones nerviosas derivadas de verme sin
ingresos y con los ineludibles compromisos derivados de mi
confortable estilo de vida. El resultado de todo fue una severa crisis intestinal
que, además de provocarme irritación abdominal, irregularidades
sistémicas y diarreas frecuentes, me
ocasionaba palpitaciones nocturnas en el pecho tan fuertes que me despertaban, me
inquietaban y me hacían permanecer despierto hasta el
amanecer (¡bendito
Tafil).
Nuevamente, estaba prácticamente seguro de que se trataba del
Sida
(¿qué otra cosa podría ser?) y
lo sufrí intensamente. Hacerme el análisis de detección del VIH y despejar la duda no me
lo planteaba como una opción voluntaria, pues me aterraba verme a mi mismo
atrapado en la injusta historia que vivió y que mató a uno de mis mejores
amigos. Si la enfermedad me iba a llegar, irremediablemente lo haría
y me mataría con la virulencia con la que lo hizo a mis amigos;
mientras tanto, no saberlo me daba una tranquilidad que, viéndolo a
la distancia, jamás fue tal.
Finalmente fui a
visitar al gastroenterólogo de la familia, al que por todos los
medios evité decirle que yo era homosexual y a quien traté de
convencer de que -al igual que mi madre- yo padecía de una fuerte "colitis
nerviosa". Después de un prolongado tratamiento para desparasitarme y
recuperar mi flora intestinal, mucho
Debridat y, también,
de ocuparme laboralmente a lado de una
maravillosa amiga como
coordinador de producción en el rodaje de una película, mis síntomas
y mis temores menguaron notablemente, pero jamás desaparecieron, ni
una sola hora o minuto de mi vida. |
|
|
 |
Los años de 1995, 1996
y 1997 fueron nuevamente trágicos: Víctor, Álvaro y Daniel,
respectivamente, fallecieron por complicaciones del Sida después de
vivir en verdad lamentables agonías (con ceguera, lipodistrofia, neumonías,
citomegalovirus, diarreas y
muchas enfermedades más). Víctor fue el único que aceptó
abiertamente estar infectado de VIH, pero fue después de que la
enfermedad ya se había desarrollado considerablemente en su
organismo. Un súbito
desmayo una mañana durante las compras en el supermercado y la pérdida del conocimiento por más de
dos horas (mismas que permaneció recostado sobre unos tapetes en
aquella tienda departamental en Acapulco), fue la primera manifestación de la
enfermedad y lo que le llevó a realizarse una serie de estudios
clínicos que concluyeron en el nefasto diagnóstico.
En poco más de
un año, y a pesar de ser atendido por médicos especializados en los EEUU, mi amigo falleció sin
parecerse siquiera a la sombra del bello y gallardo muchacho que
siempre fue.
El tratamiento llegó quizás demasiado tarde. Por su parte, Álvaro y Daniel jamás aceptaron padecer
VIH/Sida; el enorme miedo al desprecio social y a ser marginados por ese hecho, les
llevó a negárselo repetidamente y hasta el límite de tratar de esconder sus cada vez
más notorios síntomas de enfermedades oportunistas y debilitantes. |
|
|
|
|
Al
final y a causa de un voraz virus alojado en su cerebro, Álvaro fue
quedándose ciego en el transcurso de unos pocos meses; después
prácticamente perdió la razón y, al final, el daño neurológico
terminó por desconectar las funciones motoras de su cuerpo y le
arrancó la
vida. Recuerdo que, en el proceso de su deterioro y ya sin poderse
valer por sí mismo, cierta noche que lo llevé al baño, bajé sus
pantalones y le senté en el escusado, tuvo un breve momento de
lucidez y me dijo lo denigrante que le resultaba el haber llegado ya
a ese punto. Mi compañero de juegos y de aventuras en la adolescencia,
mi primer amante, el
amigo que supo ganarse el amor y el respeto de todos en mi familia, el
cómplice solidario y motivo de tantas emociones que me formaron como
persona, me
dejaba solo en esta vida y cerraba sus bellos y azules ojos para siempre.
A Daniel (la
"güerita", como le decían sus compañeros de la preparatoria)
le afectó mucho la muerte de Álvaro, a quien abiertamente
pretendía y amaba, pero quien sólo pudo brindarle una linda
amistad y recuerdos insuperables. En su duelo, Daniel comenzó a bajar notablemente de
peso, desarrolló crónicos y agudos problemas
gastrointestinales, pancreáticos y hepáticos, y por lo súbito de su
fallecimiento a los dos días de haber ingresado al hospital por una
crisis convulsiva ya incontrolable (seguramente por un cuadro
febril), siempre
he sospechado que tomó la decisión de ingerir una sobredosis de pastillas para concluir con su vida.
Él siempre dijo que así lo haría de saberse seropositivo y
yo sospecho que, con gran valentía, lo cumplió. Su familia,
profundamente católica y conservadora, ocultó el hecho y
hasta el sepelio de Daniel, para que no se supiera de su
enfermedad ni del motivo de su muerte.
Después de esa masacre
en la que perdí a tan amados integrantes de mi círculo más
íntimo de amigos, durante la segunda mitad de los años noventa sólo ocasionalmente me enteraba de la muerte de
algunas personas conocidas y de otras relativamente cercanas, pero
todas profundamente apreciadas.
Sí, en menor número, pero la gente conocida se seguía muriendo. Trágicamente, el 14 de marzo del año 2003 falleció -también por
complicaciones del Sida - otro hermano y querido compañero de andanzas, uno de
los magos de las relaciones públicas en el mundo empresarial gay
de México durante más de dos décadas y al que conocí por allá de 1974:
Jaime
Vite.
Poco después, en el 2005, supe que a principios de la década pasada había
fallecido Fernando Méndez, un chico con quien hice pareja
por más de un año durante mi
adolescencia y quien me amó como nadie más lo ha hecho hasta hoy.
Cierta noche me encontré a su mejor amigo en el
Living y, emocionado
e intrigado, le
pregunté por él; sorprendido por mi desconocimiento del hecho y,
sobre todo, por lo luminosa que fue en boca de Fernando
su relación conmigo, me hizo saber de su ya distante muerte. Un profundo
desconcierto y el dolor intenso se apoderaron de mi esa noche, y
sólo pude reaccionar para retirarme del antro, conducir mi auto sin
rumbo por
las calles de la ciudad, cautivo del llanto y sin consuelo.
Con el
paso de los años y a lo largo de los ochenta y los noventa, la lista
de personas conocidas que fallecieron por el VIH/Sida se hizo
prácticamente interminable: Víctor C. Jacobs, Jorge Martínez, Guillermo Obregón y Ricardo Caroni; Octavio,
Ricardo y Fernando G.; Susana H., Emigdio, Delfino, Jaimito y Rafael; Julio
Z., Julio César, Carlos Pintos, la Toña "Machetes", Roberto de la T,
Luisito, Peter y David, Walter, Marcela V., Naná ...., y decenas más a quienes recuerdo con
cariño.
Todo
ese tiempo sin haberme hecho nuevamente la prueba de detección
del VIH y de acrecentar mi miedo por la acumulación de tantas y tan
trascendentes muertes a mi alrededor, detonó mi vocación de hipocondríaco y me brindó una tortura psicológica que me
subyugó por más de 7 mil días y cada una de sus noches, y que sólo menguó
recientemente con la entrega de mis favorables resultados clínicos. Sobre todo,
aportó a mi miedo e intranquilidad de tantos años la evolución paulatina
que experimenté de
padecimientos físicos y de trastornos en la salud ciertamente
comunes en las ciudades como la mía: el estrés, el
síndrome del intestino
irritable, enfermedades parasitarias, problemas en las vías respiratorias y ciertas
afectaciones oculares por el uso excesivo de la computadora o por el
medio ambiente contaminado. Ir al baño y no tener una evacuación
"perfecta", era para mi motivo suficiente para pensar en el síntoma más
clásico del Sida: la diarrea. Algunas lesiones retinales causadas
por el monitor de la computadora, por el frecuente consumo de
poppers y, claro, por el avance
de la edad, me llevaban a asumir que éste -y tal vez la colitis-
era ya la manifestación de que había adquirido también (y por, según
yo,
encontrarme inmunodeprimido) el
citomegalovirus.
Ocasionales búsquedas y lecturas que hice sobre el tema en la
Internet, documentaban sólidamente -así lo creía- mis sospechas
sobre la enfermedad.
Hacerme la prueba y despejar las dudas fue
la mejor opción que pude haber tomado, definitivamente, para vencer
a esta vorágine de incertidumbres y miedos excesivos que me han acompañado
desde hace más de 20 años. En un solo acto, la tragedia concluyó.
Sin
embargo, si el resultado de mis análisis clínicos hubiese sido
"seropositivo" también habría sido una solución para mis profundas
angustias, porque entonces habría dimensionado objetivamente la
situación y tomado cartas sobre el asunto,
visitando a médicos especialistas (que los hay y muy buenos en el
sistema público de salud) y comenzado a medicarme, a ganarle años a la vida y
a asumir mi
condición con dignidad y fortaleza. Hoy soy inmensamente afortunado; pero sé que de haber tomado la decisión de hacerme estudios clínicos
regularmente durante los últimos 20 años, seguramente habría vivido
menos episodios de paralizante terror, la angustia habría
desaparecido sin tener que tomar ansiolíticos y hubiera disfrutado con más intensidad muchos
de los momentos a los que la maldita duda envenenó para siempre. No
justifico mi debilidad" o mi "cobardía" (como me lo achacaba un tipo
de nombre José Antonio) por no quererme hacer la prueba antes, pero
con tantos amados amigos muertos a mi alrededor lo menos que quería
era leer por adelantado mi propia sentencia.
|
|
|
 |
Vampiros
exquisitamente pervertidos, pero sobre todo prevenidos...
No me cabe la
menor duda de que si estoy aún vivo y, además, no me he
infectado con el VIH, es porque nunca he dejado de utilizar
y de exigirle a mis parejas sexuales que se pongan el condón. Desde
principios de la década de los ochenta y hasta la fecha,
nunca he tenido una penetración sin preservativo ni
contactos riesgosos con el semen de otros hombres. Y tengo
que confesar que, al menos de dos ex-parejas sexuales, hoy
sé que son seropositivos y que ya lo eran cuando nos acostamos. En mi
persona se demuestra -al menos así me lo parece- que cuando
uno practica el sexo seguro y utiliza el condón, el riesgo
de contraer el VIH se vuelve significativamente menor.
No menos
importante ha sido la información que he obtenido -a veces
obsesivamente- a lo largo
de todo este tiempo respecto de la prevención del VIH, lo que me ha
permitido discernir, al parecer correctamente, entre
las prácticas sexuales de mayor o
de menor riesgo, así como conocer de otros importantes
vectores que favorecen o alejan la posibilidad de infectarse.
Lo que toda esta literatura no pudo jamás brindarme, fue la
tranquilidad y la desaparición del terrible miedo a ya estar
infectado. La única posibilidad de vencer el miedo y
recuperar la calma -siempre lo supe-, fue hacerme la prueba
de detección de anticuerpos al virus. |
|
|
|
|
No creo en la
abstinencia sexual como un método adecuado para evitar al
VIH, aunque sí es el más contundente para bloquear esa vía
de transmisión. Dejar de practicar y hacer a un lado la
sexualidad (como lo establecen los más radicales y
conservadores) me resulta una verdadera aberración, un acto
patológico, castrante y antinatural, que atenta
mayúsculamente en contra de la salud psicológica, física y
social de cualquier persona.
Por otra parte, y aunque me
considero un idealista empedernido de la relación de pareja
que con su solidez y fuerza remonte al tiempo y a la adversidad, creo que la monogamia es -aquí y en China- la
excepción entre los hombres que tienen sexo con otros
hombres. Gran parte de las pocas parejas de hombres
homosexuales que conozco que han podido mantenerse unidas
por más de cinco o diez años, tienen o han tenido a lo largo
de su relación "monógama" encuentros sexuales con otros
hombres. Unos de manera furtiva o disimulada, y otros
pactada y abiertamente.
Tal pareciera que
nosotros los hombres -machos biológicos a final de cuentas-
necesitáramos fatídica e irremediablemente de embriagarnos,
hasta el éxtasis, bebiendo del néctar del sexo una y otra
vez, con uno y con otro amor. Que para
sentirnos vivos y plenos requerimos de sumergirnos
repetidamente en el paroxismo del lenguaje sexual, de sentirnos abrazados
por la bondad de esas llamas que arden en nuestra sangre y
que nos estremecen con su luminoso estallido en la piel. Y
posiblemente no lo hagamos sólo por buscar saciar la sed que
por naturaleza radica en lo profundo de nuestro vientre,
sino tal vez para convencernos a nosotros mismos de que,
efectivamente, así podemos ser eternos y que alcanzar la
inmortalidad no es sencillamente un sueño. Pareciera ser que,
como para los muertos
vivientes de la literatura vampiresca, la única forma que
tenemos de
aferrar la eternidad es -de manera figurada, por supuesto-
extraer y beber la sangre que alberga a la semilla de la
vida, pero también a la de la muerte, de uno y otro y otro
amante.
En fin; ...he
dicho todo esto para tratar de explicar que la única manera de quitarse de encima tantos miedos y
dudas respecto al VIH/Sida, de sacudirse pensamientos y
elucubraciones desgastantes que sólo nublan el goce de la
vida (breve de por sí), pero también de detectar con
oportunidad a la infección y transformarle en sólo un
padecimiento crónico y no necesariamente mortal, es HACERSE LA PRUEBA. Cualquiera que
sea el fallo, se ganará en tranquilidad, paz y vida.
▄ |
|