Sin duda, siempre es emocionante conocer a un chico nuevo y -más aún- poder realizar las fantasías sexuales que él despierta en nuestra imaginación. Para algunas personas basta con una noche, pero para otros puede tomar un poco de más tiempo llegar a ese momento en el que los cuerpo desnudos, por fin, se juntan. Pero cuando este encuentro se vuelve más trascendente o prolongado, cuando el chico al que conociste en el bar o te ligó en la calle se vuelve una persona importante y frecuente en tu vida, las cosas toman un rumbo y dimensiones diferentes. Entonces, el lenguaje de las caricias, de los besos y el sexo, evoluciona por caminos inesperados y fascinantes; la atracción sexual se complementa con la emotividad, con la comunicación y el entendimiento recíproco, llevándonos a sentir cosas y placeres que antes ni nos imaginábamos.

Desafortunadamente -y no sé si por naturaleza de género o por factores culturales-, la mayoría de las relaciones de pareja entre hombres homosexuales no se prolongan más allá de los dos, tres o siete años (cuando bien nos va); generalmente, uno de los dos amantes es el más enamorado y fiel, pero el otro busca nuevas emociones en otra piel, con un nuevo compañero. Y en nuestro descargo y en contra de quienes aseguran que los homosexuales somos intrínsecamente promiscuos, debo decir que este hecho no es privativo de las parejas gays, sino también sucede, tarde o temprano, en gran parte de las relaciones heterosexuales, con o sin hijos de por medio. Recuerdo ahora esa añeja creencia (que incluso ha merecido películas y obras teatrales) de la "comezón del séptimo año", que asegura que cada siete años los seres humanos experimentamos cambios trascendentes en el plano sensorial y, consecuentemente, en la intensidad de nuestra atracción sexual hacia nuestra pareja. Muchas de las parejas heterosexuales a las que conozco, de hecho, al paso de cinco o siete años comienzan a tener aventurillas, amasiatos furtivos o -en los casos más honestos- separaciones temporales o divorcios. Y si es cierta la premisa de que los hombres, a diferencia de las mujeres, damos más peso a la sexualidad que a los vínculos afectivos, los pronósticos para las parejas formadas por dos hombres no son nada halagüeños. 

 

... ¡¿Cómo?, ...¿no tienes pareja?!...

La cultura occidental, fuertemente influida por el cristianismo y la religión, nos ha hecho asumir como un axioma que las relaciones de pareja deben durar y ser para toda la vida ("hasta que la muerte los separe", "lo que Dios ha unido, no puede separarlo el hombre", etc.). Aún cuando en los hechos nuestras conductas sexuales y nuestra propia libido nos lleva a actuar de diferente forma, todos sostenemos y hasta defendemos la creencia de que el estado ideal de cualquier persona es la vida en pareja, en matrimonio o -más recientemente- en sociedad de convivencia. Incluso, no tener pareja se asume como una debilidad, desgracia o discapacidad de las personas, sobre todo entre los heterosexuales. Así, por ejemplo, una mujer mayor de 30 años aún soltera es considerada "quedada" o "solterona", y un hombre se vuelve inmediatamente sospechoso de ser "rarito" o "joto" cuando a cierta edad no se ha casado y formado una familia. Un gay sin pareja, sobre todo entrado en los treinta o cuarenta, puede representar para muchos un triste cuadro de la más lamentable soledad.

En lo personal, pocas veces he sentido esa necesidad insalvable de contar con una pareja, de compartir todo lo que hay en mi vida con otra persona; pero -afortunadamente-, cuando así ha sido, he tenido la oportunidad de escribir las más hermosas historias de amor. Sin embargo, mis capacidades para solventar y construir mi propio proyecto de vida, no se han supeditado al hecho de tener o no una pareja, jamás ha estado en función de mi "realización" como la otra mitad de una abstracta naranja.

 

Reencendiendo la llama del amor...

Para aquellas personas que sienten la imperiosa necesidad y quieren tener una relación de pareja para darle sentido a su vida, es conveniente saber que existen formas para mantener viva no solamente la llama del amor y del entendimiento recíproco, sino -sobre todo- para renovar y acrecentar el deseo, la sensualidad y la atracción física entre los amantes duraderos (long term lovers). Simplemente se trata de conocer y explorar las zonas erógenas de nuestros cuerpos, entendidas éstas como aquellas partes de nuestro físico que son capaces de despertar, potenciar y satisfacer el deseo sexual. Esto, se vuelve especialmente importante con el paso de los años, cuando, por la fuerza de la costumbre, la excitación puede volverse más difícil de conseguir.

Déjanos platicarte de aquellas partes clave del cuerpo que, estamos seguros, te ayudarán a mantener y a reavivar la llama sensual en tu relación de pareja: las zonas erógenas.

 

Boca

El sentido del gusto es quizás el primer vínculo sensorial en nuestras vidas a través del cual nos relacionamos con el medio ambiente. La boca es -en infinidad de situaciones- nuestro primer contacto con lo que nos es agradable o desagradable, nos afecta o nos beneficia físicamente, nos gusta o nos disgusta. Nuestras emociones están estrechamente relacionadas con el gusto y el sabor de las cosas, e incluso es un sentido que nos define culturalmente.

Así las cosas, no es necesario abundar en la explosión sensorial que conlleva el hecho saborear y besar otra boca, de recorrer la piel de tu compañero con tus labios y lengua, o de sentir la vitalidad sensual de un pene dentro de tu boca.

 

Próstata

Es una zona interior con gran sensibilidad externa, a la que gran parte de los hombres (sobre todo los heterosexuales) no identificamos como una zona primordialmente sexual. La próstata es casi un "motor de orgasmos", ubicado justo por detrás del fragmento de piel que se extiende entre los testículos y el ano. Allí se halla la raíz del pene. Justo a mitad de camino entre los testículos y el ano, está la glándula prostática, de cuya capacidad para contraerse depende ni más ni menos la posibilidad de eyacular. 

La próstata puede estimularse tanto masajeando la superficie de piel que está entre el ano y los testículos, como introduciendo tus dedos o incluso juguetes sexuales por el ano. Es falocéntrico y un tremendo error asumir que a los hombres heterosexuales que disfruta el sexo anal, necesariamente se sienten atraídos por otros hombres.

 

Cuello y nuca

Llegar a a esta zona del cuerpo es fácil, sobre todo en los momentos que estás besando a tu pareja. Mientras que la piel del rostro suele ser más gruesa en algunos hombres, la del cuello -y más en aquellos que se ven obligados a usar cuellos cerrados y corbatas-, es delicada y sensible.

Muchos varones sentimos la nuca como algo íntimo y hasta descuidado. Las mejores maneras de estimular esta zona son los masajes y los besos, usando profusamente la lengua y dando ocasionalmente algún mordisco a tu pareja. Muchas veces esto es el preámbulo de una etapa incrementada de excitación. En el caso de que tu compañero tenga prejuicios con el hecho de ser penetrado, puedes tranquilizarlo abrazándolo desde atrás, cruzando tus brazos sobre su pecho o vientre,  y con tus manos excitándolo por su frente. Para reducir su tensión nerviosa, puedes comenzar con un masaje sobre sus hombros y clavículas a fin de descontracturarlo; cambiando un poco el ritmo y acercándote al cuello o a la nuca, tus caricias se convertirá en un masaje intensamente erótico.

Orejas

Tanto el lóbulo como el pabellón de las orejas son puntos erógenos, esto debido a la gran cantidad de terminaciones nerviosas que ahí confluyen. Por otra parte, el sentido del oído en sí mismo es un detonante extremadamente poderoso de la excitación sexual. Así -por ejemplo-, escuchar y sentir la respiración, oír a tu pareja decir algunas palabras cachondas, percibir el jadeo o el aire caliente sobre la oreja, es una experiencia que a muchos nos resulta muy caliente. Visualmente, también, aderezar las orejas con "piercings" (aretes) es muy excitante para algunos.

Manos

¿Alguna vez te llevaste a la boca la mano de tu compañero?, ¿le chupaste alguna vez el dedo? ...Si lo hiciste y hasta tuviste oportunidad de fijarte en su reacción, habrás notado cómo semejante "juego de manos" es capaz de prometerle muchas cosas sin decirle nada...

Las yemas de los dedos son sumamente sensibles a todo tipo de contacto, y el calor de la boca (y los toques de lengua) representan un gran estímulo para las cerca de 40.000 terminales nerviosas que existen en cada mano. Por otra parte, ¿necesitas ser adivino para imaginar qué piensa él cuando observa que uno de sus dedos desaparece entre tus labios?

Bajo vientre e ingle

La zona roja del deseo masculino va desde el ombligo hasta el ano. Es decir, desde la altura en que desabrochas el cinturón, le bajas la cremallera, introduces tu mano bajo el resorte y la tela de la truza, hasta que te deslizas por el entrepierne y llegas a las nalgas. Al masajear la ingle se favorece el flujo de sangre hacia los cuerpos cavernosos del pene, que deben llenarse de sangre para tener una erección. Si das masaje en las caras internas de la piernas, más sangre comenzará a fluir a la zona del pene y la transición es lenta, y no forzada.

Piernas y pies

Prueba primero con caricias ascendentes desde la mitad de la cara interna de la pierna, hasta "el punto crítico". Frotar tus piernas con las piernas de tu pareja es algo sumamente excitante, sobre  todo al utilizar también los huesos iliacos.

Las plantas y los dedos de los pies también don bastante sensibles, y usarlos te puede reportar mucho placer durante el sexo. Los orientales, inclusive, llegaron a desarrollar hace miles de años una técnica específica para estimular esta poco experimentada zona erógena. Incluso, diseñaron una suerte de cartografía erótica específica en la que los pies tienen un papel destacado. Prueba con una fricción a fondo de cada pie, partiendo del centro de la planta. Primero ve hacia el talón y luego hacia el extremo de cada uno de los dedos.

Detente un buen rato en el talón derecho, ya que según varios expertos en el tema es precisamente allí donde se ubica el centro del placer sexual.

Otro truco muy excitante es estimular oralmente cada uno de sus dedos. Desde luego que hacerlo depende de la higiene de tu pareja o de su sensibilidad a las cosquillas.

Glúteos y ano

Seguramente que algunos chicos tienen resistencias cuando le pases o le ponga una mano sobre las nalgas; algunos incluso te la retirarán  te pedirán que no lo hagas. Para que el muchacho no se te escape, en esos casos lo mejor es tocar toda la espalda y tratar los glúteos como una continuación. Por fortuna, no hay una línea demarcatoria con vallas que digan "aquí termina la espalda". Comienza con un toque fugaz y trata los glúteos como una parte más del cuerpo; aumenta luego la intensidad según la reacción de tu pareja. Las nalgadas también valen, siempre y cuando él los acepte. Ahora que si la desinhibición es total, puedes incluso experimentar el "beso negro".

Las nalgas son sexualmente excitables y la mayoría de los hombres encuentran placer cuando se las acarician. A algunos también les gusta que se las golpeen con suavidad. La abundancia de terminaciones nerviosas alrededor del ano hace que también sea sensible a caricias de todo tipo.

La próstata es la principal responsable del placer masculino en el plano genital. Según la posición, aunque él sea el penetrador, puedes deslizar uno o dos dedos y ejercer cierta presión sobre ella, por afuera o desde dentro, para que tu compañero tanga un orgasmo inolvidable. Aunque él nunca haya sido penetrado, aceptará la estimulación externa sobre el perineo (la zona entre el ano y el escroto) y uno o dos dedos bien lubricados.

Pene

Los hombres somos "falocéntricos" y en una relación homosexual el deseo se dirige a otro hombre, con su propio pene. Aunque él quiera exclusivamente ser penetrado, nunca te va a decir que no si le acaricias el pene. En comparación con las parejas heterosexuales, los hombres gays tenemos la ventaja infinitamente superior de saber "instintivamente" qué nos gusta que nos hagan ...y lo más probable es que a él le guste lo mismo. No hay ningún problema que le expreses a tu compañero sexual qué te gusta más que te haga; un "¡sí, así, así!" logrará más de tu compañero que la más detallada descripción.

En principio, todos las combinaciones "mixtas" (de técnicas manuales con estímulos orales) son buenas.  No se siente lo mismo que te hagan sexo oral sólo con la boca, a que una mano te empuñe el pene al tiempo que se lo introduce en la boca.

Si la cabeza del pene de tu pareja tiene cierta resequedad, entonces métela en tu boca y humedécela con tu lengua y saliva. También, lamer el tronco del pene resulta sumamente excitante, tanto para uno como para otro; recordemos las propiedades erógenas y sensoriales de la boca.

La cabeza del pene -o glande- es la zona más sensible del varón. Si la excitación es tal que o tú o él expulsa alguna cantidad de líquido pre-eyaculatorio y esto no te gusta, entonces lámete la mano, frota la cabeza de su pene y sácale el exceso con la mano humedecida. Jamás hagas esto con una toalla, ...a menos que te aclare expresamente que le gusta el dolor. Es conveniente tener toallitas humedecidas para bebés (de preferencia sin fragancias) a lado de tu cama.

Tetillas

Las tetillas de los hombres tienen tantas terminales nerviosas como en la mujer, pero normalmente no se ven afectadas por cambios hormonales. Pueden ponerse rígidas, se enrojecen y se hacen más sensibles con la excitación.  En muchos casos encontrarás que algunos hombres tienen prejuicios a permitirse sentir en esta zona y rehúsan las caricias, sobre todo porque lo asocian con atributos femeninos.

La rigidez de las tetillas es un buen signo de que la zona se está excitando.  Pero como no es una zona usual en el sexo entre machos, las primeras veces que se lo hagas o te lo hagan puede que no se les pongan tan rígidas a pesar de que les guste. Las tetillas también pueden ser indicadores del grado de excitación: si se hinchan y se ponen tiesas, es casi seguro que hay excitación.  Ese estado puede durar horas luego de la eyaculación o incluso hasta que te duermas.

Comienza con masajes circulares y un lengüetazo o beso sobre el pezón. Prueba con besos con mucha saliva. Puedes variar con succión, pellizcos y mordiscos muy suaves. Hay quienes sienten mucho placer cuando les aprietan los pezones, tanto que incluso gustan de colocarse broches de ropa u otros objetos de presión. No muerdas o aprietes más de lo que le guste a tu pareja si no es con mutuo consentimiento; mejor pregunta aunque te parezca que el chico da para más. 

 

Photo by Blue Magazine / editorial GAY MÉXICO ©