Visto el
doble juego donde por un lado se alientan las alianzas y
por otro se negocia disolverlas, donde por un lado se
insta a dejar los pleitos mezquinos y por otro se les
atiza, donde por un lado se reclama atender las reformas
estructurales y por otro se instrumentan maniobras
distractivas, la oposición debería lanzar y concretar
sus propios proyectos... con o sin el acuerdo del
presidente de la República.
La razón
para actuar de ese modo y hacer algunos de los ajustes
que exigen el desarrollo político y económico es
sencilla: los sexenios duran seis años, pero el país
perdura. Si el próximo gobierno quiere salir del pasmo
político y el empantanamiento económico, la oposición
requiere sentar las bases para conseguirlo.
Lo
importante no es llegar a Los Pinos, sino ocupar la
residencia... no como ahora.
* * *
Aun
cuando el calderonismo se empeña en demostrar que
trabaja con rumbo y estrategia en una sola dirección,
cada vez es más evidente el montaje de un doble juego
para preservar el poder aunque no se ejerza.
A esa
conclusión lleva el show montado por la administración
en tres pistas: las negociaciones emprendidas con el PRI
que contradicen las negociaciones de Acción Nacional con
el perredismo; la ofensiva lanzada contra los
matrimonios gay y la
despenalización del aborto que, por obvio, contradice el
afán de aliarse electoralmente con el perredismo; y el
lanzamiento de la reforma política preparada con el
ánimo de quien ruega por su fracaso para encontrar y
exhibir a los culpables.
Pese al
esfuerzo oficial y extraoficial por deslindar al
presidente Felipe Calderón de esas tres operaciones, ese
doble juego lo deja muy mal parado. Cuando no queda como
un hombre desinformado del quehacer de su equipo,
aparece como un líder incapaz de organizar, articular y
alinear las distintas instancias de poder -gobierno,
partido, grupos parlamentarios y gobernadores- con que
cuenta y, cuando no es así, se exhibe como un político
que invierte el orden lógico de los factores de las
iniciativas que presenta.
Sin
embargo, la trayectoria y la experiencia del mandatario
impiden verlo así. Los cargos y posiciones que
comprenden su carrera -legislador, dirigente partidista,
administrador- son un mentís a la idea de que no sabe lo
que hace o no sabe lo que hacen sus colaboradores.
¿Entonces? Entonces no resta más que pensar que el
mandatario sucumbió ante el pragmatismo político y
guardó -si guardó- la doctrina que, supuestamente,
marcaría distancia y diferencia frente al foxismo.
* * *
Son de
muy difícil digestión los cuentos chinos para zafarlo
del doble juego político, cuyo eje es ganar poder a como
dé lugar, aunque después no se tenga claro qué hacer con
él.
Conociendo el carácter del presidente Calderón resulta
increíble que no haya echado al secretario Gómez Mont si
éste, en verdad, le ocultó información o si actuó con
deslealtad o desobediencia a su instrucción. Una y otra
vez, el mandatario ha demostrado que castiga la
deslealtad y la desobediencia, no la incapacidad o el
error.
Tampoco
puede creerse que, de la noche a la mañana, haya
considerado prioritaria la reforma política. Es en este
caso donde alteró el orden de los factores. El a-b-c de
la política recomienda que cuando se quiere asegurar el
éxito de una iniciativa ésta primero se diseña y
elabora, luego se pre-negocia y, por último, se anuncia.
Anunciarla primero, elaborarla después y negociarla por
último va contra toda lógica. Así se hizo y, entonces,
no es improbable que esa iniciativa fuera una maniobra
distractiva para cargar la factura de su rechazo a la
oposición y granjearse alguna preferencia electoral.
Por donde
se le mire, acercarse al PRI en el campo político y
confrontarlo en el campo electoral; acercarse al
perredismo en el campo electoral y confrontarlo en el
campo político; y pretender reformar el régimen político
en un momento electoral es un doble juego.
Una
maniobra que con todo exige privilegiar a la
política-política o la política-electoral, y el
calderonismo optó por la segunda a fin de reposicionarse
de cara a la próxima elección presidencial.
* * *
Si en su
inicio el calderonismo se quiso diferenciar del foxismo,
ahora -en la desesperación- muy poco le importa
parecerse cada vez más.
Si como
dirigente partidista la divisa de Felipe Calderón era
ganar el gobierno sin perder el partido, ahora como
mandatario la divisa es conservar el gobierno aunque se
pierda el partido, la doctrina o los principios. Ganar
ésta, aquella o la siguiente elección a como dé lugar,
sin considerar los medios ni el costo político.
Si
Vicente Fox utilizó a la Corte como ariete para
debilitar a Andrés Manuel López Obrador y, luego, su
propia investidura para intervenir electoralmente,
Felipe Calderón se vale del combate al narco o la
reforma política para golpear a su adversario en turno.
Ahí está la campaña durante la elección intermedia
emparentando al priismo con el crimen, o el golpe al
perredismo en Michoacán arraigando sin sustento a varios
funcionarios y presidentes municipales.
Ese
pragmatismo se expresa, ahora, en un doble juego
político. Uno que, como el foxismo, desconsidera los
daños al Estado. Uno donde poco importa si prospera o no
la reforma política, si se cumple o no el decálogo
propuesto para darle perspectiva al país, si se mezcla o
no el combate al crimen con la estrategia electoral, si
vulneran o no los acuerdos.
Un juego
donde lo importante, absurdamente, es conquistar el
poder pero no ejercerlo.
* * *
Ante esa
circunstancia, la oposición debería -como en las artes
marciales- convertir la fuerza del adversario en el
impulso propio.
Si el
calderonismo lanza una iniciativa de reforma política
ansiando su rechazo, la oposición debe hacerla suya,
replantearla y sacarla adelante. Si el calderonismo
asegura que nada puede hacer sino mediante grandes
reformas legislativas, la oposición debería -sobre la
base de sus gobiernos estatales y municipales (ahí está
el caso de la tenencia en Querétaro)- emprender acciones
para demostrar que algo se puede hacer.
En 10
años, el panismo foxista o calderonista ha demostrado
que la alternancia no es sinónimo de alternativa, la
oposición debería evitar el doble juego y empezar a
construir la alternativa desde ahora si, en verdad, se
concibe como opción de poder y no como extensión del no
poder en espera de su turno.
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