José Antonio Alcaraz: a un lustro de su muerte

Por: Gonzalo Valdés Medellín / Revista Siempre! en Línea / Posted 1-Oct-2006

“Ante mí mismo, he luchado desesperadamente por construir un personaje y una obra, que en algo pueda ayudar a que algunos muchachos reflexionen sobre su propia condición”.

Hace cinco años, el 1 de octubre de 2001 falleció en la Ciudad de México, José Antonio Alcaraz, musicólogo, compositor, crítico teatral, director de escena, cineasta, cuentista y, en suma, “Todólogo”, como él mismo solía definirse. Maestro en la vida misma, José Antonio fue para mí un entrañable y decisivo guía, que me marcó profundamente, tanto en mi formación periodística, como en la teatral. De nadie es desconocida la fuerte influencia que el Gordo Alcaraz operó en mí, desde que lo conocí en 1982 —contaba yo 19 años— cuando dirigió, para la Primera Semana de Cultura Gay, el espectáculo poético-teatral Estamos en todas partes (germen de la ópera que después estrenaría bajo el título de Sol de mi antojo) donde las figuras y poemas de Xavier Villaurrutia, Salvador Novo y Carlos Pellicer, armaban un intenso y conmovedor oratorio. Hace unos días, recomponiendo mis archivos, hallé una caja que contenía las cintas grabadas con mis viejas entrevistas, entre ellas, algunas inéditas con José Antonio Alcaraz... Por obvias razones de la cercanía amistosa que tuve con el Gordo, pude entrevistarlo continuamente y seguir paso a paso su trayectoria desde 1982 hasta 1989, casi una década en que recogí en infinidad de grabaciones sus testimonios como creador, pensador y personaje activamente importante en el contexto de la cultura mexicana de aquellos hoy impresionantes, fértiles y aleccionadores años ochenta. Así, reencontré al Alcaraz director de ópera: Romeo y Julieta de Charles Gounod, El gato con botas de Xavier de Montsaltvage, Don Quijote de Giovanni Paisiello, Sol de mi antojo, de su autoría. Pero también al vanguardista compositor de música nueva, autor de Tres de Novo, Cardoza, Mutis... Y entre todo esto —y más—, varias cintas que estaban destinadas a convertirse en un libro de conversaciones que titularíamos Póstumo precoz, en donde el Gordo daría cuenta de sus andanzas en el teatro universitario, y como pionero del llamado teatro gay desde el teatro Arcos Caracol de la UNAM con ...Y sin embargo se mueve(n), o como abierto defensor del idioma castellano al titular provocativamente su cantata sobre la obra de Fernando de Rojas Yo Celestina, puta vieja. A cinco años de su muerte, he querido rendir un mínimo homenaje a mi maestro, reproduciendo fragmentos de la primera cinta fechada en 1983 y que recoge la entrevista —hasta ahora inédita— que sostuve con José Antonio en su departamentito de Tlatelolco, recordándolo humorístico, combativo y plácidamente tendido en su diván, al cobijo de los retratos de Proust y Berlioz que siempre le acompañaron en su soledad. Omito las preguntas y dejo solamente los temas y disquisiciones alcaracianos.

El ser homosexual: “¿Que qué es eso? ¡Ay, Gonzalo, es lo que uno tiene que arrostrar, con la cara muy al frente y, aunque te parezca muy cursi, con la frente muy levantada, a diario! Es haber aprendido cómo ostentar la propia identidad sin avergonzarse de ella. Cuando yo tenía veinte años nadie decía que era homosexual. Hermann Hesse lo dice muy bien en Demian, ese libro de sublime y desatada cursilería, pero tan útil y tan necesario como lo puede ser El principito de Saint-Exupéry. En Demian hay aquella frase de que, para nacer, hay que romper un mundo. Para ser homosexual hay que renacer rompiendo el mundo. Pero, desde luego, para mí —paradójicamente—, no todo ha sido color de rosa. He vivido en la lucha, en el desafío, en esta especie de terrorismo burgués que ejerzo, verbal, en cualquiera de mis actividades artísticas y periodísticas. Cuando asumí mi homosexualidad nací realmente a la vida. Rompí el mundo de atavismos que me rodeaba. Fui yo mismo. Renací como renacemos cada vez que amamos a alguien. Somos distintos. Nunca el estado amoroso te permite continuar tu rutina, tu norma habitual y eso es maravilloso y terrible a la vez. El amor manda al demonio la rutina. No tengo rutina cuando estoy profundamente enamorado, como lo estoy ahora de Isaac... Es real el estado de exaltación, de obnubilación, de pasión, de revisión de mí mismo, de vuelta a algunas de mis primeras fuentes de ordenamiento del mundo y del concepto del mundo —oh, palabras ambiciosas— y sobre todo de mi actividad creativa, cuando amo. Y estoy en la fecundidad absoluta, escribiendo y componiendo como desaforado. Amo y no tengo rutina, solamente vivo en una excitación febril incontenible.

Novo, Cantón y Pellicer: “El ejemplo de Novo fue decisivo, porque como homosexual, igual que él, yo siempre fui obvio, ¡pero obvio!, como la tabla del cero. Wilberto Cantón era muy moderado, extremadamente discreto y cauto. Un hombre de una gentileza extraordinaria, y con ese tacto y esa cautela, quizá veía en mí la osadía que él no lograba tener y me ayudó muchísimo. Esta especie de virtud de gentleman, conste, digo especie de, en su momento, en su posición, en su esfera, tenían cierto sentido y, sin embargo, ya ves, es muy famosa la historia de cuando un presidente dijo: “No, Wilberto Cantón no, él nunca será director de Bellas Artes porque es homosexual”. De Novo aprendí su dignidad. Dignidad, la de Novo, con sus anillos, sus joterías, sus mejillas, una más sana que la otra a fuerza de las chapas que se había pintado ese día. Eso es dignidad. Dignidad es escribir Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen. Dignidad es la maravillosa de don Carlos Pellicer cuando, dándose la vuelta, cosa que ya no tenemos que hacer hoy, dice: Sé de callar ante la gente obscura. ¡Hoy no tenemos que callar más ante la gente obscura!, ¿por qué?, este amor que es de otro modo, al que fervoroso cantó don Carlos.

Yo Celestina, puta vieja: “No quiero premios, yo trabajo para aprender, no para que me den un diploma o un pinche Ariel; me da vergüenza haber recibido un Ariel de manos de Luis Echeverría. Mi trabajo era digno en el cine, yo hacía una película para Pepe Díaz Morales como si fuera para Visconti, y me divertía mucho con ello. Pero cierta vez, recibí un diploma por la música de mi Yo Celestina, puta vieja, y le tocó a la meliflua señora Amparo Rivelles entregármelo, leer la terna y estremecerse al tener que decir el nombre de mi obra a la que dejó en Yo Celestina... ¡nomás!, pero mi obra no se llama ¡Yo Celestina, nomás! Radio Habana se atrevió a pasarla como Yo Celestina, puta vieja, que es el título y con el cual llené la marquesina del Arcos Caracol, aunque sólo fuera el día del estreno, claro, porque parece ser que en un país con moralina como Cuba son más libres que aquí y no le tienen miedo al idioma castellano.

Jean Cocteau: “Pedro Miret dijo que yo era El Cocteau mexicano. Y cuando hablo de Cocteau me viene a la mente el trabajo más serio, más intenso que he hecho sobre él: el estreno en México de La voz humana de Francis Poulanç, ópera basada en el sobrecogedor monólogo de Cocteau, que nunca se hubiera hecho si yo no la hubiera puesto. Un homosexual como yo tenía que ser —creo— el director de esta obra escrita por un poeta-dramaturgo homosexual y por un compositor homosexual, que conocían y exploraban espléndidamente el alma femenina. En este sentido, la participación de Martha Zavaleta, estupenda actriz, fue definitiva. Hice la versión que la sociedad mexicana podía tolerar en ese momento en Bellas Artes. Quise, absolutamente, devolverle a esta obra la plenitud que está latente en ella”.

Alcaraz, el personaje: “Ante mí mismo, he luchado desesperadamente por construir un personaje y una obra, que en algo pueda ayudar a que algunos muchachos reflexionen sobre su propia condición. Y sin embargo se mueve(n) sirvió para que muchos jóvenes homosexuales, y muchas mujeres y muchas familias pensaran en el asunto y quisieran también dar su testimonio, como lo dábamos en la puesta Homero Wimmer, Carlota Villagrán y mi adorada Delia Casanova. Mi ópera Sol de mi antojo no es un homenaje, es un testimonio que quiere realzar la importancia, la belleza, la grandeza, el interés, la valentía de la poesía homoerótica de Novo, Villaurrutia y Pellicer. El que uno sea, como creador, capaz de modificar la vida, o bien, mejor aún, el pensamiento y con ello la vida de un ser humano, eso es lo que cuenta. Claro, eso yo también lo experimenté a mi vez; mi vida no es la misma después de leer a Novo o de haber oído a Mahler o de haber leído a Marcelito Proust, que me hizo adulto como lector y como ser humano”.

José Antonio Alcaraz, el peculiar, el impactante, el estentóreo y sabio, tan amado como odiado, personaje de la cultura mexicana de la segunda mitad del Siglo XX, aquí queda en su pensamiento, en su palabra, en los ecos de su obra. Y en el recuerdo vivo de todos quienes tuvimos el privilegio no sólo de ser sus amigos, sino de llamarlo —y saberlo— maestro.