Invadidos por la violencia

Por Rossana Reguillo / 8 de octubre de 2006

En la sociedad globalizada, el individuo sufre la expansión de la violencia y, en el imaginario colectivo, el miedo se alimenta de verdad y ficción, los peligros se niegan o se magnifican, los hechos se territorializan o se atribuyen a los otros. Aquí una visión del rostro del terror en México, Estados Unidos, Colombia y Brasil

Sacudida por la violencia, por constantes emergencias y habitada por una profunda incertidumbre, la sociedad globalizada del siglo 21 comparte una experiencia límite: la expansión creciente del imaginario del miedo, un miedo confuso, sincopado, inasible, que extiende sus dominios por diversos territorios y se alimenta en las interfaces que se producen en la zona de contacto entre los datos objetivos y la ficción.

No es, por ejemplo, una ficción que las instituciones que la modernidad levantó estén colapsadas, que la escuela, los partidos políticos, los sindicatos, el mismo Estado, la familia incluso, enfrenten con dificultad los desafíos que les plantea el nuevo (des) orden mundial; no es ficción que, en lo que toca al modelo de desarrollo, el planeta enfrente la crisis inédita del agotamiento de los recursos; tampoco es ficción que, ante el horizonte de pobreza que se extiende estructuralmente, las violencias de distinta índole se conviertan en el texto que migró de las "páginas rojas" a las primeras planas, y cuya presencia cotidiana es documentable. Es decir, hay evidencias y datos objetivos que están en la base de las percepciones sociales del miedo y de la incertidumbre.

A principios de los 90, este sentimiento de indefensión se manifestó primero, "juguetonamente", a través de la explosión en el espacio urbano de leyendas y mitos que daban forma a hondas preocupaciones sociales en torno a la inseguridad: la violencia, el desamparo institucional, los nuevos riesgos sociales, las "leyendas urbanas" sobre robo de órganos, mutaciones genéticas, locos acechadores, relatos sobre el sida, entre otro conjunto de símbolos como las advocaciones marianas, los milagros y las cadenas mágicas en Internet, por ejemplo.

Pero la llegada del año 2000 imprimió un giro en estas manifestaciones. Los tintes milenaristas fueron subiendo de tono y en los discursos sobre "el fin del mundo" se escondieron, chapuceramente, algunos miedos muy reales que la gente experimentaba frente al (des) orden social, económico y político.

En esos años de entresiglos, los símbolos, los relatos, las imágenes que circulaban profusamente por el espacio público, operaban como metáforas de ese malestar social.

Ahí, por ejemplo, la narrativa cinematográfica, que es un espacio de representación privilegiado para entender los asuntos que preocupan a una sociedad, jugó un papel fundamental para vehiculizar ciertos miedos difusos, algunos montados sobre figuras de alma antigua (la invasión, la noche, el extranjero) y, otros, apelando a los riesgos derivados de la etapa postindustrial.

No sólo la película-catástrofe (como Ignacio Ramonet denomina este género), sino el cine postapocalíptico que va creciendo en producción y en el gusto de las audiencias, por mucho que tengan su epicentro en Hollywood, pueden leerse solamente en clave comercial. Su éxito, planetario, se fundamenta en su capacidad de dotar de figuras, relatos y explicaciones creíbles y posibles tanto a "la llegada del fin" como a "lo que viene después".

La narrativa cinematográfica de entresiglos se va desplazando de las catástrofes naturales a las catástrofes antropogénicas (producidas por los seres humanos), donde la violencia doméstica (intranacional) y el terrorismo juegan un papel protagónico. Y, por ejemplo, en películas (malísimas) como Daño colateral, que había anticipado un ataque terrorista exógeno en suelo estadounidense y cuya exhibición fue prohibida durante los primeros meses posteriores a los atentados de septiembre de 2001, es posible leer la capacidad del cine, no solamente de producir terror, sino, además, de "recoger" y resemantizar, en otras claves, los miedos sociales. El cine hace visibles, con otras lógicas, los efectos del modelo civilizatorio y el proyecto sociopolítico y económico dominantes; además, induce un tipo de percepción que tiende a fijar a los ciudadanos en el lugar de la "víctima" de procesos ingobernables y carentes de todo límite o forma.

Sin embargo, es importante señalar que es posible detectar un momento de inflexión en esta experiencia social. En la década que precede al siglo 21 y antes de que se lance la cruzada imperial contra el terrorismo, los síntomas del malestar parecen contenidos por dos procesos, si bien distintos, complementarios: en primer lugar se piensa en las crisis como estados de excepción y por consiguiente éstas son sometibles al "relato ejemplar" que toma características distintas: disciplinante, preventivo o aligerador (aunque todo relato comporta en algún grado alguna de estas características): "lo asesinaron porque era homosexual", "la violaron porque era prostituta". Y en segundo lugar, la catástrofe, la violencia, el horror, constituyen asuntos "lejanos", cuyos efectos -se piensa-, tienen apenas un impacto en la vida cotidiana de las personas, "eso pasa en Colombia", "eso sucede en tal barrio, pero no aquí".

Se trata de dos dispositivos simbólicos, excepcionalidad y lejanía, que operan como estrategias de contención de los problemas y al mismo tiempo como tácticas de negación.

Pero "excepcionalidad" y "lejanía" son seriamente cuestionadas no sólo por los acontecimientos terroristas, sino además por la serie de "emergencias" ambientales, económicas y sociales que en una compleja y a veces ambigua relación con las situaciones locales, como la espiral de las violencias ejercidas por la delincuencia común y, de manera especial, por la organizada, terminan por producir una cotidiana relación con "lo excepcional". Pensemos por ejemplo en la ola de decapitados y la escalofriante escena de las cinco cabezas expuestas en una pista de baile.

Estamos en otro momento, el de la solución autoritaria como mecanismo para contener la crisis. Sin acallar el lenguaje mágico, ni anular lo difuso en la percepción de una inseguridad creciente, la solución autoritaria con sus retóricas de seguridad, exportada al mundo global por los gobiernos estadounidenses, hoy redefine en distintas partes del globo las formas en que las sociedades se organizan y estructuran la dinámica de sus relaciones.

Entre otros factores, el mayor empoderamiento del narcotráfico y sus redes, las evidencias cotidianas de los efectos de un progreso ciego y sordo al ecosistema, el desdibujamiento de las instituciones modernas, constituyen "la materia prima" que va a reencauzar tres pasiones fundamentales: el miedo, el odio, la esperanza.

Indudablemente, con los indicadores a mano, no es posible asumir una posición de superioridad moral frente a una "razón ciudadana" que, habitada indistintamente por el miedo, el odio y la esperanza, no logra distinguir entre las consecuencias estructurales del proyecto asumido y la responsabilidad propia del colapso que es atribuido a unos "otros" que, en el afán de acceder a un mínimo de seguridad por precaria que sea, son elevados a la categoría de monstruos.

A través de la investigación empírica y el análisis, es posible señalar que hoy parece haber dos mecanismos principales con los que las sociedades enfrentan y domestican la experiencia de indefensión e incertidumbre: La antropoformización del miedo: que consiste en dotar de un cuerpo y una figura concreta a los temores de la época; proceso que sigue siendo alimentado por una historia de dominación, exclusión y demonización de lo diferente, lo anómalo, lo trasgresor; y estimulado en buena medida por los medios de comunicación electrónica, cuya capacidad de gestión de la complejidad parece disminuir en la medida en que aumenta su capacidad tecnológica.

El segundo mecanismo es la espacialización del miedo: dotar a los males percibidos, a la amenaza, de un territorio concreto y delimitable, cuya formulación más contemporánea y "acabada" (y geopolítica), es la metáfora del "eje del bien y el eje del mal", pero que de manera indudable está presente en otros espacios, cuando se atribuye a ciertos barrios, a ciertas regiones, a ciertos países, la portación del mal, el caos y el deterioro.

Si bien se trata de mecanismos sociales que buscan contener el caos y el horror, adquieren otro estatuto, por su imbricación con la política global y la capacidad de los poderes fácticos para instalar agenda. Son procesos que no suceden al margen de un contexto político-económico interesado en impulsar ciertos proyectos. Ahí, por ejemplo, el uso electoral de los miedos sociales en Estados Unidos, Europa, América Latina; ahí por ejemplo, el impulso a ciertas leyes que pese a los eufemismos retóricos utilizados, se inscriben en la lógica de la "limpieza social" y el eugenismo del siglo 19; ahí, al centro de estos procesos, la enorme y paradójica dificultad de las sociedades democráticas para calibrar el valor fundamental de los derechos humanos, cuestión que viene siendo crecientemente secuestrada por las voces autoritarias que apelan a la aniquilación del "enemigo".

El miedo disemina sus esporas y ellas ciegan cualquier posibilidad de mirar y encarar de otro modo la enorme complejidad de nuestra sociedad global.

Hoy, la pregunta no es sólo quiénes administran y controlan interesadamente los miedos que experimenta la sociedad, sino además quiénes gestionan los espacios de "esperanza" y cuáles alternativas de sociedad se dibujan en el paisaje ruidoso y confuso del presente. La solución autoritaria cercena la imaginación de un futuro donde el conflicto -inevitable-, pueda ser gestionado desde la escucha inteligente y respetuosa. Abrir paso franco a los miedos (que muy justificadamente nos habitan) es abrir las compuertas al odio, a la sospecha y a la fragmentación social.

 

Rossana Reguillo, investigadora y ensayista