Imaginario de la Literatura / El otro amante

Por Guadalupe Loaeza / 15 de octubre de 2006

Mi nombre es Yann Andrea, y fui el otro amante de Marguerite Duras. Aunque nos separaban 38 años de edad, Marguerite y yo nos enamoramos como dos adolescentes. Muchas veces traté de enseñarle que sin necesidad de alcohol también se podía luchar contra los monstruos del mundo. Asimismo hice todo lo posible por estimular su escritura. Pero lo más importante era lograr que ya no pensara tanto en la muerte. Es cierto que entonces tenía 81 años y era normal que tuviera miedo de morir.

¿Que cómo la conocí? Un día decidí escribirle una carta. "¿Escribirle a Marguerite Duras? ¡Estás loco!", me decían mis amigos. Sin embargo, me atreví, y a partir de esta audacia, decidí escribirle todos los días. Eran unas cartas de amor maravillosas. En una de las primeras le recuerdo la primera vez que habíamos hablado en un bar de Caen, después de la proyección de la película India Song. Al terminar la filmación se había llevado a cabo un debate con estudiantes de filosofía entre los cuales me encontraba. Pero después me dijo que no se acordaba en absoluto de mí. De lo único que tenía memoria era que esa noche había bebido demasiado y que una sombra la había acompañado hasta su coche. Yo era la "sombra" y me acordaba muy bien de que en el estacionamiento le había hecho dos preguntas: "¿Tiene usted un amante?" y "¿A cuántos kilómetros acostumbra correr por las noches en su R16?".

Recuerdo muy bien lo que me contestó: "No tengo ningún amante" y "Corro a 140 kilómetros por hora". Además, me felicitó por haber empleado la palabra "amante". Después de varias semanas de estar escribiéndole todos, todos los días, cartas largas y muy tiernas, como no me contestaba mi correo, opté por enviarle notitas mucho más cortas, pero mucho más fogosas. Después de dos meses, dejé, abruptamente, de escribirle. Como Marguerite ya se había acostumbrado a leer todas esas palabras de admiración, se inquietó al ver que ya no le escribía. Entonces, ella fue la que me escribió: "¿Ya se olvidó de mí?". Y de nuevo empezó a recibir mi correspondencia amorosa. "Eran las cartas de amor más bellas que jamás haya recibido", llegó a confesar en una de sus tantas entrevistas. Además, le mandaba poemas, relatos literarios donde se hablaba de amores imposibles y otras cartas de amor entre personajes de la Historia. Y Marguerite leía y releía mis cartas de amor. Lo más llamativo de todo es que no se cansaba de recibir tantas manifestaciones de admiración y de amor. Al contrario, las necesitaba. De alguna manera sentía que esas líneas le inyectaban vida. Pero yo seguía sin recibir respuesta. Pero yo no me cansaba de escribirle.

Por más de cinco años escribí a este monstruo sagrado. Todos mis amigos me decían que estaba loco, que Duras ya no quería oír hablar de los hombres. Todo el mundo sabía que, para ella, los hombres eran como niños viejitos incapaces de interesarse en otra cosa que no fuera ellos mismos, incapaces de soportar la rivalidad con la escritura, incapaces de comprender el sufrimiento de las mujeres abandonadas, etcétera. ¿Por qué entonces me interesaba tanto en esta mujer de piel tan ajada, una mujer que bebía las 24 horas del día, que llevaba 15 años de vivir en absoluta soledad y que ya se sentía completamente acabada?

"Mi rostro está lacerado de arrugas secas y profundas, de piel rijosa. Este rostro cuya expresión no se ha suavizado como sucede en el caso de aquellos que tienen facciones finas. Este rostro que ha conservado sus mismos rasgos aunque su materia esté destruida", solía decirme. Tenía razón. Su destrucción había empezado desde que tenía 20 años. Pero el verdadero deterioro había sido a causa del alcohol combinado con la desesperanza y la falta de ganas de vivir. Pero yo seguía obsesionado por seducir a esta mujer que medía 1.50 mts., de cuerpo sin forma que siempre se vestía igual: chaleco, falda recta y, en invierno, suéter con cuello de tortuga, botas cortas, y que nunca llevaba bolsa. Ella decía que la única moda que respetaba era "el estilo M.D.". Es cierto que yo nada tenía que ver con esta mujer. Además, ella era muy famosa, había vendido 3 millones de ejemplares de su libro El amante, traducido en 42 idiomas. Por añadidura, había otro problema, yo era homosexual, pero necesitaba vivir al lado de esa mujer.

Finalmente, Marguerite Duras me respondió en enero de 1980: "No tenía más que un solo deseo, contestarle a este joven estudiante de Caen para decirle qué tan difícil es para mí vivir. También quería decirle que he bebido mucho. Que a causa de esto fui internada en un hospital. Y que no entendía por qué bebía tanto". Después de escribirme esta carta, Marguerite fue hospitalizada tanto por el alcohol como por ingerir antidepresivos.

Siete meses después, le llamé por teléfono a Roches Noires y le dije: "Allá voy". Ella preguntó: "¿Por qué?". Y le contesté: "Para conocernos". "¿Cuándo?". "Mañana. El autobús llega a las 10:30. Estaré en su casa a más tardar a las 11:00". Entonces yo vivía a las afueras de París. Por fin, llegó el día y la hora de nuestra cita, pero a pesar de que estuve mucho tiempo llamando, Marguerite no me abrió la puerta. Esperé y esperé, pero nada. Llegó la noche y me dormí frente a la puerta. Recuerdo que pasaron unos vecinos y me dijeron: "Nosotros la conocemos. No va a abrir nunca la puerta". No obstante, seguí esperándola. Al cabo de unas horas, me cansé tanto que me fui molesto. Más que enojado me sentía herido. Me fui sin dejarle una nota. Una noche, saliendo de la película Navire Night, decidí ir a verla a su casa. Le llevaba una carta que eché por debajo de la puerta. Toqué el timbre y esperé la respuesta. La contestación fue muy sencilla: "Pasa", me dijo por fin Marguerite Duras. A partir de ese momento, nunca más nos separamos. Dormíamos juntos. Viajábamos juntos. Vivíamos juntos, pero eso sí, nunca hablábamos del futuro.

"Mi encuentro con Yann fue lo más inesperado que pudo haberme sucedido en la última parte de mi vida. Igualmente lo más terrorífico, pero sobre todo lo más importante", dijo Duras en una entrevista. Sin embargo, un día nos peleamos de una forma muy intensa y me fui el 15 de junio de 1981. Fue ella la primera en escribirme una carta: "No obstante ya no lo quiero en absoluto, no quiero nada, nada todavía más que a usted". Entonces y sintiéndose completamente sola, Marguerite volvió a la bebida. Regresé, pero ya no pude ayudarle a que dejara de beber. Cada tercer día íbamos a comprar botellas de bordeaux, en eso consistía nuestra única salida. Marguerite entró al hospital por tercera vez para desintoxicarse. Me acuerdo que cada vez que iba a verla, al salir me ponía a llorar en el taxi. Sufría de pensar que Marguerite pudiera morir y que me dejara completamente solo. Pero ella también sufría porque creía que ya no la amaba. Esa fue tal vez nuestra época más infernal. Los dos nos acusábamos. Los dos nos necesitábamos. Los dos nos amábamos. Muchas veces llegué a pensar, que yo le recordaba a su hermano Paul, con quien tuvo la primera relación sexual. Durante la guerra, cuando se enteró que su pequeño hermano había muerto, Marguerite se daba golpes en la cabeza contra el muro. Sufrió tanto que se quería morir. Incluso buscó ayuda con un psiquiatra, quien le dijo que la única medicina que podía hacer algo por ella era la escritura. Y para no sufrir tanto, en dos días realizó Agatha, la historia de amor de una hermana por un hermano.

Cuando finalmente mi Marguerite murió, tenía 81 años y yo 43. Mientras la velaban en la Iglesia de Saint-Germain-des-Prés, probablemente ella sabía que estaba encerrada en aquel féretro. Sin embargo, yo que la custodiaba, no tenía ni idea de qué hacer, ni dónde estaba. Yo también estaba muerto. Alrededor de mi cuello llevaba una bufanda azul que me había regalado Marguerite. Como un autómata, estreché la mano de todos aquellos que me presentaban sus condolencias. Allí de pie, a un lado de la caja, me quedé muchas, muchas horas. Estaba tan acostumbrado de protegerla del frío, que para mí era normal... Un tiempo después descubrí que en algunos libros había un personaje que se asemejaba mucho a mí. Me conmovió hasta la médula. Nunca me lo dijo Marguerite, pero tampoco imaginé nunca que un día mi persona, pero sobre todo mi amor hacia una mujer extraordinaria, terminaría siendo una fuente de inspiración de la gran escritora Marguerite Duras.

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