Sobre el arco iris

 Por Guadalupe Loaeza  / 17 de octubre de 2006

No sé quién dijo que cada quien tiene su propio arco iris. Hoy vamos hablar del arco iris del periodista mexicano Braulio Peralta. Tengo la impresión de que nuestro autor, nacido en Veracruz en 1953, vino al mundo con un arco iris chiquito debajo del brazo, de allí su eterno optimismo y su enorme generosidad no nada más respecto a sus amigos, sino especialmente hacia sus lectores. Es esa misma generosidad, la que sentí conforme leía su libro Los nombres del arco iris (Editorial Nueva Imagen). Y vaya que los nombra con todas sus letras, porque quiso, como él mismo dice en su epílogo, "escribir lo que pienso y vivo".

Hacía tiempo que un autor mexicano no me conmovía al grado que lo ha hecho Braulio Peralta. Hay que decir que el tema que trata su libro es, además de doloroso, fundamental para entender una de las mayores crisis sanitarias que ha vivido la humanidad en su historia: el sida. Esta epidemia es la que más ha cambiado y seguirá cambiando la conducta social -sobre todo sexual- de la humanidad. Es la que más se ha prestado a controversia, a mitificación, a mentiras y a verdades a medias, pero también a trivialización y a la más grosera evidencia de la estupidez humana. El libro de Braulio Peralta es una toma de conciencia.

La epidemia se da a conocer en 1983. Hoy por hoy, existen más de 40 millones de personas con el virus; seis enfermos sobre 10 viven en África y dos sobre 10, en Asia. En México la cifra asciende a más de 200 mil infectados. "Imposible no compadecerse", dice Peralta. Sí, es imposible no hacerlo especialmente por lo que se refiere a los países no nada más pobres económicamente hablando, sino aquellos que son muy pobres de espíritu como es el nuestro. La Iglesia mexicana sigue recomendando la abstención sexual, o la fidelidad, antes que el uso del condón. Ante tal negación de una realidad implacable, dice el autor, quien como saben no tiene pelos en la lengua que: "A la caridad de parte de la Iglesia la envuelve el prejuicio absoluto ante un mal que terminará por imponerse en los propios pilares del Vaticano...".

Cuando de pronto aparece el sida, ya no había tiempo para seguir luchando por los derechos de los gays y de las lesbianas. Es cierto que entre 1971 y 1983, el movimiento homosexual y lésbico había crecido a través de diversas organizaciones en México. También es cierto que muchas y muchos habían luchado e impulsado sus causas, pero, precisamente por esa falta de tiempo la mayoría no lograron cuajar. Como dice Braulio: "El movimiento se volcó a la tragedia de los muertos". De ahí que su lucha se hubiera centrado en los problemas de salud, en las campañas de prevención, en la necesidad de apoyos y mejoramiento del servicio médico que veía con resquemor a los enfermos.

Las historias que narra el autor en el capítulo "Con Pasión" son desgarradoras. "Durante tres días no pude dormir porque despertaba sudoroso, con pesadillas; me levantaba e iba al espejo a revisarme el cuerpo: no hay manchas, no hay diarrea, no hay fiebre. 'Estás loco', me decía, y volvía a acostarme sin poder conciliar el sueño", dice uno de sus personajes quien al cabo de unos meses muriera en el hospital del Instituto Nacional de Nutrición. Pero afortunadamente durante la etapa terminal, esta víctima no estaba solo. La vida quiso que conociera un ángel de la guarda que le dio asilo en su casa, porque muchos se lo habían negado. Según este ángel, gracias a él, a su amigo enfermo de sida, de quien pudo ocuparse personalmente, comenzó otra etapa de su vida la cual le permitió sentir mucho más cercana a la muerte, pero sobre todo, a lo que le ayudó fue a entender a cabalidad lo que significaba la palabra solidaridad. Claro, este ángel se llama Braulio, es de carne y hueso y un pedazo de pescuezo. Para ellos, para los infectados del VIH, abrió las puertas de su casa, de par en par.

El capítulo "Sida en el Ejército" es ciertamente revelador. ¿Cómo que con las leyes que amparan a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), la institución pudo expulsar de sus filas a 110 elementos por ser portadores del VIH? ¿Cómo que la Secretaría de Marina, por su parte, expulsó a 278? ¿Y cómo es posible que salvo algunos casos excepcionales, la mayoría de ellos quedaran exentos de servicios médicos? Y nos contesta Braulio: "Se trata del artículo 226 de la Ley de Seguridad Social para las Fuerzas Armadas Mexicanas (Issfam), que, en contra del artículo primero constitucional despoja de sus derechos a soldados de cualquier rango por el simple hecho de ser portadores del virus del sida, porque esa ley estipula que los militares, al ingresar al servicio, deben firmar un documento en el cual aceptan las leyes castrenses que les rigen". ¿Cuántos militares serán portadores del virus? Imposible saberlo. Como tampoco sabemos cuántos migrantes transportan el VIH de sus comunidades a uno y al otro lado de las fronteras norte y sur.

Entre las muchas preguntas que nos formulamos gracias al libro de Peralta está: ¿cómo acercar la información de prevención a grupos vulnerables, como por ejemplo los sexo-servidores hombres, esos muchachos que se instalan en la Alameda y que parecen tan abandonados de la mano de Dios? Tememos que la protección masculina no ha sido todavía un tema de salud política. No así el de las sexo-servidoras mujeres. Para ellas sí hay programas, mas no para ellos.

Lo que me gustó de la obra de Braulio Peralta es que es un libro propositivo, informativo y muy educativo acerca de un tema del cual todavía existe mucha desinformación. Es un libro que me enseñó lo que debe sentirse frente al miedo al mal; es decir, a la enfermedad, que me enseñó a odiar aún más la homofobia, que me enseñó lo que significa la responsabilidad de ser gay y que me enseñó por qué es tan fundamental que la izquierda sea congruente y asuma la Ley de Sociedad de Convivencia, que no hay democracia sin sexualidad incluyente. Estoy segura de que si lo leyeran muchos jóvenes se sentirían reconfortados de saberse, tal vez, miembros de una comunidad que cada día está más orgullosa de sus logros y sus retos. Porque como les diría Braulio: "No podemos abandonarnos, sería un desastre olvidarnos. Tenemos la misma causa, gustos semejantes y opiniones diversas por sistema. Pero hemos de luchar juntos, ayer, hoy, siglos de respirar, rumiando la misma paradoja o, a veces, nos arrebatamos la palabra y hasta nos atacamos absurdamente por la misma canción. Una cosa sí es cierta: ninguno de nosotros aceptaría los dudosos honores del proselitismo a Provida. Es hora de enfrentar la realidad del nuevo siglo".