Visión Mundial / En EU, republicanos en peligro

Por Gabriel Guerra Castellanos / 17 de octubre de 2006

El 7 de noviembre los estadounidenses renovarán la mayor parte de su Poder Legislativo: México es parte del debate

Mejor dicho, la inmigración y los indocumentados mexicanos forman parte del temario de esta elección intermedia que será una de las más emocionantes desde 1994, cuando los Republicanos barrieron con los Demócratas y se hicieron de la mayoría en ambas cámaras del Congreso.

Aquella "revolución" transformó Washington y cambió de manera definitiva la gestión del entonces presidente Clinton.

Primero, lo obligó a regresar al centro político y alejarse de aquellas iniciativas que parecían más ideologizadas, como la de reformar el sistema de salud. En segundo y mucho más recordable lugar, permitió que el Congreso estadounidense le entablara el equivalente a un juicio político por el "affaire Lewinsky".

Desde entonces -ya son 12 años- los Republicanos han controlado ambas cámaras de manera ininterrumpida, no obstante los contratiempos que han sufrido en las presidenciales de 1996 y 2000, en la primera de las cuales Clinton se reeligió cómodamente y en la segunda, en la que Gore ganó el voto popular pero perdió en el Colegio Electoral.

Aun después, con todo y las críticas a la guerra en Irak y un presidente atribulado, pudieron conservar sus mayorías.

No es cosa fácil cambiar las ecuaciones de poder en Washington. La reelección legislativa es permitida y alentada, lo que hace casi imposible que un candidato pueda destronar a un legislador federal en funciones, o como allá se les llama, a un "incumbent".

Unas cifras que ilustran: de los congresistas que buscaron reelegirse en 1998, por ejemplo, lo hicieron 395 de un total de 403 miembros de la Cámara de Representantes.

En 2004, lo lograron 396 de 401 que lo intentaron: es decir ¡el 98%! En el caso del Senado, los porcentajes son ligera- mas no significativamente- menores.

Estas cifras, que parecen propias de Cuba o de la extinta Unión Soviética, tienen muchas explicaciones, las cuales no son precisamente democráticas en su espíritu, por más que se apeguen a la letra de la ley.

Por supuesto tiene mucho que ver la visibilidad y el reconocimiento de un legislador en funciones. También influye el dinero.

En promedio, quien busca la reelección utiliza 10-12 veces más recursos que su contrincante, lo cual le asegura una abrumadora presencia en medios electrónicos y también la capacidad de contar con un numeroso y entusiasta equipo de campaña.

Un muy buen indicador de la enorme ventaja que llevan los "incumbents" se encuentra en el número de elecciones que son consideradas como "competidas", en las cuales ambos partidos dedican cuantiosos recursos humanos y económicos para tratar de ganar.

Este año, un estudio del New York Times estima que apenas 13 de los 33 escaños del Senado en disputa no están ya asegurados, y lo mismo aplica para solamente 41 de los 435 de la Cámara de Representantes.

Si bien no es mucho lo que pueda cambiar en la que hasta antes del 2000 era considerada por algunos como una de las democracias más avanzadas, los analistas apuntan a que ésta es la mejor oportunidad que han tenido y tendrán pronto los Demócratas para tratar de recapturar la mayoría en alguna de las dos cámaras.

Las encuestas señalan un aumento de la intención de voto Demócrata, mientras que la gran mayoría de los escaños verdaderamente en disputa están actualmente en manos de los Republicanos.

Las razones son numerosas y variadas, pero tienen en común un cierto clima adverso a los Republicanos, a su liderazgo en el Congreso y a su presidente Bush, quien podría arrastrarlos en su propia caída política.

Primero lo primero. Los índices de aprobación del presidente son inusualmente bajos (36%, de acuerdo a varias encuestas serias, incluidas las de la revista TIME y las de CNN) y eso tiene naturalmente un impacto en la simpatía partidista y la intención de voto del electorado.

La guerra en Irak le ha causado estragos, así como la creciente sensación de vulnerabilidad ante un ataque terrorista. El aumento en los precios de la gasolina ha amainado, pero dejando a su paso estragos en los bolsillos y el ánimo de muchos votantes.

Está también el desagradable escándalo provocado por el aparente acoso sexual de parte de un desconocido congresista republicano, Mark Foley, hacia adolescentes que trabajaban en el Congreso.

Su intercambio de mensajería instantánea con uno de ellos es vergonzante y bochornoso; peor aún, la reacción del liderazgo Republicano en la cámara de Representantes huele a encubrimiento.

Por si eso fuera poco, el escándalo también abre las puertas a una discusión pública acerca de uno de los temas tabú para los conservadores: el de la homosexualidad en las filas de su partido.

Y finalmente, aunque de ninguna manera menos importante, está el debate acerca de la migración.

Si bien no es el tema central de esta elección, indudablemente influirá de manera fundamental en algunos de los distritos en disputa, como por ejemplo en Arizona donde el Demócrata Jim Kolbe ha dejado vacante su escaño.

La retórica y la demagogia se han apoderado ya de buena parte del discurso político en ese estado, como bien lo reseña en un espléndido reportaje el legendario Joseph Lelyveld, del New York Times.

Para algunos, los inmigrantes son una mina de oro: provocan temores, ruido y reacciones irracionales que a su vez dan a los populistas migratorios el pretexto ideal para la xenofobia y el racismo.

Pobres de nuestros paisanos. El gobierno de México les prometió un acuerdo migratorio que resultó un espejismo y hoy son carne de cañón para lo más deleznable de la clase política estadounidense.

gguerra@gcya.net