De las mujeres y la fragilidad de los hombres

S.G.L. / 20 de octubre de 2006 / El Universal

 

La división privado-público aún organiza las relaciones sociales. Desde que el trabajo dejó de ser una actividad desarrollada en casa, en la esfera de lo privado se quedaron las imágenes, los deseos, las fantasías, el cuerpo y la sexualidad.

En oposición, la eficacia, el cálculo, la productividad, el autocontrol y el orden pasaron a formar parte del mundo público. Organizar la vida social de este modo precisó de la invención de otra dicotomía: a saber: femenino-masculino. De hecho, en algún punto de la historia, se institucionalizó una relación específica entre hombres y mundo público, y mujeres y esfera privada.

 

Un rápido vistazo a las relaciones heterosexuales ilustrará, sin embargo, que las fronteras entre lo masculino-femenino no son rígidas, sino más bien flexibles y negociables.

 

Por un lado, para sostener la imagen de que los hombres son los poseedores legítimos del pensamiento racional, los únicos con la capacidad y habilidades para crear orden y certidumbre, así como los actores que representan a la humanidad, es necesario suprimir en cualquier contexto prácticas discursivas que aludan a los sentimientos, las fantasías, en fin, a lo femenino. Se trata de establecer que un hombre lo es porque no es una mujer. Esta es una definición de la masculinidad en términos negativos.

 

Por otro, un estilo de confirmarse a sí mismo que se es hombre heterosexual sin duda consiste en gritar a voz en cuello: ¡me gustan las mujeres! Establecer estrechas relaciones sexuales y afectivas con las mujeres es una práctica para confirmar la masculinidad. En este caso se trata no de alejarse de las mujeres lo más que se pueda, sino estar muy cerca, muy pegadito a ellas. Es común justificar las relaciones heterosexuales argumentando que los contrarios se atraen para unirse, y que al lograr la unión, se define con claridad el carácter tanto del hombre como de la mujer.

 

Y aquí se presenta un hecho, en mi opinión, notable y de consecuencias no muy halagüeñas para los hombres. Éstos, al buscar relacionarse afectiva y sexualmente con las mujeres, se introducen y, por decirlo así, se entregan voluntariamente a aquello de lo que se supone quieren mantenerse alejados: de la esfera de lo privado. Y allí adentro, en una relación con una mujer, ya por su desconocimiento de la lógica de los afectos, ya por su miedo a ser tragados por el remolino de las pasiones y las fantasías, los hombres a menudo reaccionan con miedo, confusión y suelen racionalizar y mantener un estado de alerta exacerbado, en el mejor de los casos (¿por qué los hombres son tan secos?, se preguntan las mujeres). En el peor, surge la misoginia, la violencia o la firme creencia de que las mujeres manipulan y poseen una naturaleza "diabólica" (¿alguien se acuerda de la mujer fatal?).

 

En lo público, entonces, lo privado se intenta suprimir y, en lo privado, lo público intenta controlar la relación. Esto es, los hombres tratan de mantener fuera del interés público cualquier indicio emocional. Y en cuanto a la relación sexual y afectiva, es menester tenerla bajo control (se trata de "no perder la cabeza"). Los hombres temen caer presos en el "remolino de las pasiones", el que amenaza con desbaratar toda cordura. Los hombres se sienten frágiles y vulnerables. Se pisa terreno resbaladizo y las caídas no se hacen esperar.

 

Los nombres del cuerpo

 

J.C.B.

 

Tal vez cuando Oscar Wilde habló del amor que no osa decir su nombre, en realidad se refería a esa costumbre de los gays de apenas decirnos los nuestros en los encuentros fugaces, de inventarlos o, de plano, de no interesarnos en ellos.

 

Un cuerpo con un nombre es un enredo: es casi el compromiso de conocer a un individuo. Recuerdo una novela gay de los 80 que se llamaba Numbers, porque en el frenesí sexual de aquellos años a los amantes ocasionales se les llamaba números, que no personas. Ser dueño de un cuerpo es algo oneroso e inestable. "Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen", decía Salvador Novo para expresar esa ajenidad. La liberación, primero, y luego el sida, vinieron a poner las cosas dentro de otra dimensión. Quizá cuando los gays comenzaron a preguntarse acerca de sus derechos, se dieron a pensar que uno de los primeros era el derecho de amar. Puede sonar muy cursi o muy romántico, pero no es tan fácil. Algo así como una angustia, un no saber qué hacer con uno mismo ni con el otro, es lo que me encuentro a menudo cuando me voy de bares o cuando me adentro en ese cuarto oscuro de los chats. Todos andamos a la caza de un amor, pero todos ponemos barreras infranqueables para no ser localizados. Así, en el chat la mayoría detalla de entrada lo que no quiere: no gordos, no obvios, no locas, no nacos, no chaparros, no, no, no. Yo creo que sería mejor poner lo que sí se desea. Pero los gays, como todo el mundo, somos muy dificilitos.

 

¿Es un asunto solamente de la construcción de nuestra masculinidad? Mis amigas bugas se quejan amargamente porque no entienden a los hombres. Y los varones lo mismo: que las mujeres están bien locas (así, con las mismas palabras siempre, porque los hombres tenemos poca imaginación verbal). Pero en el caso de los gays pasa algo semejante: hombres que no entendemos a los otros hombres. Y lo que pasa, digo, es que el gran problema es el otro, la otra, aquél/aquélla que ni siquiera podemos imaginar.

 

La presencia del otro, del inabarcable otro, es un reto y es un enigma. Que un hombre pueda entenderse con otro hombre o una mujer con otra mujer es tan improbable como que las mujeres y los hombres se entiendan entre sí; pero a esto hay que agregar el rechazo social, el silencio y la ausencia de imágenes positivas acerca de este tipo de amores. Además de la desastrosa educación sentimental de los varones mexicanos. Porque sucede que a los gays no nos dan una educación especial: nos educan para hombrecitos, como a los demás, para ser consentidos, muy dueños de nuestro pito y expertos absolutos en el pisa y corre. Por eso el sexo entre nosotros es fácil y sencillo, pero el amor tiene que vérselas primero con el enfrentamiento de dos egoísmos. Esa es la fragilidad del hombre gay, precisamente: su filiación neurótica a un orden heterosexista. Pero esa también es su posibilidad, porque la puesta en crisis de ese orden pasa por la conciencia crítica de un cuerpo distinto.

 

La Primera Dama es un colectivo integrado por: Vizania Amezcua, Ishtar Cardona, Alberto Chimal, Hazel Gloria Davenport, Adriana González Mateos, Saúl Gutiérrez, Noé Morales Muñoz y Cristina Rivera-Garza.