Atractiva e inverosímil

Por Lázaro Azar / 24 de octubre de 2006

Crítica

Cuando parecía que el cincuentenario luctuoso de Miguel Bernal Jiménez (1910-1956) iba a pasar sin pena ni gloria, el lugar común que clama que "la mejor manera de recordar a un compositor, es tocando su música" queda en entredicho al irrumpir en nuestro máximo escenario una "novedosa" escenificación de su Tata Vasco (1941), drama sinfónico en cinco cuadros.

Anunciada como "ópera", esta peculiar partitura vuelve a nosotros gracias a los empeños de uno de los más comprometidos difusores de la música de Bernal Jiménez, el Maestro Fernando Lozano. Con una visible inversión que superó los tres millones de pesos, este domingo 22 presenciamos la primera de dos funciones de una reposición que resultó tan atractiva e inverosímil en lo visual, como (una vez más) dispar y desafortunada en lo musical.

Quienes aún no se han saturado con esa suerte de origamis monumentales que son las figuras geométricas del escultor Sebastián, disfrutarán las estridentes tonalidades de esta propuesta suya que parece contar con más simpatizantes que otros célebres artistas plásticos cuestionados tras incursionar en el ámbito operístico-escenográfico, vgr. José García Ocejo (Carmen, 1972) y/o Rafael Cauduro (Salomé, 1999).

Más afortunada me parece la desmesura imaginativa del vestuario, también firmado por Sebastián. ¿Será inconsciente su concatenación de guiños, que hacen más llevadero este tabique colosal?

Aún no sé si considerarlos acertados, pero es un hecho que más de una comadre va a fusilarse el modelito de la princesa Coyuva, que parece sacado de una película de rumberas de Juan Orol, y yo ya me apunté para piratearle el trajecito "como de Nefertiti tropical" (Angellina Chávez dix it) que le diseñó al gobernador Cuninjángari para estrenármelo en la próxima marcha del Gay Pride, y ni qué decir de los híbridos de caramelo con uniforme de Sanborns que portaron los indios tarascos.

Sumemos al acartonado marcaje escénico de José Solé el oximorum justiciero al insufrible texto -por ingenuo, tradicionalista y evangelizador, muy a tono con estos tiempos yunquistas- de Manuel Muñoz que resulta la atropellada, rudimentaria e igualmente ingenua coreografía elaborada por Marco Antonio Silva para esta exhumación de Tata Vasco. En tres palabras: de risa loca.

En lo musical, varios son los compositores cuya sombra se vislumbra en la "ínclita destreza reaccionaria" que permea esta obra: desde Paul Dukas (con El aprendiz de brujo) hasta Tchaikovsky, cuyas danzas características del segundo acto de El cascanueces aparecen torpemente remedadas en el cuarto cuadro de esta partitura, cuyo mayor tropiezo reside en la densa orquestación que ahoga a los cantantes.

Salvo Jesús Suaste, que volvió a dar su voz profunda, pastosa y resonante al protagónico al igual que lo hiciera hace 14 años -última vez que Tata Vasco fuera presentado en Bellas Artes-, puede decirse que el resto del elenco vocal naufragó en el intento:

Violeta Dávalos volvió al rol de Coyuve. Poco se le oyó y no es exagerado decir que ni ella es la soprano dramática que dicho papel requiere, ni mucho menos Néstor López se acerca a la tesitura de Heldentenor que precisa el príncipe Ticátame. Tampoco se le oyó.

Creo que el Alabado entonado por Belem Rodríguez y el Coro durante el tercer cuadro fue de lo mejorcito; con todo y lo mucho que les aplaudieran sus parientes, la endeble emisión de los niños solistas está más cercana a la conmiseración que a la simpatía.

Fallida como ópera y más aún como drama sinfónico (he ahí el desastre), Tata Vasco ha corrido mejor suerte con esta reposición. La afirmación vertida en 1992 por Eduardo Contreras Soto de que "sus limitaciones superan sus ambiciones" sigue siendo tan válida, como exitoso estoy seguro que sería el venderla como espectáculo para esos turistas que buscan coloridas postales de inditos y coreografías como de propedéutico de Amalia Hernández.

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