En la mirada de Marilyn Monroe

Manual para canallas
Roberto G. Castañeda
26 de octubre de 2006

 

Aquella Marilyn bailaba una canción de Frank Sinatra, cuyo nombre no recuerdo y tampoco quiero saber. Entonces me lanzó un beso imaginario, soplando sobre la palma de su mano. Me quedé inmóvil, aturdido, sin saber qué hacer. Ella se acercó a mí y quiso sentarse en mis piernas. Salté como resorte y hasta tiré mi bebida, junto con el cenicero. "Sabes qué, ya me voy", dije apresuradamente. "No, no te vayas, no así, por favor". La falsa Marilyn parecía preocupada. "Quiero que me entiendas, no que te asustes", aclaró. "¿Eres mi amigo, verdad?", cuestionó casi con angustia. Afirmé con un movimiento de cabeza. "Entonces sabrás comprenderme", añadió. Dudé y aprovechó mi desconcierto. "Siéntate", invitó mientras se acomodaba en el sillón. Me senté lo más retirado posible. "Ésta soy yo", indicó mientras hacía el ademán de recorrerse la cara con las manos. Se quedó en un intento de gesto coqueto. "Yo sé que tú eres una persona muy inteligente y madura", no me dejaba hablar, "por eso decidí mostrarte mi secreto". Encendí un cigarrillo. "Ay, pero tómate otra copa, ¿quieres que te sirva un ron?", y corrió por un vaso a la cocina. Quiere emborracharme, pensé. Me sirvió una cuba bien cargada. Hice como que bebía, pero en realidad apenas la probé. "Tú no eres como los demás, que son unos patanes, por eso decidí que me vieras así, vestida de Marilyn, porque es algo que me fascina". Como vio que no me escandalicé, prosiguió. "Perdón por querer sentarme en tus piernas, pero no lo pude evitar, no estoy acostumbrada a tener público". Ok, no hay problema, creo que aclaré, pero que no se vuelva a repetir. "Y es que además me gustas mucho", soltó con seriedad pero también con una enorme sonrisa, al tiempo que posaba su mano sobre la mía. Yo le devolví un gesto de frialdad y retiré mi mano con firmeza. "¿Verdad que sí me parezco a Marilyn?", preguntó casi con desesperación. A mí me recordó a Miguel Bosé, vestido de mujer en Tacones lejanos. "Sí, un poco", pues aunque el disfraz me pareció grotesco desde el principio, le mentí para no ser cruel. "Ya me tengo que ir", aclaré y caminé hacia la puerta. "¡No te vayas!", exclamó, "no me dejes sola, no esta noche". Solté una mirada gélida. "¿No te gusto, no crees que podrías quererme?", inquirió en tono de súplica. "No me gustan los hombres, nunca me han gustado", le dije a esa falsa Marilyn. Y quise arrancarle la peluca rubia y pisotearla, pero mi madre me educó para ser muy decente. "Lo lamento, en verdad que lamento todo esto", dijo Carlos, a quien consideraba un buen jefe y gran compañero de trabajo.

* * *

Ya antes había ido a beber a su casa, pero también estaban otros compañeros. Yo tenía pocos meses laborando en aquel periódico deportivo, así que no estaba muy familiarizado con el ambiente. Una noche, luego de terminar la edición, Carlos me dijo que íbamos a ir a echar trago a su casa, así que no se me hizo nada extraño. No tenía ganas de desvelarme, entonces le dije que mejor iba otro día. Insistió tanto que no pude negarme. Ya después supe que había sido un engaño. No asistiría nadie más. "Pues vámonos, nos adelantamos y que allá nos alcancen los demás". Después de una hora ya llevaba yo como tres tragos. Carlos bebía con desesperación. "Creo que estos weyes ya se colgaron", manifesté extrañado. "Déjalos, a lo mejor cambiaron de opinión y se fueron a un teibol, ya sabes cómo son", los excusó él. Otra hora después, intenté despedirme. "Espérate, tómate otro trago y te vas", me retuvo, "además tengo una sorpresa". Me pidió que lo esperara y se marchó por las escaleras. 15 minutos después ya me había servido otra cuba, cuando escuché la voz de Frank Sinatra y vi a la patética Marilyn Monroe bajando con supuesta sensualidad. Y ahora qué hago, relexioné y me quedé petrificado. Nunca lo hubiera imaginado. Lo demás ya se los he contado. Escapé de allí, no sin antes decirle a Carlos que respetaba su homosexualidad, pero que eso no le daba derecho a abordarme o tratar de conquistarme. No intentó hacerse el ofendido. Me despidió con aparente calma y me dijo que seguiríamos siendo amigos. Antes de aquel incidente, yo era "un reportero muy talentoso y prometedor", según las palabras de Carlos delante del director. Al otro día de rechazar a Marilyn, yo era un irresponsable, así que me llamaron de Recursos Humanos para decirme que allí estaba mi liquidación, que al parecer mi jefe no estaba satisfecho con mi trabajo y que si deseaba una segunda oportunidad, que hablara con él. Extendí la mano, tomé el cheque, les firmé de recibido. Ni empaqué mis pocas pertenencias; sólo guardé mis cosas en la mochila. Atravesé la redacción con la cabeza en alto. Carlos me miró con desdén y recordé su sonrisa maquillada. No pude evitar reírme en su cara. "En realidad te pareces más a Paquita la del Barrio", le aclaré. Me miró con odio, no supo reaccionar, se dio media vuelta y se encerró en su oficina. Desde entonces dejó de gustarme Marilyn Monroe. Así que mejor me quedo con la sonrisa de Salma Hayek.

 

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