La Diabla / Desde el retrete

Por Vera Milarka / 27 de octubre de 2006

'Sensacional de maricones' parodia la producción y consumo de folletones cursis

El teatro de temática gay pasó en los años 90 del "destape" a la moda, y de ésta a un recurso que garantizaba éxito comercial. Así fue como proliferaron, desde entonces, las obras de este género con desigual calidad, las más de las veces redundando en puestas francamente malas. Por esto, contra esa tendencia, tiene que luchar Sensacional de maricones de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (Legom), dirigida por Boris Schoemann en el Teatro La Capilla, para atraer de nuevo a un público hastiado de ese teatro -valga la expresión- tan manoseado e intrascendente desde el punto de vista artístico.

Montar a Legom no es fácil a pesar de que su humor ácido y sus temas nos resulten familiares. Su narrativa dramática urge a que se le interprete, aunque es todo un reto para el director, como en este caso, dividir parlamentos entre los personajes cuando no hay estrictamente diálogos. Esto es parte del juego: una "fotonovela escénica" en recuerdo a los pasquines sentimentales de papel revolución para leer en el retrete.

Sensacional de maricones es una parodia a la producción y consumo de esos folletones cursis y melodramáticos donde la sirvienta de provincia venida a la ciudad se enamora del señor de la casa, sólo que en este caso se trata de Jaimito, un mariconcito, así en diminutivo (para subrayar como dice Legom el eterno infantilismo que adjudican a los homosexuales). Este personaje que lava la nave de su patrón y se debate entre el amor a éste y el hostigamiento (sexual y doméstico) de su patrona, es más un pretexto que un personaje nodal, para examinar y combatir el costumbrismo mexicano que tanto odia Legom.

La historieta, hecha de recortes escénicos (no precisamente sketches), funciona tal y como si viéramos un cómic, de eso se trata, e incluso eso pretendió la escenografía (Noé Casillas). Muy mal lograda por cierto, estorba a los actores que no consiguen manejarla, y el efecto de fragmentación nunca resulta visualmente; más bien distrae.

Si los actores nos han hecho "ver" escenarios inexistentes poniendo a trabajar la imaginación del espectador, si se han abocado a no vender trama sobre lo que va a seguir, si el humor en la obra es producto no sólo de la inflexión de los actores, sino de ciertos estratagemas mentales en los que el autor abunda burlándose de la idiosincrasia nacional, la escenografía realista está fuera de contexto.

Los dos excusados como eje central de la escenografía ya son de por sí obvios: evidenciar la literatura de retrete desde el retrete mismo es suficiente, lo demás sale sobrando.

Lo interesante de la comicidad de la obra es que no se sustenta en el amaneramiento fácil de la mayoría de obras de y sobre maricones, aquí no hay tacones, ni lentejuelas; la crítica al lugar común está integrada desde el señalamiento al prototipo, subrayando lo patético, no precisamente desde el regodeo. Aquí, como en las obras de Genet, el autor forma parte incluso de lo que denuncia, trátese del demoledor retrato de las clases mexicanas "típicamente nacas", o de las ínfulas de los intelectuales que pretenden no pertenecer a este mundo de convencionalismos absurdos, donde el mal gusto es bien visto.

Boris Schoemann ha podido trasmitir sin parafernalias la idea de Legom, ha conseguido que sus actores, Juan Carlos Vives (que alterna con Emanuel Márquez), Mauricio Isaac (alternando con Alejandro Morales) y Mahalat Sánchez en alternancia con Lucía Muñoz, sostengan la vida de unos personajes anodinos (pero con más dignidad que Paco Stanley y Mayito); materializando el sesgo bizarro y escatológico de éstos a través de una suerte de técnica de distanciamiento "brechtiana", porque existe siempre una marca que hace notar al público que ellos "exhiben" a esos personajes, más allá de encarnarlos.

He ahí otra nota de agregada comicidad dada por niveles: desde chistes gestuales y de circunstancia, pasando por el doble sentido, hasta una ironía más compleja en su construcción dramática y escénica que a ratos espesa y fatiga el ritmo de la puesta. La obra puede llegar a "incomodar" más que solamente divertir, pero sin duda, ésa es la idea y su mérito.