Frontera Invisible / Imperfecciones de la democracia estadounidense

Por Sergio Muñoz Bata / 2 de noviembre de 2006

En Estados Unidos no se intenta persuadir a los votantes regalándoles despensas básicas para comprometerlos a votar por algún candidato, ni los partisanos pueden ganar puntos para la rifa de una vivienda durmiendo en los campamentos que bloquean las calles de la ciudad

Tampoco votan los muertos ni se invita a los extranjeros a votar por el mesiánico comandante en jefe de la revolución.

Esto no significa, sin embargo, que la democracia que en el siglo 19 tanto deslumbrara a ese espíritu ilustrado llamado Alexis de Tocqueville esté pasando por uno de sus momentos estelares.

Y si bien es cierto que las profundas fallas que el sistema electoral mostró durante la controvertida elección presidencial del 2004 fueron superadas con tersura gracias a la enorme fortaleza de las instituciones democráticas del país, hoy, en la víspera de la elección del 7 de noviembre vuelven a aparecer grietas en el sistema electoral.

De los numerosos problemas que agobian al sistema electoral estadounidense el más grave, desde mi perspectiva, es el desproporcionado papel del dinero en las elecciones.

Los grupos de interés especial y los grandes millonarios han encontrado la manera de burlar los límites a los fondos destinados a las campañas políticas e invierten millones de dólares para determinar quienes participan en las elecciones, quienes ganan y cuál será su agenda una vez que ocupen su puesto en el gobierno.

El segundo problema que agobia al sistema electoral es producto de las circunstancias actuales. Dado que la inmensa mayoría de los pronósticos indican que la posibilidad de que los demócratas tomen control del congreso es real los republicanos han recurrido a dos prácticas deleznables para intentar conservar el poder.

Con la figura del presidente George W. Bush empantanada en la guerra de Irak, el peso de la campaña republicana ha recaído en Karl Rove, el asesor político del presidente que fue el artífice de las exitosas campañas del 2002 y 2004.

Lo alarmante, esta vez, es que la estrategia de Rove mina los principios de la competencia justa pues ha encontrado la manera de disponer de los recursos del gobierno federal para impulsar el triunfo de los candidatos de su partido.

Considere, por ejemplo, el asombroso caso del archi conservador representante Tom Reynolds, quien ha representado a un distrito del estado de Nueva York desde 1998 y busca la reelección en noviembre.

Dañado en sus aspiraciones electorales al ligársele como cómplice en el ocultamiento del escándalo homosexual del ex representante republicano por la Florida, Max Foley, Reynolds se reunió con Rove para planear su supervivencia.

De regreso en Washington D.C., Rove tuvo una charla con las autoridades federales que asignan fondos a distritos afectados por desastres naturales.

Cuatro días después, Reynolds anunció que el presidente Bush había autorizado millones de dólares en ayuda federal a su distrito y, de manera casi milagrosa, resurgió su popularidad y empieza a superar, por un pequeño margen, a su opositor demócrata.

Los voceros de la Casa Blanca niegan que Rove haya intervenido en el asunto. "Los astros se alinearon de manera propicia," decía el cínico comunicado de prensa de la oficina presidencial.

Y lo mismo dirán, seguramente, para explicar lo que está sucediendo en Ohio, donde el Departamento de Transportación el que se ha mostrado generoso anunciando la construcción de carreteras federales en el distrito que representa la republicana Deborah Pryce, cuya popularidad también curiosamente ha ido a la baja.

Tampoco ha faltado en esta campaña electoral la utilización de publicidad negativa y según los analistas políticos la mayoría de los anuncios son infundados ataques a los demócratas en los que predominan los temas de contenido sexual.

A un veterano de la guerra de Vietnam con probabilidades de ganar la elección al senado por Virginia le acusan de haber escrito pasajes con contenido sexual en las novelas que hace años escribió.

A otro le acusan de haber llamado una vez a un número telefónico pornográfico. A Nancy Pelosi, quien asumiría el liderazgo de la mayoría en la Cámara de Representantes si ganaran los demócratas, se le acusa de un liberalismo tan radical que aún siendo heterosexual se dedicaría a promover una agenda homosexual.

Intentar ponerle límites al gasto en las campañas políticas o a los contenidos publicitarios en este país es ilusorio dado el derecho constitucional a la libre expresión.

Probar legalmente los abusos del gobierno, aunque difícil, no es imposible. Una vez hechos públicos sólo queda confiar en el juicio de los votantes.

sergio.munoz@latimes.com