Espectáculo político

Norman Birnbaum
8 de noviembre de 2006

Los últimos días de la campaña electoral en Estados Unidos han sido frenéticos. Los partidos están entregando grandes sumas a los candidatos que enfrentan contiendas cerradas por la Cámara de Representantes o el Senado, mientras que los que no reciben recursos se quejan de haber sido abandonados.

Las estrellas de los partidos (el ex alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, y el senador, John McCain, contendiendo por la nominación presidencial republicana en 2008, y el ex presidente Bill Clinton, el nuevo y carismático senador negro de Illinois, Barack Obama, y una multitud de figuras de Hollywood por parte de los demócratas) son omnipresentes.

Han visitado tantos lugares en tan pocos días que seguramente tuvieron que usar el dispositivo de "teletransportación" de la serie de televisión sobre la nave espacial Enterprise. De hecho, existe algo de extraterrestre en todo este proceso, especialmente cuando los candidatos y sus invitados proclaman su fidelidad a los valores tradicionales del electorado.

Pueden decirse muchas cosas sobre Giuliani, McCain y Clinton, pero no parecen ser candidatos a santos.

Aún más mundanas parecen ser las apariciones en campaña del presidente y el vicepresidente. Han estado en distritos congresionales y en estados de sólida tradición republicana... para exhortar a la base electoral del partido a no sentirse desalentada por los informes de inminentes victorias demócratas.

En el trasfondo se ubica, por supuesto, la eficiente operación computarizada de identificación de votantes de la maquinaria partidista republicana, que en éste como en otros aspectos, está gastando más que los demócratas. El presidente y el vicepresidente hablan como si los demócratas que critican la guerra en Irak fueran una minoría muy pequeña y quejumbrosa, acusándolos de cobardía ante el enemigo.

Bush y Cheney insisten en la suprema necesidad de "mantener el rumbo" en Irak, aunque Bush desechó la frase cuando fue acusado de necedad y de negarse a reconocer el caos en Irak. Negó haberla usado jamás, para luego retomar su lenguaje anterior. Cheney no ha mostrado esta flexibilidad temporal, y ha insistido en que los demócratas no sólo son débiles, sino que simpatizan con los terroristas debido al desdén que sienten por su propio país.

Esos ciudadanos que interpretan "erróneamente" la primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos pensando que les otorga libertad de expresión, corren el peligro de ser agredidos durante las reuniones a las que asisten el presidente o el vicepresidente. Incluso vestir la camiseta o el emblema "equivocados" puede ser riesgoso. A las multitudes republicanas se les ha ordenado gritar ¡USA! ¡USA! (Estados Unidos) cuando el presidente sea cuestionado. Al tiempo que la política se funde con el entretenimiento, como lo han hecho los deportes, ese cántico es una forma de expresar una opinión: los críticos del presidente no son parte de la nación.

Los republicanos declaran que los demócratas pretenden convertir a todo el país en un gran San Francisco, aludiendo a la supuesta aversión que provoca esa ciudad en muchos estadounidenses por su actitud relajada hacia la variedad sexual. Nancy Pelosi, la líder demócrata de la Cámara Baja, es de San Francisco. Que ella se concentre en temas como la guerra, la inseguridad económica, la ayuda para gastos educativos y médicos, es -insisten los republicanos- solo una desviación en la "agenda hippie" de los demócratas.

Esa fue la frase utilizada por el actual presidente de la Cámara Baja, Dennis Hastert, quien ha sido básicamente confinado a las sombras por la ineficiente forma en que manejó el escándalo de un congresista republicano que era exageradamente "amistoso" con jovencitas que laboraban en el Congreso.

Ahora los republicanos han sufrido otra vergüenza. Un prominente predicador fundamentalista y adversario del matrimonio entre homosexuales, y visitante también de la Casa Blanca, confesó haber contratado a un prostituto masculino.

Quizá, sin embargo, la mayor vergüenza republicana de todas sea la salida concertada de los neoconservadores. Figuras que alguna vez declararon ruidosamente que la guerra era justa, necesaria y exitosa, ahora denuncian sin rubor al presidente y sus asesores por haberla conducido en forma incompetente.

Entre ellos se incluye el otrora escritor de discursos de la Casa Blanca, David Frum, quien afirma haber inventado la frase "eje del mal"; el ex funcionario del Pentágono, Richard Perle (cuya demanda de extirpar militarmente a los enemigos de Estados Unidos sólo fue igualada por su implacable búsqueda de altas comisiones por su trabajo como cabildero), así como una figura familiar en muchos escándalos de décadas anteriores en Washington, Michael Ledeen.

El doctor Ledeen, que alguna vez fue historiador académico, ha volteado el tema de la sexualidad en contra de la Casa Blanca. La incapacidad del presidente para usar la fuerza en Irak de manera efectiva, dice, se debe a la influencia de la señora Bush, de la abogada de la Casa Blanca, Harriet Meiers, y de la funcionaria del Departamento de Estado encargada de la propaganda y socia del presidente en Texas, Karen Hughes. Si en efecto la feminización de la política ha llegado ahora a la Oficina Oval, ¿qué esperanza puede existir de un retorno del Viejo Testamento, en el cual varoniles reyes no vacilan en masacrar a sus enemigos por miles?

La elección puede ser, o no ser, un momento determinante en la historia moderna de Estados Unidos. Pero como forma de entretenimiento, como sátira involuntaria de nuestra cultura política, ciertamente rivaliza con cualquier cosa que los novelistas y dramaturgos más imaginativos pueden ofrecer.

Profesor emérito de la Escuela

de Leyes de la Universidad de Georgetown