De Política y Cosas Peores / Acto de lucidez

Por Catón / 9 de noviembre de 2006

Estuvieron muy puestos en razón los diputados que votaron en contra de autorizar el viaje de Vicente Fox a Australia y a Vietnam. Sinrazón grande, en cambio, era la del Presidente: nadie deja la casa que se está incendiando, y menos para hacer una visita de cortesía. Fox incurre en exceso cuando dice que ha sido secuestrado. Oaxaca sí que está secuestrada, y está secuestrada la tranquilidad del Distrito Federal después de los bombazos, y está secuestrado el orden político en vísperas de la asunción del nuevo Presidente. Aun así Fox pretendía ausentarse del país en días cruciales. Si en otras ocasiones los diputados opositores han dado muestras de cerril intolerancia, esta vez procedieron con sensatez y juicio. Aprovechando ése que fue quizás un acto de lucidez involuntario, solicito la autorización de los señores representantes de la oposición para narrar ahora un par de cuentecillos... Aquella señora era muy rica; brillaba en sociedad. Tenía un hijo en quien depositaba todas sus ternuras, pues el muchacho era hijo único. Soñaba doña Moneya -así se llamaba la dinerosa dama- en el día en que su hijo la haría abuela, pues así se perpetuaría su ínclito linaje. Un día, sin embargo, el muchacho le informó que era gay. Doña Moneya se desilusionó un poco, pero era respetuosa de la libertad y sentimientos de su hijo, y sobre todo quería su felicidad, de modo que se avino a la nueva situación. Animado por la comprensión que halló en su madre, el muchacho le presentó a su compañero, un hombre bastante mayor que él, de gran fortuna y excelente posición social. El nombre de este señor era Wilderio. Pasó algún tiempo. Un día el hijo de doña Moneya la llamó por teléfono y le dijo que quería hablar con ella. Juntos fueron a tomar un café en un lugar que a ambos agradaba. "Madre -le dice el muchacho-. Voy a darte una noticia que creo que te va a gustar. Conocí a una chica muy linda. Tan linda y de tan agradable trato que me enamoré de ella. No sabe nada acerca de mi pasada vida. Le gusté también y me correspondió. Nos vamos a casar, mamá. Se cumplirá tu ilusión de ser abuela". "¡Hijo mío! -rompe a llorar doña Moneya-. ¡Me estás dando la mayor felicidad que he sentido desde que me compré el abrigo de visón! Dime: ¿quién es esa adorable muchacha a la que desde ahora debo mi dicha?" "No la conoces, madre -responde sonriendo el muchacho-. Y mal podrías conocerla: es pobre, de familia humilde. Su padre es un modesto artesano; su madre trabaja de cocinera en una casa. No es gente como la que tú estás acostumbrada a tratar". Doña Moneya se queda pensando y luego dice: "Todo eso está muy bien, hijito. Pero ¿por qué no piensas mejor las cosas? ¡Tan bueno que es Wilderio!"... Don Chinguetas vivía sus últimos momentos. Venabla, su mujer, lo acompañaba sentada al lado del lecho de agonía. "Acércate más, esposa mía -le pide él con feble voz-. Quiero hacerte una confesión". "No hables -contesta ella-. Piensa en la eternidad a cuyas puertas te hallas. Además, en este momento estoy planeando lo que haré de viuda, y me distraes con tus palabras". Insiste él: "Es que no quiero morir sin pedirte perdón por algo que hice. Debes saber la culpa que me agobia. Escucha: te engañé con mi secretaria. No sólo eso: le compré una casa mejor que ésta donde vivimos, y un coche cinco veces más caro que el que traes. Además le regalé joyas, pieles, vestidos, zapatos, bolsas y accesorios que tú jamás tuviste. Es cierto: contigo viajé a París, a Londres, a Roma, a Florencia, a Nueva York... Pero a ella la llevé a Saltillo, privilegio que a ti siempre te negué". "Ya no hables más, Chinguetas -lo interrumpe doña Venabla-. Todo eso que me estás diciendo ya lo sabía yo". "¿Ya lo sabías?" -se asombra don Chinguetas. "Claro que sí -replica ella-. ¿Por qué crees que te envenené?"... FIN.