La voluntad de amar

María Teresa Priego
9 de noviembre de 2006

Se abrió de nuevo el debate de las sociedades de convivencia. El derecho de dos personas adultas del mismo sexo. A firmar un pacto. Simbólico y jurídico. De amor y apoyo mutuo. Un pacto elegido por ambos libremente. En el cual sólo se comprometen los involucrados, y del cual sólo ellos son responsables. Leí un desplegado incendiario en contra. Entre tantas otras palabras que denuncian la amenaza social que representa que las parejas homosexuales legalicen sus uniones. ¿Cómo podría un contrato privado, provocar tantos infortunios colectivos? Afectar a esa mayoría de personas. Que no vamos a firmar nada. Que vivimos como vivimos. Deseamos lo que deseamos. Y construimos en toda libertad. Nuestros "valores familiares".

Podríamos mirarlas a través de la ventana. O mirarlos. Viven juntos. No se apellidan igual. No los unen "lazos de sangre". Se eligieron. Colocaron la una en la otra (el uno en el otro) su compromiso y -en términos amplios- su deseo. ¿Habrá un acto más humano y afortunado, que dos personas asumiendo su necesidad de amarse y protegerse? Pertenecen al mismo sexo. Esta pertenencia es el "dato duro" de una discusión larga, cruel y empantanada. ¿Qué se cuestiona de fondo? ¿El derecho de dos personas a firmar un contrato? ¿O el derecho de dos personas a amarse? Discusiones distintas. El derecho a amarse. Entre adultos. Que consienten a una relación de pareja. ¿Podría acaso estar en cuestión?

"Lo que yo te escribo/ es ilegal, como tus besos,/ como tus palabras/ como la sombra oscura/ que bordea los abismos./ Ilegal,/ como en una selva en llamas,/ sin auxilio./ Todo lo que te escribo/ apunta hacia el delito./ Está proscrito, como tú./ Como todo tu cuerpo amurallado". Lo escribió Silvia Tomasa Rivera. Para un hombre. Podría haberlo escrito un hombre para otro hombre. Una mujer para otra mujer. El amor estaría. La búsqueda de ternura y de lealtad. Pero las palabras "ilegal", "abismo", "proscrito" tendrían en nuestra cultura un sentido muy distinto. En el caso de un amor homosexual.

Un sentido donde la dificultad no se jugaría. En el encuentro entre dos seres. Sus deseos y contradeseos. Sino en la prohibición social. ¿Qué pasa si dos personas se aman y la mutilación/prohibición se impone de afuera? ¿Sería justo? El prejuicio existe. La singularidad de la orientación sexual también. ¿Se vale decir?: "Que renuncien a ellos mismos, quienes no sean como yo". Pero si estamos hablando de amor. No de asesinos seriales.

"Un hombre no puede amar a otro así". Quien habla dice: "Yo no podría". Lo escuchamos. Pero el cimiento sobre el cual se construye la libertad de los seres humanos, y los derechos de las personas, es justamente que a él nadie le exige que pueda. Ninguna persona se levanta en armas verbales. Para que no ame a una mujer. Nadie va a cuestionar -por principio- su idea de pareja o de familia. A menos de que atente contra la ley, y que su "idea" de familia se traduzca en daño. Contra otros. ¿Cuál es el daño -a priori- contra otros? Inscrito en el amor homosexual.

Una persona desea visitar a su pareja del mismo sexo, que está en terapia intensiva. ¿No es un acto discriminatorio insoportable, que no se lo permitan? Le explican que no es su papá, ni su mamá, ni su hermano, ni su hijo, ni su esposa. Es su amor. ¿No basta? El pacto de convivencia. Garantizaría los derechos. De una pareja. La sociedad de convivencia no violenta al matrimonio. No coloca a la especie en peligro de extinción. Son pactos específicos y diferenciados. A cada quien. Su voluntad de amar.

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