¿Demonios o principios?

Por Federico Reyes Heroles / 14 de noviembre de 2006

 

"...cada hombre tiene la propiedad de su propia persona".

John Locke

 El raciocinio se enfrenta a feroces enemigos. La ignorancia, la carencia de información y las terribles pasiones son realidades omnipresentes. Ésos son algunos de los enemigos externos que hacen del razonar un trabajo de filigrana y también de resistencia. No es racional que la humanidad gaste anualmente algo así como 500 mil millones de dólares en armamentos y sea incapaz de juntar 10 mil para dar cobertura total de educación básica a los niños que carecen de ella. No es racional que sólo dos países desarrollados aporten al menos el 1 por ciento de su PIB para el desarrollo de los más pobres, pero que todos clamen por un mundo más seguro. Y así podríamos seguir.

Ver la irracionalidad de los otros siempre será más sencillo que ver la propia. Quizá por ello los peores enemigos sean los fantasmas, los demonios internos, los ídolos de los que hablara Francis Bacon. Penetrar en las propias tinieblas es un desafío que no todos emprenden. Huir de los asuntos espinosos, ser prisionero de las fobias, de los prejuicios es más cómodo que encarar las diabólicas pasiones que nos pueden haber atrapado. ¿De dónde vienen, quién las sembró en nosotros, cuándo crecieron y dominaron nuestro cerebro? No hay respuestas claras.

Carl Sagan, ese gran divulgador de la ciencia, escribió un libro asombroso (El mundo y sus demonios) sobre las ideas diabólicas que se han batido en contra del raciocinio y de la ciencia. Hay así una larga cadena de confrontaciones, luchas, cruentas guerras que pretendieron defender principios, fundamentos vitales y que hoy no soportan el menor análisis. ¿Por qué hace un siglo no sufragaban las mujeres o los jóvenes? ¿Cómo explicar la discriminación racial en la nación más desarrollada del mundo hasta hace cuatro décadas? Quizá la peor de todas: qué sustentó la idea de superioridad racial que llevó al Holocausto. Es una historia de vergüenzas que nos recuerdan el gran poder de los demonios.

Una vergüenza muy grave de la que todos somos responsables es la homofobia. La lista de demonios que se han tejido alrededor de esta realidad humana no tiene límite. A los homosexuales se les ha tratado y trata como enfermos, como plaga, como degenerados. El ostracismo los persigue. Los mitos crecen: cada día son más, lo transmiten a los hijos, a los alumnos, destruyen la familia. Algunos se obsesionan con la explicación genética. Para otros es como la peste. El hecho es que pasan los siglos, los milenios y un grupo de seres humanos con una opción sexual diferente sufre todo tipo de vejaciones y actos de discriminación. Que ello ocurra entre seres humanos que debieran asumirse como iguales es algo odioso y condenable. Pero aún más grave es que el Estado mantenga preceptos homofóbicos.

En un Estado asentado en valores liberales la privacía es un pilar de la convivencia. ¿Qué derecho tiene el Estado a predeterminar que los derechos laborales adquiridos sólo podrán ser transmitidos entre parejas de heterosexuales? ¿Qué derecho tiene el Estado a imponer que el único núcleo válido de relaciones humanas es el que forman varón y mujer? ¿Por qué prejuzgar la heterosexualidad, que es la práctica más común, como la única fórmula aceptable de convivencia humana? ¿Aceptable para quién? Todo Estado y el andamiaje jurídico que lo sustenta es sin duda un proyecto ético. Con el propósito de ampliar nuestras libertades es que el Estado impone una moralidad: la bigamia está condenada, la igualdad entre géneros es obligación, etcétera. El principio que valida la intervención del Estado en asuntos éticos es garantizar a todos las libertades básicas y proteger los bienes jurídicos: la vida, la propiedad, etcétera.

Pero hay un punto de inflexión en el cual invadir la privacía con una falsa moral estatal lo único que logra es la disminución de las libertades. El Estado puede intervenir en un hogar cuando, por ejemplo, se ejerce violencia en contra de alguno de los miembros, lo está protegiendo. El Estado obliga a los padres a educar a sus hijos e interviene en los contenidos de la educación. Pero el Estado no debe determinar las creencias religiosas que se fomentan en cada hogar. El Estado no debe establecer -además sería imposible- cuál es la edad correcta para iniciar la vida sexual. El embarazo de adolescentes le incumbe en tanto que los hijos de esas parejas con gran frecuencia sufren descuido y abandono. El Estado tampoco debe fijar el tipo de relación sexual o afectiva que debe privar entre los individuos.

En México la homofobia sigue siendo grave: 32 por ciento considera que la homosexualidad nunca se justifica; 44 por ciento considera que los homosexuales no deben participar en política y un 30 por ciento no aceptaría a un homosexual como vecino (Encuesta Mundial de Valores). Pero además de los fantasmas populares, nuestras leyes están invadidas de preceptos que invaden la privacía. O sea el peor de los mundos. De allí la importancia de la Ley de Sociedades de Convivencia del Distrito Federal la cual, por un lado, enfrenta la discriminación y, por el otro, desnuda un Estado que transgrede sus límites. Especular sobre las consecuencias de la homosexualidad es abrir la puerta a los demonios. La homosexualidad es un hecho en el cual están involucrados individuos que, como cualquier otra persona, merecen el respaldo y la defensa del Estado, por eso la discusión atañe a todos. El fondo del debate nacional que apenas se inicia es la defensa de la privacía, es la preeminencia de los valores liberales que deben sustentar nuestra democracia. El fondo es quién va a gobernar México los principios o los demonios de cada quien.