La bolsa o la vida

La Primera Dama
Colectivo
17 de noviembre de 2006

C.R.G.

 

Excepto por dos o tres amigas minimasculinistas que prefieren organizar sus objetos personales en una diminuta cartera, casi todas las mujeres que conozco llevan a un costado del cuerpo, con frecuencia del lado del corazón, una bolsa.

 

La bolsa, por más que lo parezca, no es un objeto. No es, quiero decir, sólo un objeto. La bolsa es un mundo. Cual novela total, la bolsa lo contiene todo o, en todo caso, podría. La bolsa es una historia de vida, un botiquín de primeros auxilios, una cueva prehistórica, una barrera contra el olvido, un ancla, una casa completa (con todo y puerta y ventanas), una adicción, un pequeño museos de objetos perdidos e inútiles, una caja fuerte, el mítico sombrero de un mago, la compañía más serena.

 

Como el cuerpo cuando se sumerge en el río de la infancia, la mano que entra en el interior de la bolsa puede encontrar cualquier cosa. Siendo todo esto, y aún más, resulta en verdad alarmante que existan tan pocos lugares diseñados exclusivamente para ella. Todo parece indicar que el mundo no es más que una proposición en contra de la bolsa.

 

Para muestra bastan un par de botones. Incluso en los baños públicos más limpios y funcionales, hasta en aquellos que cuentan con la repisa donde se puede colocar a un niño para cambiar su ropa interior, raro es el que cuenta con un pequeño aditamento diseñado para evitar que la bolsa toque el suelo -cosa que, como se sabe, tiene repercusiones funestas en la economía de su dueña-. En ninguno de los autos en que me he subido hasta ahora existe un lugar especial para la bolsa -y por eso termina entre los pies del copiloto o, peor, de los que viajan en el asiento trasero, o sobre un asiento vacío, y su contenido desparramado al menor testereo-. En las casas sucede lo mismo. Los abrigos y los sombreros encuentran más bien con facilidad el artefacto del cual colgarán con más gloria que pena, pero no así la bolsa, que pasará sus horas hogareñas sobre una silla, a un lado de la mesa, o colgando del respaldo de la cama o, y esto es bastante frecuente, perdida (como las llaves, por cierto).

 

En algunos restaurantes existen muebles especiales para colgar la bolsa, pero no así en los bares ¿Se supone entonces que "la bolsa" debe quedarse en casa, comportadita, mientras la delgadísima cartera se divierte de lo lindo hasta entrada la madrugada?

 

Las cosas son tristes en el universo de las bolsas, no cabe duda. Vamos, cuando ni en el coche diseñado por Zaha Hadid, la arquitecta irreverente ganadora del prestigioso Premio Pritzker cuya retrospectiva se exhibe ahora en el Guggenheim de Nueva York, existe un espacio para la bolsa, se entiende que las cosas no sólo son tristes sino también graves.

 

¿De verdad ninguno de nuestros diseñadores de lo cotidiano usa bolsa? ¿Nunca han tenido amigas o madres o hermanas que les sugieran, con la cortesía del caso, que miren a su alrededor y se pongan en los zapatos o, con mayor precisión, en las bolsas de los otros, para producir el espacio donde pueda residir, aún efímeramente, el objeto?

 

Así es, nada más ni nada menos: este es un llamado a nuestros queridos diseñadores para que hagan algo por mi bolsa, que es mi mundo, por supuesto, y será mi tumba, cual debe, y mi más allá.

 

 

Sabores, texturas, colores y tamaños del condón

 

J.C.B.

 

Pocos adminículos de la vida moderna han logrado una presencia icónica tan vasta como el condón. El que yo lo llame adminículo -un vocablo que admite disputas- puede censurárseme, ya que la historia del condón ha estado íntimamente ligado a la historia del sexo y sus tribulaciones.

 

Muchos años al profiláctico se le tuvo como cosa horrorosa que había que eludir en lo posible. La misma Madame de Sevigné lo consideraba una "armadura contra el placer". Se entiende que lo haya dicho, ella tan graciosa y sabia en todo lo demás, porque antes de la Revolución Industrial, los condones eran fabricados de los materiales más infames e improbables, desde cuero y vejigas de pescado hasta tripas de oveja. Un pene así trajeado debió dar pena ajena. Pero los gonococos y los niños imprevistos han despertado siempre más temor que el coco de los niños.

 

Estoy leyendo un artículo que me informa que los condones se produjeron en masa después de 1864, año en que Charles Goodyear patentó la vulcanización del caucho. ¡Cámara!, como diría mi carnala La Beres. Una carrera contra la enfermedad con pitos pertrechados como bólidos, pero atascados en un changarro de talachas.

 

Sólo hubo una edad feliz, si la hubo: la de los 60, cuando la penicilina y la revolución sexual nos hicieron creer, desde San Francisco hasta Avándaro, que el amor libre era posible. Pero ya vemos todo lo que vino después. Y para acabarla: el sida. Y no lo escribo con mayúsculas, porque mis amigos activistas me han enseñado que no se debe reificar una enfermedad que, amén de los cuerpos, suele atacar con virulencia la mente de las personas.

 

Un compañero de la universidad me decía, macho ufano, que él no usaba condón porque era como ponerse guantes de box para acariciar a una mujer. Espero que las madrizas de la vida lo hayan hecho recapacitar. Los condones y nosotros no somos los mismos desde el advenimiento del llamado mal del siglo (que ya van dos). Algo muy profundo, impactante e inesperado pasó con los sexos y los condones. Ese gorro de látex se volvió parte del imaginario colectivo. Los condones que artistas alarmados llenaban de sangre infectada para despertar nuestras conciencias, los que se distribuían misioneramente en escuelas y bares, que eran inflados como globos en las marchas gay, las botargas infinitamente más graciosas que el doctor Simi, toda esa movilización y visibilización hizo que el condón fuera más grande que todas nuestras fantasías y nuestros prejuicios. Se volvió no sólo necesario, sino gozoso, lúdico, atractivo, divertido. Objeto radiante del deseo. Y, también, objeto de polémicas encendidas, fantasmón de curas e hipócritas. Pero cosa actuante al fin, efectiva, que penetró -ustedes disculpen la metáfora- en todos los sectores de la sociedad.

 

El problema para muchos ahora no es usarlo o no, hay más coquetería y sentido tecnológico al momento de escoger cuál sí y cuál no, cuestión de sabores, texturas, colores y -gulp- tamaños. Ya nadie espera que el condón no parezca condón. El único tal vez que ha usado condones con apariencia humana ha sido Xipe Tótec, nuestro señor el desollado, que se trajeaba con pellejos humanos de la cabeza a los pies. Para muchos otros (todavía no todos, desgraciadamente), el condón se ha vuelto prenda común, como los zapatos, las bragas y los relojes. Lujo y lujuria. Sentido común y sentido del amor. Sin otra tribulación al momento de guardarlo entre nuestras ropas, que el sitio adecuado: así, el joven lo guarda junto a la nalga, el viejo a un lado de la cartera, el romántico encima del corazón, el melancólico al fondo del morral, el práctico lo trae a la mano y el iluso carga siempre más de dos, por si hace falta. Por si nos vamos a los tiempos extras.

 

Los integrantes del colectivo La Primera Dama son: Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos, Saúl Gutiérrez y Cristina Rivera Garza.