La ´Rosa blanca´, nueva versión de la vida de una antinazi

Cinecrítica
Tomás Pérez Turrent
17 de noviembre de 2006

 

La película de Marc Rothermund, donde da su propia visión del interrogatorio a Shopie Scholl, destaca por la sobriedad de la dirección, por la fotografía y por las excelentes actuaciones de Julia Jentsch y de Alexander Held

 

La "Rosa blanca" fue un movimiento alemán antinazi, que denunciaba la persecución y muerte de los mentalmente enfermos, los comunistas, los gitanos, los homosexuales y también los judíos. Así que es falso que los alemanes no tenían idea de las atrocidades que se cometían.

 

A principios de 1943, Alemania sufrió su primera importante derrota en Stalingrado. En febrero de ese año, Sophie Scholl (21 años) y Hans su hermano mayor, miembros de la organización en Munich, repartían volantes exponiendo la insensatez de seguir con una guerra que ya estaba perdida.

 

Decidieron repartirlos también en la Universidad. Fue un terrible error. Sophie tiró unos desde el primer piso hacia el patio central, y entonces se armó el escándalo. Los hermanos fueron detenidos, interrogados, enjuiciados y muertos en cinco días.

 

Uno no puede sino comparar su ejecución con el método norteamericano que mantiene a sus condenados a muerte en Death Row durante años, rodeados de acero, privados de todo contacto, hasta por fin matarlos en un evento mediático y morboso.

 

Ésta, en realidad la tercera película acerca de Sophie Scholl, se basa en transcripciones inéditas del interrogatorio de Sophie y su juicio sumario. Así que el meollo del asunto yace en el intercambio entre presa e interrogador.

 

Sophie se muestra serena, autosuficiente, con explicaciones para todo. Su interrogador de la Gestapo, Robert Mohr, trata por todas las maneras de convencerla de sus errores, le tiende trampas, le habla del patriotismo.

 

En fin, desprecia las ideales de Sophie, pero admira su valor, el heroísmo simple de una que "hace lo correcto". Aparentemente, aunque el detalle no es explícito en la película, fue el que la defendió y no dejó que la torturaran.

 

Esta ambivalencia da una intensidad dramática y un suspenso a una historia cuyo desenlace es sabido desde el principio. En la escena del juicio esta ambigüedad se esfuma.

 

El juez es un fanático, los testigos son oficiales de la Gestapo, la defensa no defiende. Sophie escupe al magistrado, vestido de rojo y con toda la apariencia de un miembro de la Inquisición, que pronto él y los suyos estarán en el banquillo de los acusados.

Es una película de close-ups. La cámara se concentra siempre en la cara. En el rostro de Sophie, de su interrogador, de su hermano, de su patético compañero Christophe también destinado a la guillotina. Las caras iluminadas, contra un fondo oscuro y sombrío.

 

Los cinco últimos días de Sophie, su hermano y el amigo Christophe, son enmarcados por imágenes de una felicidad propia a la corta edad de los protagonistas.

 

La película da comienzo con imágenes de Sophie y su mejor amiga platicando de novios, de la canción de moda, haciendo planes.

 

Termina con fotos auténticas de Sophie Scholl, su hermano Hans y sus amigos, felices, sin preocupaciones, paseando en bicicleta, al son de la música de Showboat de Jerome Kern. Este primer largometraje realizado por Marc Rothermund destaca por la sobriedad de la dirección, la poderosa actuaciones, sobre todo la de Julia Jentsch como Sophie y de Alexander Held como Robert Mohr y una inmejorable fotografía que crea justamente la sensación claustrofóbica que padecen todos los prisioneros.