La política y las víctimas

Por Rafael Ruiz Harrell

Aceptamos que debe ayudarse a los pobres porque tenemos deudas de siglos con ellos. Lo mismo ocurre con los indígenas, las mujeres y otros grupos marginados. Nuestro deber es ayudarlos porque son damnificados, han padecido injusticias, son víctimas.

El asunto, sin embargo, no es tan sencillo como luce porque hay políticas muy encontradas en relación a las víctimas. La derecha neoliberal, por ejemplo, pide algo más que deudas: demanda que se trate de víctimas "verdaderas". Su autenticidad depende sobre todo de su inocencia y su decoro. Una víctima verdadera no debe haber contribuido en nada al daño recibido. Es más, debe haberse opuesto a él con todas sus fuerzas: no es pobre porque quiera, sino porque las circunstancias no le dejaron otra opción. Por supuesto no basta sólo con la inocencia. Prueba básica de su autenticidad es su discreción y que la vergüenza de sufrir lo que sufre la lleve a ocultarlo. Quizá haya dos notas más: el daño que padecen las verdaderas víctimas es siempre individual -no por asociación o de clase-, y no es cualquier daño, sino sólo el que resulta de acciones prohibidas por la ley o de catástrofes naturales del todo ajenas al control humano.

Vicente Fox mostró las cegueras de esta postura. Años atrás, a raíz de un huracán que arrasó con parte del sureste mexicano, fue a la zona para acelerar los trabajos de rescate. Todo fue bien hasta que llegó a los restos de una comunidad que no había recibido ayuda alguna, donde la gente se debatía en el lodo. En lugar de aplaudir su llegada, lo increparon exigiéndole que hiciera algo de inmediato. La exigencia fue dura y en el tono de quien reclama un derecho. Fox dio media vuelta y se fue porque a sus ojos no eran damnificados sino limosneros con garrote. Al demandar ayuda revelaron que no eran víctimas "verdaderas", sino falsas. Si hubieran muerto sin quejarse, los habría elogiado.

Si se analiza la noción neoliberal, se descubrirá que es tan estrecha que la víctima termina desapareciendo. Asfixiada por el rígido modelo jurídico del daño; por la sumisión que se le exige y por el rechazo a cualquier noción de grupo, resulta que para la derecha neoliberal no hay víctimas. Como consecuencia, el Estado de Bienestar termina por verse sustituido por una especie de Estado de Caridad que no ayuda a quien lo necesita, sino a quien le conviene.

Para los sectores progresistas de la izquierda la víctima tampoco existe. La idea viene de Marx y descansa en la noción de identidad. El proletariado debe evolucionar de "una clase en sí misma a una clase para sí misma". O en términos menos oscuramente hegelianos: tiene que tomar conciencia de su identidad. Los trabajadores podrán estar oprimidos o explotados, pero si tienen orgullo de sí mismos no podrá tildárseles de víctimas. Los negros iniciaron su auténtica liberación cuando proclamaron que lo negro era hermoso; el verdadero feminismo implica que las mujeres estén orgullosas de sí mismas e incluso el movimiento "gay" insiste hoy en algo semejante. Lo que se excluye es la "mentalidad de víctima" porque es tanto como querer seguir siendo esclavo. Eso se explica en la escoria social, en el lumpen, pero no en quienes pretenden lanzarse a la lucha de clases para trascenderla.

Hay, no obstante, corrientes que dependen del victimismo. No son de izquierda, pero emplean su lenguaje; se dicen democráticas, pero son meramente demagógicas; quieren el poder por el poder, pero dicen anhelarlo para poder rescatar a los pobres, a los marginados, a las víctimas. Si la derecha termina por esfumar a la víctima, y la izquierda la alienta a recuperar valía y orgullo para que deje de serlo, la demagogia multiplica a las víctimas por todos los medios a su alcance. Basta que alguien culpe a otro de lo que está mal con su vida, o de lo que le molesta o estorba, para otorgarle el status preferente de víctima. El título lo inscribe en un club que acabará con los "opresores" y le abre un espacio para expresar frustraciones y resentimientos. Convencidas de que han sido eternamente defraudadas, de que cada día se les quita lo que es suyo, las víctimas creadas por la demagogia alaban el fracaso, la falta de esfuerzo y aun la criminalidad. Como han sido heridas, creen que está justificado que en reciprocidad molesten y lastimen a cuantos puedan. Es legítimo bloquear carreteras, cerrar avenidas con plantones y desobedecer las leyes. La intransigencia y la cerrazón son encomiables porque forman parte de la venganza. Es claro que esto no les sirve para tomar las riendas de su vida, pero no se trata de eso porque ellos no son responsables, son víctimas, y de su estado invariablemente otro es el culpable. Desde su perspectiva, la única solución posible es la destrucción del otro.

El conflicto político del que estamos siendo espectadores es muy simple: los resentidos combaten con los ciegos; las víctimas creadas por la demagogia pretenden imponerse a los neoliberales; los neoliberales del nuevo régimen, le piden a los intolerantes comprensión y tolerancia. Cada uno es víctima de una perspectiva y de un lenguaje diferentes. El resultado es un circo de desencuentros que puede estar en cartelera seis años.

 Correo electrónico: ruizharrell@gmail.com