Enfrentar la muerte sin moralismos

Por Julia Elena Melche

Reseña: 'Tiempo de vivir'

Con sólo nueve largometrajes y casi una decena de cortos inéditos en nuestro país, Francois Ozon (39 años) se ha convertido en uno de los realizadores más interesantes del cine galo. En ellos ha abordado provocadores estudios de las relaciones humanas mediante relatos pesimistas, pero cargados de un irreverente humor muy mordaz. En Comedia de familia retrató de manera fársica el colapso doméstico de una familia de la clase alta parisina. Gotas de agua sobre piedras ardientes fue la manipulación de la pasión amorosa en una dialéctica del amo y el esclavo. En Bajo la arena, su obra maestra, se internó en la evasión existencial enfermiza de una mujer ante la pérdida de su marido. 8 mujeres se orientó hacia el clásico thriller de suspenso a la manera de las novelas policíacas de Agatha Christie a través de una traviesa radiografía de la feminidad. En Swimming pool estableció un juego ambiguo de lo real y lo ficticio.

Su reciente trabajo, Tiempo de morir (Le temps qui reste, 05), es la segunda parte de una trilogía sobre la muerte iniciada con Bajo la arena; un drama psicológico exento de chantajes sentimentales y rollos morales, que expone una forma de manejarse con la propia muerte. El protagonista es Romain (Melvil Poupaud), un exitoso fotógrafo de modas de 31 años, gay, egocéntrico, drogadicto, arrogante y desapegado de sus padres y hermana, quien descubre que le queda poco tiempo de vida a causa de un cáncer terminal.

Contrariamente al vertiginoso destape para vivir sus últimos días del bisexual de Noches salvajes (Collard, 92), pero también a la hazaña casi épica de aquella embarazada con cáncer de Sacrificio de una madre (Anspach, 99) y más cercano a la travesía final ante la muerte de la joven con tumor uterino de La vida sin mí (Coixet, 03), Romain decide mantener su existencia sin alterarla, negándose a someterse a cualquier tipo de tratamiento y manteniendo su enfermedad en secreto.

En su deseo por desmitificar la noción romántica de la muerte como acto santificador que despierta conductas reconciliadoras con el mundo que se va a abandonar, Ozon presenta a un hombre en las antípodas de gestas heroicas o redentoras, que no acoge la humildad como nueva bandera, que no cambia su carácter duro e irascible, que no está dispuesto a hacer las paces con su familia y que despide a su novio Sacha (Christian Sengewald) con su acostumbradas patanería.

Sin embargo, el guión, escrito por el propio cineasta, no le resta humanidad a Romain. Primero reaccionará con sentimientos de dolor, coraje, rebeldía e impotencia, para luego internarse en un proceso de necesidades afectivas que lo llevará a buscar a su abuela paterna Laura (la legendaria Jeanne Moreau), a quien le confiesa de modo brusco y egoísta sus miedos y enfermedad.

El cineasta gay de culto revela su habilidad como narrador y en la dirección de actores, extrayendo de Poupaud una caracterización contenida que abarca una vasta amalgama de matices. Por su parte, Jeanne Moreau merece un lugar especial con una breve aparición, pero de enorme fuerza dramática. Los encuadres se guían, en buena parte, por tomas cerradas y en las escenas sexuales hay elocuencia y sobriedad.

Quienes han disfrutado la obra de Ozon reconocerán la recurrencia de temas y motivos que tanto parecen fascinarlo; la indagación en el mundo homosexual, la incomunicación y fragmentación de la familia tradicional, el fantasma de la muerte, y la playa como elemento simbólico.

La cinta se exhibe hoy en la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional.