La iglesia respecto a la ley que llega con un siglo de retraso

La Flecha / Posted: 18/Nov/2006

Por: Erendira Huizar Dominguez


Se diría que los eclesiásticos tienen autoridad para aprobar o desaprobar algo de lo que ocurra en la comunidad, pero no es así. Fuera de sus miembros, no debía tomarse en cuenta su opinión, excepto en los temas relativos a las iglesias. La doble moral, que hace que se predique contra una cosa, mientras en secreto se practica otra, le va muy bien a los religiosos.
 
Desde sus inicios, la iglesia ha invadido los cotos de poder del estado (aunque con disimulo o el permiso de los gobiernos en turno)  porque ambos se han necesitado mutualmente en el curso de la historia, para sobrevivir o mantener su influencia entre la población. Pero la corrupción de ambos, nos indica la necesidad de una revelación: La necesidad de poner coto a la expresión de la iglesia. (Al estado lo ponemos nosotros) Porque las declaraciones de los religiosos son actos de arrogancia y prepotencia, un afán de intentar moldear a la sociedad al antojo de sus necesidades y puntos de vista.
 
Si nos alegan que es por falta de religión que las personas cometen los crímenes o que las “familias” vivan en la inmoralidad, sería tan, pero tan absurdo, que su lógica, no aguantaría ni el primero, ni el más simple de los debates. La paternidad de la iglesia sobre una sociedad o el estado, jamás ha resuelto nada. Y sus uniones, en la historia, han sido simples contubernios, excepto en el caso del propio Cristo, que habría sinceramente criticado a sacerdotes, empresarios y mandatarios corruptos, como una minoría que hacía sufrir y se devoraba al pueblo.
 
Un ejemplo, Estados Unidos, cuyo Departamento de Estado está bajo el control de la iglesia y sus autoridades juran por la Biblia, son un folclor. En la práctica, todo el mundo sabe de su doble moral. Que predican una cosa y hacen otra. Desde luego,  cabe resaltar,  que no incluyo en mi crítica, -por más que les pueda ofender también- a las buenas gentes, de cualquier nación, ya sean religiosas o no. Pero estos comentarios van para poner en perspectiva, el peso de sus opiniones, en cuanto a la legislación conocida como la de “sociedades de convivencia”, la presunta ley que les daría el derecho a legalizar la unión a los homosexuales en México.
 
En este tema, creo que todos tenemos derecho a opinar, menos los grupos homofóbicos, por no ser imparciales y entre ellos, se encuentran decididamente las iglesias. Pero la sociedad debe abrirse para reconocer la existencia –por el motivo que sea- de los homosexuales y también  admitir que las prácticas sexuales, son tan individuales y que al final de cuentas se trata de una función ya sea reproductiva o no, que no debía tener otra trascendencia, que la salud pública. La teoría e ingerencia en la intimidad de cada uno de la iglesia, que pretende que en el matrimonio se lleva una sexualidad perfecta desde el punto de vista moral, es absolutamente hipócrita.
 
Y para aquellos que defiendan al amor, tendríamos que decir que el amor, es uno y es universal y ya. El tema está fuera de discusión. Existen delitos sexuales dentro del matrimonio y pueden existir aberraciones, incluso. Pero ese no es ni siquiera el punto más importante que trato de poner en claro aquí. Para mí lo más importante, es reconocer que la restricción que ha afectado ciertas expresiones sexuales, ha llevado al secreto este tipo de prácticas, (preferidas por los canónigos) y han dañado la moral social y la salud pública. Como mujer periodista, puedo señalar, que las mujeres nos arriesgamos más en una sociedad donde los hombres pueden usarnos ya sea para procrear, ya sea para cubrir las apariencias.
 
Sin duda para los homosexuales, debe ser muy penoso, “salir” a la vista, cuando se sabe que se enfrenta el rechazo y la clandestinidad de por vida, salvo la minoría que se arriesga a enfrentarlo. Ya Sigmund Freud había encontrado la importancia de la vida sexual en la mente de los hombres y las mujeres. Por lo que intentar abrir la mente, es el primer paso de buena voluntad y el segundo, habría sido desde un principio, legislar al respecto de estas convivencias. Esto es lo conducente y apropiado para  contribuir a mejorar a una sociedad hipócrita, que mantiene sus anomalías en el secreto. (Me disculpo ante todos por expresarlo de esta manera, pero coincido con que no es una práctica en concordancia con la naturaleza de las mayorías).
 
Sin embargo, no ser homofóbica, legislar al respecto, emitir los reglamentos necesarios a la mayor brevedad posible y con el mayor cuidado, tomando en cuenta la asesoría de estas personas, es lo que se puede hacer, para pasar de una sociedad anquilosada e hipócrita, hacia una más moderna y más sana. Tal iniciativa, me impresiona. Incluso en un México tan tradicional, me asombra, por ser vanguardista, aunque llega ciertamente con un siglo de retraso. Es absolutamente incoherente, que sacerdotes amenacen con una “marcha” de protesta de los católicos en contra de estas personas.
 
También avergüenza, que después descubiertos los devaneos de la iglesia, se pretenda tomar en cuenta la opinión de los líderes religiosos, como una autoridad moral, para opinar, abiertamente, fuera de su ámbito. Una marcha deberían de hacer los religiosos, pero para atacar la inmoralidad de las trasmisiones de televisión cotidiana, de los fraudes electorales del estado, pero no. Eso es entrarle contra los intereses económicos de la gente que los protege.
 
Finalmente, lo digo categóricamente. Los religiosos, de la denominación que sea, con Biblia o no en la mano, no tienen derecho a “aprobar” o a “desaprobar” nada ni a nadie, que no sea individuo de su iglesia o sus propios actos. Simplemente porque no son quien para hacerlo. Casi, ni para opinar, por lo que ya resalté. Por ende, debían rechazarse las consultas a estas personas como “fuentes” de opinión. O mínimo, tomarse con las reservas, viniendo de quien vienen esas críticas.
 
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