La Escena / Una historia de fotonovela

Por Fernando de Ita / 19 de noviembre de 2006

Lo cómico en el teatro de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, Legom, está en el carácter trágico de sus personajes. Las amigas, los amantes y compañeros que habitan sus obras más conocidas son creaturas patéticas que sacan a relucir el sinsentido del mundo que las hace posibles. Las drogadictas de Las chicas del 3.5 floppies, la sórdida pareja de De bestias, criaturas y perras, los obtusos amigos Eddy y Rudy son seres inauditos por lo que tienen de simples, directos e inocentes. Aunque la suya no es la inocencia del cordero sino la del hombre antes de la manzana, cuando el bien y el mal eran la misma cosa.

Estos vagamundos del siglo 21 se le escapan al sistema porque han reducido sus necesidades al límite de la sobrevivencia, aunque no dejan de imaginar una vida mejor, no porque tengan esperanzas de lograrla sino porque no tienen otra cosa que hacer.

Los personajes de Legom son la quintaesencia del fracaso en una sociedad en la que el éxito es la meta mayor, de tal modo que el estropicio de sus vidas es una forma de resistencia, acaso la más simple y dolorosa que un ser humano pueda oponer a la deshumanización.

En Sensacional de maricones, estrenada recientemente por Boris Schoemann en La Capilla, Legom le da una vuelta de tuerca a su dramaturgia pasando del diálogo a la narración plena.

Con la coartada de parodiar los folletines del corazón, el autor tapatío nos presenta la tragicomedia de Jaimito, un homosexual de pueblo llegado a la capital, que se enamora de su patrón y sufre el acoso sexual de su patrona.

Leída esta pequeña historia se disfruta de principio a fin por el talento que tiene Legom para el sarcasmo.

Al autor le basta una frase, una entonación o un giro de lenguaje para detonar el lugar común. Si llevar a escena la dramaturgia de este autor es un reto mayor, montar su "narraturgia" es un auténtico dolor de muelas.

En principio, a Legom no le interesa teatralizar sus historias, de manera que éstas ocurren en ninguna parte, es decir, en cualquier lado, menos en el espacio convencional del teatro.

Esta tendencia iconoclasta se acentúa en la historia de Jaimito, que puede ser contada en un camión, en la banca de un parque o en la antesala de un dentista.

Boris optó por los excusados, por dos retretes que subrayan, de entrada, el carácter escatológico de la narración.

Por este camino, llegó a la ilustración del texto, a la caracterización de los personajes y a los resortes usuales de la parodia, dejando para otra ocasión una exploración más profunda de la tragicomedia legomiana, disfrazada por esta vez como fotonovela escénica.

No lo culpo. Ni el autor sabe cómo deben representarse estas historias que a partir de la sordidez tocan el fondo de la ternura, si así se le puede llamar al gusto por joder al prójimo que tienen los personajes de Legom. Jaimito, por cierto, no jode a nadie, sólo a sí mismo, rompiendo la costumbre del autor de señalarnos que aún en los rincones más olvidados del poder, hay un tirano.

Boris montó esta fotonovela con dos elencos. En la función que presencié, Alejandro Morales estuvo entrañable como Jaimito, Juan Carlos Vives estuvo fatal y Mahalat Sánchez me hizo extrañar su talento de directora.

La escenografía de Noé Casillas cumple con las necesidades del director, no de la pieza, porque reduce el espacio de la representación a una especie de teatrito mal resuelto por las dificultades que tienen los actores de accionar su mecanismo.

Entre tanto, Luis Enrique Ortiz Monasterio sigue acumulando premios por obras que nadie sabe cómo llevar a escena con la potencia dramática que tienen en el texto, quizá porque sus obras están escritas con la impiedad de quien tiene que conectarse periódicamente a una máquina para seguir vivo. O, simplemente, porque sus narraciones no están hechas para el presente sino para el futuro.

deita7@hotmail.com