Bienvenida a las sociedades de convivencia

Julio Muñoz Rubio / 24 de noviembre de 2006

Aún recuerdo claramente mis primeros días en la secundaria, una escuela privada que tenía la costumbre de separar a hombres y mujeres en grupos distintos, aunque reservaba algunos lugares para los mixtos. Toda la primaria la cursé en un grupo masculino y en secundaria mis padres decidieron cambiarme al grupo mixto. Cuando mis compañeros de la primaria se enteraron, concluyeron unánimemente: "¡es que Julio se volvió puto!", y durante algún tiempo aprovecharon para burlarse de mí por haber tenido la osadía de abandonarlos y ­dado que para ellos era una evidente condición de "puto"­ por haberme cambiado "al grupo de las viejas".

A la distancia (la anécdota data de fines de los 60), semejante experiencia personal, que recuerda las formas de convivencia y los conflictos de los personajes interpretados por Pedro Infante, Antonio Badú y Luis Aguilar en El gavilán pollero y en ¿Qué te ha dado esa mujer?, me desconcierta porque no alcanzo a comprender lo que todos y cada uno de nosotros entendía por puto, homosexual, macho, heterosexual, etcétera, pero es evidente que puede ser aunada a la de millones de otras experiencias infantiles, juveniles y de la vida adulta de millones de personas, hombres o mujeres de este país, que no expresan sino profunda ignorancia en temas de sexualidad, en especial en lo que se refiere a prácticas lésbicas, homo o bisexuales.

El tiempo ha transcurrido. La sociedad ha logrado liberarse de muchos tabúes sobre la sexualidad. Y a pesar del profundo atraso que todavía hay en México en estas cuestiones, podemos ver con satisfacción que poco a poco van cayendo muchos estigmas sobre la diversidad sexual. La aprobación de las sociedades de convivencia en el Distrito Federal, en días pasados, es el último y más trascendental de esos acontecimientos.

Más allá de consideraciones legales, la aprobación de las sociedades de convivencia constituye un avance fundamental en México, dado que se reconoce que la homosexualidad es una práctica no sólo común y corriente, sino que no existe ningún argumento para hacer de sus practicantes seres marginados, rechazados o discriminados. En efecto, a pesar de los continuados intentos de los sectores reaccionarios por demostrar la inferioridad natural de los homosexuales, lesbianas, bisexuales o transexuales, ésta no ha podido ser demostrada. Ninguna prueba, ni científica ni de otra especie, ha logrado respaldar la idea de que las y los sexualmente diversos o "flexibles" sean enfermos, locos, anormales, degenerados, inferiores o retrasados. Ni lo logrará. La sexualidad, en cualquiera de sus modalidades, es materia de las pasiones humanas, de afectos, placeres y valoraciones estéticas del cuerpo.

Michel Foucalt señala en su Historia de la sexualidad que la homosexualidad es una categoría construida a partir del siglo XVIII, que anteriormente o no existía (basta leer algunos diálogos de Platón para ver la naturalidad con que él mismo y sus interlocutores ­hombres todos­ se expresan de la belleza masculina y de la homosexualidad, la cual ni siquiera es concebida como algo separado de otras formas de sexualidad) o no tenía las connotaciones denigrantes que adquirió con el surgimiento del capitalismo, en el que se hizo necesario un control científico de los cuerpos, a fin de optimizar su funcionalidad y reproductibilidad. Este control y vigilancia sobre los cuerpos incluyó como elemento central la sexualidad. Así pues, el juicio condenatorio sobre la diversidad de las prácticas sexuales no es algo eterno, porque no se refiere a un concepto inmanente a lo largo de la historia de la humanidad.

Desde luego, esto no será comprendido jamás por la mentalidad de la ultraderecha mexicana. Teniendo la pérdida del principio de realidad como característica sicológica de su actuar social, sus argumentaciones llevan la intención de imponer a toda la sociedad una moral opresiva, basada en prejuicios, personales y colectivos, y en falsedades, pero sin ningún vínculo con la razón ni con la dignidad humana.

Aun cuando las personas beneficiadas con las sociedades de convivencia no son exclusivamente miembros de la comunidad lésbico-gay, me permito mandarles un afectuoso saludo. Y a las fuerzas de ultraderecha no me queda más que enviarles mi más jubiloso pésame.