Museo Gay de Berlín homenajea a Luchino Visconti por sus 100 años

El Museo Gay de Berlín homenajea al director de cine italiano Luchino Visconti (1906-1976) con un muy personal recorrido por su cinematografía y biografía, que dedica especial atención a sus amores homosexuales.

5 de diciembre de 2006 / EFE

Cuando se cumplen cien años del nacimiento de uno de los precursores del Neorrealismo italiano, el 'Schwules Museum' ha organizado una retrospectiva sobre 'un aristócrata, con una preferencia evidente por lo masculino, pero cuyos amantes a duras penas soportaban su arrogancia', explicó hoy Wolfgang Theis.

El comisario de esta muestra, que abre sus puertas al público el jueves, está convencido de que este conde italiano profundamente lírico 'vivió su homosexualidad en la década de los sesenta como algo prohibido y de lo que tenía que avergonzarse, acercándose a ello de forma trágica a lo Oscar Wilde'.

Aparte de su sexualidad, también su séptimo arte se vuelca en la tragedia y decadencia, ya sea la de su propia clase social como queda reflejado en una de sus obras maestras, 'El gatopardo' (1963), o la del proletariado, como en 'Rocco y sus hermanos' (1960).

Entre más de 250 fotografías, cartas y sobre todo citas, Wolfgang Theis intenta ilustrar la vida y obra de Luchino Visconti: su relación con Marlene Dietrich o sus amores con Franco Zeffirelli y el actor Helmut Berger.

Del apuesto galán austríaco se recoge una cita ilustrativa sobre la contención de Visconti: 'En público Luchino nunca se mostró especialmente afectuoso conmigo, tampoco en casa (...) Sólo en París, donde vivíamos en el Barcleys Hotel, y sin su mayordomo.

Nuestra relación fue cariñosa y discreta'.

Las investigaciones de Theis apuntan a que Helmut Berger era un 'ser caprichoso' y vienen a confirmar la tesis de que 'cuando se comprometía, lo hacía con aquellos a los que no podía poseer', ya fueran hombres casados como Massimo Girotti o comprometidos como Alain Delon (por entonces con la actriz Romy Schneider).

El modesto recinto que mantiene la Asociación de Amigos del Museo Gay en el barrio multicultural de Kreuzberg, donde ya han homenajeado a Oscar Wilde, Marlene Dietrich o Thomas Mann por sus inclinaciones homosexuales, dedicará hasta el 17 de marzo sus esfuerzos a dar a conocer la turbulenta personalidad de Visconti.

Desde su admiración inicial hacia el Fascismo, que se refleja en su pasión por los desfiles y los uniformes militares, 'y de la que luego se avergonzará' -explica Theis-, hasta su entrega a la causa izquierdista cuando empezó a trabajar en París como ayudante de dirección de Jean Renoir.

Entre sus influencias literarias destacan Thomas Mann o Marcel Proust y entre las musicales Richard Wagner y Gustav Mahler.

Visconti, hijo de una acaudalada familia lombarda y que nunca tuvo problemas de dinero, comenzó su carrera en el teatro, y se hizo famoso con las cinco óperas que escenificó en la Scala de Milán 'para servir a la Callas', como dijo entonces.

En el séptimo arte, cuyos rudimentos aprendió de Renoir, debutó en solitario con 'Ossesione' (1943) y 'La terra trema' (1948), una obra sobre la explotación y las luchas de clases en un poblado de pescadores, donde utiliza por primera vez actores no profesionales.

Indispensable para entender su homosexualidad es el filme 'Muerte en Venecia' (1971), la versión cinematográfica de la novela de Thomas Mann sobre la pasión de un músico maduro por un joven.

Quedaron en el tintero sus deseos de llevar a la pantalla 'La montaña mágica' o 'Tonio Krueger', también de su venerado Mann.

'Casi todas sus obras tuvieron problemas con la Fiscalía', explica Theis, 'y no fueron pocos los escándalos que desataron filmes demasiado aparatosos para el cine comercial', por no hablar de las injerencias de productores y distribuidores, que cortaron sus obras.

No fue hasta después de su muerte, hace ahora treinta años, que se han recuperado los montajes originales de 'Senso' (1954), 'El Gatopardo' y 'Luis II de Baviera' (1972).

Desmenuza en éstas la decadencia social y la desorientación moral el Visconti al que unos tachan de profundamente pesimista, otros ensalzan por tener la suficiente sensibilidad para reconocer la injusticia social y aún otros, los que le veneran como Fassbinder, directamente le consideran el Shakespeare del celuloide.