Jaque Mate / Agua a su molino

Por Sergio Sarmiento / 11 de diciembre de 2006

 

"El más delicioso de todos los privilegios: gastar el dinero de otra gente".

John Randolph

 

Ha empezado el rito anual. Cada grupo de interés especial se queja del presupuesto para el año que va a empezar. Los impuestos son siempre demasiado altos y el gasto demasiado bajo. Todos afirman buscar el bienestar del país, pero lo que defienden furiosamente son sus intereses.

La lista de quienes se quejan de que se les está recortando el presupuesto es enorme. Están ahí los rectores de las universidades públicas, los intelectuales, los científicos y los grupos de apoyo a enfermos del sida. La ex comisionada para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, Xóchitl Gálvez, renunció a su cargo porque consideró que el presupuesto que se le otorgaba a su oficina no era suficiente.

Del otro lado se quejan aquellos a quienes se pretende cobrar más impuestos, como las tabacaleras (cuyos productos pagarían, de aprobarse el presupuesto, un impuesto total de 260 por ciento), las refresqueras y quienes se han beneficiado de las deducciones en el impuesto al activo.

Ni quienes exigen más dinero ni quienes se quejan de los mayores impuestos ofrecen opciones. Los rectores que se quejan de que se les está recortando el presupuesto, por ejemplo, no sugieren a quién se le debe quitar el dinero para que se les dé a ellos. Se oye mal, por supuesto, que un rector diga "Denle más dinero a mi universidad y quítenselo a los pobres o a la infraestructura". Todos los políticos y grupos de interés prefieren exigir más recursos, pero dejándole al gobierno toda la responsabilidad y el costo político del recorte que habrá que hacer para compensar lo que a ellos se les dé. El Presidente y el secretario de Hacienda son siempre los villanos, los insensibles, los estúpidos que no entienden la necesidad de seguir entregando miles de millones de pesos a una entidad determinada.

El rito anual se hará cada vez más intenso y amargo porque cada vez habrá menos dinero que repartir. Conforme declinen los ingresos petroleros por la caída en la producción de Cantarell, y aumente el costo de las pensiones de los burócratas que se retiran a temprana edad, quedará menos dinero para el resto de las responsabilidades del Estado. Por eso se vuelve indispensable no sólo hacer esa reforma fiscal que los políticos han rechazado sino replantear los objetivos que debe tener el gasto público. De lo contrario, tarde o temprano todo el dinero de los impuestos se irá a pagar simplemente la nómina y las pensiones.

Del lado del ingreso, México necesita una reforma fiscal a fondo, no como la que propuso el ex presidente Vicente Fox en su sexenio, la cual incluía poco más que la aplicación de IVA a alimentos y medicinas. Esta medida es necesaria, sin duda, pero una reforma fiscal integral no se agota ahí. Necesitamos una simplificación radical del sistema impositivo, que elimine exenciones y tratos especiales y que reduzca las tasas nominales, especialmente del Impuesto Sobre la Renta, a niveles competitivos con los de nuestros rivales económicos en el mundo. El propio presidente Calderón señaló el camino al proponer durante su campaña un sistema de tasa única (flat tax). Éste aumentará la recaudación pero también promoverá la inversión y el crecimiento, como ocurrió en Irlanda.

Del lado de los egresos debemos también hacer cambios de fondo. El gasto público en nuestro país se ha pervertido. En lugar de emplearse para propósitos esenciales, como la seguridad pública, la construcción de infraestructura, la educación y el combate a la pobreza extrema, se utiliza para sostener a un ejército de burócratas que no pueden ser despedidos y cuya principal preocupación es acumular tiempo de servicio hasta llegar a un retiro temprano.

Cuando hablamos de invertir en seguridad social, infraestructura y educación, sin embargo, debemos entender que los objetivos no se consiguen simplemente arrojando dinero a los problemas. El gobierno mexicano, por ejemplo, gasta más en educación como porcentaje del Producto Interno Bruto que otros países con sistemas educativos muy superiores en calidad al nuestro. Pero nosotros empleamos un monto excesivamente alto de los recursos disponibles para mantener a universidades públicas que no le cobran ni a quienes tienen la posibilidad de pagar.

Cada quien, por supuesto, defiende su territorio. Todos quieren mantener esos tratos especiales que les permiten no pagar impuestos. Todos quieren esa tajada del gasto público que les permite conservar al personal a su mando y sus privilegios. Todos dicen estar preocupados por el bienestar del país, pero se ocupan únicamente de buscar tratos especiales de un Estado que cada vez cumple con menor eficacia sus propósitos fundamentales.

Los ciudadanos debemos escuchar, por supuesto, todos los argumentos que se ofrecen en este rito anual de negociación por el presupuesto. Pero mientras lo hacemos, recordemos que cada funcionario, cada líder, lo que busca realmente es llevar agua a su molino.

 

Suben y bajan

La dependencia cuyo gasto crece más en el presupuesto del 2007 es la Secretaría Seguridad Pública, cuyo aumento es de 58 por ciento contra lo presupuestado del 2006. Le siguen Turismo (37.1 por ciento), Salud (24.2), Defensa Nacional (19.9), Marina (17.1) y Energía (15.7). Educación no tiene ni incremento ni disminución real. Las dependencias que más caen, por otra parte, son Comunicaciones y Transportes (20.9 por ciento), Economía (13.1) y Reforma Agraria (12.1).