¿Optimismo latinoamericano?

Alberto Aziz Nassif
19 de diciembre de 2006

El nuevo Informe Latinobaróme tro 2006 (LB), que desde 1995 hace un seguimiento puntual al estado de la democracia en toda la región, presenta en esta ocasión un seguimiento puntual de los 11 procesos electorales -Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Perú, Costa Rica, Ecuador, Nicaragua, Honduras, México y Venezuela- que hubo entre noviembre del 2005 y diciembre del 2006.

Hay en la construcción de los datos una interpretación muy optimista de lo que ha pasado con América Latina, tanto en la política como en la economía. Hay un crecimiento en la región de 5%, junto con una estabilidad en las variables macroeconómicas. Se llega a una conclusión que resulta debatible: las reformas económicas que se han hecho están dando resultados.

Al mismo tiempo, en ningún momento hay una exposición de la otra cara del tema, es decir, el problema de la pobreza, la exclusión y el hecho de que América Latina es el continente más desigual del planeta. Sin duda que una parte de los países sobre los que trabaja LB han salido de procesos de alta inflación y crisis económicas críticas, pero no se puede dejar de lado que el famoso "Consenso de Washington", paradigma de las reformas neoliberales, ha generado sociedades altamente polarizadas y enormes bolsones de pobreza en nuestros países.

A pesar de ello se piensa que la situación de la región es la mejor de los últimos 15 años, porque, según LB, ha disminuido la tasa de desempleo de 11% en 1999 a 8.7%; la deuda externa, como porcentaje del PIB, también ha bajado de 42.2% a 26.8%.

El otro planteamiento que llena el grueso de informe es el nuevo mapa político de la región después de los procesos electorales. En el mirador político también hay datos optimistas: se habla de una consolidación de la democracia electoral y de cómo América Latina es el continente de las oportunidades, a pesar de los populismos, la pobreza y la precariedad institucional.

Uno de los acentos del LB en este año son los gobiernos de izquierda y el eje entre derechas e izquierdas. Los indicadores seleccionados para el análisis electoral fueron: la segunda vuelta; la reelección presidencial; la alternancia o continuidad de los gobiernos; los niveles de participación ciudadana; la gobernabilidad (entendida como gobiernos divididos o de mayoría); la eficacia del voto; y el tema de las nuevas formas de hacer política, como la protesta social. En cada uno podemos tener puntos de comparación con lo que sucedió en México durante el conflictivo proceso de este año que ahora se acerca a su fin.

En México tenemos gobierno dividido desde 1997, es decir, desde que se institucionalizó la competencia electoral. Ahora en 2006 nuestro país tiene al Presidente con el porcentaje más bajo de votación de la región: 35.9%. Para entender la cifra podemos ver que somos uno de los pocos países en donde no hay segunda vuelta, junto con Venezuela y Honduras; además, si el voto es obligatorio, no hay penalización por el hecho de no ejercerlo; y para rematar, tenemos un sistema de partidos integrado en tres grandes corrientes dentro del Congreso. La segunda vuelta existe en 13 de los 18 países que estudia LB, en esta ocasión se puede llegar a tener en ocho de los 11 procesos, pero de hecho sólo hubo en cuatro (Brasil, Chile, Perú y Ecuador).

Otro de los factores de comparación con nuestro país es el crecimiento de las prácticas no convencionales de la política, como el crecimiento de la protesta callejera. Si México tuvo en 2006 un proceso particularmente conflictivo y poblado de una enérgica protesta social, no fue el único caso. El informe de LB denomina a estos movimientos como los "rebeldes cívicos" y crea el concepto de "capital de movilización", para analizar la protesta. Al mismo tiempo que hay un crecimiento de estas formas, correlativamente también se da una baja en las formas convencionales de hacer política, como asistir a una manifestación, firmar desplegados, hacer campaña por algún candidato o pensar que el voto tiene un alto nivel de eficacia como vehículo de cambio. De forma paulatina todos estos indicadores de participación tradicional han ido a la baja en los últimos 10 años en la región.

En este conjunto hay señales de cierta inestabilidad en la democracia formal y un déficit institucional debido a que muchas de las demandas democráticas no encuentran canales institucionales adecuados o eficaces. En este sentido, se constata que la política se ha mediatizado de forma importante, y que al parecer quedan sólo dos rutas en la búsqueda de obtener fines políticos, dice LB: una es salir en la televisión y la otra tomar la calle. Frente a los dos escenarios de la política las instituciones clásicas, los partidos, el Congreso, el Poder Judicial, se encuentran en un nivel muy deteriorado, incluso más que el de los cuerpos policiacos.

La desconfianza institucional encuentra una hipótesis novedosa de sustento, porque no sólo se trata de un funcionamiento deficiente y poco profesional o con prácticas de corrupción, sino que se da una fuerte discriminación. La discriminación es percibida por los ciudadanos debido a condiciones como el de ser pobre, no tener educación, ser viejo, ser mujer, el color de la piel, ser discapacitado u homosexual.

En el conjunto del informe hay datos que muestran cierto retroceso en México, sobre todo en lo que se refiere a la percepción de la democracia como forma de gobierno. A la pregunta de "la democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno", los datos muestran que en nuestro país bajamos siete puntos de 2005 a 2006; de la misma forma bajamos cuatro puntos en el indicador siguiente, "la democracia es un sistema de gobierno para llegar a ser un país desarrollado". En suma, bajamos cinco puntos en el criterio de apoyo a la democracia. Datos que pueden encontrar una explicación en la crisis que abrió el proceso electoral del 2006.

La visión comparativa y la serie de 11 años de LB permiten analizar cómo se desarrolla la democracia en América Latina, con sus enormes retos, como el logro de una institucionalidad democrática más eficiente para la solución de los sus grandes problemas, como el desempleo y la inseguridad pública. Por lo pronto, quizá una buena forma de seguir en el tema sería moderar el optimismo.

Investigador del CIESAS