Diario de Fatigas / Apuntes sobre Habermas

Por Christopher Domínguez Michael

24 de diciembre de 2006

Todo aquello que Émile Durkheim atribuía a los ritos totémicos aparece en los rituales nacionalistas, que siempre ofrecen más o menos lo mismo. Es aquello que los antropólogos detectaron para caracterizar a los pueblos supuestamente privados de historia y que terminó por ser la segunda naturaleza que los intelectuales les atribuyen. Más allá de las banderas y de los himnos, de los héroes comerciales y de los cuentos de hadas, el discurso identitario procura vincular al mundo agrario con la ruralización del sentimiento y a la patria con la pureza racial o religiosa, vindicando la fe sencilla que "los hombres sin raíces" han abandonado al entregarse al mundo global, como lo intuyó Rousseau.

Los practicantes de la Völkerpsychologie y del etnomorfismo suelen defenderse recurriendo a la defensa de lo sagrado (y de la sacralidad religiosa del mundo) como argumento contra la Ilustración, la laicidad y el liberalismo. Esos profetas de lo sagrado suelen confundir lo sagrado con lo folclórico y a la religión con los ritos; a los mitos clásicos con las mitologías nacionalistas, y se les puede responder con una frase del crítico argentino Héctor A. Murena, quien estaba lejos de ser un liberal y quien decía que pretender imponer en la tierra el orden sagrado es tener una idea caricaturesca del cielo.

Más allá de la identidad nacional, del genio popular y del nacionalismo no hay gran cosa, es decir, no encontraremos nada atractivo para quien se apreste a marchar tras las bellas banderas. Y no es del todo azaroso que sea un filósofo alemán -Jürgen Habermas- quien, al tratar de dar por terminada la más trágica de las historias, la del nacionalismo alemán, nos permita, también, vislumbrar la solución del problema en que nos metió Herder. Sin Herder no hay mundo moderno, pero con él no puede haber posmodernidad.

Kierkegaard, dice Habermas en Identidades nacionales y postnacionales (1989), creía que Robinson Crusoe, tan exaltado como prueba experimental de la voluntad utópica, fue solamente un aventurero. La vida personal se traduce irremediablemente en vida civil y sólo a partir de ella se define la identidad colectiva, que no puede ser el resultado aritmético de la multiplicación del yo. El nacionalismo, asegura Habermas, es un momento ineludible en la reflexión que todo hombre hace al apropiarse de sus tradiciones: la identidad nacional es, propiamente hablando, un reconocimiento situado más allá de las tradiciones rurales, frontera que, al cruzarse, desarraiga a los individuos y los convence, por ejemplo, de que vale la pena perder la vida en una guerra por la patria.

Cuando la cultura nacional y la política estatal se han separado enérgicamente, una vez pasados los traumatismos que las diversas formas de laicidad han ido curando en los últimos tres siglos de historia occidental, la identidad colectiva puede (y debe) descansar en una abstracción universal como la democracia y los derechos humanos. En esa abstracción deberán refractarse los rayos de la identidad, en lo que Habermas ha llamado "patriotismo constitucional". La identidad, en esa dirección, se alejará de la nación (y de sus símbolos) para posarse o "identificarse" en la asamblea de los ciudadanos libres. Ya sabemos que la ciudad antigua, como utopía, nunca existió. Pero es posible imaginar nueva (y por fuerza insípida o neutra) identidad colectiva, que despojada de esencias, quede "limitada" a ser el contrato firmado entre todos los ciudadanos.

Este patriotismo constitucional de alguna manera ya se ha ejercido en las democracias más avanzadas donde las diferencias políticas, los credos religiosos, las desigualdades económicas y los diversos géneros funcionan sin compartir necesariamente un relato de origen, una bandera, un símbolo patrio, una lengua nacional. Ello no niega, como lo estudia Kwane Anthony Appiah en Ethics of Identity (2005), que en las sociedades herederas del liberalismo no se presenten conflictos muy severos entre la vieja noción de ciudadanía y la naturaleza de las identidades, que religiosas o sexuales, suelen calcar el comportamiento ya establecido, a otra escala, por el nacionalismo y sus estereotipos. Según Appiah, profesor en Princeton, de quien no es gratuito decir que además de estudioso de John Stuart Mill es negro (africano de nacionalidad ghanesa) y gay, el cosmopolitismo no es una forma de desarraigo, sino un patriotismo planetario que, en el estilo de los viejos filósofos cínicos, está basado en la firmeza del apego a la libertad individual lo mismo que en la pasión con la que se rechazan las servidumbres étnicas o religiosas de la identidad nacional.

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