En 2003, cuando
apenas tenía 20
años, Rodrigo fue
diagnosticado con
VIH/SIDA. Desde
entonces ha ocultado
a su familia su
estado de salud.
"Mi familia no sabe
que vivo con VIH,
pero sí mis amigas y
mis amigos, que me
apoyan muchísimo.
"Tuve muchos
problemas para
decirle a mi mamá
que soy
gay, no
quiero decirle que
vivo con VIH, no
quiero que me acepte
como
gay porque
vivo con VIH. No
quiero que me tenga
lástima, que sea la
forma en que ella me
acepte, quiero que
esté convencida de
que no es una
enfermedad ser
gay", explica
el joven, uno de los
muchos activistas de
la Conferencia
Mundial sobre Sida.
Rodrigo vive solo.
Su mamá reside en
Estados Unidos, y el
resto de su familia
en Hidalgo. Dice que
no le interesa
compartir con ellos
que tiene VIH,
porque, a diferencia
de sus amigos, no va
a reaccionar bien.
Licenciado en
Economía y líder de
una organización
mexicana de jóvenes
y VIH, Rodrigo tiene
malas experiencias
en torno a su
enfermedad, como
cuando le dieron el
resultado de su
prueba en el Seguro
Social.
"Llegó alguien y
abrió la puerta
mientras me daban la
noticia. Se enteró
la enfermera, la
gente que estaba
afuera, fue muy
penoso. Quien me dio
el diagnóstico me
empezó a recomendar
mucho que ya no
saliera, que no me
subiera al metro; no
hubo un proceso de
consejería para dar
el resultado",
recuerda.
Para él, sigue
habiendo en el país
mucha discriminación
hacia las personas
que viven con VIH.
"Cuando escucho cómo
se expresan de la
gente que viven con
VIH, que les dicen
sidosos, o cuando me
entero de que a
alguien lo
despidieron del
trabajo, crea un
estigma interno que
me hace sentir muy
mal, me deprime y me
da mucha tristeza,
aunque no sea una
estigmatización
directa, es como
cuando avientas una
piedra al agua y te
llegan esas ondas".
A los y las jóvenes
les pide ser más
conscientes, que
exijan educación
sexual y que hablen
de sexo y VIH.
Rodrigo conoció a
Alex, de Filipinas,
en el Pabellón de
Jóvenes de la Aldea
Global.
De 21 años, este
muchacho se enteró
que tenía VIH cuando
estudiaba la carrera
de Enfermería.
"Hice la prueba, se
tardan como un mes
en dar el resultado.
Cuando me dieron el
diagnóstico no
lloré, pero pensé en
mi familia, en mi
futuro, porque como
enfermero viajas y
trabajas por todo el
mundo, ya no podría
hacerlo, pensé que
me iba a morir en 10
años".
Actualmente, Alex se
ha involucrado con
organizaciones
civiles en la
prevención del
VIH/SIDA, e incluso
imparte cursos para
orientar a
trabajadores
migrantes sobre
enfermedades de
transmisión sexual.